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El líder empresarial tiene un papel activo en el combate a la desigualdad en el mundo, su mayor desafío es reconstruir la confianza entre las empresas y la sociedad.

 

Me gustaría comenzar felicitando a todos por este logro tan trascendental. El IPADE debe sentirse orgulloso, con toda justificación, del enorme impacto que ha tenido en estudiantes, negocios y organizaciones pero, sobre todo, en la sociedad.

A lo largo de estos años, más de 37,000 egresados se han beneficiado de esta experiencia de educación y transformación, no sólo en términos de desarrollar conocimientos y aptitudes –lo cual es muy importante– sino también carácter. No muchas escuelas podrían igualar la visión, la convicción, el compromiso y la dedicación del IPADE para hacer del mundo de los negocios un motor de cambio en la sociedad.

El Instituto se mantiene como magnífico testimonio de cómo un enfoque humanista puede formar directores que crean organizaciones sustentables, cuyos propósitos y valores están en concordancia con sus comunidades. Los próximos años, el mundo va a necesitar muchos más de estos directores sabios, considerados y compasivos.

Ha sido asombroso ver los grandes avances que el IPADE ha logrado en sus primeros 50 años, desde sus humildes comienzos en 1967. Durante el proceso, ha recibido diversos reconocimientos por ser una escuela de negocios de prestigio internacional –desde el Financial Times, Forbes y organismos de acreditación–. Con el enorme compromiso de sus profesores y el apoyo incondicional de sus egresados y alumnos, estoy seguro de que alcanzará mayores alturas en sus próximos 50 años.

 

DESIGUALDAD Y GLOBALIZACIÓN
Quisiera compartir algunas ideas acerca del crecimiento económico, la creación de riqueza y la justicia social; sobre la forma en que la riqueza se distribuye. Utilizaré comentarios que hice en la ceremonia de graduación de IIM Indore (Indian Institute of Management Indore) hace unos meses en la India. También utilizaré ideas de un libro del que soy coautor junto con David Garvin y Patrick Cullen, escrito hace algunos años, que se llama Rethinking the MBA: Business Education at a Crossroads. David Garvin falleció hace tres semanas tras una valiente lucha contra su enfermedad. Él fue un amigo y colega muy querido, brillante, creativo, sencillo y divertido. No he conocido a nadie con semejante capacidad para escuchar, para hacer preguntas profundas que generan nuevas apreciaciones y para sintetizar ideas disparatadas en un todo armonioso. Gran parte de lo que deseo transmitir el día de hoy es el resultado de las muchas conversaciones que tuve con él, así que quisiera dedicarle esta conferencia. Lo extrañaremos mucho.

Antes de comenzar con las ideas sobre el crecimiento económico y la justicia social, me gustaría hacer un reconocimiento a los profesores y al personal del IPADE. Sé lo mucho que han trabajado y los sacrificios que han hecho para hacer del IPADE lo que es hoy. Cada vez que los he visitado, he quedado muy impresionado y conmovido por su dedicación, compromiso y entrega para lograr que cada alumno sea la mejor persona que pueda ser. Los alumnos y egresados también han sido estupendos: su apoyo ha sido incansable y han mostrado una calidez genuina. Sé que se sienten muy orgullosos de ser parte de esta institución que valora la excelencia académica, la autorrealización y el bien social.

Permítanme comenzar compartiendo mi perspectiva sobre los asombrosos acontecimientos internacionales de los que hemos sido testigos durante el último año: Brexit y el crecimiento del nacionalismo y el proteccionismo en muchas partes del mundo. Muchos se sienten alarmados con estos acontecimientos y algunos se sienten afligidos. Sea cual sea su postura, es importante comprender por qué está ocurriendo, lo que pueden aprender de ello y las enseñanzas que acarrea para ustedes como directivos y empresarios. Ciertamente, vivimos en tiempos interesantes.

Permítanme comenzar con las recientes elecciones en Estados Unidos y brindarles un poco de contexto. Muchos pueblos estadounidenses son pueblos industriales. Con esto quiero decir que una o dos compañías que usualmente pertenecen a la misma industria –por ejemplo, la del acero o la automotriz– son las que proporcionan la mayor parte de los empleos. Durante mucho tiempo, en el periodo de la postguerra en la década de 1960, las personas que trabajaban en estas compañías ganaban buenos sueldos, disfrutaban de seguridad económica y no padecían diferencias significativas en las estructuras de clase. Era frecuente ver que los empleados de las fábricas y los ejecutivos enviaban a sus hijos a las mismas escuelas, tenían estructuras familiares similares y vivían en vecindarios relativamente parecidos.

Más tarde, a partir de 1970 y hacia finales del siglo XX, las cosas comenzaron a cambiar. Muchas plantas cerraron a raíz de que la globalización trajo consigo productos más baratos de otras partes del mundo, y el valor de las propiedades comenzó a colapsar, dejando a las familias sin patrimonio. Aquellos que tuvieron otras oportunidades y pudieron salir de sus ciudades emigraron, pero muchos quedaron atrapados debido a que las habilidades con las que contaban no les ayudaban mucho a encontrar otro empleo. La presión económica tuvo efectos muy negativos en la familia también. Se incrementaron los divorcios, así como la pobreza infantil. Las comunidades sufrieron. El espíritu de solidaridad disminuyó, lo cual debilitó las estructuras sociales. Éste es el contexto en que es más fácil comprender lo que sucedió en las recientes elecciones.

 

TECNOLOGÍA, EL OTRO FACTOR
La segunda fase de la globalización, que comenzó en la década de 1970, ganó impulso con el rápido desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación. Estas tecnologías permitieron a las compañías establecer cadenas de suministro a nivel mundial, ya que facilitaron la coordinación de actividades complejas y la producción en lugares donde la mano de obra era barata. Varios países se beneficiaron con esto –India, China, Indonesia, Malasia, México, Tailandia y Vietnam– fabricando productos y componentes para después venderlos en los países desarrollados. Los enormes avances en tecnologías de la información y comunicación, junto con la digitalización y la automatización que resultaron de ellas, tuvieron otros resultados inesperados.

Hace poco más de 10 años –ya en este siglo–, en un libro que tuvo mucha influencia titulado The new division of labor, los economistas Frank Levy y Richard Murnane plantearon argumentos convincentes de por qué la gente todavía es importante. Lo que argumentaban era que, si bien las computadoras se volverían muy eficientes para las tareas de procesamiento de información que implicaran la aplicación directa de reglas ya existentes, no serían capaces de realizar tareas que implicaran habilidades de reconocimiento de patrones, en las que las reglas fueran difíciles de especificar.

No sorprenderá que el ejemplo que utilizaron para ilustrar su razonamiento fueron los automóviles autónomos. Ahora, 10 años después, estos están cerca de convertirse en una realidad. Si esto llega a suceder –y la mayoría cree que así será–, millones de empleos se verán afectados, tan sólo en Estados Unidos. Se podría debatir si llegarán a México y cuándo, pero muchos expertos creen que sí sucederá. Aquellos que dudan que esto pueda ocurrir en algún futuro próximo deberían recordar lo equivocados que estaban Levy y Murnane. Se perderán empleos, pero eso es sólo la mitad de la historia, aunque una mitad muy importante.

La otra mitad son los beneficios que los automóviles autónomos tendrían en Estados Unidos, en México y en otras partes del mundo. Hay muchos estudios que sugieren que reducirán de manera significativa los accidentes de tráfico y salvarán muchas vidas. Ya no habrá necesidad de tener agentes de tránsito, los costos de reparación serán mucho menores y, sin duda, en Estados Unidos se reducirá el número de litigios.

Las mejores predicciones son que la mayoría de las personas no poseerá vehículos. Simplemente los van a rentar, así como como hoy en día pagamos taxis y servicios de Uber. Van a estar ubicados en lugares estratégicos para llegar a donde estén las personas en cuestión de minutos, llevarlas a su destino y regresar a un punto óptimo a esperar otro llamado. Nunca más tendremos que preocuparnos por encontrar lugar de estacionamiento.

Emilio Frazzoli estima que el beneficio potencial tan sólo en Estados Unidos es de más de tres billones de dólares por año. Algunas estimaciones sugieren que compartir automóviles reducirá significativamente el número de carros, lo que disminuiría de forma radical la contaminación y los efectos en el medio ambiente. Conforme la gente se vaya haciendo más productiva al no tener que conducir, van a optar por vivir en lugares de su elección en lugar de cerca de sus lugares de trabajo, lo cual supondría una mejor calidad de vida. El punto importante de este ejemplo es que ambos lados son importantes. Hay beneficios, pero también hay costos significativos. La pérdida de empleos es una preocupación, pero los beneficios son igualmente valiosos.

Esto no es un problema nuevo. El papel que ha tenido la tecnología en transformar el trabajo en la sociedad ha sido un elemento básico del progreso humano. La mayoría de las personas no se arriesgarían a regresar a aquellos días de trabajo duro en el campo o las fábricas. Afortunadamente, las innovaciones anteriores dieron lugar a la creación de nuevos empleos en industrias nuevas, para los que se preparó o entrenó a mucha gente, con lo que se redujo la tensión entre el crecimiento económico y la justicia social. Lo que es nuevo es la velocidad a la que las innovaciones más recientes están ocurriendo –lo cual deja a un gran número de personas en riesgo–, al igual que los aumentos drásticos en la desigualdad y el sesgo del ingreso y la riqueza.

De toda la riqueza que se ha creado en Estados Unidos durante los últimos 20 años, cerca de un tercio ha quedado en manos de 1% de la población. 50% más bajo difícilmente se ha beneficiado. Esto no es sorprendente, si tenemos en cuenta las economías de escala y los efectos de red de las tecnologías de automatización y digitalización. Las economías de escala simplemente se refieren a que, conforme las compañías crecen, el costo de los servicios que proveen decrece. Los efectos de red significan que los servicios de una compañía son más valiosos mientras más gente los utilice. Facebook es un excelente ejemplo de ambos efectos. Ahí se crean mercados de tipo “el ganador se lo lleva todo”. Los beneficios económicos de las economías de escala y las redes hacen que sea muy difícil que una compañía desplace a otra que ya se ha beneficiado de este efecto, tal como Facebook, que ya es un actor dominante.

Es por esta razón –y vale la pena reflexionar sobre esto– que la capitalización de mercado de cuatro compañías (Amazon, Apple, Facebook y Google) es equivalente a la riqueza nacional de Canadá, y ni siquiera incluí a Microsoft en la lista. Mientras que en el pasado el crecimiento aumentaba tanto el salario de los trabajadores como la rentabilidad de los accionistas, la mayoría de los beneficios de la nueva economía han quedado en manos de los accionistas.

La desigualdad en el ingreso trae consigo otro tipo de desigualdad: la falta de oportunidades para ascender en la escala económica y social para los individuos que proceden de entornos desfavorecidos. Estos individuos consideran que la balanza está inclinada en su contra y que las élites que tienen los beneficios de una buena educación, así como las habilidades técnicas y directivas que ésta brinda, no sólo se están quedando con todos los beneficios, sino que les están quitando sus empleos. Si observan la forma en la que se dio el patrón de las últimas elecciones, podrían ver claramente –con base en este tipo de diferenciación en el ingreso–quién obtuvo más votos en los diferentes distritos de Estados Unidos. México siempre ha vivido con desigualdad, pero estas tendencias más recientes tienen el potencial de crear tanto mayor ingreso como riqueza para México y al mismo tiempo afectar negativamente a algunos sectores vulnerables de la sociedad.

 

¿QUÉ HACER ANTE LA DESIGUALDAD?
Así que, ¿hacia dónde nos movemos ahora? Comencemos con los retos que nos plantea la globalización. Sería fácil imponer aranceles a la importación de los productos que antes se elaboraban en los pueblos industriales que mencioné. Ésta es una línea de acción que actualmente se está proponiendo, como bien lo saben. Tal acción ciertamente salvaría algunos empleos –con lo que se resolvería una parte de la primera mitad del problema, que es conservar empleos–, pero también limitaría los beneficios de la globalización en cuanto a un menor costo de los bienes y servicios. Más aún, podría poner en riesgo la competitividad a largo plazo de las empresas y reducir los beneficios indirectos de la creación empresas exitosas. Sin embargo, incluso si se implementaran más políticas proteccionistas y se frenara la inmigración –dos acciones que vemos están sucediendo con lentitud, pero con firmeza– no creo que habría un efecto significativo en los empleos. Por lo tanto, creo que se está atacando el problema equivocado.

Las políticas proteccionistas no hacen frente a la mayor amenaza para los medios de vida sostenibles. Es mucho más probable que la gran mayoría de los empleos que se han perdido en la última década y que se perderán en el futuro, tanto en Estados Unidos como en México, se pierdan a causa de la automatización, la digitalización, el aprendizaje automático y la inteligencia artificial. Hay quienes estiman que la mitad de los empleos actuales están en riesgo, y no me refiero solamente a los empleos en fábricas, sino también a los conductores de camiones, agricultores, empleados de almacenes, abogados, médicos, pilotos comerciales, incluso maestros y profesores.

La innovación tecnológica, la digitalización y la automatización son un factor fundamental del estancamiento de los salarios de la clase media, la recuperación sin empleo, el desempleo estructural y la desigualdad de ingresos. México puede beneficiarse de la nueva inteligencia artificial y las tecnologías de detección, pero también tendrá que lidiar con los problemas relacionados con el crecimiento económico y la justicia social: el impacto de la tecnología en los empleos y la vida de las personas, el desempleo y la desigualdad de ingresos y oportunidades. Al mismo tiempo, las políticas nacionalistas y proteccionistas que tengan lugar en Estados Unidos y otros países tendrán un efecto dominó en todo el mundo, incluido México.

Ya sea que se trate de México o de Estados Unidos, las soluciones para estos problemas no son simples ni fáciles. Hasta cierto punto, el reto no es nuevo, sólo que es más grave debido a la velocidad del cambio. Sin entrar en detalles, permítanme mencionar algunas de las ideas que se han propuesto, tan sólo para enfatizar el tipo de pensamiento innovador que se requerirá:

  • Semanas de trabajo más cortas, como se ha visto en varios países escandinavos.
  • Recompensar a las personas por la información que compartan.
  • Una red de seguridad más amplia y un salario digno para las personas que pierdan su trabajo.
  • Programas de entrenamiento más flexibles y específicos para preparar a los trabajadores para los empleos de la “nueva economía”, en lugar de una capacitación generalizada.
  • Incentivos para promover la contratación; por ejemplo, reducir los impuestos sobre la nómina u otorgar subvenciones y reducir los sesgos actuales en favor de las inversiones de capital.

En su segundo discurso presidencial inaugural, Franklin Roosevelt dijo: “La prueba de nuestro progreso no es si añadimos más a la abundancia de aquellos que tienen mucho; es si proporcionamos suficiente a aquellos que tienen demasiado poco”. Estas palabras pronunciadas en 1937 son tan ciertas ahora como entonces.

En su libro Humans Need Not Apply (Humanos, abstenerse), Jerry Kaplan hizo algunas propuestas interesantes para crear préstamos de entrenamiento vocacional o hipotecas para empleos y nuevas estructuras de impuestos para promover que la propiedad de las empresas que cotizan en bolsa se amplíe, en lugar de que se concentre, con el objetivo de distribuir más ampliamente la riqueza creada por la nueva economía, al servicio del interés público. También nos pide reflexionar si la existencia de fuentes de ingreso más seguras haría que las personas desearan trabajar tanto como lo han hecho en el pasado o buscar mayor sentido a sus vidas ayudando a los ancianos, a los desvalidos y a los discapacitados, haciendo trabajo comunitario y servicio social, compartiendo tiempo con sus hijos y familias y formando a una siguiente generación de personas más compasivas y bondadosas.

Robert Kennedy expresó bellamente este sentimiento al describir la importancia de apreciar la vida más allá de la producción y los empleos. “El producto interno bruto no mide la salud de nuestros niños, la calidad de su educación o el placer de sus juegos. No incluye la belleza de nuestra poesía o la fortaleza de nuestros matrimonios, la inteligencia de nuestros debates públicos o la integridad de nuestros servidores públicos. No mide nuestro conocimiento o nuestro coraje; tampoco nuestra sabiduría o nuestro aprendizaje, ni nuestra compasión o nuestra devoción a nuestro país. Mide todo, excepto aquello que hace que la vida valga la pena”.

 

EL PAPEL DEL LÍDER
Las políticas descritas no sucederán sin el compromiso de los individuos más exitosos con los desafíos sociales venideros. En este esfuerzo, los empresarios, directivos y la formación empresarial tendrán que desempeñar un papel muy importante. Necesitaremos reunir muchas de las habilidades de conocimiento, acción y del ser de las cuales David Garvin, Patrick Cullen y yo escribimos en Rethinking the MBA: liderazgo, innovación, creatividad y pensamiento integrador, comprendiendo el rol, las responsabilidades y el propósito de los negocios, así como los problemas relacionados con el riesgo, la regulación y las restricciones. Los líderes empresariales tendrán que lidiar con una naturaleza y alcance cambiantes de sus responsabilidades. Los ejecutivos tendrán que determinar la mejor manera de mantener en equilibrio las demandas de la gran diversidad de grupos a los que sirven, tales como los accionistas, los titulares de bonos, clientes, empleados, legisladores, ONG y el público en general.

En el curso de liderazgo y responsabilidad corporativa que enseñamos en la Escuela de Negocios de Harvard, los estudiantes se enfrentan a una amplia gama de dilemas morales y éticos. Se trata de elecciones entre ganancias privadas y ganancias sociales y, en las palabras de Robert Schiller, una visión de la naturaleza humana que inspire nobleza de pensamiento. Sé que hacen cosas muy similares aquí en el IPADE. A través de ejercicios de reflexión, se pide a los alumnos que consideren formas en las que se pueda inspirar a los líderes para estar a la altura de los retos de un liderazgo responsable y confiable, a comportarse con prudencia, especialmente al enfrentar fuertes presiones para actuar de otra manera, y a desarrollar un conjunto claro de compromisos morales, valores personales y principios éticos para guiar sus acciones. El curso ayuda a los estudiantes a internalizar un mensaje acerca de las muchas responsabilidades que los líderes empresariales tienen ante la sociedad.

Hace casi cien años, Mahatma Gandhi escribió acerca de las tensiones entre el crecimiento económico y la justicia social. Gandhi no creía que el Estado deba controlar los medios de producción. Sin embargo, le preocupaba la manera en que el capitalismo podría lograr la justicia social. Gandhi describió este reto en la forma de siete pecados capitales sociales de los que anhelaba que el mundo pudiera deshacerse. Estos son: riqueza sin trabajo, placer sin conciencia, conocimiento sin carácter, comercio sin moral, ciencia sin humanidad, religión sin sacrificio y política sin principios. Estas palabras tienen mayor resonancia aún hoy que la que tenían hace casi un siglo. El rápido cambio tecnológico representará un desafío a nuestra capacidad para lidiar con las presiones sociales que conlleva.

Consideremos algunas de las primeras palabras de la lista de los siete pecados sociales de Gandhi: conocimiento, ciencia, comercio, riqueza y placer. Éstas son, en muchos sentidos, la base del crecimiento económico y la llave para el progreso humano. Ahora consideren algunas de las últimas palabras: carácter, humanidad, moralidad, trabajo y conciencia. Éstos son los principios sociales y los valores humanos que sostienen la justicia social. Es crucial que, aunque utilicemos el conocimiento y la ciencia para impulsar los motores del comercio para generar riqueza y placer, ejercitemos la moderación evitando sacar injusta ventaja de nuestro conocimiento, actuando de manera ética, haciendo conciencia de los privilegios de los que disfrutamos y que otros no tienen y reflexionando sobre las consecuencias de nuestras acciones en nuestras sociedades.

Gandhi tenía una enorme preocupación. En la víspera de la Independencia de la India, cuando se le preguntó cuál era, respondió: “la dureza de corazón de la gente instruida”. Él hablaba de un camino hacia la felicidad basado en la generosidad, donde los ricos servirían como administradores para los pobres.

Cuando pienso en estas palabras, recuerdo la historia de un pequeño niño de antaño, cuando un helado costaba mucho menos que lo que cuesta ahora. Un niño de 10 años entró a la cafetería de un hotel y se sentó en una mesa. Llegó una mesera y puso un vaso con agua frente a él. “¿Cuánto cuesta un helado tipo sundae?”, preguntó el niño. “50 centavos”, respondió la mesera. El niño sacó su mano de su bolsillo y contó las monedas que tenía. “Bueno, ¿cuánto cuesta un helado sencillo?”, preguntó. Para ese momento, ya había más gente esperando una mesa y la mesera se estaba impacientando con las preguntas del niño. “35 centavos”, contestó bruscamente, deseando que el niño se apurara. El pequeño contó nuevamente sus monedas. “Voy a tomar un helado sencillo”, dijo él. La mesera le llevó el helado, puso la cuenta en la mesa y se fue. El niño terminó su helado, pagó a la cajera y se fue. Cuando la mesera regresó a la mesa, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras limpiaba la mesa, ya que ahí, colocados cuidadosamente junto al plato vacío, había 15 centavos. Verán, el niño podía haber pedido el helado tipo sundae, pero entonces no hubiera tenido dinero para darle propina a la mesera, así que escogió el helado sencillo.

Todos tenemos esa vena de generosidad dentro de nosotros. Pero, de alguna manera, en las vidas agitadas que llevamos, olvidamos esa verdad esencial. Nuestros padres nos enseñan –como los míos lo hicieron conmigo– que, en última instancia, una vida bien vivida se mide no por lo que hacemos por nosotros, sino por lo que hacemos por los demás. El gran jugador de tenis y humanista Arthur Ashe lo expresó de manera sencilla cuando dijo: “Con lo que recibimos logramos ganarnos la vida, pero con lo que damos logramos dar sentido a la vida”. Si lo hacemos bien –como anhelo que suceda– la nueva economía nos ayudará a alcanzar aquella noble visión del crecimiento inclusivo. Si no, las tensiones y tribulaciones que ya estamos viendo pondrán a prueba aquello que constituye nuestras sociedades.
La elección es nuestra.

Soy un optimista, pero también tengo hijos que son un poco mayores que algunos de los egresados que están aquí hoy. A través de sus ojos veo una generación asombrosa, libre de prejuicios y llena de generosidad, bondad y amor. Así que, mientras el mundo se da tumbos hacia una ola de nacionalismo y proteccionismo y hacia divisiones sociales y de clases, mi apuesta está en que la siguiente generación actuará con valentía, abrazando el cambio con seriedad y respeto, y construirá un mundo como el que quedó expresado en las palabras del poeta indio Rabindranath Tagore:

Cuando la mente vence al miedo y el corazón se mantiene en alto
Cuando el mundo no está dividido en fragmentos por estrechos muros domésticos
Cuando las palabras salen de lo hondo de la verdad
Cuando los brazos se tienden incansables hacia la perfección;
Cuando el claro hontanar de la razón no se ha perdido en el desolado desierto de los hábitos muertos,
Cuando eres tú quien conduce la mente hacia un pensamiento y una acción cada vez más vastos,
Al paraíso de la libertad
Padre, haz que mi país despierte.

Frecuentemente me he preguntado qué tan diferente habría sido mi vida si hubiera nacido a unas casas de distancia o a unas millas de donde nací. Ciertamente he trabajado duro, pero nunca he olvidado lo increíblemente afortunado que he sido. Así que, les ofrezco tres palabras de consejo para navegar en el mundo en el que estamos: humildad, valor y confianza.
Primero, necesitamos ser humildes; sin ello, no podemos crecer ni aprender. La humildad nos ayuda a mantener la perspectiva. Nos recuerda ser agradecidos por los privilegios de los que hemos disfrutado, algunos ganados, pero no todos. Nos ayuda a desarrollar empatía, la raíz de cualquier innovación. La humildad nos guiará hacia las innovaciones económicas y sociales que necesitamos para lograr el crecimiento con justicia social.

Segundo, cuando nos enfrentemos a una decisión, debemos tener el valor de hacer lo correcto, no lo que es conveniente. Estoy seguro de que, a lo largo de nuestra vida y carrera, se nos pondrá a prueba en esta dimensión en múltiples ocasiones. Mi deseo es que, en cada ocasión, perseveraremos y no sucumbiremos ante la presión y la tentación. Debemos tener el valor para decir la verdad a los que están en posiciones de poder. Lograr un equilibrio entre el crecimiento económico y la justicia social no es una tarea fácil, pero será más fácil lograrlo si tenemos el beneficio de contar con diferentes perspectivas, aún si algunas de esas perspectivas no tienen tanta aceptación.

Al estar lidiando con diferentes soluciones, va a ser importante permanecer conectados, escuchar y aprender y, al mismo tiempo, tener el valor de expresar nuestros puntos de vista. Como líderes, debemos diseñar organizaciones basadas en sólidos principios éticos, ya que estos principios son los que guiarán a la organización para hacer lo correcto y abordar los problemas en una forma seria y considerada.

Y, finalmente, la confianza. El mayor reto para esta generación de líderes empresariales será reconstruir la confianza entre las empresas y la sociedad. Ya sea en México, Estados Unidos o Europa, la innovación tecnológica como la que describí pondrá en riesgo a las familias y desestabilizará la vida de las personas. Necesitamos ser líderes capaces de resolver los problemas de aquellos que resulten afectados.

El IPADE fomenta estas tres cualidades entre sus estudiantes: ser humilde, tener el valor de hacer lo correcto y ganar la confianza de la sociedad. La integridad, la ética y los valores son una parte fundamental del plan de estudios. Los egresados del IPADE son reconocidos por ser más empáticos, más capaces de equilibrar los aspectos humanos y los de negocios, orientados a las personas, capaces de comprender los procesos y las circunstancias humanas y socialmente responsables. Los egresados frecuentemente expresan que el IPADE los convirtió en mejores personas y mejores seres humanos y les enseñó a respetar a los demás y a considerar la forma en que otros viven.

Soy optimista acerca del futuro. La economía mundial ha superado muchas crisis anteriores, incluidas la gran depresión y la reciente recesión. Tenemos instituciones adaptables, ciudadanos considerados y sociedades resilientes. La generación de los millennials es apasionada acerca de los valores cívicos y acerca de ser buenos ciudadanos, y les interesa la igualdad y la necesidad de ver unos por otros. Así que, tenemos el potencial para crear la riqueza más grande y el mayor bienestar que cualquier generación haya logrado. Con los objetivos de crecimiento económico y justicia social y las cualidades de humildad, valor y confianza, es nuestra la decisión de soñar y hacer realidad. Muchas gracias por su atención y por permitirme ser parte de sus celebraciones. Felicidades una vez más, y mis mejores deseos para los siguientes 50 años.


Discurso pronunciado por el profesor de la Harvard Business School el 24 de mayo de 2017, durante la jornada conmemorativa del 50 aniversario del Instituto celebrada en la sede Monterrey.