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el rito de la pobreza, de los consuelos peleoneros dentro del gran
desconsuelo-que-es-la-vida, la mezcla de tragedia clásica, circo,
deporte olímpico, comedia, teatro de variedad y catarsis laboral.

(palabras de Carlos Monsiváis refiriéndose
al enmascarado de plata)

 

Hace unos meses, Jorge Guzmán Rodríguez, mejor conocido como “El hijo del Santo” se reunió con el Jefe de Gobierno de la CDMX, Miguel Ángel Mancera. Le obsequió un lindo radio-comunicador como el que usaba su padre para comunicarse con Blue Demon. ¿Recuerdan esos aparatos?

La ocasión de la reunión de estos renombrados personajes fue el centenario del natalicio del Enmascarado de plata. El sábado 23 de septiembre de 2017 se celebraron los 100 años del nacimiento de El Santo. Para mí es una fecha importante. Soy fan del Enmascarado de plata y, si soy sincero, lamento no tener completa toda su filmografía. El Santo fue más que un luchador y su forma de vivir lo demuestra.

 

UN ESTILO DE VIDA
Cuando pensamos en El Santo quizá nos venga a la mente un hombre corpulento vestido con capa y máscara que grabó decenas de películas en las que luchó contra la mafia del vicio (1970), contra la hija de Frankenstein (1971), contra un hacha diabólica (1964), por citar algunos de sus enemigos. Alguien que hacía sus apariciones en el ring y daba un gran espectáculo. Alguien cuya figura apareció como protagonista en historietas y pasó a formar parte del folclor mexicano. Alguien que se volvió leyenda y mito en nuestro imaginario colectivo, pero sabemos que fue de carne y hueso.

El estilo de vida que tenía El Santo era y sigue siendo envidiable. Llevó la lucha libre mexicana a una esfera diferente. La lucha del bien contra el mal no era ya solamente dentro del ring, sino fuera de él, en cómics, radio, cine y televisión. Según la leyenda, El Santo nunca se quitaba la máscara, porque siempre estaba listo para enfrentar al mal. Por ello, incluso en sus ratos de recreación, cuando visitaba los famosos cabarets de México con su chica y bebía sus jaiboles, seguía siendo El enmascarado de plata.

No por nada la célebre banda “Botellita de Jerez” compuso una oda al Santo. ¿Recuerdan los versos iniciales?: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay hombres que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay quienes luchan todos los domingos… esos son los chidos”. Claro que hay uno solo que lucha los domingos y ése, amigos míos, es El Santo.

 

ENTRE SPIDERMAN Y EL CHAPULÍN COLORADO
¿Cómo son modelos a seguir los superhéroes estadounidenses? Bien. Tomemos, por ejemplo, a Spiderman. Es un joven que no puede salir de la friendzone con Mary Jane y cuyos poderes proceden de una casualidad. Al principio intenta usarlos para ganar dinero y, en su enojo, permite que un ladrón se salga con la suya, dando pie a la muerte de su buen tío Ben. Hasta aquí se trata de una tragedia griega.

La muerte del tío Ben lleva a Peter a comprender el consejo de su tío: “con grandes poderes, vienen grandes responsabilidades”. Sólo entonces se hace superhéroe, uno detrás de una máscara, que siente nostalgia por la vida de nerd que llevaba antes.

Batman también se oculta detrás de una máscara y hace el bien valiéndose de la fortuna que heredó de sus padres y que sólo él sabe administrar. Bruce Wayne, al igual que Peter Parker, lleva una existencia fragmentada entre su vida normal y su máscara. Bruce sufre, porque no logra conciliar sus dos vidas. En todo caso, Alfred, el mayordomo de la mansión Wayne, lleva una vida menos desgarrada y más amable.

No es que El Santo sea el único héroe mexicano y por eso debamos adorarlo. Ahí tenemos al Chapulín Colorado quien, me parece, escapa a la maldición de la doble vida que llevan los anteriores y también carece de superpoderes. El chipote chillón no es como Mjolnir, el martillo de Thor. Pero no nos engañemos, el Chapulín Colorado es un torpe de buen corazón que se deshace de los malos por pura chiripada, es decir, pura suerte, ningún mérito. Tristemente, el tener buenas intenciones no es suficiente. El Chapulín es una caricatura del heroísmo.

Olvídense de la idea del superhéroe estadounidense por un momento. Quítensela de la cabeza… El enmascarado de plata tiene muchos más encantos como héroe. El Santo carece de superpoderes; es fuerte porque hace ejercicio, por mérito propio. Tiene una increíble nobleza de corazón. Tampoco tiene los millones de Iron Man y Batman; es un hombre de clase media que trabaja como luchador. Eso sí, es tradición de su familia desde tiempos inmemoriales, enfrentar el mal. Por eso, en articulo mortis, su padre el entrega la máscara. De joven, el Santo (Roberto de nombre), renunció a su novia; no obstante, no hay en luchador ni amargura por su entrega. Y, ya como El Santo, sí que se consigue novia.

Quizá no sea una inteligencia privilegiada, pero sabe rodearse de científicos y otros luchadores. Puede trabajar en equipo con ellos para vencer al mal. Y es que nuestro héroe mexicano sabe que la responsabilidad de luchar contra el mal no recae en una sola persona. Es más fácil vencer el mal con ayuda. No tiene conflictos con la autoridad. Sabe que no se necesitan habilidades extraordinarias para ser buena persona. Cuida de aquello que necesita. Ejercita su cuerpo porque trabaja con él, es su herramienta; ustedes ¿con qué trabajan?

Y si todavía dudan de la eficacia de su método, sólo denle un vistazo al historial de El Santo: vampiros, momias, extraterrestres, gánsteres, asesinos de otros mundos, brujas, profanadores de tumbas y hasta la temible Llorona. La derrota de todos estos viles mal encarados demuestra la valía del luchador. Y, por si fuese poco, visitó la legendaria Atlántida (1969) y viajó en el tiempo y luchó en el virreinato.

El enmascarado de Plata reúne las virtudes elogiadas desde Homero hasta Kant. No por nada los luchadores usan epítetos, casi del mismo modo en que los héroes homéricos de la Ilíada y la Odisea. ¿Recuerdan cómo reconocer a Aquiles, “el león”? Por sus “pies ligeros”. ¿Y Héctor? Este príncipe troyano era “domador de caballos”. Así Mascarita ‘Sagrada’ y ‘Blue’ Demon.

 

POR SUS HÉROES LOS CONOCERÉIS
El Santo goza de la unidad de vida de la que Spiderman y Batman carecen. Con el enmascarado de plata ya no hay una línea que divida la realidad y la ficción. Rodolfo Guzmán Huerta quiere ser El Santo tanto como yo quiero ser Héctor Zagal. El Santo no se desenmascara, pero su vida no es una ficción. El luchador no se quita la máscara, porque con ella puede amar, puede enfrentar a los extraterrestres, puede beber, puede descansar. Su heroísmo carece de la amargura de los héroes de Marvel y DC. ¿A poco nos les da envidia el coche de El Santo? Lo usa tanto para ir a un cenar a un restaurante, como para combatir a las momias de Guanajuato.

El Santo fue el héroe que reflejaba la esperanza y optimismo del viejo México. Hoy por hoy sufrimos una crisis de héroes en todo el mundo. James Bond, por ejemplo, no debería ser el héroe del presente. El súper agente 007 trabaja para una potencia imperialista, viene a destruir el centro de la Ciudad de México, es un vividor, incumple las normas y usa a las mujeres.

Los comics y las series de detectives son la épica contemporánea. “Por sus héroes les conoceréis”. ¿Cuáles son nuestros ideales? ¿Lo que nos ofrece House of Cards? ¿Juego de Tronos? ¿Dr. House? ¿Los héroes escindidos de Marvel? Ni siquiera Disney escapa del juego. Ahí está el ambivalente Sparrow, traidor, bebedor, cínico, pero simpático. En fin, ya me puse nostálgico, pero la verdad es que me parece que la epopeya de El enmascarado de plata es más noble e inspiradora que la parafernalia de los héroes escindidos. Lástima que el presupuesto de las películas de El Santo no diera para mucho. </>

 


Notas al pie
1 Monsiváis, Carlos: Los rituales del caos. Era ed.; (6 de noviembre de 2014).