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Allí donde antes reinaran Moctezuma y Cuauhtémoc, hoy lo hace Leonardo López Luján, arqueólogo en jefe del Proyecto Templo Mayor desde 1991. Hijo del también destacado Alfredo López Austin, y sucesor de Eduardo Matos Moctezuma, uno de los científicos sociales más notables de México, Leonardo es heredero y depositario de una corriente arqueológica que no ha dejado de sorprender al mundo cada vez que revela nuevas maravillas de la antigua capital azteca.

Estudió en la Escuela Nacional de Antropología e Historia; realizó un doctorado en la Universidad de París X Nanterre y ha sido becado por instituciones como el Guggenheim y la Universidad de Harvard. Quizás su mejor preparación la obtuvo rodeado de tierra y vestigios, pues las excavaciones arqueológicas ya eran su campo de juegos a los 8 años. Ya adolescente, fue invitado a participar en el proyecto antropológico más ambicioso del momento: la exploración del antiguo Templo Mayor.

Hoy, con esa experiencia a cuestas, Leonardo López Luján se prepara para realizar nuevos hallazgos que cambien nuestra visión sobre la última gran civilización prehispánica de México. Su más reciente descubrimiento: 22 piezas de oro colocadas como ofrenda sobre el esqueleto de un lobo, las cuales son consideradas las muestras de orfebrería mexica más finas halladas hasta la fecha. Al respecto, el también experto en la figura de Moctezuma Xocoyotzin confiesa que esta ofrenda brinda pistas sobre el espacio donde –se presume– podrían estar las cámaras funerarias de los huey tlatoani, los emperadores aztecas. Dar con un entierro real supondría un nuevo hito para él y para la arqueología mundial, pero también reconoce que lograrlo implica tremendos retos, sobre todo si se toma en cuenta que los trabajos están limitados por monumentos que hay que preservar, como la Catedral Metropolitana, construidos encima de las ruinas del Templo Mayor.

Así, desentrañar los secretos que aguardan bajo la superficie de la capital mexicana requerirá no sólo de precisión quirúrgica, sino del talento de un hombre que, de jugar entre vasijas rotas, ha aprendido a navegar entre los siglos y las eras.