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El ingenio es la piedra angular de la vida cotidiana en México. En otras culturas se valora más el cálculo frío, el orden del pensamiento y el juego estratégico. Y, por eso, dichos países acaban ganando copas del mundo o lanzando naves espaciales como si no fueran más que cohetes de fiesta patronal. Pero en México sucede otra cosa. Aquí nos decantamos por la improvisación, el contragolpe y la pelota a botepronto.

El ingenio mexicano es una de las cualidades que más apreciamos: el albur, el chiste, el plan de última hora. Y ese ingenio no es otra cosa que una llanta de tractor que se volvió piscina en un duro verano de Monterrey. Ese ingenio se encarna también en un carrito del súper con vocación de asador. O bien, aparece en los tres esqueletos de una combi que devinieron, por el arte de una soldadura, en una limusina proletaria. Frente a la necesidad, el ingenio mexicano hace de las suyas.

Claro que el ingenio también es un principio rector de la historia nacional. Si bien le rendimos honores a tantos estrategas militares como Zaragoza o Díaz, creo que no estaría de más honrar también a los mosquitos que nos dieron patria y devastaron las tropas europeas en el puerto de Veracruz. Pero, sobre todo, honremos al genio que se le ocurrió usar nuestras plagas tropicales como primera línea de defensa. ¿Sabían que lo que más temían los franceses y yanquis invasores eran los mosquitos del trópico? Esa clase de ideas no se aprenden en un colegio militar; son puro ingenio… Pero, ¿qué es el ingenio?, ¿y por qué se volvió tan importante para la mexicanidad?

 

EL MISTERIOSO INGENIO
Al parecer, el ingenio es algo que nos viene en la sangre. La obra cumbre de la literatura española es sin duda alguna El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Y, por lo tanto, el ingenio parece ser ese chorrito español que aún nos corre por las venas, ¿verdad?

Pero bien a bien seguimos sin saber qué es el ingenio. Según la vieja definición de Covarrubias, «ingenio» refiere la fuerza del entendimiento aplicada a las ciencias. Es decir que un astrónomo ha de tener suficiente ingenio como para calcular las órbitas que describen los planetas. Pero, ¿Don Quijote? Ese maniático qué nos va a enseñar, ¿no? Si uno lee un par de páginas de El Quijote, no tarda en preguntarse: ¿por qué sería tan ingenioso este personaje? Don Quijote está para que lo internen en un hospital psiquiátrico. Entonces, ¿qué quería decir el autor con esto?

El Quijote es una novela que se mofa del género caballeresco. Pero más allá de la burla socarrona a la anticuada idiosincrasia épica, Cervantes quiere señalar otra paradoja aún más importante: ¿un loco de pacotilla puede ser al mismo tiempo un tipo ingenioso?, ¿qué nos podría enseñar? Cuánto ingenio y cuánta locura conviven en el ánimo de Don Quijote.

Se suele resumir esta psicología con el término «quijotesco», que no es sino una mezcla de fantasía desbocada e idealismo moral. El Quijote se empeña en conseguir lo imposible. El manchego es un caballero medieval fuera de tiempo. Por lo tanto, el desengaño de la utopía y, al mismo tiempo, la necedad de perseguirla son nuestra verdadera genética ibérica. El ingenio es esa inteligencia que, ante la adversidad, viene a construir, más que una solución, una esperanza. ¿Recuerdan cómo, tras las innumerables derrotas que sufre don Quijote, una y otra vez renueva la lucha? Cuando se topa de frente con la realidad vulgar y corriente, don Quijote insiste en que se trata de un encantamiento, obra de un hechicero que ha convertido el castillo en posada, a la doncella en labradora, y el gigante en molino de viento.

El ingenio nos permite ver la realidad de otra manera, reinterpretarla, y por ende, es también un gran mecanismo de defensa. Por lo tanto, el ingenio mexicano, que abreva de este concepto, se sabe un proyecto fracasado, y no obstante rompe el molde y nos susurra que vendrán tiempos mejores. Es curioso, en efecto, la capacidad de los mexicanos de reinterpretar la derrota y el fracaso. Lo mismo da que se trate de la pérdida del territorio nacional tras la invasión de Estados Unidos, que la devaluación del peso, un cataclismo bancario o la derrota de la selección de futbol.

Sin el ingenio, hace mucho que los mexicanos nos habríamos extinguido. El ingenio nos permite hacer chistes de la escasez de agua en la Ciudad de México y sobrevivir vendiendo tortas de chilaquiles, cuando no encontramos un empleo formal. ¿No les parece sorprendente el negocio «hay tamales oaxaqueños calientitos»?

 

INGENIO Y ADAPTACIÓN
El ingenio mexicano sigue una lógica adaptativa. En ese sentido es muy versátil, porque resuelve lo que se le pone enfrente. Baltasar Gracián, un filósofo de la época de Miguel de Cervantes, se dio cuenta que el ingenio complementa la lógica discursiva, y en ocasiones hasta la supera. El ingenio –comenta– es el talento innato de encontrar relaciones donde aparentemente no las hay. Vaya que en el albur, los mexicanos nos pintamos solos. El albur es un ejemplo de ese tipo de inteligencia tan sutil, que puede jugar con varias relaciones a la vez. El experto en albures es capaz de encontrar similitudes entre objetos que a primera vista no se parecen.

Pero puesto en práctica, el ingenio tiene muchos convenientes. Les cuento una anécdota: aunque la historia es probablemente falsa, se cuenta que mientras la NASA invirtió millones de dólares en desarrollar una pluma que funcionara bajo gravedad cero, los soviéticos optaron mejor por un lápiz. La anécdota ilustra muy bien cómo a veces la respuesta es más sencilla de lo que creíamos, y que por ende no tenemos que devanarnos los sesos en cálculos, modelos, proyecciones. Basta un poquito de simplicidad y, claro, ingenio.

Cuando se manifiesta el ingenio mexicano, en un albur de puro cotorreo, o bien en una solución improvisada pero lograda, demostramos que culturalmente nos hemos apropiado de un tipo de inteligencia versátil, adaptativa y que concluye que, a pesar de todo, sí se puede…

Como les decía en otra ocasión, es un hecho que la inteligencia artificial destruirá muchos empleos. Hace unos días, charlaba con un importante analista financiero que trabaja en Londres. Me contaba, con preocupación, que parte del trabajo de los analistas ya está siendo sustituido por máquinas y programas sofisticados. Las computadoras pueden desarrollar con destreza procesos complejos.

En este sentido, el ingenio es lo más difícil de reproducir por la inteligencia artificial. ¿Han visto el casco de don Quijote? Es una «bacía», un recipiente cóncavo y semicircular, que usaban los barberos para afeitar; por ello, la bacía tiene una muesca, una escotadura para colocar el cuello del afeitado. Don Quijote, el loco pero ingenioso, convierte ese traste de barbería en un yelmo de caballero. Eso es precisamente el ingenio, esa sutileza que permite ir más allá de los hechos. El ingenio no es sino creatividad súbita, habilidad para solucionar problemas rápidamente y con escasez de recursos.

Pero si el ingenio tiene un lado positivo, su abuso puede ser destructivo. La vida personal y de un país se parece más a un maratón, una carrera de largo plazo, que a un carrera de 100 metros. La constancia, la planeación, el orden, el cumplimiento de las reglas es indispensable en proyectos de cierta envergadura. No basta con ser ingeniosos e inventivos, hay que ser constantes y ordenados. En una ocasión, un profesor español le preguntó a un colega inglés cómo conseguían en Oxford aquellos céspedes tan impresionantes. «Muy sencillo, riegas, cortas, riegas, cortas… y así durante trescientos años». Seguramente la anécdota es falta, pero refleja el poder de la constancia.