¿Quién es, cuál es el bien que aporta, cómo debiera apreciarlo la sociedad, cuáles son las características que aseguran la permanencia de su empresa en el tiempo?

 

Aunque se han escrito multitud de artículos sobre el empresario me permito mostrar mis reflexiones sobre éste, fruto de las experiencias vividas y vistas en mis años como profesor, académico, consultor, directivo y empresario (he luchado en todos los frentes). Además, como hijo de empresario y de empresaria y por haber vivido desde pequeño lo que es la empresa.

Estas ideas proceden de las conclusiones que uno extrae de los “golpetazos” sufridos en la vida que, por cierto, forman y enseñan mucho y de la observación de la realidad, evidentemente desde mi inteligencia y mi voluntad.

La Real Academia de la Lengua Española (RAE) define al empresario como:

•    Patrono (persona que emplea trabajadores).
•    Titular propietario o directivo de una industria, negocio o empresa.

Estas acepciones son neutras respecto de su valor social pero, sin embargo, a nivel popular y de los medios de comunicación en general, la imagen del empresario es la de una persona explotadora, amoral, obsesionada por el beneficio propio y el poder y que se “forra” a base del esfuerzo de sus trabajadores explotados.

¿Por qué tiene la sociedad esta imagen tan alejada de lo que es el empresario? ¿Por qué se usa actualmente el nombre de emprendedores en lugar de empresarios?
¡Qué falsa es la imagen que se tiene del empresario!, cuando es tal vez uno de los seres que desarrollan una mayor labor social.

Es evidente que cualquier persona que crea una empresa lo puede hacer por varios motivos; intrínsecos, extrínsecos y trascendentes (según el modelo de Juan Antonio Pérez López), que podríamos desglosar sencillamente de la forma siguiente:

•    Obtener un rendimiento económico personal
•    Ser reconocido socialmente
•    Lanzar una nueva idea, producto o servicio novedoso
•    Ayudar a la sociedad

Para ello, el empresario necesariamente se rodea de personas para llevar a cabo sus objetivos y se asocia y contrata a las mismas. Por tanto, cualquier empresa es generadora de puestos de trabajo. Sin estas personas el empresario nunca podría llegar a cumplir sus objetivos. El empresario necesita personas a su lado.

Es importante diferenciar al empresario del negociante. La palabra negocio significa según la RAE: “Tratar y comerciar, comprando y vendiendo o cambiando géneros, mercancías o valores para aumentar el caudal.” Se trata de incrementar el dinero. A nivel popular, se considera negociar cualquier acción que implica ganar fortuna. Nadie habla, en estos casos, de los recursos usados, sean humanos o materiales.

Un negocio implica ganar dinero… y nada más.

¿QUÉ ES UNA EMPRESA?
Un proyecto empresarial debe tener los siguientes objetivos:

1. Generar un bien o servicio útil para la sociedad. Aquí evidentemente entran aspectos éticos y morales sobre lo que es útil.
2. Producir beneficios, rendimiento, utilidades. Una empresa debe generar riqueza. Otro tema es la forma de repartirla, bien como pago al capital, al trabajo, etcétera.
3. Estar abierto a generar la mayor cantidad de puestos de trabajo que pueda, sean directos o indirectos.
4. Por último, desarrollarse con afán de autocontinuidad. ¡Que sobreviva el mayor tiempo posible!

¿Esto lo hace un negocio? ¿Alguien es capaz de pensar que la persona que desarrolla una empresa es igual a la que desarrolla un negocio? ¿Que tiene los mismos objetivos e ilusiones?
Las características que concurren en un verdadero empresario, que me gustaría resaltar, son las siguientes:

•    Creatividad para establecer, fundar, introducir por vez primera algo; hacerlo nacer o darle vida.
•    Tenacidad para ser firme, porfiado y pertinaz en un propósito.
•    Ilusión para tener esperanza en el cumplimiento de los objetivos del proyecto.
•    Generosidad para ser dadivoso, franco, liberal y obrar con magnanimidad y nobleza de ánimo.
•    Animosidad para transmitir disposición, temple, valor, energía y esfuerzo.
•    Laboriosidad para trabajar lo necesario para llegar al objetivo.
•    Liderazgo para conducir y dirigir al grupo.

Evidentemente la mayor parte de los empresarios tienen afán de lucro, pero después de muchos años de tratarlos, sobre todo a medianos y pequeños, pocas veces les he escuchado hablar del dinero que poseen, aunque lo tengan. Su ilusión, la mayor parte de las veces, es el proyecto en sí.

Son personas que trabajan con sus colaboradores, hombro con hombro, y aplican claramente lo que se dice en Plutarco, de Cayo Mario: “No hay cosa que más disfrute el soldado romano que ver a su oficial de mando comer abiertamente el mismo pan que él, o tenderse sobre un sencillo lecho de paja, o erigir una empalizada. Lo que admiran de un jefe es su disposición para compartir el peligro y las dificultades, más que su habilidad para conseguir honor y riqueza, y sienten más aprecio por los oficiales que son capaces de hacer esfuerzos junto a ellos que los que les permiten pasarlo bien”.

En la actualidad el mundo confunde a los empresarios con los negociantes, es decir con personas que anteponen los caudales a sus trabajadores.

Una empresa con cientos de trabajadores de la que fui consejero tenía un rendimiento económico y unos sueldos infinitamente menores al que tenía cualquier “changarro financiero o de servicios” en una calle relevante de una ciudad grande. Con la particularidad que estos últimos no necesitaban ni activos, ni trabajadores.

¿Es esto correcto? ¿La sociedad puede seguir equivocándose de esta manera? ¿No habría que hacer una gran campaña de comunicación sobre la labor social de los empresarios? ¿Por qué los sindicatos hablan más de los empresarios que de los intermediarios, changarro, etcétera?

La sociedad es olvidadiza o tal vez incapaz de valorar lo que tiene. Se erigen estatuas, se nominan calles y plazas reconociendo a poetas, militares, políticos, religiosos, deportistas, artistas e inventores que evidentemente merecen reconocimiento pero ¿a los empresarios quién los reconoce? Se editan manifiestos de intelectuales y pseudointelectuales, a los cuales se les da gran relevancia y cuando lo hacen los empresarios son opiniones exclusivamente fruto de sus ganas de especular y aprovecharse económicamente.

Los empresarios son los que generan puestos de trabajo, los que traen los nuevos productos, los que generan riqueza, los que hacen la vida más cómoda, agradable, sencilla y placentera. Son personas a las que se puede aplicar esta frase de Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles”.

Los empresarios son imprescindibles para la sociedad. Son como el oxígeno para que la sociedad viva. Son los que empujan con sus ideas a lanzar nuevos productos, son los que convierten las ideas en  realidad. Son personas que no se desesperan, que no tiran la toalla, que cuando los demás se van, ellos siguen, que cuando fracasan, son capaces de levantarse de nuevo y, como decía Confucio, “la gloria más grande no consiste en no haberse caído nunca, sino en haberse levantado después de cada caída.”

Los buenos empresarios están siempre al “pie del cañón”. Son los oficiales en las trincheras y no los generales del Estado Mayor. No son los políticos que hablan, predicen y proclaman. Son los que “hacen”. Son los que buscan más cosas, además del “caudal”. Son los que no se desesperan por crecer cuantitativamente sin ton, ni son. Son los que mejoran sus productos; los que hacen crecer sus empresas cualitativa y cuantitativamente. En definitiva, son una especie que hay que “cuidar, proteger y alimentar”.

Desgraciadamente, lo que se “vende” y lo que está de moda es el progreso infinito, las bambalinas, el brillo, lo grande, una idea del siglo XIX que siempre ha traído malas consecuencias. Así, en algunas escuelas de negocio se transmite a los estudiantes un modelo de vida profesional donde se propugna, tal vez sin quererlo, en primer lugar un concepto individualista de la existencia y, en segundo lugar, la idea de la gran dimensión como paradigma de éxito.

Yo les aconsejo que con sus alumnos:

Eviten:
•    El protagonismo personal
•    El afán desmedido de éxito económico (el sueldo, por encima de todo)
•    El volumen como señal de triunfo
•    El elitismo intelectual como sinónimo de selección

Añadan:
•    Mayor sentido social del trabajo que se va a desempeñar
•    Mayor formación sobre lo que es dirigir y guiar personas

No resulta fácil establecer sugerencias básicas porque los seres humanos somos distintos y tenemos diferentes quereres, inteligencia, propósitos y capacidades. No obstante, yo destacaría algunas características que debe reunir el empresario en el que estoy pensando:

1. Es difícil, prácticamente imposible, crear una empresa si no se tiene una gran ilusión por desarrollar ese proyecto y lanzar ese producto y/o servicio nuevo o complementario. Sin un gran sueño, sin una gran dosis de optimismo, es difícil ser empresario.
2. El empresario no tiene horas de trabajo. Su vida entera, todo su tiempo está lleno de la empresa. Por tanto, necesita aclarar a la familia qué dedicación tiene a su trabajo. Si falla una letra, si no hay dinero suficiente para pagar la nómina, si ha habido un incidente laboral, etcétera. ¿Quién está preocupado? ¿Quién no duerme?
3. El empresario debe ser ejemplo para todo; para trabajar, para empujar, para crear, para idear. El primero en lo difícil, en lo arduo; el primero en entrar y el último en salir.
4. Necesita querer a sus trabajadores y al mismo tiempo ser exigente en el cumplimiento de las labores a realizar. Son los medios que tiene para conseguir los objetivos de la empresa, pero no son máquinas. Tienen también familia, amigos, necesidad de descanso.
5. Su labor exige mantenerse al día en los conocimientos técnicos y humanos que necesite su empresa. El empresario necesita estar en formación continua y vivir la inquietud de “estar al día”.
6. Debe pensar que las utilidades que genera la empresa se han obtenido entre todos, capital y trabajo y, por tanto, deben distribuirse adecuadamente.
7.  El empresario debe cuidar la empresa; es decir, dotarla de los medios técnicos y financieros que permitan su supervivencia. Por ello es importante que destine parte de los beneficios a reservas y así preservar su continuidad.
8. Debe saber “vender la imagen de la empresa” a todo su entorno: clientes, proveedores, organismos públicos, entidades financieras, etcétera. Debe esforzarse en transmitir a su entorno la potencialidad y seriedad de su empresa.
9. El empresario debe ser honesto: en su producto, en sus acuerdos, en el cumplimiento de los contratos, en su relación con los clientes.
10. Por el bien de la empresa, el empresario debe saber retirarse y dar paso a sus sucesores. No hay cosa más triste que ver empresas que desaparecen cuando el fundador fallece, porque no supo retirarse a tiempo. Esto exige una gran dosis de generosidad y de humildad, para ceder su obra a otros, aunque sean sus hijos. Es conveniente dejar que otros lleven la empresa incluso de forma distinta a la propia.
11. El empresario debe tratar de que la sucesión no genere lío. No es fácil y hay sistemas que ayudan a controlarlo, aunque no a evitarlo totalmente. Por ello, es imprescindible tratar de que en la sucesión el que lleve la “voz cantante” sea el más preparado para la supervivencia de la empresa.

Pensando en los sucesores, simplemente les sugeriría dos cosas:

1.     No despreciar lo que ha hecho el anterior. Antes de cambiar las cosas reflexionar profundamente sobre lo que se desea hacer. No es un tema de hacer las cosas de distinta manera, sino de seguir manteniendo la empresa. Si hasta ese momento ha ido bien, ¡no cambiar por cambiar!
2.     La cabeza de la empresa no debe despreciar a otros sucesores (hermanos, primos), pero es vital que sea justo al tomar las decisiones necesarias para que la empresa sobreviva.

Existen más características a contemplar, pero creo honestamente que si se tuviesen en cuenta las que aquí se exponen, tendríamos empresarios y empresas que cumplirían adecuadamente la función que les corresponde.

Termino con un pequeño mensaje. Todo empresario, como toda persona, para ir a la acción, debe saber antes lo que quiere hacer y para eso es necesario, obligatoriamente, pensar. Esto se hace en silencio, hablando con uno mismo. Al hacerlo, crecemos hacia dentro, lo que yo llamo “implosionar”; adquirimos más densidad y más profundidad y, sin ruidos ni cortapisas, descubrimos lo que realmente somos y pensamos. Así, sacamos lo mejor de nosotros para ser mejores empresarios, profesionales y, en definitiva, mejores personas.