De la trayectoria de este tenista se desprenden importantes lecciones de liderazgo.

 

Si por liderazgo entiendo el arte de influir en los pensamientos, sentimientos y conductas de los demás, liberando una energía y talento que se pone al servicio de una causa que merece la pena, la trayectoria profesional de Rafael Nadal ofrece una gama variada de hitos y experiencias que confirman su impacto social. No sólo en España, ni en el mundo del tenis, su influencia traspasa a otros ámbitos del quehacer humano. ¿Cuáles son las principales claves de esa ascendencia y credibilidad personal? Sin ánimo de ser exhaustivo, destacaría las siguientes:

1. Ejemplo. Si se me obligara a definir el fenómeno escurridizo del liderazgo con una sola palabra, elegiría ejemplo. La gravísima crisis actual de liderazgo es cierta porque existe una brecha entre las palabras y los hechos. Los supuestos líderes predican comportamientos que no practican, suscitando la incredulidad y hartazgo de la población. La historia personal de Nadal rezuma consistencia: se comporta tal como es, sus acciones confirman la sinceridad y hondura de sus ideas. En esa unidad de vida reside gran parte del prestigio y confianza que le acompañan.

2. Enfoque en el deber. Liderazgo no tiene tanto que ver con una inteligencia preclara, con una mente privilegiada, como con el carácter y determinación de hacer lo que uno sabe que debe hacer. Romper un silencio vergonzante cuando los demás callan, dar un paso adelante y posicionarse sin miedo, salirse de una procesión de hombres y mujeres fabricados en serie son iniciativas de personalidades fuertes y genuinas. Frente a un determinado reto, se es capaz de elegir una respuesta acorde. Esa predisposición mental para ejercer la libertad interior del ser humano explica gran parte del éxito. Raras veces la actitud de Nadal no ha estado a la altura de las circunstancias.

3. Valores. La nobleza de la causa y la legitimidad de los medios trazan la frontera moral entre líderes que sirven a la sociedad y profesionales del poder que trabajan para engordar la vanidad de un ego intrínsecamente frágil e inseguro, instalado en la demagogia y el populismo. Martin Luther King, Nelson Mandela, Vaclav Havel, el Papa Francisco, Gandhi, Teresa de Calcuta son expresión feliz y valiente de liderazgo asentado en una ética que descansa sobre la dignidad del ser humano. Valores universales e intemporales —justicia, libertad, honestidad, humildad, solidaridad— marcan la diferencia, imprimiendo propósito y legitimidad a la acción. En Nadal uno encuentra muchos de esos valores, destacando la sencillez y naturalidad con que se maneja por la vida. La notoriedad pública del campeón, del personaje, podría haber devorado a la persona, lo hemos visto con frecuencia. Sin embargo, una educación familiar firme y cercana ha permitido a la persona permanecer fiel a los valores inculcados en la infancia.

4. Equipo. Dada la complejidad y heterogeneidad del planeta, el ritmo y densidad de los procesos de cambio, los dilemas de la revolución digital, el futuro no pertenece a llaneros solitarios que en su imprudencia y temeridad se creen autosuficientes. Desde la responsabilidad asumida en primera persona del singular, la capacidad de trabajar en equipos cohesionados y multidisciplinares, que reman en la misma dirección, se antoja decisiva. El equipo debiera ser el foro ideal para alumbrar la inteligencia colectiva, un lugar de encuentro para el debate y la creatividad, en lugar de un grupo propicio a la estandarización y el gregarismo despersonalizante.

Siendo el tenis un deporte individual, la soledad de la pista es una cita ineludible; detrás del palmarés de grandes jugadores se esconde la labor callada, leal y sinérgica de un equipo de colaboradores. Nadal es uno de esos casos. Desde la figura estratégica de los padres, hasta la presencia continua y discreta del masajista, Maymó, pasando por su tío y coach, Toni Nadal o su agente y amigo, Carlos Costa, la carrera de Nadal no se entiende sin un equipo que le arropa y acompaña siempre.

5. Actitud frente al error. Un liderazgo proyectado hacia el futuro, una cultura corporativa comprometida con el espíritu emprendedor e innovador, institucionaliza los procesos de aprendizaje del ser humano. Como éste es falible y limitado, el error aparece en su trayectoria hacia la excelencia. Una equivocación, un traspiés, no debe confundirse con la sensación de fracaso, una interpretación descalificadora del tropiezo incurrido. Hay mucha diferencia entre decir que me he equivocado y actuar en consecuencia, y decir soy un fracasado. Si se confunde una y otra cosa el aprendizaje se resiente. Como todos los humanos, Nadal comete errores, pero muy pocas veces éstos se transforman en juicios y sentimientos de culpa. Su mirada se centra en los hechos, en los diversos golpes de su juego, cuidándose mucho de deslizarse por una pendiente resbaladiza de críticas y reproches personales.

6. Enfoque en el proceso. Los grandes líderes fijan su cabeza y corazón en la tarea a desempeñar, en el proceso inherente a los objetivos deseados, en lugar de obsesionarse con los resultados. En una sociedad multiestimulada, donde la dispersión mental gana, donde la memoria se atrofia, ser capaz de concentrarse en la actividad elegida, de atar la mente a lo que hacemos, es un arma diferencial. El camino es la meta. Si le tratamos bien, si nos fijamos en el paisaje, si elegimos bien la compañía, si disfrutamos la aventura, el mismo camino nos sorprenderá con logros impensables.

La cabeza de un tenista de elite mira a la pelota, a este punto en disputa, siendo el resultado producto de esa cambiante relación. La victoria, el aplauso, los sponsors se encuentran al final de una serie presidida por el talento, el esfuerzo, la constancia, el sacrificio. Son estos factores los que quedan dentro del control del deportista y cuanto más concentre ahí sus esfuerzos, las posibilidades de triunfar crecen.

7. Sin miedo a la derrota. “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, escribía el poeta español Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre. La metáfora del río, para entender los secretos de la aventura humana de vivir, para penetrar en sus misterios y controvertida naturaleza, es muy atractiva. No se trata sólo de adquirir los conocimientos y habilidades para dominar el oficio de dirigir empresas y equipos humanos; no basta con gestionar con acierto nuestra carrera profesional, sino que la esencia del desafío consiste en doctorarse cum laude en el arte de vivir. De la inteligencia a la sabiduría, no muchos entienden la diferencia.

A un lado del río está la victoria. Todos suspiramos por ella; durante las distintas etapas de una vida nos preparan para conquistarla. En la otra orilla nos espera la derrota. Las dos caras de la misma moneda vital. Igual que no se entiende la luz sin la oscuridad, el placer sin el dolor, la paz sin el conflicto, el triunfo se disfruta porque pegado a él vive la posibilidad de perder. Paradoja implacable, demasiados aspiran a navegar sólo por una orilla del río, cuando éste nos empuja en ambos lados. De ahí que se desarbolen y frustren cuando toca probar las mieles de la derrota.

Los grandes campeones del deporte, y Nadal ocupa un lugar privilegiado en ese distinguido club, ganan con frecuencia porque desde el principio están en paz con la posibilidad de perder. Si ganar se convierte en una obsesión enfermiza, y perder en una amenaza angustiosa, las posibilidades de que esto último ocurra aumentan. Aceptar las claves de la existencia humana, es condición sine qua non para competir dignamente. Por esta razón, ahora que Nadal conoce el sabor de la derrota con mayor frecuencia, la administra con sencillez y espíritu deportivo. Sin duda volverá a ganar, visto como gobierna la orilla menos vistosa del río de la vida.

A modo de colofón, sólo subrayar una lección universal en la difícil y apasionante asignatura del liderazgo. Recurriendo a otro símil, si entiendo la vida como una partida de cartas, ésta ha de jugarse con las que nos han tocado en suerte. Muchos jugadores se quejan de su mal fario, suspiran por otras, entregándose sin darse cuenta a un océano de quejas y excusas. Instaladas en el victimismo, pierden la partida. Los campeones no pierden tiempo y energía en soñar con otras cartas.

Si el liderazgo es un misterioso proceso de transformación de la realidad, sólo se puede acometer con éxito si se parte de la misma. Ni una concesión al escapismo, a ensoñaciones infantiles, a mitificar la alternativa. Realismo en estado puro. Éstas son mis circunstancias, mis genes, mi origen, mi país, mi tiempo y espacio, mis cartas… y desde esa aceptación lúcida, serena e inteligente, no confundir con resignación pasiva, se está en condiciones de jugar la partida de la vida. ¡Ganar, perder, quién sabe: caminar es lo que importa!

Test inexcusable para Nadal, también lo es para usted y para mí, para cualquiera que sueñe con liderar su vida, en lugar de seguir dócilmente los pasos de otro. ¡Buen viaje, feliz navegación! </>