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El proceso de detectar una necesidad, buscar su solución, ejecutar una idea y lanzarla al mercado con un nombre, no puede olvidar un elemento clave: la estética.

 

Cuando ponemos atención al entorno contemporáneo nos damos cuenta de que asistimos a un mundo estetizado, cuidadosamente organizado para cumplir con las metas culturales de nuestra sociedad: confort, estilo, consumo. Todo cuanto poseemos ha pasado por un cuidadoso proceso de creación, selección y producción y está ahí, en nuestras manos, en nuestro mundo, haciéndolo tal vez más sencillo, tal vez más atractivo.

Vivimos en un mundo que ha sido conscientemente planeado y realizado por una serie de redes racionales, que van desde detectar una necesidad y buscar su solución, hasta su realización concreta y su inserción en el mundo social con un nombre, una marca, un precio. Nuestra libertad parece convertirse en un ejercicio de edición: debo elegir de la oferta existente aquello que mejor represente mi estilo, mi ser auténtico, cueste lo que cueste.

Es inevitable relacionar hoy en día el diseño con el consumo y suponer que ha habido un proceso de superficialización estética. Sin embargo, si ahondamos en la historia de las artes decorativas y su desarrollo podremos encontrar criterios para revalorar y apreciar el diseño y su doble función, facilitadora y embellecedora de lo cotidiano.

HUMANISMO Y DISEÑO
El diseño es, ante todo, una herencia humanista: es el proceso de crear soluciones para el mejoramiento de la vida humana en algunas de sus dimensiones –sobre todo las funcionales– en un todo ordenado que resulte además expresivo: ya de una cultura, de una personalidad, de una ideología, de un estilo de vida. Puede decirse que siempre ha estado presente en la historia de la cultura humana, aunque nunca con la conciencia y relevancia que adquirió a partir de la revolución industrial. Por lo tanto el diseño es, en muchos sentidos, hijo de la modernidad, del serio convencimiento en la idea de que la razón puede mejorar al hombre y todo cuanto en él está incompleto. Es por lo tanto una manifestación también de su libertad, editora y transformadora del mundo humano.

El arte decorativo y la moda influyeron fuertemente en el desarrollo de la historia. Sólo por mencionar algunos ejemplos: hay testimonios que guardan, por ejemplo, la clara atención y competencia que la reina Isabel de Inglaterra estableció con la corte francesa en la música, la danza y el vestir.

En el siglo XVII un funcionario de Luis XIV llamado Jean Baptiste Colbert decidió que sacaría adelante la economía a partir de estimular la creación de fábricas artesanales que se apropiaran de los procesos más exquisitos: trajo la porcelana de China a Limonges y Sèvres, los tapices de Brujas a las fábricas de Gobelin, donde también se fabricó todo tipo de artes decorativas para complacer el gusto de la corte francesa. Casi al mismo tiempo, Inglaterra optó por desarrollar también las fábricas artesanales, pero en lugar de la belleza exquisita de los talleres franceses, se decantaron por la estandarización, de tal manera que los productos bastaran para satisfacer las necesidades básicas, con diseños simples y prácticos. Esta era la tendencia productiva en Inglaterra cuando la Revolución Industrial llegó.

El diseño aplicado a los elementos utilitarios de la vida fue despreciado como un arte secundario y servil en la antigüedad. Adquirió su mayor protagonismo a raíz de la audacia, la innovación y el estudio emprendidos por estas escuelas de artesanía y diseño que comenzaron a desarrollarse a finales del siglo XIX y durante el siglo XX. Éste se caracterizó, entre otras cosas, por llevar la belleza de las galerías al hogar; del mismo modo, la utilidad fue de la gran industria a las manos de los hombres individuales. A veces olvidamos toda la tecnología que implica el bolígrafo, la brillante idea de hacer correr la tinta en una esfera rodante, ya no digamos el asombro que hemos dejado de sentir por las maravillas que ofrecen las miles de aplicaciones de un teléfono «inteligente».

FORMA VS. FUNCIÓN
El diseño comparte con el arte algunas coordenadas, la principal es la creatividad: ambas aplican la razón y los recursos técnicos para la innovación. En segundo lugar, comparten criterios de estilo que pueden trazar los parámetros de una época y establecer lo que podríamos llamar «moda», un cierto carácter que delinea una generación o región y, según su potencia expresiva y su capacidad resolutiva, pueden quedarse por mucho tiempo o ser revisitados y redivivos como influyentes en la obra de los creadores de otra generación.

Así pues, al hablar de diseño es fácil confundirse con el estilo, porque ésta es una de sus partes esenciales. El estilo es la dimensión expresiva de una cultura. La otra cara del diseño es la función y responde, en realidad, a la capacidad para detectar problemas y generar soluciones, privilegiando la facilidad y la simplicidad.

Esta dicotomía suele expresarse con dos palabras: la forma y la función. A lo largo de los años, los movimientos estéticos suelen definirse por el lugar que conceden a cada una de las partes de este binomio: privilegiar la forma es dar mayor lugar a lo estético; buscar la belleza, la expresión de lo simbólico y lo poético. Por el contrario, privilegiar la función es responder a la necesidad detectada, ir a la estructura de la solución y lograr la mayor eficacia. Existe en todos, desde luego, el anhelo de la conciliación perfecta entre la forma y la función o, como decían los antiguos: entre lo bello y lo útil.

Si bien el diseño adquirió auge en la modernidad, la dicotomía de lo bello y lo útil ha estado presente desde la antigüedad. Platón los considera en el Hipias Mayor y afirma que «lo que es adecuado a cada cosa, eso la hace bella».1 Este principio de adecuación consiste en que la cosa cumpla con su cometido, sirva para lo que ha sido pensada. Así, aunque existe lo bello en sí, admite que existe una cierta belleza en lo que funciona bien para su fin. Esa belleza se aplica igual para ollas y cucharas, para un buen discurso o armas bien dispuestas, aunque puedan ser aún más bellas si se eligen para ellas materiales nobles o se les «adorna».

El principio funcional en el diseño tiende a una cualidad racional, abstracta, calculada. Es el rostro ordenado de la creatividad, la parte que sirve y se disciplina con miras al fin. El criterio de utilidad o «aptitud», como la llama Tatarkiewickz,2 puede definir la idoneidad de los materiales y marca la regla de eficiencia: establece la relación entre la necesidad y la solución en pro de una auténtica economía. Por estas razones, no sorprende que la parte funcional del diseño haya sido protagónica durante el auge de la Revolución Industrial y que se manifestara como acción cultural en el arte neoclásico del siglo XVIII.

Por otro lado, el principio ornamental privilegia la manifestación de la expresión individual, libre, espontánea. Más allá de la utilidad, recurre a los elementos decorativos para dar voz al espíritu. La decoración de suyo no es belleza, pero sí su complemento o al menos eso debe ser. Mucho mejor resulta cuando nace de la estructura misma y es connatural a la obra, y peor si es sólo un añadido artificioso y prescindible. Hay muchos ejemplos de movimientos artísticos y de diseño que privilegian el ornamento y aunque el ejemplo por excelencia será siempre el barroco, un ejemplo más cercano al mundo del diseño es el Art Nouveau del que hablaré más adelante.

ARTE Y DISEÑO HOY
La oscilación entre la forma y la función estuvo presente a lo largo del siglo XX, se manifestó en la voz de las vanguardias y sus estatutos; hubo quienes optaron por la utilidad funcional, como la liga de talleres alemanes, la Bauhaus y la sucesora de estos movimientos: el estilo internacional. Así también, hubo movimientos artísticos y estilísticos que privilegiaron la expresividad de la forma, como el Art Nouveau, el Art Decó y el diseño orgánico.

Tal fue la influencia de la escuela de Arts & Crafts (1850-1914), que surgió en Londres a mediados del siglo XIX y se interrumpió por causa de la Gran Guerra. Destaco de este movimiento los diseños textiles en muebles y tapices de William Morris. Por otro lado, en París, la efervescencia del expresionismo y la atracción que la ciudad ejerció hacia los artistas de todo el mundo dio lugar al Art Nouveau, que se desarrolló entre 1880 y 1910: su estilo estuvo presente en afiches publicitarios, en el diseño de muebles e interiores hasta la arquitectura; transidos de vitalismo, los creadores de este movimiento lograron una continuidad que iba del edificio al mueble, a los distintos útiles de la casa, hasta el papel de un secreter parecía haber nacido de entre la madera. Tuvo como principales exponentes, por mencionar algunos, a Víctor Horta o Antoni Gaudí.

Finalmente, en Alemania se desarrollaron dos movimientos: en primer lugar, la «Liga de talleres alemanes», vigente desde 1907 hasta 1935, y que optó eminentemente por los procesos industriales mecánicos. En segundo lugar, casi dando continuidad al mismo, Walter Gropius fundó una escuela para el estudio integral del diseño: en un plan de estudios completo en tres años, el artista y el artesano desdibujaron las líneas que los separaban, realizaron estudios del color, espacio, composición y los conocimientos eran puestos a prueba en los procesos de siete talleres divididos en materiales. El plan de estudios se asentaba en tres pilares: la formación artesanal, la formación plástica (gráfico-pictórica), y la formación científica. Sin duda, el compromiso de la Bauhaus influyó fuertemente en el desarrollo de la estética del siglo XX. Además, debido a la segunda guerra mundial, sus principales exponentes se vieron obligados a huir y llevaron sus tendencias a otros países. Es el caso de Luwdig Mies Van der Rohe, del propio Gropius y por supuesto, pintores como Paul Klee y Wassily Kandinsky.

La influencia de esta escuela en el mundo del diseño fue definitiva: si no en las soluciones técnicas y estilísticas, sí en la importancia que adquirió la presencia de lo estético para la vida cotidiana. Gropius tomó un claro partido por la funcionalidad. El lema de la escuela fue: la forma sigue a la función. Sin embargo, su criterio buscaba en realidad la unión de ambos principios, de tal manera que la belleza de la pieza fuera un todo orgánico con la función para la que había sido diseñada.

En el horizonte del siglo XX, estos movimientos contribuyeron a la estetización del mundo en un nivel masivo. Lo que en siglos anteriores estaba sólo al alcance de la realeza y la aristocracia, a raíz de la industrialización se volvió más cercano al mundo de los profesionistas y los obreros.

Cuando la esperanza en el progreso racional quedó traicionada tras la posguerra, a mediados del siglo XX, las expresiones artísticas se transformaron también en la manifestación del caos, de la ausencia de criterio y orden, pero muchas áreas del diseño se derivaron en la ruta del consumo que ya había iniciado el lujoso Art Decó en los años 20. El privilegio de los materiales, la originalidad plástica de los objetos, la sugerencia significativa de los carteles, el ejercicio de perfeccionar la vida se convirtió en aspiracional por un lado y masivo por otro. El mensaje fue para todos y el producto sólo para unos cuantos, hasta que la cultura del crédito hizo accesible también el producto de diseño a las masas.

Algunos autores lamentan que el diseño se haya convertido en un recurso superficial, infravalorado como arte utilitario, menor que la arquitectura en las artes y que la ingeniería en la tecnología. No hay que perder de vista que el diseño permeó toda la industria y está presente también en los interiores arquitectónicos, en los espacios abiertos, en la ropa y los accesorios, en la tecnología. Los observan en este proceso una suerte de inversión de valores: en muchos sentidos el arte se masificó y se sometió a las exigencias del diseño, se volvió decorativo y la posibilidad de su reproducción –como señala Benjamin en su famoso ensayo de 1936–3 le quitó un aura de cierta sacralidad para vulgarizarlo. Este es el proceso que denunció con algo de cinismo el Arte Pop. De ahí que muchos movimientos hayan sacado el arte de la galería a la calle, del embellecimiento al concepto, del agrado a la provocación.

Pienso, no obstante, que el ser humano manifiesta su libertad en la búsqueda de la belleza, desde el más tímido agrado hasta el atisbo de lo sublime y que embellecer su mundo, incluso en lo cotidiano, está en la raíz misma del arte. Que olvidando el nicho que el racionalismo erigió para las llamadas bellas artes, aún nos admiramos por las formas simbólicas, ya lúdicas, ya rituales, con que las culturas han adornado su entorno cotidiano y por ello nuestros museos exhiben instrumentos, herramientas, vasijas, joyas y otros ornamentos que dan testimonio de esta doble realidad: la función práctica y la forma significativa. Son, más allá de la tendencia contemporánea, el testimonio de la libertad en el espíritu humano.

 


Notas finales
1 Cf. Platón, Hipias mayor, 288d, 290d y 304 a
2 W. Tatarkiewicz, Historia de seis ideas, Alianza, Madrid,
p. 191-197.
3 Cf. W. Benjamin, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, Ítaca, México, 2003.