Hoy en día la sal y la pimienta son elementos indispensables de una mesa bien puesta, salvo en los restaurantes de la Ciudad de México donde la ley prohíbe ponerlos a menos que el cliente solicite el salero. Pero fuera de Chilangolandia, hasta la fondita más rascuache ofrece sal y pimienta como condición sine qua non del pipirrín. Paradójicamente, su omnipresencia las ha convertido en algo que ya raya en la vulgaridad. ¿Nunca los regañaron en su casa diciéndoles que era de “mala educación” ponerle demasiada sal y pimienta a la comida?

Pero hubo un tiempo en el que, excederse con la pimienta, hubiera sido propio de un rey. Durante la Edad Media, la pimienta era tan cara que se solía usar como moneda de intercambio. ¿Se imaginan que Wall Street cotizara en pimienta? ¿O que la Reserva Federal de los EUA cambiara los lingotes de oro por contenedores enormes de clavo y nuez moscada? ¿O al Banco de México atesorando toneladas de canela? Bueno, algo parecido ocurría hace no muchos años. Para ser exactos, hace cuatro siglos, nada más.

Y había razones para que, por ejemplo, la pimienta fuera tan cara: se importaba de la lejana India. Se dice que la pimienta fue introducida en Europa por Alejandro Magno y sus huestes. Los antiguos romanos parecen haber sido ya devotos de esta especia en sus memorables banquetes caligulescos. Los europeos medievales le habrán dado un uso poco menos refinado, pero igualmente caro. En la cocina de los castillos, las carnes se condimentaban profusamente y se preparaban salsas picantes y especiosas, antepasados de los filetes au poivre  y, aunque ustedes no lo crean, del mole poblano. Todo ello era comida de nobles. La pimienta, el oro negro, nunca dejó de cotizarse a un alto precio.

Las cosas no pudieron haberse puesto económicamente peor, cuando Constantinopla cayó en manos de los otomanos en 1453. Eso equivaldría a “ganar el monopoly en veinte pasos”, como dice wikihow.

Fue la jugada perfecta. Los otomanos se hicieron del control de la venta de las especias que, insisto, eran muy caras en su tiempo. Alguien más elegante que yo diría que fue una jugada maestra de estrategia empresarial pues, no lo olvidemos, los grandes negocios han ido de la mano de la política.

Para justificar el alza en los precios, los mercaderes otomanos hicieron correr la leyenda de que en los árboles de la pimienta habitaban unas serpientes sumamente venenosas. Para ahuyentarlas, contaban, había que provocar un incendio. La pimienta, con el fuego, se volvía negra. Y el precio volaba por las nubes

Dada las circunstancias, la República de Venecia, patria de comerciantes, se avino a negociar con los otomanos. Los venecianos se hicieron socios de los turcos y monopolizaron el comercio de las especies en Europa. La actitud de los mercaderes venecianos me recuerda a algunos constructores mexicanos que ya están apuntándose a levantar el muro de Trump.

Con todo y sabor literario, la toma de Constantinopla sí que fue un jaque mate al comercio europeo; el chistecito les duró 40 años. Pero las ganas de comer bien y, obvio, la ambición pudieron más que un monopolio perfecto. Surgió un Deal Breaker financiero inconmensurable: el descubrimiento de América. La corona de la gula y la avaricia.

STEVE JOBS Y LAS TRES CARABELAS
Steve Jobs en 1492 quizá no hubiera inventado el iPhone; pero seguro que hubiera puesto sus ojos en el Nuevo Mundo. Visión de negocios, le dicen. Cristóbal Colón hizo lo propio; claro que el descubridor genovés era éticamente indefendible: decapitaciones, violaciones, torturas y esclavización son algunas de sus gracias. Y eso, por cierto, deja como una hermanita de la caridad al neurótico de Steve Jobs.

Pese a sus crímenes, Colón era indiscutiblemente un genio. En clases de innovación y empresa no sólo deberíamos hablar de Henry Ford, Bill Gates y Steve Jobs. También deberíamos fijarnos en Cristóbal Colón. Este navegante los supera. Les diré por qué.

No hablo solamente de su mérito histórico. Además de todo, Colón tuvo la suficiente inteligencia para reconocer una crisis de mercado (el monopolio turco-veneciano) y dio con la solución perfecta: crear nuevas rutas. Colón se proponía descubrir una nueva ruta a las Indias, para conseguir especias como la pimienta. Accidentalmente descubrió un nuevo continente. Aunque los otomanos tenían indiscutiblemente la mejor mano; y aun así, Colón y la corona española les remontaron el partido.

INTERLUDIO GASTRONÓMICO
El término “especia” nos es, por supuesto, un concepto científico, pero podríamos describirla como semillas y cortezas aromáticas que se usan para condimentar. Pimienta negra, canela, nuez moscada cumplen con esta descripción. Sin embargo, el clavo de olor, no es sino el botón seco de su flor. ¿Pero quién le negaría al clavo el nombre de “especia”? Actualmente, estos condimentos siguen produciéndose en Indonesia, la India, Sri Lanka y otros países cálidos de oriente.

Emparentadas con las especias están las hierbas aromáticas, que tampoco cantan mal las rancheras. La importancia de las hierbas de olor se refleja en el habla. La palabra “orégano” significa en griego: “adorno de las montañas”. “Romero”, que parece un nombre muy poco poético, viene del latín ros marinus, que significa “rocío del mar”. La poesía, aunque sea involuntariamente, suele volcarse en lo importante.

No es exagerado decir que la historia de las especias se parece mucho a la de la humanidad. Comer –y comer bien– ha tenido su juego en la historia. Hay quien afirma que cocinar es lo que nos diferencia de los animales. Creo que no les falta algo de razón; la gastronomía va de la mano de la historia del comercio y del desarrollo tecnológico de una civilización.

Al parecer, los egipcios, fueron pioneros en la comercialización de las especies, porque se utilizaban en el proceso de momificación. Los fenicios, luego los griegos y finalmente los romanos continuaron esta tradición durante la antigüedad.

Sentarse a la mesa puede ser un motivo para convivir con la historia. Las especias, que ahora no solemos valorar, porque ya están al alcance de cualquiera, son esos personajes anónimos que en un platillo nos recuerdan las historias de nuestros descubrimientos, tropezones económicos e ingenios comerciales. Pero dejemos la mesa y regresemos al mundo de los negocios.

ENTREPENEUR RENACENTISTA
Y pues sí, en una escena digna de Dragon’s Den, Cristóbal Colón se paseó por las cortes europeas para proponer lo que llamaríamos un “modelo de negocio”. En aquella época, ese proceso se llamaba “busca de patronazgo”. Pero era exactamente lo mismo que lo que hacemos hoy: buscar a alguien obscenamente rico que se pueda dar el lujo de invertir en negocios disparatados pero muy lucrativos, para hacerlos aún más ricos.

Colón se plantó primero frente a Juan II, rey de Portugal, quien consultó con sus cosmógrafos si la empresa era viable. Para desgracia de Portugal, que pudo haberse convertido en uno de los imperios más grandes y poderosos de la historia, el rey desechó la propuesta. Nada tonto, cuentan que Juan II envió una nave espía detrás de Colón, en su viaje a América; pero le perdieron la vista.

Los reinos de Castilla y Aragón, cuya “fusión empresarial” puede contarse como una de las más exitosas en la historia, no dejaron pasar la oportunidad, en cambio. Pero antes se hicieron del rogar, porque las consecuencias políticas y económicas de dicha inversión eran muy riesgosas.

Colón, para subsistir, se dedicó entre tanto a vender mapas. Castilla y Aragón, por otra parte, tenía muy pocos recursos, después de haber reconquistado Granada. El proyecto estaba a punto de zozobrar.

Pero Castilla y Aragón, al final, lograron recaudar entre sus millonarios los maravedíes necesarios para dicha “empresa”, de donde por cierto viene el sentido original de formar una empresa. Un negocio es una aventura incierta, donde el riesgo pero también la inteligencia se conjugan, para dar sus mejores frutos económicos y, cómo no, gastronómicos…</>