No se trata de una tendencia de corta duración, limitada a unas cuantas industrias. Sharing economy o economía compartida es
una disrupción general en la economía que abre múltiples campos de aprovechamiento para productores
y consumidores.

 

Uno de los fenómenos económicos más notables de los últimos años lo constituye la llamada economía compartida, conocida también por su nombre en inglés, sharing economy.

El crecimiento de las compañías que constituyen este fenómeno ha sido extraordinario y han transformado industrias enteras en muy poco tiempo. Para dar un ejemplo, dos de las empresas más conocidas relacionadas con el sharing economy han experimentado un crecimiento exponencial: Airbnb, un sistema de reservaciones en línea que permite hospedarse en casas particulares en lugar de hoteles y Uber, un servicio compartido de taxis. Por dar algunos datos: en Latinoamérica, Airbnb tiene registradas más de 21,000 propiedades disponibles en Río de Janeiro, mientras que Uber tiene ya más de 500,000 usuarios y 10,000 vehículos disponibles en México, país al que incursionó hace solamente 4 años.

 

¿CÓMO DEFINIRLA?
Otros datos nos muestran el impacto de este modelo de negocio: las marcas con mayor crecimiento, los sitios de internet con más tráfico,1 las cuatro compañías más valiosas de Estados Unidos por capitalización de mercado2, incorporan elementos del sharing economy. También en los mercados privados podemos observar el mismo fenómeno: ocho de las diez start-ups más valiosas del mundo, de acuerdo con la valuación que obtuvieron en su más reciente ronda de financiación3, se pueden considerar parte del sharing economy.

Durante algún tiempo, parecía que éste sería un fenómeno relativamente acotado y con un impacto limitado a ciertas industrias, caracterizadas por la existencia de activos físicos poco utilizados por sus propietarios, que podrían ser “compartidos” por varias personas para sacarles más provecho y permitir que sus dueños ganaran un poco de dinero, como era la promesa original de empresas como Uber y Airbnb.

Se pensaba que su surgimiento era producto de la recesión y la crisis económica, ya que permitía acceder a productos usados más baratos con una gran facilidad, sin ser necesario gastar fuertes sumas de dinero para comprarlos y luego usarlos poco, como en el caso mencionado de Uber o de vestidos de gala a través de Rent the Runway. Además, se pensaba era señal de una creciente conciencia ecológica que se rebelaba contra un modelo definido por el crecimiento insostenible de la producción, un consumismo exacerbado y la propiedad egoísta de los bienes para el propio deleite, sin importar las consecuencias ambientales o sociales.

Estos factores sin duda fueron importantes para el surgimiento del sharing economy, sin embargo, sería un error pensar en este tipo de empresas como una especie de cooperativas sin fines de lucro, caracterizadas por tener en propiedad común los bienes de la producción o en la cual los miembros de un grupo acotado “comparten” el uso de un cierto bien o servicio. En primer lugar, porque este tipo de plataformas se ha ampliado para no sólo aprovechar recursos ya existentes sino que permiten crear nuevos bienes y servicios, como proyectos de diseño a través de 99designs, o de educación a través de Coursera. En segundo lugar, porque típicamente las plataformas que facilitan las transacciones suelen tener fines de lucro y sus clientes no comparten gratuitamente el uso, sino que pagan por él.

Es por esto que, con el paso del tiempo y la expansión de estos modelos de negocio, se han propuesto varios nombres alternativos que permitan describir mejor este fenómeno con características más amplias. Algunos de ellos son collaborative economy, o economía colaborativa; on-demand economy, que podríamos entender como la economía de la satisfacción inmediata; renting economy, o economía de la renta; peer-to-peer economy, o economía entre iguales y, a veces con un tono más negativo, gig economy o economía de los trabajos informales y esporádicos. Todas estas definiciones describen en mayor o menor medida una parte de este fenómeno complejo sin describirlo cabalmente.

No cabe duda que los participantes en estos intercambios colaboran entre sí (aunque podría argumentarse que cualquier actividad económica, siempre y cuando sea libre y voluntaria es, por definición, colaborativa). Ciertamente permite también el satisfacer las necesidades de una mejor manera y con una rapidez que antes era imposible.

Sin duda uno de los aspectos más interesantes de este fenómeno es que facilita las transacciones entre personas (entre peers o iguales) que además fácilmente pueden actuar algunas veces como productores y otras como consumidores, en contraste con el modelo tradicional, en el cual los roles de proveedor, consumidor o empleado están claramente definidos.

Tal vez describirla como economía de la renta sea lo más preciso ya que, como hemos visto, permite el acceso a bienes y servicios de manera temporal, mediante el pago de una renta, sin necesidad de comprar el producto (lo cual no significa que no haya alguien más que sí sea su dueño y que esté del otro lado de la transacción, recibiendo una renta por permitir su uso, bajo condiciones definidas por el mismo dueño).

 

¿UN NUEVO SISTEMA ECONOMICO?
Incorporando varios de los elementos antes mencionados, Arun Sundararajan, profesor de la escuela de negocios Stern de la Universidad de Nueva York, nos da una de las definiciones más completas del sharing economy como un sistema que tiene las siguientes características:

• Está basado en interacciones mercantiles: la raíz de este fenómeno es la creación de mercados que permiten el intercambio de bienes y el surgimiento de nuevos servicios, resultando en un mayor nivel de actividad económica.
• Posibilita un alto impacto del capital, ya que abre nuevas oportunidades para el uso y aprovechamiento de prácticamente todo, desde activos físicos hasta habilidades, tiempo y dinero, permitiendo usarlos a un nivel mucho más cercano a su plena capacidad.
• Se organiza con base en redes en lugar de organizaciones jerárquicas y centralizadas.
• Hace menos rígidas las diferencias entre lo profesional y lo personal, entre actividades de producción y actividades de consumo (hay que pensar, por ejemplo, en la creación de contenidos en Facebook o YouTube).
• Elimina la distinción clara que antes existía entre empleos de tiempo completo, empleos de tiempo parcial y actividades de emprendimiento; entre trabajadores independientes y los que dependen de un patrón.

Es interesante observar que, en el fondo, lo que estamos presenciando no es un modelo económico distinto al capitalismo, sino una nueva manera de poner en contacto a proveedores de un bien o servicio con clientes potenciales, a través de la tecnología. Esto es una manifestación más de lo que ya Adam Smith describía como “la propensión natural a negociar, comerciar e intercambiar una cosa por otra” que tenemos todos los seres humanos, la cual da origen a la especialización del trabajo y con ella a la creciente prosperidad y desarrollo que han experimentado las sociedades liberales en los últimos siglos.

Estas interacciones son facilitadas por empresas que se constituyen como plataformas o formadoras de mercados, que utilizan la tecnología para eliminar las fricciones (de todo tipo, geográficas, de falta de información, de incentivos o de confianza) que impedían el encuentro entre una persona con una necesidad y otra con la capacidad de satisfacerla.

Hay que resaltar que las interacciones propias del sharing economy se han hecho posibles entonces gracias al desarrollo de nuevas tecnologías digitales que permiten romper las barreras que impedían que se pudieran dar estas interacciones valiosas para todos los que participan en ellas; avances tecnológicos como la digitalización de la información y el creciente poder y menor costo de la capacidad de recolectar, transmitir y almacenar dicha información, aunado a los avances que permiten la tecnología móvil y el procesamiento y análisis de enormes cantidades de datos.

 

¿A QUIÉNES BENEFICIA Y A QUIÉNES AFECTA ESTA REVOLUCIÓN?
Los beneficios para todos los involucrados son muy claros: los consumidores tienen acceso a una mayor cantidad de opciones, permitiendo una mayor individualización a sus propios gustos y necesidades; la competencia entre estas opciones resulta además en una disminución del precio y en mejores condiciones de calidad y de servicio.

A los trabajadores y productores les abre la posibilidad de acceder a mercados que de otro modo hubiera sido imposible atender, disminuyendo las barreras de entrada y el poder oligopólico de las grandes empresas. Una de las mayores barreras de entrada que se rompe es la necesidad de hacer grandes inversiones en costos fijos, especialmente los relacionados con crear el acceso a los consumidores, los cuales son llevados a cabo primordialmente por la plataforma y que pueden ser repartidos entre una enorme cantidad de oferentes.

Para los intermediarios o plataformas en sí, este modelo de negocio tiene dos ventajas principales:

1. Tiene un potencial de crecimiento exponencial y un margen de rentabilidad muy alto, ya que, a diferencia de las empresas tradicionales, moviliza activos de los cuales no es dueño, disminuyendo las necesidades de inversión y el tiempo requerido para ponerlos a disposición de los clientes (Airbnb, por ejemplo, ofrece más de 3 millones de opciones de hospedaje en más de 65,000 localidades en el mundo; no hay ninguna compañía hotelera que pueda acercarse a estos números).

2. Las plataformas son gestoras de una vasta red de innovación, llevada a cabo primordialmente por los propios usuarios, lo que les permite ser mucho más ágiles en la creación de nuevas soluciones para sus otros usuarios, sin necesidad de correr los riesgos inherentes a la innovación.

El sharing economy, como todas las innovaciones realmente disruptivas, tiene un potencial enorme para mejorar las condiciones de vida de millones de personas, al darles acceso a más y mejores productos y servicios a un mejor precio, y representa la oportunidad para que incontables personas puedan poner su trabajo y talentos al servicio de los demás, de una manera antes impensable.

Al mismo tiempo constituye un enorme reto para prestadores de servicios establecidos, que deberán enfrentar mayores niveles de competencia. Este reto será especialmente grande para los productores que se han beneficiado históricamente de restricciones artificiales a la competencia, a través de protecciones gubernamentales en la forma de regulaciones, licencias y permisos, que les permiten obtener una alta rentabilidad sin la correspondiente satisfacción de los consumidores como, por ejemplo, los servicios de taxi.

No hay empresa o negocio que se pueda sustraer de este fenómeno, lo importante será saber aprovecharlo. Aunque seguramente podrá esperar una intensificación de la competencia –en la medida que otros productores logren tener acceso a su mercado–, un empresario con visión que entienda el impacto de este fenómeno se da cuenta que incorporarse al ecosistema de una plataforma del sharing economy le abre a su vez la posibilidad de comercializar sus productos o servicios en mercados a los que de otro modo no tendría acceso. Es vital comprender que para poder ser exitoso en ese ecosistema no será suficiente ofrecer un producto de calidad a un buen precio, sino también generar confianza y construir una reputación que le haga diferenciarse.

En el futuro próximo incrementará además la presión para la especialización: las empresas deberán enfocarse aún más en las actividades que forman la parte central de su negocio. Gracias al sharing economy, a través de las plataformas será cada vez más fácil obtener servicios de proveedores externos e integrarlos de manera eficiente y oportuna en el proceso productivo, sin que sea necesario que sean parte de la empresa. Aunque las más conocidas son las plataformas enfocadas a los consumidores, cada vez hay más enfocadas en servicios para empresas.

Sin duda, una de las mayores fuentes de ventajas competitivas será lograr transitar de un modelo organizativo basado en la centralización, la jerarquía y el control, a uno basado en la descentralización y la orquestación de recursos externos, sobre los cuales se tiene muy poco control directo y formal, a través de la alineación de incentivos, la creación de valor conjunto y una equilibrada distribución de los beneficios que de ella se desprenden.

 


Lecturas recomendadas
Evans, D. S., & Schmalensee, R. (2016). Matchmakers: the new economics of multisided platforms. Boston, MA: Harvard Business Review Press.
Parker, G. G., Alstyne, M. W., & Choudary, S. P. (2016). Platform revolution: how networked markets are transforming the economy and how to make them work for you. New York, NY: Norton & Company.
Sundararajan, A. (2017). The sharing economy the end of employment and the rise of crowd-based capitalism. Cambridge, MA: The MIT Press.
Tiwana, A. (2014). Platform ecosystems: aligning architecture, governance, and strategy. Waltham, MA: MK.


Notas finales
1 http://internet-map.net/
2 http://dogsofthedow.com/largest-companies-by-market-cap.htm
3 http://graphics.wsj.com/billion-dollar-club/