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Los problemas sociales en la actualidad difícilmente pueden ser solucionados por un solo actor. Es necesario enfrentarlos con esquemas de colaboración de todos los sectores, mediante sociedades basadas en la solidaridad que busquen soluciones innovadoras y transformadoras.

 

“Todos estamos juntos en esto”. Simple y contundente es la frase que Ban Ki-moon, ex Secretario General de las Naciones Unidas (UN), ha utilizado en repetidas ocasiones para explicar la relevancia de los recientemente acordados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Estos objetivos, de carácter universal, entraron en vigor el 1º de enero de 2016 como parte de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. El fin último de la Agenda es que en los próximos 15 años, los países intensifiquen los esfuerzos para poner fin a la pobreza en todas sus formas, reducir la desigualdad y luchar contra el cambio climático. Garantizando, al mismo tiempo, que nadie se quede atrás en este proyecto universal de desarrollo1. En esta línea, el objetivo número 17 busca “revitalizar la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible”. Una alianza a través de la cual los gobiernos, la sociedad civil, los científicos, el mundo académico y el sector privado se unan en estrategias colaborativas a favor del desarrollo sostenible. Ya hablaremos más de esto.

Detrás de las palabras de Ban Ki-moon y, por consiguiente, del objetivo número 17 para el desarrollo, se puede identificar un razonamiento de corte pragmático, así como un razonamiento que implica un esfuerzo de carácter reflexivo un tanto más profundo. Ambos servirán de hilo conductor para este argumento. Empecemos por el pragmático.
Resulta casi obsoleto pensar que ante la creciente magnitud y complejidad de los problemas sociales que vivimos, sean los individuos, las organizaciones y los sectores capaces de lidiar con ellos adecuadamente de forma aislada. Esto porque la mayoría de dichos problemas son de índole estructural y sistémica, lo cual implica que trascienden las barreras de un solo sector, institución o individuo.

Un claro ejemplo de esto es la crisis de seguridad pública en México. A pesar de haber recibido un sinfín de partidas presupuestarias federales, estatales y municipales, la luz al final del túnel no se ve ni remotamente cerca. Las cifras de homicidios, secuestros, robos, asaltos, etcétera, no han dejado de incrementarse pese a los esfuerzos. En otras palabras, para poder reconstruir las plataformas y tejidos sociales que hay detrás de la crisis de seguridad pública en el país (no se busca en este escrito detallar las complejas causas de dicha problemática), será necesario que cada institución, a partir de sus capacidades y con los recursos que le corresponden, se alinee a un proyecto congruente y de acuerdo con la realidad que vivimos. Es sentido común. Sin embargo, aunque la lógica está del lado de este argumento, no se ha visto, ni ante esta problemática ni ante muchas otras, una agenda de política pública intersectorial que responda a estos criterios. Pasemos ahora al segundo razonamiento (reflexivo).

 

UNA SOCIEDAD DESVINCULADA
Volvamos al ejemplo de la crisis de seguridad pública en México. Pensemos en el papel que juega la juventud mexicana en esta macabra ecuación. Solamente en 2014, de acuerdo con datos del Censo Nacional de Procuración de Justicia Estatal del mismo año, las agencias del ministerio público locales especializadas en adolescentes conocieron asuntos relacionados con 49,0512 menores imputados por alguna conducta posiblemente contraria a la ley. 90% de estos menores ingresaron al sistema de justicia3.

Sin ánimos de caer en un simplismo argumentativo, existe suficiente sustento académico4 como para inferir que estos jóvenes posiblemente fueron víctimas de alguno de los múltiples factores de riesgo comunes que empujan a los menores a la cadena del crimen (factores individuales como el temperamento, la baja autoestima, habilidades sociales pobres y consumo de sustancias; factores familiares, factores comunitarios como pobreza, violencia y pocas oportunidades académicas, entre muchos otros).

Jóvenes que, de alguna forma, son reflejo de lo que Josep Miró denomina como una “sociedad desvinculada”. Una sociedad en la que los lazos humanos y todo aquello que nos une se ha roto; en la que modelos coercitivos, restrictivos y completamente en contra de la atomización social se han adueñado de los espacios de vida pública5. El Papa Francisco se ha referido a este fenómeno como el resultado de una “cultura de descarte”, que nos orilla no sólo a descartar productos sino a pensar que la vida humana es desechable: los pobres, los inmigrantes, los ancianos, las personas económicamente vulnerables, los que no tienen voz. Una sociedad en la que la solidaridad, la benevolencia y la fraternidad no tienen mucho margen de acción.

Para poder “ir todos juntos en esto”, como sugiere Ban Ki-moon, y solventar problemas como los descritos aquí, el primer paso es repensar sobre qué tipo de sustento queremos provocar esta “alianza mundial”. A continuación, algunas sugerencias.

PASO 1.
MIGRAR DE LA DESVINCULACIÓN A LA VINCULACIÓN SOCIAL
Para entender la propuesta de la creación de valor colaborativo como una propuesta que va mucho más allá del pragmatismo, se sugiere que el punto de partida sea pensar en una lógica de sociedad basada, entre otras muchas cosas, en un principio de solidaridad. De acuerdo con Hittinger (2016)6 la solidaridad como virtud social tiene cuatro significados:

Antropológico. Nuestras perfecciones ontológicas comunes como humanos.
Instrumental. Utilidades y externalidades en común (entendida como interdependencia).
Comunicativo e irreduciblemente moral. Actividades comunes, con distintos modos de cooperación, amistad, asociaciones, muy relacionado a lo que conocemos como sociedad civil.
Comunión. Amor común, es decir, lo que se ama es la unión por sí misma, o koinonia.

El argumento de Hittinger, que retomamos aquí, es que una sociedad constituida de koinonia tiene una lógica distinta. Contrario a lo que sucede en la sociedad desvinculada, esta sociedad se corroe cuando no hay respeto al otro. Se corroe cuando hay injusticia, cuando se dan intercambios y distribuciones ineficaces. Se sostiene cuando la justicia y la benevolencia están al centro, porque existe una unión cuya interdependencia es irrefutable7. Es decir, bajo el principio de koinonia, el hecho de que 44,146 menores de edad hayan ingresado al sistema de justicia en México en 2014 nos hace pensar que, de alguna u otra forma, estemos en deuda con ellos.

PASO 2.
REINVENTAR LA COLABORACIÓN
Entendiendo, ahora sí, que detrás de la frase “todos estamos juntos en esto” puede haber un profundo llamado a repensar nuestra sociedad, podemos esbozar qué implica la colaboración estratégica, qué tiene que ver con la sociedad vinculada y por qué este acercamiento no debe ser ajeno al empresario.

La conexión que existe entre el progreso social y el crecimiento empresarial es innegable. La idea de que es desde el sector empresarial donde se originarán muchas de las soluciones que llevarán a nuestro hogar común al desarrollo ya no está a discusión. Es un hecho. Interminable es la lista de conceptos que aluden a este rol transformador de la empresa (shared value, triple-bottom line, corporate social responsibility, corporate citizenship, strategic stakeholder approach, conscious capitalism, etcétera). Palabras más, palabras menos, lo que se enfatiza es que una empresa con propósito no ve la creación de valor social, económico y ambiental como dimensiones aisladas, sino como parte de un todo, detrás de un legítimo deseo de generar valor para sus distintos stakeholders.

No obstante, Marc W. Pfitzer y Mark Kramer8 (uno de los padres del famoso concepto del shared value) han insistido en que, para alcanzar el máximo potencial del shared value como catalizador de cambio social, es necesario fomentar un “ecosistema apropiado para crear este shared value o valor compartido”. Este ecosistema, dicen los autores, debe contemplar el “impacto colectivo”9.

El impacto colectivo se basa en la idea de que los problemas sociales surgen y persisten por una compleja combinación de acciones y omisiones llevadas a cabo por actores de todos los sectores. Por ende, sólo pueden ser solucionados si se dan esfuerzos coordinados. Esto requiere que las empresas promuevan y participen en alianzas capaces de crear valor colaborativo que transforme. Crear valor estratégico con impacto colectivo va mucho más allá de simples transacciones a corto plazo, sin metas en común. Pensar en términos de la creación de valor colaborativo implica un esfuerzo en el diseño, implementación y evaluación de estas estrategias (ver paso 4).

PASO 3.
RECORDAR (Y REIVINDICAR) AL SOCIO OLVIDADO: EL SECTOR SOCIAL
Podemos decir entonces que pasar del impacto aislado al impacto colectivo requiere un acercamiento sistémico que se concentre en las relaciones entre organizaciones y que tenga como eje rector la solidaridad. Pero esto, requiere, además, el fortalecimiento de actores sociales que tengan las habilidades y los recursos para reunir y coordinar los elementos específicos necesarios para crear valor.

En medio de estas nuevas configuraciones, ¿cómo no apostarle a un sector que alberga a actores cuya misma esencia trae el antídoto contra la sociedad desvinculada que discutíamos anteriormente? Se debe buscar que la sociedad civil extienda esos principios que son intrínsecos a su esencia (gratificación, reciprocidad y solidaridad) a las esferas del mercado y la administración pública. Así se convierten en el pegamento que sostiene a la sociedad, por ser el impulsor de los valores pro-sociales (Melé, 2016)10 que tanto nos hacen falta en este momento.

Esto de ninguna forma quiere decir que la promoción de la solidaridad, fraternidad, cooperación y gratuidad sea una atribución exclusiva de la sociedad civil. En caso de poseer ésta el monopolio de la generación de valores “pro-sociales” daríamos pie a que otros actores y sectores perdieran su fin último: el servicio al hombre, la dignidad humana y el bien común. Sin embargo, por su razón de ser, nos conviene reivindicar y darle un espacio más estratégico al sector social.

Para darnos una idea del estado actual del sector en México, basta un simple ejercicio comparativo entre la cantidad de organizaciones que existen por cada 10,000 habitantes. Países como
Canadá y Australia, cuentan con 163 y 46 organizaciones civiles respectivamente por cada 10,000 habitantes. México cuenta con tres (ver cuadro 1).

Pero más allá de la cantidad, debemos entender como requisito para la reinvención de la colaboración en México, la reinvención, o reivindicación, del sector social. Apostarle al sector social implica responsabilizarnos de hacerlo más eficiente, de promover la escalabilidad de sus estrategias, la competencia, el enfoque en el impacto, la diversidad en sus fuentes de ingreso, la profesionalización de cuerpos directivos, la competencia, la profesionalización y la institucionalización de sus estructuras. La gran noticia es que, al apostarle a la creación de valor colaborativo, uno de los resultados paralelos automáticos será la construcción de capacidades institucionales para el sector social.

PASO 4.
IDENTIFICAR UN MARCO DE ACCIÓN CONGRUENTE PARA LA CREACIÓN DE VALOR COLABORATIVO
El rol de las empresas para estas estrategias de impacto colectivo es central. No obstante, el mindset de la colaboración exige un esfuerzo integral. Existen varios marcos de referencia para esto, entre ellos la propuesta de James Austin y May Seitanidi11: “Marco de creación de valor colaborativo”. El argumento central de los autores es que existen distintos recursos, procesos, fases y grados de institucionalización que van a determinar la calidad de valor que se genera. A continuación, algunas características que detectan en las alianzas capaces de generar valor colaborativo transformador:

Recursos y fuentes de valor
La creación de valor es conjunta, es decir, a partir de la combinación de recursos de los socios se crean nuevas configuraciones que no existían antes.
Los recursos que aporta cada actor son complementarios, no hay duplicación o superposición de recursos.
Los recursos que cada aliado pone son exclusivos a su organización, no genéricos (por ejemplo, las alianzas en las que un donante solo da dinero, no generan la mayor cantidad de valor posible).
Los intereses en común de los socios o aliados son profundos.
Es posible renovar continuamente los recursos que se intercambian entre socios, hay metas en común, la interacción es frecuente y desde distintas esferas, las sinergias culminan en innovación.

El mindset de la creación de valor
Las motivaciones van mucho más allá de lo simbólico. Los aliados están enfocados en la innovación, existe interdependencia y se cree firmemente que el beneficio va mucho más allá de lo que puedan sacar los socios de las interacciones. (El principio de solidaridad permea la alianza).
La alianza pasa de una fase filantrópica a una transaccional, a una integrativa y culmina en una fase transformacional. En ésta hay un alto grado de interdependencia, de acciones colectivas, y de innovación social que produce valor sinérgico y transformativo que impacta a los socios y a la sociedad en su conjunto.

Procesos
La alianza pasa por los procesos de formación, selección, implementación e institucionalización.
• Formación y selección. Hay alianzas que surgen de forma espontánea y hay alianzas que surgen a raíz de un proceso planeado. Lo importante es que desde el inicio los socios tengan claras las intenciones, experiencias previas, capacidades, intereses, etc. de su contraparte.
• Implementación. Se logra contar con estructuras concretas para la puesta en marca, el diseño, experimento y adaptación de las estrategias de co-creación de valor.
• Institucionalización. Implica integrar los procesos de colaboración en rutinas operativas de los aliados. La información se convierte en capacidad para ambos socios. Se logra también una “gobernanza colaborativa”, estrategias para integrar el input de distintos actores y estructuras que se sostienen sobre el tiempo.

Evaluación
Se evalúan los resultados internos para los socios de la alianza y los resultados externos. Existen metas y sistemas de medición compartidos.

 

SÍ SE PUEDE Y ESTÁ PASANDO
Volvamos una vez más al ejemplo de la crisis de seguridad pública en México. En 2011, Toks, una de las cadenas de restaurantes más exitosas de la región, inició una alianza con la asociación civil Reintegra A.C., organización con más de 30 años de experiencia en programas de prevención del crimen y la violencia y de reintegración social de jóvenes mexicanos en conflicto con la ley. “Damos segundas oportunidades” es el lema de la organización.

Cuando miembros de la asociación civil se le acercaron a Gustavo Pérez, director de Responsabilidad Social de Toks, para invitarlo a participar en el proyecto, su respuesta inicial fue “yo no trabajo con delincuentes”. El objetivo de la Asociación era que Toks permeara el know-how de habilidades para la empleabilidad a los beneficiarios de la asociación civil, con el fin de aumentar sus posibilidades de inclusión laboral. Después de conocer más a fondo la labor de Reintegra, accedió a ser parte de la estrategia. Hoy la cadena restaurantera se ha convertido en pieza clave del proyecto de inserción social de la organización. Reintegra provee la capacidad y el know-how requerido para trabajar con jóvenes en alto riesgo o en conflicto con la ley, Toks integra las habilidades para la empleabilidad y emprendimiento. Al día de hoy, más de 200 adolescentes han participado en este programa. Algunos ya cuentan con sus propias empresas, otros han regresado a sus estudios y otros se han empleado en ésta o en otras empresas.

Por un lado, al combinar recursos de distintos actores, estos pueden lograr más que si hubieran actuado de forma separada. Las alianzas intersectoriales, además, suelen ofrecer la capacidad de tener acercamientos sistémicos, transformativos e innovadores a los problemas sociales que enfrentamos. Dentro de estas nuevas formas de organización, los negocios que deliberadamente escogen crear valor social a través de la colaboración, están ganando.

Necesitamos crear un ecosistema en el que se incentive la colaboración entre actores. La buena noticia es que en la actualidad proliferan las plataformas, herramientas e iniciativas que pueden incentivar estos esquemas colaborativos de forma extraordinaria. Cada vez son más los emprendedores y empresarios que, desde el sector no lucrativo, lucrativo y desde modelos híbridos empiezan a polinizar el campo de lo social. Existen ya en México un número importante de esfuerzos que se inclinan por un legítimo trabajo en redes a favor de la solución de problemas sociales y de la promoción de cambios estructurales a largo plazo. El caso de la alianza Toks-Reintegra así lo demuestra.

Estas formas colaborativas de crear valor, además de ser más eficientes para cierto tipo de problemáticas sociales, tienen el potencial de reivindicar las virtudes y valores que son el antídoto de la sociedad desvinculada que planteábamos al inicio. Es necesario esperar y exigir más de nosotros mismos como parte de este gran proyecto colectivo, este hogar común. Al final, “todos estamos juntos en esto”.

 


Notas al pie
1 Naciones Unidas (2017). Objetivos de Desarrollo Sostenible.
2 INEGI (2014). Censo Nacional de Procuración de Justicia Estatal.
3 Centro de Investigación para el Desarrollo A.C. (CIDAC, A.C.), (2016). Justicia para Adolescentes en México.
4 UNICEF. Criminal Justice for Teenagers.
5 Josep Miró (2014). La sociedad desvinculada. Editorial Stella Mari
6 Hittinger, R. (2016). “Amor, sustentabilidad y solidaridad. Raíces filosóficas y teológicas”. En Schlag, M. & Mercado, J. (eds) Libre Mercado con solidaridad y sustentabilidad. Enfrentando el Reto. Washington D.C.: The Catholic University of America Press.
7 Ibid.
8 Mark R. Kramer & Marc W. Pfitzer (2016). “The Ecosystem of Shared Value”, Harvard Business Review.
9 John Kania & Mark Kramer (2011). “Collective Impact”. Stanford Social Innovation Review.
10 Melé, Domenec (2016). “Dejando atrás el modelo positivista y utilitario de la actividad económica. Hacia un acercamiento humanístico”. En Schlag, M. & Mercado, J. (eds) Libre Mercado con solidaridad y sustentabilidad. Enfrentando el Reto, Washington D.C.: The Catholic University of America Press.
11 Austin & Seitanidi (2014). Creating value in nonprofit-business collaborations. San Francisco: Jossey Bass.