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IS347_GIROSCOPIO_07_ZagalAunque es todo sonrisas, la fiesta es una cosa muy seria para la historia y la cultura.

 

Dicen que la lengua finesa cuenta con unas 40 palabras para referir la nieve. Se la han de pasar increíble. ¿Imaginan? ¿Ocho meses de invierno? El castellano, en cambio, no es muy prolífico con este fenómeno. Dudo que en Veracruz haya caído nieve en los últimos 200 años y las peores nevadas en Durango o Ciudad Juárez son algo ordinario en Helsinki.

Pero, si buscamos sinónimos de la palabra “fiesta”, creo que les damos tres revolcadas a los nórdicos en su propia nieve: farra, juerga, parranda, verbena, guateque, pachanga, jarra, fiestirri… son los primeros que me vienen a la mente, antes de que se me acabe el aliento.

No en balde, los pueblos de habla hispana tenemos una mala imagen como auténticos maestros del despapaye. Pareciera que esa sombra cruzara el Atlántico, partiendo desde los Pirineos, desembarcara en Veracruz y recorriera a galope el continente hasta la Patagonia. Sí, los hispanoamericanos tenemos una mala fama de parranderos. Cierto o no, el estereotipo es algo con lo que tenemos que lidiar. En esta ocasión, contra viento y marea, me propongo hacer un elogio de la fiesta.

Y que se arma la parranda…
Si los griegos o los romanos hubieran escrito La Biblia, hubiesen coronado la creación no sólo con un descanso, sino con un banquete. Es una actitud absolutamente mediterránea ésta de amar los convites. La Ilíada y La Odisea, que con tanta devoción estudiaron los romanos, no dejan de lado ninguna ocasión para festejar algo: el reencuentro, un invitado, el triunfo, la derrota, el funeral, etcétera. El chiste es reunirnos. Incluso con los difuntos hay comida de por medio. ¿Se acuerdan de la invocación de muertos en La Odisea? Ulises, vino y comida de por medio, aprovecha su visita al Hades para chismorrear con los fantasmas de todos sus amigos y enemigos.

Esta tradición pervive. Durante mi doctorado, compartí departamento en Europa con gente de otras nacionalidades; si alguien tenía necesidad de comer acompañado, hacer ruido y beber, siquiera un poquito, éramos los portugueses, italianos, mexicanos, argentinos, españoles, etcétera. Los anglosajones, asiáticos o europeos del este solían ser más hoscos para las reuniones (aunque también tienen lo suyo). Pero la verdad sea dicha, la fiesta va en nuestras venas latinas. Un estadounidense o un danés puede comer solo, sin más compañía que el periódico. ¿Nosotros?

La palabra “fiesta” está asociada al latín fanum, “templo”. La festividad de un pueblo está intrínsecamente asociada a la religión. Aún hoy en día, nuestros mayores puentes y pachangas tienen que ver con una festividad religiosa: Día de Reyes, Día de Muertos, Semana Santa, Virgen de Guadalupe. Si exceptuamos el 15 de septiembre, nuestros días festivos más arraigados remiten a la religión, como es el caso del domingo. En muchos casos, alguna festividad pagana terminó por ser absorbida o sintetizada por una de corte cristiano.

La Navidad, por ejemplo, terminó por absorber las saturnales romanas. Estas festividades se celebraban en honor de Saturno y servían para señalar el cierre de ciclo de la agricultura, con su debido descanso. Los romanos, habituados al guateque, lo celebraban con un carnaval (otra fiesta muy bien adaptada) y un banquete en honor del Sol Invictus, hacia el 25 de diciembre. Con el influjo del cristianismo, la intención de las festividades decembrinas cambió totalmente, pero conserva el sentido latino del cierre de ciclo.

La fiesta, más allá de su dimensión religiosa, tiene sentido como excepción que confirma la regla. La excepción del trabajo. Bien entendida, se instaura además como mérito al esfuerzo. Dios, recordemos El Génesis, consagra el séptimo día al descanso, luego de seis días de creación. La fiesta también ordena el año; le da un principio y un fin al correr de los días. La fiesta, por decirlo así, le da una dirección al tiempo. Los seres humanos trabajamos para descansar, ya sea en vacaciones, ya sea en la jubilación, ya sea en el panteón.

El chiste es reunirnos
¿Se han dado cuenta de cómo estudia un estadounidense? Se encierra solo en la biblioteca hasta devorar los libros. Los latinos, en cambio, aunque sea el método más perjudicial para nuestro aprendizaje, preferimos reunirnos, así las cosas vayan a terminar en borrachera. No lo celebro, pero dice mucho de nuestra cultura. Los alemanes no se saludan innecesariamente en las bibliotecas. Van a trabajar, no a entablar relaciones sociales.

La fiesta, en el imaginario mediterráneo, tiene un carácter vinculante: nos hace miembros de una comunidad. Por eso es que en Navidad nos reunimos como familia; pero no somos la única familia que se reúne. A fin de cuentas, es un hecho compartido. En algunas comunidades indígenas, la integración exige pagar la fiesta. Sólo pertenece plenamente al pueblo, quien lo convida a la pachanga.

Con esto no quiero defender los excesos ni los defectos de la fiesta. Simplemente, quiero recordar su sentido profundo; primero, como merecido descanso físico y mental del trabajo; segundo, como un hecho vinculante y comunitario.

Pero los tiempos cambian. Los horarios de trabajo son cada vez más exigentes. En nuestro país, cada vez se debe trabajar más. La actividad comercial continúa en domingo. Los supermercados abren hasta alta horas de la noche. Los estudiantes “hacen veranos”. Los mexicanos cada vez nos levantamos más temprano. El descanso y las vacaciones se tambalean en México. Paradójicamente, eso tampoco nos hace más productivos. El descanso no sólo es un fenómeno cultural es, sobre todo, un derecho humano. No vaya a ser que regresemos al siglo XIX, cuando los empleados y los obreros no tenían derecho al domingo y, mucho menos, a vacaciones pagadas. La fiesta es esencial en la vida..</>