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Pareciera que existe una brecha insalvable entre los fanáticos y los críticos del deporte. ¿Hay algo más que alienación en la afición al deporte?

 

Utilizar la frase «mente sana en cuerpo sano» para promover la salud integral es, en cierto modo, la historia de un malentendido. El primer texto literario que la recoge se remonta al siglo II. En las Sátiras de Juvenal, encontramos la sentencia «orandum est ut sit mens sana in corpore sano», cuya traducción al español podría ser: «hay que orar por una mente sana en un cuerpo sano». No se trata pues, de una exhortación a cultivar la salud tanto de la mente como del cuerpo, sino a orar para que ambas sean concedidas al que hace oración. A pesar de la disonancia entre el sentido original y nuestro uso, hoy en día recurrimos a dicha expresión para señalar la importancia de un desarrollo humano en sentido amplio. De ahí se desprende la valoración positiva de ciertas actividades como el ejercicio físico.

Nuestra sociedad, por distintas razones, suele tener una predisposición positiva frente a la práctica del deporte y es deseable que así sea. La más importante es que se trata de una de las principales causas de la salud, uno de los bienes más preciados para cualquier persona. Además, no sólo fomenta un bienestar físico, sino también psicológico, social y estético. De ahí, por ejemplo, que la promoción de actividades deportivas sea una de las principales estrategias para cualquier campaña de prevención de adicciones. Incluso, podríamos decir que practicar un deporte es una de las tantas formas que tenemos de incorporarnos y de vivir en una tradición cultural en particular. Quizás, por este motivo, muchos de los ídolos y de los referentes de las nuevas generaciones son deportistas profesionales.

Vale la pena decir que el deporte, además de beneficiar a quien lo practica, ha dado lugar a una de las industrias más grandes del mundo, ya sea por los espacios creados para su práctica, como por todos los bienes y servicios que genera a su alrededor –ropa, calzado, medicamentos, tecnología, entretenimiento, espectáculo, etcétera–. De acuerdo con el reporte más reciente de la IHRSA (International Health, Racquet & Sportsclub Association), hay casi 200 mil clubes deportivos en el mundo y alrededor de 160 millones de usuarios –o, al menos, de personas inscritas en ellos–. A partir de estas cifras, se calcula que es una industria de $83.1 billones de dólares. Nada mal para un sector que sigue en crecimiento. El deporte pues, parece ser bueno para la salud, bueno para la sociedad y un buen negocio. No obstante ello, no todo son flores y alabanzas, sino que también cuenta con algunos detractores que vale la pena visitar.

 

EL DEPORTE AL BANQUILLO
El mundo deportivo se enfrenta, en distintos contextos, con algunos críticos muy agudos. Quizás no del deporte o de la actividad física en sí misma, pero sí de algunas de sus modalidades. Un ejemplo clásico de ello lo encontramos en el escritor argentino Jorge Luis Borges, quien solía decir que el futbol era uno de los mayores crímenes cometidos por Inglaterra. A su juicio, este deporte promueve las más bajas pasiones, el cortoplacismo, la violencia y el sectarismo. ¿Exagerado? Si vemos los enfrentamientos que se dan cada fin de semana entre ciertas barras, porras y grupos de animación alrededor del mundo, la apreciación de Borges no parece del todo descabellada.

En opinión de algunos críticos de la cultura contemporánea, las observaciones borgeanas sobre el futbol también aplicarían para otros deportes como el basquetbol, el futbol americano, el béisbol y el resto de los que se practican masivamente. Entregarse a la vivencia intensa de estos deportes no sería más que la expresión del deseo de una vida paradisíaca ajena a la dura existencia cotidiana. Una forma de evasión de las propias responsabilidades. El escritor Rudyard Kipling decía que los aficionados al futbol eran almas pequeñas, mientras que el filósofo alemán Theodor Adorno afirmaba que el deporte –junto con el cine y la música de masas–, hacían inevitable la infantilización generalizada de las mentes. Dos adultos peleando en la calle simplemente porque son partidarios de equipos distintos parece, en efecto, un comportamiento infantil, con el perdón de los niños.

Los deportes olímpicos, cabe decir, lograron escapar por un tiempo de estas críticas. En la medida que estaban reservados para la participación de deportistas amateurs, conservaban un halo de pureza que terminó por ceder al paso del tiempo y a las fuerzas del libre mercado. La mercadotecnia, los patrocinios y la apertura a los deportistas profesionales en los juegos olímpicos fueron suficiente para que los participantes en las olimpiadas se convirtieran también en blanco de las críticas a las sociedades de consumo posmodernas.

El asunto, sin embargo, admite también otras miradas. No cabe duda de que la comprensión cabal de la cultura de nuestro tiempo reclama un examen profundo del fenómeno deportivo y de su integración en la vida de las personas. El mundo –o una parte significativa de él–, se detiene todos los días o cada fin de semana para mirar la competencia en turno: los Juegos Olímpicos, los Mundiales, los torneos locales, los internacionales y, en muchos casos, también sus repeticiones. Los deportes invaden los periódicos, el arte, la moda, las sobremesas y todos los ámbitos de la cultura. Basta con mirar que todos los fines de semana encontramos campos deportivos repletos de amateurs que dejan el cuerpo y el alma en las canchas. ¿Qué hay detrás de esta fuerza que arrastra a tantas personas consigo? ¿Hay algo más que un signo apocalíptico de enajenación en todo ello? A mi juicio, sí que lo hay.

Hay buenas razones para reconocer que los deportes son una fuente real de ilusiones, temores, pasiones y alegrías, lo cual nos revela que estamos frente a un fenómeno genuinamente humano y, como en muchas otras cosas, debemos distinguir lo esencial y lo accidental o periférico, así como entre las causas (o los responsables) y los efectos (o los afectados).

Si miramos hacia el pasado en búsqueda de elementos para responder estas preguntas, nos encontraremos con distintas tradiciones culturales alrededor de las prácticas deportivas. Dos de las más importantes para el mundo occidental se encuentran, por una parte, en el circo romano y, por otra, en los Juegos Olímpicos. El primero, más allá de una mera competición deportiva,  representaba la vida del Imperio. Las carreras, los combates y los espectáculos que tenían lugar en el circo mostraban, muchas veces y de manera trágica, la muerte en su forma más cruel. La tradición olímpica griega, en cambio, nos ofrece una visión del deporte que se encuentra casi a la par de las bellas artes. Podríamos decir que, a su manera, el deporte también crea belleza y se encuentra con ella en distintos momentos. El Discóbolo, la famosa escultura griega que representa a un atleta a punto de hacer un lanzamiento de disco, es una muestra de botón de esa intersección entre deporte y belleza en el
Mundo Antiguo. Dado este contraste entre las dos tradiciones, no debemos confundirlas si queremos arrojar luces sobre el fenómeno que tenemos frente a nosotros.

Si bien los deportes pueden ser clasificados de muchas maneras, para la presente reflexión me interesa más bien la distinción de sus planos, es decir, la diferencia entre la práctica del deporte y su contemplación como espectáculo. En ambos, me parece que se puede reconstruir una perspectiva positiva del fenómeno para nuestro tiempo, más allá de las visiones apocalípticas y de las defensas hechas desde algún tipo de fanatismo.

 

CITIUS, ALTIUS, FORTIUS
La primera razón por la que el deporte se presenta como un bien y es recomendable para las personas es que, como ya dijimos, su práctica es buena para la salud. Ir al gimnasio, correr en un parque, hacer yoga o ir en bicicleta al trabajo tienen un efecto favorable en el bienestar físico de las personas. De ahí que todos los médicos y lo psicólogos lo recomienden. En efecto, el ejercicio también produce endorfinas que generan una sensación de placer, de tranquilidad, que hace sentir mejor a quien lo practica.

Más allá de los beneficios para la salud, también podemos identificar otros efectos en las personas que son de carácter ético. En su dimensión práctica, el deporte es un entrenamiento para la vida. Él mismo es vida y es un campo fértil para el aprendizaje de la autodisciplina y el trabajo en equipo. El deporte, sin duda, nos enseña cómo enfrentar al otro de una forma noble. Esto no es un aprendizaje menor en un mundo tan desleal y competitivo como el nuestro, donde las reglas son las primeras en ser olvidadas y no siempre prevalece el fair play.

A la par de lo anterior, podríamos decir que el deporte también es un símbolo de nuestro desarrollo como especie. A lo largo del tiempo, el ser humano se ha superado en sus capacidades físicas y, por tanto, en la práctica de los deportes. Un signo de ello es que cada año vemos caer toda clase de récords mundiales. En los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, se batieron diez marcas mundiales repartidas en natación, atletismo y levantamiento de pesas. Cuando René Descartes, en el siglo XVII, describió al cuerpo como una máquina, quizás no vislumbró a un autómata que alcanzara tan alto rendimiento.

No obstante, hay puntos que están abiertos a la discusión. En nuestra época hemos sido testigos de ciertas prácticas que tratan de llevar al cuerpo humano más allá de sus límites. Los antiguos griegos solían decir que el arte imita a la naturaleza. Hoy en día, más bien, la tecnología trata de llevar a la naturaleza más allá de sí misma y pareciera que el desarrollo del cuerpo es infinitamente perfectible. Algo muy distinto a la noción griega de perfección. ¿En qué momento el recurso a la técnica o a la tecnología pasa del perfeccionamiento al engaño o a la trampa? En abstracto, resulta difícil establecerlo.

La práctica del deporte, sin duda, es buena para la salud y es un escenario ideal para el desarrollo humano en todas sus dimensiones. Además, en la medida que todo deporte implica el dominio de una técnica, también es capaz de generar belleza cuando hay ejecuciones que alcanzan la excelencia. No obstante, hay que decir que nos queda una larga reflexión por hacer acerca de los alcances y límites (técnicos y éticos) del entrenamiento y perfeccionamiento del cuerpo humano. No obstante ello, el deporte no reclama por sí mismo el recurso a métodos extraordinarios. Desde luego, en el campo del deporte profesional esto se vuelve un tema más complicado, dado lo que está en juego y por su ámbito de influencia.

 

¿EL CIRCO ROMANO O EL TEATRO DE LOS SUEÑOS?
El deporte en nuestros tiempos no es solamente una actividad que podemos llevar a cabo para mejorar nuestra salud o fortalecer el cuerpo, sino también un objeto de contemplación y un producto de entretenimiento que ha dado lugar a una de las industrias más poderosas del mundo. Si bien toda actividad deportiva puede ser contemplada (desde un juego callejero hasta los Juegos Olímpicos o los campeonatos mundiales de cada disciplina), hay que distinguir entre los deportes que se practican simplemente entre amigos y el deporte organizado. La institucionalización de las actividades deportivas nos abre hacia otro horizonte de excelencia, impacto, comercialización e influencia.

Si bien abundan las críticas en contra del deporte profesional y de las reacciones que desencadena, se puede decir en su defensa que el problema no proviene del deporte en sí mismo; ni siquiera de su institucionalización. En algunos casos, puede tratarse de un problema de educación y en otros de corrupción, impunidad y falta de transparencia. Cuando se dan algunas o todas estas variables, el deporte sólo es uno más de los ámbitos que se ven afectados por la descomposición social, pero no su causa.

Si la contemplación del deporte va más allá de una alienación y no se pierde de vista su carácter lúdico, es posible advertir cómo provoca que muchas mujeres y hombres hagan suyo el espíritu de colaboración, de trabajo bien hecho y de confrontación leal con los demás. El mundo moderno nos pone todos los días en situaciones donde se vuelve claro que estos valores son básicos para una convivencia pacífica, incluyente y, al mismo tiempo, constructiva. Los equipos que ganan bien, sin hacer trampa y dan espectáculo nos enseñan algo importante para la vida diaria. En ese sentido, el sociólogo alemán Norbert Elias señalaba que el surgimiento del deporte como una forma de lucha física relativamente no violenta sirvió para calmar los ciclos de violencia y para que los contendientes por el poder gubernamental resolvieran sus diferencias por medios no violentos. Es decir, de acuerdo con reglas convenidas y observadas por ambas partes.

El deporte profesional, sin duda, puede ser una ocasión idónea para el diálogo entre distintas identidades culturales y para el entendimiento pacífico con el otro. Nos enfrentamos a la globalización de los deportes, de los deportistas y de los espectadores, así que la práctica y contemplación de las distintas actividades deportivas se convierten en una especie de vector del cosmopolitismo. Desde hace algunos años, llama la atención que la FIFA tenga más afiliados que la ONU.

Desafortunadamente, todo lo anterior se ve obstaculizado o empañado cuando el juego se reduce a un mero intercambio mercantil y la confrontación leal deviene en trampa, corrupción y violencia. Como sabemos, esto se ha dado en varias ocasiones y de distintas maneras, pero todas ellas han afectado al deporte en mayor o menor medida.

Bajo la premisa de que ganar, ya sea un partido o dinero, no es lo más importante, sino lo único, hemos sido testigos de distintos casos de dopaje, violencia, trampa y corrupción alrededor del deporte. En una relectura desafortunada de Maquiavelo, se piensa que el fin justifica los medios. Recordemos los lamentables casos de doping de Ben Johnson en el atletismo, de Lance Armstrong en el ciclismo y de Mark McGwire en el béisbol. Todos ellos estuvieron en la cima de sus disciplinas hasta que se revelaron los métodos que utilizaron para mejorar su rendimiento físico. Algo similar ocurrió en el atletismo ruso, en donde se demostró la existencia de un aparato de encubrimiento institucional del uso de sustancias ilegales. En la lógica de que el fin justifica los medios, hicieron todo lo que creyeron necesario para ganar.

Así como éstos, se han dado otros casos lamentables que han puesto en jaque al deporte organizado. En los últimos años se ha descubierto el amaño de partidos o de competencias para beneficiar a ciertos equipos o a grupos de apostadores. Un caso célebre en Italia es el del equipo Juventus que fue enviado a la 2a división al descubrirse el arreglo de algunos partidos en los que el equipo estuvo involucrado. Otro acontecimiento, también muy escandaloso, fue el de la detención de seis directivos de la FIFA por sus malos manejos a petición de las autoridades de Estados Unidos. Ni qué decir de las malas prácticas del Comité Olímpico Internacional para la asignación de sedes olímpicas o los casos de lavado de dinero que se han descubierto detrás de operaciones financieras que involucran a los deportistas.

Todos estos casos, como se puede ver, se han dado alrededor del deporte profesional, pero no como efecto directo de su práctica, ni de su profesionalización. Desafortunadamente, el dopaje, la corrupción, la trampa o el lavado de dinero se dan en contextos en los que dichas prácticas no se limitan solamente al campo de lo deportivo. De ahí la frase memorable del polémico futbolista argentino, Diego Armando Maradona, el día de su despedida de las canchas. En aquella ocasión dijo que, a pesar de todos sus errores y las vicisitudes que se dan alrededor del futbol, «la pelota no se mancha». Los deportistas, los directivos, los empresarios y los espectadores pueden equivocarse o cometer actos deshonestos, pero la causa no se encuentra en el deporte mismo. No debemos olvidar, en cambio, que la lógica deportiva se enmarca en la lógica de la vida: sin sacrificio no se obtienen resultados valiosos y tampoco auténticas satisfacciones. Ganar con trampa es, en realidad, no ganar.

 

COROLARIO PARA TODAS LAS ÉPOCAS
Hemos hablado de los beneficios que conllevan la práctica y la contemplación del deporte, así que, en este orden de ideas, vale la pena recordar cierto pasaje de un diálogo de Platón que lleva por título el Timeo. En dicho diálogo, el filósofo griego nos ofrece una descripción de la naturaleza humana en la que se distinguen dos dimensiones: su cuerpo y su alma intelectual. El diálogo señala que cuando una persona está dotada de una mente privilegiada, pero de un cuerpo débil, la inteligencia termina por verse afectada. A su vez, si tenemos un cuerpo grande y fuerte, pero acompañado de una inteligencia pequeña y débil, el hombre está en peligro de adquirir la enfermedad más grave: la ignorancia. Sin embargo, para ambos desequilibrios hay un método de salvación: no mover el alma sin el cuerpo, ni el cuerpo sin el alma. De esta manera, ambos llegan a ser equilibrados y sanos. Los matemáticos deben hacer gimnasia y quienes entrenan su cuerpo deben cuidar también su alma a través del arte, la filosofía y la ciencia. De esta forma, dice Platón, la persona puede ser llamada bella y buena, pues al cuidar su cuerpo y su alma estará imitando la belleza y el orden del universo.