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Finlandia fue declarado el país más feliz del mundo este 2018. Destronó a Noruega que bajó al tercer puesto. Sin embargo, los primeros lugares se siguen disputando entre los países escandinavos: Finlandia, Dinamarca y Noruega. En cuarto y quinto lugar se encuentran Islandia y Nueva Zelanda. Como se ve, el top cinco de los países más felices tiene un nivel económico desarrollado y una aceptable distribución de la riqueza. Así lo señala el Reporte de la Felicidad 2018, publicado por la Red para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. Este informe mundial de la felicidad, se dio a conocer el 14 de marzo de este año. ¿Qué les parece? Claro, el quid de reporte es lo que se entiende por felicidad. Una tema largamente estudiado por los filósofos.

No debe extrañarnos que los países más felices sean naciones prósperas, pues el tema económico es clave en la evaluación. La Red mide seis factores: 1) el PIB per cápita, 2) los años de esperanza de vida saludable, 3) el apoyo social, 4) la confianza / ausencia de corrupción, 5) libertad social y 6) la generosidad / amabilidad.1

 

¿INUSUALMENTE FELICES?
Sin embargo, hay países que son declarados «inusualmente felices». Al parecer, a los estadistas les sorprende que Costa Rica esté ubicada con el puesto número 13 en una lista de 156 países evaluados. México, por su parte, subió un puesto desde 2017 y está actualmente localizado en el 24. Ya se ve que no me buscaron a mí para entrevistarme, porque seguro descendemos al 100. Eso sí, México está calificado como el peor en corrupción de los países que conforman la OCDE. Entonces, ¿cómo le hicimos para no quedar mal?

Somos varios los países latinoamericanos que no cantamos mal las rancheras en la felicidad; Chile (25), Panamá (27), Brasil (28) y Argentina (29). Venezuela fue el peor calificado entre los latinoamericanos, ocupando el puesto 102. Es lógico, Venezuela pasa su peor momento: hambre, corrupción, censura, pobreza. Por mucho buen humor que se tenga, cuando uno vive en una situación tan grave como la de Venezuela, hay poco margen para la felicidad.

La razón por la cual Latinoamérica no está ubicada en los primeros lugares es evidente: el aspecto económico. Si bien nuestras relaciones interpersonales «a la latina» son nuestra principal fuente de felicidad, esta afabilidad no suple el empleo bien remunerado, ni la seguridad, ni la justicia.

Por la ausencia de estas condiciones, los mexicanos nos vemos obligados a practicar una migración paradójica, donde sacrificamos la calidad de nuestras relaciones sociales por la búsqueda de mejores oportunidades económicas en el extranjero. Conozco a decenas de mexicanos, de distintos niveles escolares y condiciones económicas, que se han ido a vivir a Estados Unidos y muy pocos de ellos se sienten cómodos desde el punto de vista de las relaciones humanas. La constante es que los estadounidenses, para los estándares mexicanos, son ordenados pero distantes, corteses pero fríos.

Y, no obstante nuestra calidez, no somos más felices que Estados Unidos, ubicado en el lugar 18. Estados Unidos, por cierto, cayó cuatro puestos del último año. Mientras su economía subió, la felicidad de sus ciudadanos bajó. Algo tendrá que ver la agresiva retórica de Trump, que enrarece la convivencia.

El caso de China merece su atención. Su PIB es inmenso, pero millones de chinos aún viven en la pobreza y, además, es un país con pocas libertades sociales. Es elocuente que China está situada en el 79, según el informe mundial de la felicidad. Y el título del país más triste se lo lleva Burundi. Les confieso que tuve que investigar dónde quedaba Burundi. Es un pequeño país africano, expoliado por los occidentales, azotado por la guerra civil, sobrepoblado y donde el VIH ha hecho estragos por la falta de medicinas. La mitad de los niños menores del país padece desnutrición crónica.

 

LAS CONDICIONES DE LA FELICIDAD
¿Qué dice el marxismo sobre la felicidad? No, no me refiero a Karl Marx, sino al comediante Groucho Marx: «Hijo mío, la felicidad está de pequeñas cosas, una pequeña mansión, un pequeño yate, una pequeña fortuna». ¿Será cierto? Muchas veces se piensa que la felicidad no está relacionada con el dinero. El dinero no hace la felicidad, eso es cierto. Es descabellada la afirmación de Blair Waldorg (Gossip Girl): «quien haya dicho que la felicidad no se compra, no sabe dónde comprar».

Aristóteles vio con claridad meridiana el problema de la felicidad. Para este filósofo, la felicidad consiste en una vida equilibrada, racional, con placeres moderados, rodeado de amigos y familia. Para vivir bien hace falta, sobre todo, ser dueños de nosotros mismos: auto-poseernos. Las adversidades externas son enemigas de nuestra felicidad: una enfermedad incurable, la muerte de un amigo, un terremoto. Poco podemos hacer contra los factores externos, ajenos a nuestra voluntad. Pero, en ocasiones, las adversidades extremas están agravadas por descuidos de lo que sí teníamos en nuestro poder: no abusar del alcohol, hacer ejercicio, contratar un seguro de daños. ¿Por qué no actuamos en aquello que sí estaba dentro de nuestro margen de acción? Frecuentemente, por pereza, por desorden, por desidia, por falta de planeación.

Se trata de adueñarnos de nuestra imaginación, de nuestras pasiones y emociones, de suerte que nosotros las dirijamos a ellas y no que ellas nos dirijan a nosotros. La tristeza, el enojo, el placer y la ambición frecuentemente conspiran en contra de nuestra felicidad.

Aristóteles decía que la vida era como el cuero que recibe un zapatero: lo que te toca te toca. No hay margen de maniobra. No obstante, el buen zapatero saca el mejor partido pasible de cuero que le toca. En cambio, un mal zapatero estropeará incluso un cuero de calidad. Se trata de concentrarnos en cambiar lo que podemos cambiar: nuestra actitud, nuestro carácter, nuestro modo de ser. Y esa conquista del yo se llama virtud. No podemos elegir el cuero, pero sí podemos elegir ser un «buen» zapatero.

Pero Aristóteles no era un ingenuo. El filósofo advertía que debíamos poseer ciertos bienes, sin los cuales, no sería posible ser feliz. Aristóteles admitió que la felicidad tenía mucho que ver con una actitud ante la vida, pero no se reservó el decir que hay cosas necesarias, externas, que no dependen de nosotros, para ser felices. Estos bienes son condición necesaria para la felicidad, pero no una condición suficiente. Entre ellos se encuentran un mínimo de salud, seguridad, buena fama y riqueza. Sin un mínimo de bienestar físico, no es posible desplegar de manera óptima nuestra vida.

Este filósofo no creía que Dios pudiese recomponer las injusticias ni retribuir en el más allá a quienes sufren injusticias y dolores en este mundo. Su teoría de felicidad es intramundana, «cada quien se rasca con sus uñas». Precisamente por ello, él pensaba que en casos de desgracia extrema, no se podía ser feliz. La virtud, el autodominio de las pasiones, sólo nos permitiría a sobrellevar esas desgracias con cierta gallardía, pero ese cúmulo de dolores nos impediría ser felices.

Precisamente por ello es tan grave que la corrupción y la pobreza impidan que millones de personas sean felices, que lleven una vida lograda y plena. ¿México es un país cordial? Sí, aún lo es; pero el «mal humor social» es un hecho: la gente en la calle tiene miedo, está enojada y motivos no le faltan. No vaya a ser que perdamos también esa ventaja de nuestro carácter que nos permite compensar la pobreza y la corrupción. La injusticia y la corrupción no sólo nos arrebatan nuestro dinero, también nos arrebatan la sonrisa.

 


1 https://s3.amazonaws.com/happiness-report/2015/WHR2015_Spanish_Ch-1.pdf consultado el 16/03/2018 a las 13:00