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Una nueva generación de jóvenes conservadores eleva el nivel del debate en este país latinoamericano, en donde izquierda y derecha tradicionales han perdido muchos adeptos.

 

Todo parecía perfecto para la centroderecha chilena en vísperas del Bicentenario de esa nación (2010). Una coalición liberal-conservadora había ganado las elecciones presidenciales, poniendo fin a dos décadas de predominio de la centroizquierda. Recibía un país estable y con las finanzas en orden. La economía llevaba 25 años de crecimiento sostenido y reinaba el optimismo. El nuevo presidente, el multimillonario Sebastián Piñera, formó un gabinete con gente altamente calificada, casi todos doctores en las mejores universidades del mundo, y se dio el gusto de prescindir de los partidos políticos.

Todo parecía darle la razón al Sócrates de Jenofonte, cuando sostenía que los talentos del político y del administrador eran los mismos: “No desprecies a los buenos administradores, Nicomáquides, pues el cuidado de los negocios privados sólo se diferencia del de los públicos en su número, pero en general son muy parecidos” (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, III, 4, 12). La economía creció más que nunca, con pleno empleo, sin inflación y con una inversión extranjera que crecía año tras año. La hazaña del rescate de 33 mineros enterrados a 700 metros bajo tierra fue una suerte de símbolo de qué podía hacer un gobierno de buenos administradores dispuestos a trabajar, como decían, 24/7 (las 24 horas de los 7 días de la semana) por el bien de su país.

 

La venganza de Aristóteles
No todos en la Antigua Grecia estuvieron de acuerdo con la idea socrática de que los talentos de un administrador y los de un político coinciden. Aristóteles dedicó una parte importante de su Política a mostrar que eso no era así. La dura realidad pronto le dio la razón en el caso chileno.

Al principio, fue algo tan sencillo como una petición de los estudiantes para obtener rebajas en el transporte público durante los meses de verano. El costo de la petición era de 12 millones de dólares. A los pocos meses, la rebelión involucraba a millones de chilenos que protestaban por las cosas más variadas: desde la crítica al lucro en la educación, hasta la oposición a las centrales eléctricas en el Sur del país. Mientras tanto, los números que mostraba la economía eran cada vez mejores, pero las cifras crecían tan rápido como el desconcierto de gobernantes y hombres de negocios, que no sabían qué estaba pasando.

La izquierda se rearmó, se sumó a las demandas del movimiento estudiantil y renegó de su pasado. La carismática y popular Michelle Bachelet, que había hecho una mediocre presidencia años atrás, encarnó todas esas demandas y propinó una gran derrota a la centroderecha en 2014, con un programa que cuestionaba radicalmente el modelo económico y político que había sostenido la estabilidad de Chile. No en vano su coalición había dado un notorio giro a la izquierda, al incluir al Partido Comunista.

Se ha debatido mucho acerca de las causas de este cambio aparentemente sorpresivo, donde un país que se presentaba como un modelo parecía haber vuelto a la adolescencia y renegaba de su pasado. Pero una cosa no admitía duda alguna: no sólo de pan vive el hombre. La centroderecha había ofrecido números, gráficos y eficiencia, pero no había contado con ideas capaces de hacer frente a una arremetida ideológica que los intelectuales de la izquierda radical habían estado preparando durante años.

 

Pasa la retroexcavadora
La aplastante derrota que experimentó la centroderecha en 2014 la hizo perder la presidencia de la República y quedar en una posición muy minoritaria en el Congreso. Esa situación desmedrada le hacía imposible oponerse al cúmulo de reformas que proponía Bachelet: tributaria, de la salud, de las pensiones, de la educación básica y media, legalización del aborto, cambio de Constitución, y del sistema universitario. Con una expresión gráfica, un político del ala izquierda del gobierno señaló que habían venido a pasar una “retroexcavadora” sobre el modelo económico y político vigente en Chile durante las últimas décadas. El gran objetivo del nuevo gobierno era conseguir una sociedad más igualitaria.

En una democracia, sin embargo, no basta con tener una clara mayoría parlamentaria. Muy pronto, las reformas propuestas experimentaron un gran rechazo de la población, al menos por la forma radical e improvisada con que quisieron llevarlas a cabo. La popularidad de Bachelet descendió más de 40 puntos en un año y se estancó en torno a 20%. Con todo, este deterioro de la aprobación gubernativa no ha sido capitalizado por la oposición de centroderecha, que sufre del mismo desprestigio que afecta a todos los sectores políticos.

 

¿Y las ideas que faltan?
La derrota electoral y la baja aprobación ciudadana de los partidos liberal-conservadores que componen la oposición al régimen de Michelle Bachelet ha llevado a algunos políticos a preguntarse por las causas de su fracaso y a señalar la insuficiencia del instrumental analítico, primordialmente económico, con que la centroderecha se ha aproximado a la realidad política en los últimos 40 años. En este proceso de autocuestionamiento y de búsqueda de ideas para hacer frente a la avalancha de la izquierda, se han encontrado con una sorpresa interesante: han descubierto a un grupo de intelectuales relativamente jóvenes (entre los 25 y los 40 años) que desde hacía algunos años venían reivindicando la primacía de la política sobre la economía. Son “los otros conservadores” o los “conservadores heterodoxos”, como alguna vez se los ha llamado.

El primero que saltó a la luz pública fue Hugo Herrera, un profesor formado en Alemania que escribió un libro muy polémico sobre La crisis de la derecha en el Bicentenario. En él muestra, de manera muy crítica, cómo, por influencia de la Escuela de Chicago, la derecha chilena fue perdiendo diversidad y, al apostar a una visión economicista de la sociedad, se hizo incapaz de entender los cambios que estaba viviendo el país. Esta obra se sumó a otros trabajos que había publicado acerca de la institución universitaria, el Estado, y la crítica al cientificismo.

Su caso constituye una suerte de prototipo del talante de estos nuevos intelectuales. Es un profesor y, como tal, publica investigaciones en revistas especializadas de todo el mundo sobre complejos temas filosóficos (la crítica de Maimon a Kant; la relación de Carl Schmitt con la tradición aristotélica o la visión heideggeriana de la ciencia). Pero al mismo tiempo escribe semanalmente en la prensa y colabora estrechamente con el mundo político, aunque no milita en ningún partido. ¿Cuáles son sus influencias intelectuales? Kant, la fenomenología alemana, Carl Schmitt y, entre los chilenos, el historiador Mario Góngora (1915-1985), que reivindicó la importancia del Estado en la época en que la mayoría de los intelectuales chilenos se había rendido ante las tesis minimalistas de los economistas de Chicago.

El segundo de estos intelectuales es el filósofo político Daniel Mansuy. A diferencia del anterior, su formación es francesa y tiene menor intervención en la política contingente, pero más presencia en los medios de comunicación. En su obra más conocida (Nos fuimos quedando en silencio) explica por qué el pacífico Chile de la transición a la democracia, donde la centroizquierda administró con mucha sabiduría un modelo económico y político que había heredado del régimen de Augusto Pinochet, estaba destinado a morir. Tal como Herrera, ha sometido a una constante crítica la tendencia economicista de la derecha liberal, su individualismo, pero también la mezcla entre filosofía tomista y escuela de Chicago que alimentó a la derecha conservadora chilena durante los últimos 40 años. Cuando uno lee a Mansuy, se ve que ha recibido mucho de Aristóteles, Maquiavelo, Montesquieu, Rousseau, Marx, Tocqueville, Leo Strauss y Pierre Manent.

A diferencia de los neoconservadores de otros países, ellos miran con ojos críticos el liberalismo económico y no pretenden dejar en segundo plano debates como el aborto o el régimen de las uniones homosexuales. La suya no es una propuesta pragmática, sino muy densa desde el punto de vista ideológico. Pero también divergen de los conservadores más tradicionales: cuando se oponen al aborto, por ejemplo, su argumentación no es, en primer lugar, que constituye un atentado contra la dignidad del no nacido. Más bien le reprochan a la izquierda que, al presentar la cuestión envuelta en el lenguaje de los derechos y reivindicar la facultad de la mujer de disponer de su propio cuerpo, está asumiendo una lógica individualista propia del capitalismo que condena. Estas diferencias tienen una importancia singular, porque la izquierda no está acostumbrada a ser criticada con razones específicamente políticas y hasta ahora ha tenido dificultades para hacerse cargo de la argumentación de estos nuevos intelectuales, aunque los trata con gran respeto.

Mucho más jóvenes son el antropólogo y exmarxista Pablo Ortúzar y el constitucionalista Francisco Javier Urbina. El primero es un gran polemista, que despliega con igual fuerza su estilo irónico en el debate contra liberales y socialistas. Sus influencias van desde Burke y Tocqueville, hasta Rene Girard y Niklas Luhmann, pasando por Marx y Hayek. El segundo, discípulo de Finnis, presenta más influencias anglosajonas, desde C. S. Lewis hasta MacIntyre o Hart.

 

El valor de la diversidad
Como puede verse, estos autores no se nutren de las fuentes habituales en los conservadores latinoamericanos, y entre ellos mismos hay grandes diferencias en su formación. Pero esa diversidad es su fortaleza, porque les permite contar con un instrumental analítico mucho más sofisticado que el habitual en los conservadores tradicionales.

Esa apertura marca también una ventaja respecto de la izquierda, porque estos conservadores heterodoxos no temen aprender de ella, escribir en sus medios de prensa, compartir muchos de sus diagnósticos e incluso mantener cordiales relaciones con sus representantes más destacados. También son muy cercanos a ciertos intelectuales comunitaristas, como Sergio Micco y Eduardo Saffirio, vinculados a partidos que están en la coalición gobernante, pero que mantienen posiciones críticas respecto de la política oficial sobre el aborto y la familia.

La misma diversidad se observa en el objeto de sus preocupaciones. Una muy central es la pobreza. La historiadora Catalina Siles, la más joven de estos intelectuales, ha mostrado cómo el auge económico chileno y la ampliación de la clase media trajeron consigo una creciente despreocupación por los sectores más postergados. Son, como dice ella, “los invisibles”, cuya situación se agravó por la reforma que estableció el voto voluntario. Como los marginados escasamente participan en el proceso político, ya no quedan incentivos para preocuparse de ellos. El tema del voto voluntario (introducido por el gobierno de centroderecha) es para ellos una típica muestra de la tendencia neoliberal de entender la vida política bajo un prisma equivocado. El ciudadano no es lo mismo que un consumidor: si se quieren utilizar categorías económicas, habría que decir que votar es un acto mucho más parecido al pago de los impuestos que a la decisión de comprar o no una marca de yogur en un supermercado.

Para estos autores, la desigualdad constituye también un problema importante, cosa que no debería sorprender a nadie que haya leído a Aristóteles, pero que la derecha, satisfecha sólo con la igualdad formal ante la ley, suele considerar irrelevante. También se interesan por la ciudad, las regiones, los sindicatos, la ecología y, por supuesto, por el valor político de la familia, una materia que ni la izquierda ni la derecha se toman en serio. Por el contrario, Manfred Svensson, otro de estos autores, ha abogado por una filosofía pública de la familia, cuyo valor no debe aparecer tan sólo en los debates públicos sobre temas de ética sexual: “hay una hipertrofia de la dimensión sexual de la relación, en desmedro de casi todas sus funciones sociales más relevantes. Sólo hablamos de la familia cuando se trata de reivindicar o criticar la vida sexual de algunas personas, y esta sexualización de los problemas sociales es ampliamente compartida por conservadores y progresistas”, dice.

 

Compañeros de ruta
La influencia de estos otros conservadores se ha multiplicado por el crecimiento de algunas iniciativas que corren en paralelo pero reciben la influencia de su acción. Me refiero a la fundación en los últimos años de algunos think tanks y Organizaciones no Gubernamentales que tienen una presencia pública significativa. Para sorpresa de los observadores, estas agrupaciones están integradas por personas muy jóvenes. Una de ellas es Res Publica, cuyos integrantes en su gran mayoría son todavía estudiantes universitarios, pero que ya tienen un sello editorial que publica libros para la formación política de estudiantes secundarios y universitarios. Con sus seminarios llegan a miles de jóvenes en todo el país, particularmente de la educación pública. A partir de ellos se ha originado un movimiento político (Republicanos) que presentará candidatos en las próximas elecciones municipales y parlamentarias, y que ya forma parte de la coalición Chile Vamos, que agrupa a los partidos y movimientos de oposición.

Una tarea semejante realiza IdeaPaís, un centro de pensamiento y formación de inspiración socialcristiana destinado a fomentar las vocaciones de servicio público entre personas jóvenes. A partir de este núcleo de personas también muy jóvenes (la mayoría menores de 30 años) ha surgido otro movimiento político (Construye Sociedad) que también presentará candidatos en alianza con la coalición opositora. Unos y otros han desempeñado un papel activo en la oposición al proyecto de ley de aborto que impulsa el gobierno de Bachelet.

A ellos hay que agregar una iniciativa muy original que también participa de la misma orientación conservadora o comunitarista de las anteriores, Comunidad y Justicia, que se dedica a defender en tribunales causas de derechos humanos y realiza una activa tarea de lobbying en defensa de la vida y la familia.

Lo sorprendente es que estos centros de pensamiento y acción política realizan su actividad con medios paupérrimos. En efecto, a pesar de que llegan a miles de estudiantes, y que todo hace pensar que tendrán enorme influencia en el futuro, los empresarios aún no los toman en serio y, engañados por el hecho de que son muy jóvenes, en el mejor de los casos los hacen objeto de donaciones muy modestas.

En un nivel más teórico hay que señalar la actividad del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), donde un grupo de investigadores también muy jóvenes (Claudio Alvarado y los citados Ortúzar y Siles, entre ellos) se preocupa por desarrollar las bases intelectuales de las que se nutren otros proyectos. En su sello editorial se recogen publicaciones de estos nuevos intelectuales, pero también obras de pensadores extranjeros que los inspiran (Robert Spaemann, Pierre Manent, Robert P. George, etcétera).

 

Avance inexorable
¿Cómo ha sido recibida en el mundo político la irrupción de estos nuevos intelectuales? Los sentimientos son variados: van desde la esperanza y la acogida, hasta el desconcierto y el recelo, porque la centroderecha no está acostumbrada a los discursos sofisticados, llenos de matices y dotados de una fuerte densidad teórica. Para colmo, como están habituados al debate académico, estos autores no tienen inconvenientes en mostrar las inconsistencias de un discurso o reconocer los méritos del adversario, cosa que a veces molesta y otras desorienta a los políticos profesionales, que están acostumbrados a la lógica de “quien no está conmigo está contra mí” (una frase que sólo Jesucristo ha podido pronunciar con justicia, pero que dicha por cualquier otro hombre constituye una muestra de arrogancia o de poca inteligencia).

Cuando se lee a estos autores, uno tiene la impresión de estar ante un ejército bien armado, que avanza inexorable, y que, después de identificar los puntos débiles en la formación del adversario, penetra sin grandes problemas en su territorio y se asienta en él. El mismo procedimiento tiene lugar cuando se trata de mostrar las falencias que presenta el propio sector político, una tarea que les ha causado no pocas incomprensiones en un país donde, como es habitual en Latinoamérica, la consigna es aplaudir al amigo y condenar al enemigo. Pero esa actitud les da, al mismo tiempo, una gran credibilidad.

Los políticos más lúcidos, en cambio, han visto aquí una oportunidad. En un libro reciente (La salida. Cómo derrotar a la Nueva Mayoría en 2017), Andrés Allamand, el más conocido de los senadores de la oposición de centroderecha, ha destacado cómo, por primera vez en medio siglo, la presencia de estos pensadores le permite a ese sector dar vida a una cadena que en la izquierda se ha mostrado muy fecunda, a saber, la que va de las ideas a los intelectuales, de éstos a los políticos y de los políticos a los ciudadanos.

Todavía es pronto para anticipar qué pasará en los próximos años con estos intelectuales y los centros de pensamiento cercanos a ellos. Su futuro depende del eco que obtengan en el mundo político, pero también de su capacidad para conseguir apoyos en el mundo empresarial y de crear vínculos con el resto de los países latinoamericanos. Pero al menos una cosa es cierta: el río revuelto que ha agitado a la política chilena del último lustro ha significado una clara ganancia para estos conservadores sui generis.