Muchos de los problemas con que nos topamos diariamente pueden ser solucionados preguntándole a Siri, oráculo moderno que vive en nuestro smartphone. ¿Les digo algo? Si yo fuese un Millennial, estaría aterrado. Los jóvenes deberán competir con la inteligencia artificial, cada vez más barata y más sofisticada. Diagnósticos médicos, aplicación de leyes, elaboración de estados financieros, estudios de mercado, contabilidad, por no mencionar la manufactura, son ámbitos donde las computadoras van ganando terreno. El apocalipsis de Black Mirror ha llegado. Los Millennials vivirán unos 85 años, se jubilarán (si tienen suerte) a los 65 años y, para rematar, su trabajo será en muchos casos superfluo. Todas aquellas tareas que se realizan siguiendo reglas estrictas, protocolos y normas más o menos rígidas están destinadas a ser ejecutadas por computadora

EL OMNISCIENTE WAZE
El otro día tomé un taxi. Confieso que tenía tiempo sin hacerlo; desde hace rato acostumbro usar Uber. En esos casos no suelo ser muy locuaz, pero el chofer era un individuo simpático y parlanchín, y acabamos hablando de apps. El chofer se jactaba de no necesitar ayuda del GPS para llegar rápidamente a los más diversos destinos. “Me manejo bien toda la ciudad, jefe”, me presumió. Animado por la afabilidad del taxista, lo reté con Waze en mano. El hombre eligió una calle atascada de tráfico y perdió la partida.

Hubo un tiempo en que un taxista era la fuente más confiable para conocer las mejores rutas. Hoy por hoy, ese conocimiento va quedando desplazado por la tecnología. Poco podemos contra Waze.
Algo similar ocurrió en el siglo XIX, al comienzo de la Revolución Industrial en Inglaterra. En las fábricas se habían introducido rápidos telares mecánicos que amenazaban con desplazar a los tejedores. El desempleo creció, pues una máquina no tiene derechos laborales y cobra menos. Movido por la desesperación, el legendario Ned Lud rompió el telar mecánico e invitó a sus compañeros a imitarlo. Un acto individual se convirtió en un movimiento social. A esta reacción anti-máquina se le conoce como Ludismo, el motín contra las máquinas.

Lo que cuento no es un caso aislado. La semana pasada vi un documental donde se hablaba de una inmensa bodega que había despedido a 80 empleados, porque gracias a una nueva maquinaria bastaba con tres personas para operarla. Para no ir más lejos, los procesadores de palabras han hecho que una secretaria sea un lujo exclusivo para la alta dirección; cualquier persona, por torpe que sea con el teclado, puede escribir sus correos sin la necesidad de una mecanógrafa.

Pero no nos hagamos ilusiones; no es que las máquinas vayan a darle más tiempo libre al humano. Hay trabajos arduos, peligrosos, aburridos. ¡Qué mejor que los desempeñe una máquina! ¿No? Esa era la utopía: la tecnología liberaría al ser humano de tareas esclavizantes. El problema es que, al menos tal y como pintan las cosas, millones de humanos no tendrán tiempo libre, sino que serán desempleados, que es algo muy distinto. Un asunto es que la tecnología me permita alargar mi fin de semana y otro es que carezca de fin de semana porque soy un desempleado.

Me objetarán que harán falta programadores, ingenieros, desarrolladores de aplicaciones, reparadores de hardware. Es verdad, pero los empleos creados serán menos de los que desaparecerán; cuestión de mirar la banca por internet o el web check-in de los aeropuertos.

EMPATÍA E INGENIO
Por fortuna, aún hay empleos donde hace falta un humano: peluqueros, vendedores, profesores, enfermeras, cuidadores de niños y ancianos, psiquiatras, cocineros. ¿Qué tienen en común? La empatía, la capacidad de descifrar emociones, la habilidad para comunicar y para entender al otro.

¿Cómo sobrevivir en el mundo laboral dentro de 20 años? Desarrollando habilidades difíciles de imitar por una computadora. Pensemos en lo que Siri no puede respondernos. Ella tiende a ser breve y clara; se maneja mal en el ámbito de lo borroso, de lo ambiguo, de lo flexible. Las actividades que requieren de una guía personal, intuitiva, empática son las esferas en donde menos competencia encontramos. Siri escucha nuestras palabras, pero no interpreta nuestras intenciones y deseos, al menos no por ahora. La inteligencia artificial puede seguir un instructivo al pie de la letra. Por ello las tareas que difícilmente pueden codificarse son áreas donde los humanos seguiremos siendo competentes durante un tiempo más.

Si yo fuese un joven bachiller, me empeñaría en desarrollar habilidades difíciles de reducir a comandos e instrucciones. Por lo pronto, se me ocurren cuatro: 1) Interpretar textos y discursos; 2) Empatizar y persuadir; 3) Inventar, crear e imaginar; 4) Redactar con elegancia y brillo las ideas propias. Curiosamente, estas cuatro habilidades pueden ser altamente potenciadas a través de la lectura y escritura de la poesía y la narrativa. Estas habilidades son los cuatro pilares de lo que yo llamo Inteligencia poética.

INTERPRETAR: DEL ALBUR A LA METÁFORA
Pensemos en el albur mexicano, no en el vulgar, sino en el albur “elegante”. No les pongo aquí un ejemplo, porque me quitan la columna… Pero ustedes me entienden, ¿verdad? ¿Se han puesto a considerar el complejo proceso que hay de por medio? A diferencia de la expresión explícitamente soez, el viejo albur puede ser interpretado literalmente sin que de suyo sea una grosería. El doble sentido del albur alude lo obsceno sin mencionarlo. El albur, no se me tome a mal, está emparentado con la poesía, con las metáforas, con las alegorías, con el razonamiento analógico, con las comparaciones. La inteligencia poética sabe encontrar semejanzas donde las máquinas sólo ven diferencias. Tomemos algunos versos de Altazor de Vicente Huidobro:

Sabes que tu mirada adorna los veleros
De las noches mecidas en la pesca
Sabes que tu mirada forma el nudo de las
estrellas

El poeta juega con las palabras; estira su significado como si fuese una liga. Las usa para decir “una cosa por otra”. ¿Puede una máquina descifrar esos versos? A decir de los productores de Black Mirror, no falta mucho. Seguramente las computadoras llegarán a romper el encriptado poético; sin embargo, el código que usa el poeta es mucho más complejo que los algoritmos de un iPhone. Interpretar una poesía es una difícil tarea para el hombre y para la máquina.

Intentemos alburear a Siri, de suerte que entienda y nos conteste en ‘clave albur’. Siri es incapaz de comprender que uno la está albureando, salvo que se trate de una frase hecha, un lugar común, una fórmula. Si no mencionamos la palabra “albur”, el oráculo moderno buscará en Google sobre lo que de facto le decimos, pero no sobre lo que le intentamos decir. Siri buscará el sentido literal o coloquial de una palabra y le resultará difícil comprender las alusiones veladas.
Black Mirror no anda tan descaminada. El horror ha llegado. La mano de obra se abaratará, salvo para los privilegiados que sepan crear inteligencia artificial o para aquellos que cultiven la inteligencia poética, compuesta de empatía, de creatividad. La inteligencia poética es, en última instancia, la habilidad para leer y descifrar el mundo.

Si yo fuese joven, me concentraría en aprender matemáticas, el lenguaje de las computadoras, y en cultivar la poesía, que es la lengua de los dioses. En 80 años, quienes no sepan matemáticas ni poesía estarán de más en un mundo laboral dominado por los espectros de Black Mirror.