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“Nunca debes perder la curiosidad; en tu proceso de reinvención, pregúntate ¿soy capaz de esto?”

 

Es un alpinista con decenas de ascensos en todo el mundo, que ha subido nada más tres veces al Everest, entre otras muchas cumbres del mundo. Hoy, se distingue por su búsqueda incansable de rutas diferentes, nuevas, las más complicadas. Inventó un ascenso especial: “Desde Cero”, en donde arrancó desde el nivel del mar hasta la cumbre más alta de México: el Pico de Orizaba. Su evolución como guía fue natural: es el único mexicano que puede comandar una expedición al Everest. En el camino, se reinventó como camarógrafo de altura, debutando para Discovery Channel con la misma filosofía que aplica para el montañismo: hay que salir de la zona de confort para reinventarse.

Hoy su empresa, Ponce de León Expediciones, organiza excursiones que cambian la vida y dan lecciones de liderazgo, empeño y trabajo en equipo a personas y empresas. Pero quizá lo que más le gusta son los llamados “ascensos con causa”. La montaña es el gran ecualizador de personas y el gran promotor del cambio interno, pero también es una experiencia transformadora y revitalizante para sobrevivientes del cáncer, discapacitados y otros grupos que, a partir de una escalada, aprenden a poner las cosas en perspectiva. Después de la montaña, nadie vuelve a ser el mismo.

 

¿Qué tipo de alpinismo te interesa?
El de dificultad. Nunca me ha atraído la cima de una montaña por sí misma; nunca me he considerado un coleccionista de cumbres: “7 cimas”, “14 ocho miles”. Eso de darle palomita a algo me parece no sólo aburrido, sino muy carente de imaginación. Siempre me ha llamado más la atención el camino que sigo para llegar a una cumbre. Esto implica lo que se conoce como rutas de dificultad; que me exijan ser un buen escalador en roca, un alpinista completo que sepa moverse en todos los terrenos: nieve, hielo, mixto.

Entre más me demande ese camino en cuanto a mis capacidades, inventiva, recursos emocionales, físicos y mentales, más atractivo me resulta. Ser este tipo de alpinista exige cualidades diametralmente opuestas; por ejemplo, necesitas tener la destreza, la precisión de un tenista pero, a la vez, la resistencia de un ultra maratonista y, al mismo tiempo, la fuerza y habilidad de un gimnasta. ¿Cómo desarrollar estas tres cosas que se oponen? Jamás verías a un gimnasta correr 100 kilómetros.

Esto es algo para mí fundamental: prepararme para estar a la altura de estas escaladas, llámese la pared sur del Aconcagua o la cara oeste de Mount Huntington, exige estar constantemente experimentando qué puede funcionar, qué no; informarte, leer y estudiar mucho.

 

¿Qué obtienes de exponer tu cuerpo y mente a estos límites?
Lo primero que te da el alpinismo, la montaña, es conocimiento, fundamentalmente de ti mismo. Es algo que no me deja de maravillar. Cuando como guía llevo a alguien a subir una montaña, lo saco de su zona de confort, de lo habitual. Este proceso es patente: observas en tiempo real cómo van redescubriendo sus capacidades, redefiniendo sus cualidades. Gente que se tenía como tímida o insegura, de repente ve que en este nuevo medio tiene la oportunidad de probar otra forma de ser, asertiva, de superar el temor o enfrentar el riesgo de forma segura y firme.

 

¿A qué emociones te enfrentas cuando vives esta reinvención de ti mismo?
Sin duda, la primera para todo mundo es el miedo, porque no conocen la actividad, nunca han ido a una montaña, tienen una idea preconcebida de lo que será, desafortunadamente muy influenciada por Hollywood, algo extremo, riesgoso. Nosotros los invitamos a que se hagan esta pregunta, fundamental en cualquier actividad: ¿a qué realmente le tienes miedo?

Curiosamente, la mayoría no le tiene miedo necesariamente a hacerse daño físico o a matarse; sus temores vienen por otro lado, creen que podrían no estar a la altura del reto, porque van en grupo y les da miedo cómo pueden ser percibidos. Hay una cierta competencia –como en toda actividad humana– en la que uno no quiere ser el rezagado.

Para nosotros es importante que se hagan esta pregunta y les ayudamos a darse una contestación honesta. Ya hecho esto, durante el ascenso, vemos que lo primero es una emoción muy básica, de estar en la naturaleza. La mayoría vivimos en ambientes artificiales: jamás nos da el sol, nunca nos da el viento, no hemos olido un pino; más a las nuevas generaciones. Estas sensaciones físicas, contrario a lo que podría esperase, producen una especie de excitación, de emoción. Empezamos a vivir un sinnúmero de emociones, desde la exaltación, de sentir que lo podemos hacer hasta, más tarde, pasar a una desmotivación. Se convierte en un péndulo de emociones. Algo que también da la montaña y creo que la gente se da cuenta después, es aprender que se puede pasar mucho frío, hambre o fatiga y que eres capaz de soportarlo. Es algo a lo que también invitamos a la gente. No decimos que no debes sentirte con miedo, fatigado, desmotivado. Acepta estas emociones, no las combatas: si pasas por un rango de emociones no te va a pasar nada. Vas a salir más fuerte.

 

Cuando te planteas un reto y alcanzas la cumbre, ¿qué es lo primero que piensas? ¿Qué sigue para ti?
Cuando consigues algo para lo que te has preparado durante tanto tiempo, con lo que has soñado tanto, lo primero que hay es euforia, casi un sentimiento de alivio. Voy a decir algo que puede parecer extraño, pero en cuanto alcanzas la seguridad, sea del coche o del campamento, viene un bajón fuerte, incluso temor de que no se te ocurra otra cosa que te atraiga tanto.

 

¿Héctor, alguna vez te has sentido estancado como alpinista?
Sí, sin duda. He tenido momentos en que despierto a las 5 de la mañana y me digo “nada de lo que estoy haciendo tiene sentido…” ¿Cuál es el propósito, a quién le importa? ¿Qué diferencia va a hacer en el mundo? Tengo que encontrar mi motivación y mi inspiración en algunos de los proyectos que he realizado y esto está relacionado para mí con la reinvención, porque en muchos de estos proyectos mi inquietud es: quiero redefinir las cosas; quiero redefinir de lo que es capaz un ser humano. Es tal vez de lo más ambicioso que van a escuchar, pero creo que esto es también fundamental. Quiero redefinir de lo que es capaz una persona de 50 años y esa es una de las cosas que me motiva.

Nunca debes perder la curiosidad; para mí es esencial, en la constante reinvención y transformación, preguntarte ¿soy capaz de esto? Tiene que ser algo más poderoso que el miedo al cambio. Con que una sola persona en el mundo encuentre en esto inspiración, me doy por servido.

Luego hay que manejar el tedio, la desmotivación. En una expedición larga, como a una montaña del Himalaya, son 40, 45 días: muchos estás sin moverte, en una tienda, esperando a que venga buen tiempo. Una de las cosas que hago es que los días que menos motivado me siento, son los días que trato de hacer los entrenamientos más duros.

Si cualquier escritor, músico, artista se hubiera esperado a que le llegara la motivación para ponerse a trabajar, no tendríamos obras de arte. Lo interesante es hacer las cosas cuando no tienes ganas, porque en la montaña el tiempo no se va a dar de acuerdo a tus estados de ánimo.

 

¿Cómo sugieres a quienes guías para quese lleven esto a su vida diaria?
Siempre les hacemos invitación a que lo escriban. Por ejemplo, estamos haciendo un proyecto, Cumbre KidZania. Llevamos a 90 personas a un proyecto de seis meses a que suban el Iztaccíhuatl, previamente preparándose en la Malinche y nevado de Toluca. Tratamos de guiar este proceso con preguntas y les invitamos a que escriban las respuestas. Una de ellas es ¿cómo crees que esto impacte en tu vida personal, familiar, laboral? Acabamos de tener el debriefing del ascenso al Nevado de Toluca y tuvimos respuestas maravillosas, de cómo la gente se volvió más paciente con su familia.

Un participante le pidió a su familia que le escribiera cómo lo veían a él y las cosas que podía mejorar como esposo y padre. Cuando bajó de la montaña, después de un mes les pidió otra vez que escribieran cómo lo habían sentido, qué cosas habían sido positivas. Eso le ayudó mucho a darse cuenta de lo que realmente es importante. Es impresionante en verdad la cantidad de cambios que la gente hace después de subir una cumbre. Lo hemos visto, sobre todo en los ascensos con causa, de qué manera se toman decisiones importantes de vida.

 

¿Qué se busca en el ascenso de empresas y grupos?
La montaña es el equalizer. Hemos llevado a la gente más rica de este país y al llegar al campamento va a comer lo mismo que un empleado. No importa qué estatus o cuánto dinero tengas, la montaña no va a ser un metro más baja y cada paso lo vas a tener que dar tú. Hacemos esta advertencia de que te vas a exponer y es una parte que me encanta de la montaña. Esta vulnerabilidad que tienes que aceptar; que tal vez tú, el jefe, el experto, líder profesional, ahí no des el ancho y te tienes que poner al nivel de los demás. No somos nada, ya que te paras ante una montaña enorme; te hace darte cuenta de que somos frágiles, pequeños y vulnerables.

Siempre cerramos con algo que llamamos la apropiación de la experiencia. Me gusta mucho en inglés: own it, lo que te ocurre, lo que sientes. Una de las cosas que creemos que más te aleja de llevar esto a tu vida es el no apropiarte de ella, de tus errores, tus debilidades. En el momento en que dices “no llegué a la cumbre porque el guía no me dijo que tenía que tomar agua”, para mí arruinaste la experiencia, porque pasas a otro el paquete, la responsabilidad. Invitamos a la gente a que se apropien de la experiencia para bien o para mal. Así seas el jefe de la empresa, te dio miedo, incluso te olvidaste de los demás, sólo viste por ti. Eso no te hace un monstruo, no te hace un cobarde. Aprópiate de la experiencia y di: “así respondí, pero en mí está la capacidad de responder de otra manera”. El ownership es fundamental, decir fui yo, no fue la altura, no fue la fatiga. Eso te permite cambiar, reinventarte y llevártelo.

 

¿Qué lecciones podrías reunir de las empresas con las que has trabajado?
Uno: no es malo sentir miedo, pero nunca dejes que el miedo guíe tus decisiones. Cuánta gente se priva de la experiencia por miedo. Esa lección se la lleva la gente que está en la cima. Sienten miedo a exponerse, a que se vean aspectos de ellos que no quieren que se noten. No conocemos a nadie todavía que no nos haya dicho que esta ha sido la experiencia más transformadora de su vida. Sea una caminata al campo base del Everest o al Nevado de Toluca.

Dos: entre más alto esté alguien en una empresa, entre más éxito haya alcanzado en los negocios o en la vida, más desarrolla una personalidad orientada a resultados y la recompensa viene si se alcanza la meta. Es algo con lo que peleamos: ¿Voy a hacer cumbre o no voy a hacer cumbre? No lo sé, no tengo una bola de cristal, pero eso no debería ser la razón por que lo haces; es el proceso, recorrer el camino, luchar, lo que te debe resultar atractivo, porque es la lucha lo que te va a dar la gratificación, la recompensa, la posibilidad de descubrirte. La cumbre no te lo va a dar. La cumbre es un momento de ego, de alivio. No lo hagas porque tu única motivación es el resultado. Hemos tenido gente que se ha privado de la experiencia porque creen que no lo van a poder hacer.

Tres: responsabilizarte y apropiarte. La montaña establece una analogía muy clara con la vida y el trabajo. Los mercados, por ejemplo, no van a ajustarse a tus necesidades del momento, ni a tus deseos. El tiempo y las condiciones de la nieve, tampoco. Lamentarte porque haya mal tiempo o nieve muy floja o hielo muy duro no sirve de nada. Lo único que puedes hacer es ajustar tu plan, tu estrategia y a actuar conforme se dan las condiciones. Es una lección y aprendizaje fundamental.

Sobre el ownership, los empresarios vienen a aprender a aprender, porque vienen con la idea de que lo saben todo, hasta de montaña. Para ellos se trata de dejarse llevar por un guía y tener la flexibilidad mental de decir: “vengo a aprender cosas”. Esa es una buena lección: puedo seguir desarrollándome y creciendo si acepto que en algo no soy experto y hay otra persona que me va a liderar.

 

¿Qué aportan los ascensos con causa?
Conocí de estos ascensos trabajando para una compañía canadiense, que me contrataba como guía y camarógrafo. Me invitaron a guiar a un grupo de mujeres sobrevivientes de cáncer de mama… para mí fue transformador. Con tantas montañas que había subido, tanta gente que había guiado, tantas expediciones, este fue un punto de inflexión: tuve casi una epifanía. Me di cuenta del poder que tiene la montaña en el aspecto de la transformación, de ayudarle a la gente a redescubrirse. Por ejemplo, con estas mujeres, escuchar sus testimonios de cómo cada una vivió el cáncer, cómo esta expedición les estaba ayudando, me hizo darme cuenta de qué poder tenía la montaña para ayudarlas a volver a encontrar la energía de enfrentarse a la vida.

Después de haber subido y bajado la montaña, decían: “ya no me atemoriza tanto tener una reincidencia”. Fue algo que me abrió los ojos. También en esta expedición se recaudaron 2 millones de dólares para un centro de detección de cáncer de mama y además se hizo un documental. Nos abrió también el horizonte de que todas estas cosas que uno tiene la oportunidad de vivir en la montaña, muchas veces quedan en conversaciones, pero si tú lo filmas, queda permanente en un documental todos los mensajes, todo el proceso.

Regresamos a México y tuve la fortuna de conocer a la directora de Fundación CIMA. Le platicamos el proyecto: le encantó y llevamos a ocho mujeres sobrevivientes de cáncer de mama a la cima de la montaña más alta de México: el Pico de Orizaba. Esos seis meses de preparación, de subir montañas cada vez más altas y eventualmente hacer la escalada. Para todas fue como vencer definitivamente el cáncer. Lo más increíble fue resignificarlo. Ya no lo veían como la maldición, al contrario, decían: “el cáncer me hizo fuerte”, es nada más una experiencia, no tiene que llevar un contenido malo o bueno. Hicimos un documental, con todo el reto que eso representa, que quedó finalista en El Caracol de Plata.

No sólo nos redefinió lo que puede ser la montaña sino que también nos redefinió como empresa que ofrece expediciones. Empezaron a ser estos ascensos prioritarios para nosotros, en los que más satisfacción y retribución encontrábamos. Lo hemos hecho con ciegos, con personas con discapacidad. Nos entusiasma mucho que también estamos redefiniéndole a mucha gente lo que es una discapacidad y las limitaciones que te puede imponer.

Como guía, los ascensos con causa me ha permitido seguir aprendiendo, por eso me atraen tanto; extraigo de ellos muchas lecciones, siempre me confrontan con mis prejuicios. Por eso nos gustan mucho como empresa, representan un gran reto, es una responsabilidad importante.