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IS346_Miscelanea_02¿Qué hubiera pasado si Miguel de Cervantes hubiera logrado su sueño de viajar a las Indias? ¿Qué historias habría escrito? ¿Tendría la obra cumbre de la literatura universal a un Quijote indiano como protagonista? Si bien Cervantes nunca pisó América, su obra y el universo del caballero de la triste figura arraigó en pocos años en el Nuevo Mundo, penetrando en la conciencia y gusto de sus habitantes hasta convertirse en patrimonio común de todos los hispanohablantes.

 

Este año, en el que conmemoramos el cuarto centenario del ingreso a la inmortalidad de dos de los mayores genios literarios: Shakespeare y Cervantes; fallecidos ambos en la misma fecha pero de diferente calendario, es propicio reflexionar sobre su obra. De Cervantes, patrimonio común de los hispanohablantes, conviene recordar que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no sólo es la obra occidental más traducida e impresa después de la Biblia. Bajo su influjo, con su aliento, la hermosa lengua española, hoy llamada de Cervantes, nacida hace mil años en un pequeño rincón de Castilla, cruzaba allende los mares y se difundía entre los habitantes de veinticuatro naciones hasta convertirse en la cuarta lengua del planeta por número de hablantes.

El centro de gravedad del idioma se ha desplazado al nuevo continente. El país con más hispanohablantes en la actualidad no es España sino México, seguido de Estados Unidos y Colombia. Y las siete ciudades con el mayor número de hablantes de español se encuentran todas en América: Ciudad de México, Buenos Aires, Lima, Bogotá, Caracas, Los Ángeles y Santiago. Por ello, hablaré de los vínculos del propio don Miguel de Cervantes con las tierras americanas. No en vano una ciudad tan mexicana como el antiguo real de minas de Guanajuato, que alberga en su seno la Fundación Cervantina de México, el Museo Iconográfico del Quijote y el Centro de Estudios Cervantinos, fue designada capital cervantina de América por el Centro UNESCO Castilla-La Mancha en 2005, y es desde hace 40 años sede del Festival Internacional Cervantino.

 

Cervantes y la nueva españa
A partir de 1587, Cervantes residió durante varios años en Sevilla, a la sazón una verdadera metrópoli de Indias, puerto de embarque de las flotas que partían o arribaban del Nuevo Mundo. Allí se familiarizó con la gente, las cosas y las noticias de esa América soñada, historias oídas a marineros, mercaderes, viajantes, tratantes, frailes, soldados, funcionarios y colonos; sin contar las que leía con avidez en las crónicas o llegaba a saber por las relaciones de su propia familia. Se sabe, por ejemplo, de un tal Juan de Avendaño, residente de Trujillo (Perú), que envió en una ocasión a Constanza, la sobrina de Cervantes, un obsequio en metálico de mil reales de plata.1 A lo que se suman los influjos literarios procedentes de América, ya que, como asentaron desde hace un siglo los críticos Adolfo Bonilla y Rodolfo Schevill, editores del Persiles y Sigismunda, Cervantes leyó los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega (otro gran ilustre fallecido precisamente el 23 de abril de 1616), influyendo en su propia obra.2

En las obras menores de Cervantes abundan las referencias y pasajes sobre cosas de América (verbigracia, en El celoso extremeño, El licenciado Vidriera, La española inglesa y La Entretenida), y no faltan algunas en el Quijote. Sabía, por ejemplo, de la ya entonces famosa cortesía mexicana y de la habilidad de los jinetes mexicanos. Así, se puede leer en la segunda parte del Quijote el dicho de Dulcinea sobre «los diestros jinetes mexicanos».3 De igual manera, en el regreso final a la anónima aldea de la Mancha, cuando agradece a Sancho Panza por su ayuda, le dice que nunca podría pagarle, «ni con todas las minas del Potosí».4 También es muy esclarecedor el pasaje en el que se dice del Oidor Pérez de Viedma, que «iba proveído para oidor a las Indias, en la audiencia de Méjico», y era tal su ansia por embarcarse (trasunto tal vez del deseo del autor por pasar a las Indias), que no le fue «posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas que de allí a un mes partía flota de Sevilla a la Nueva España y fuérale de gran incomodidad perder el viaje».5  De manera que ahí lo tenemos, ese anhelo del Cervantes de mediana edad, ilusionado y listo para embarcar a América, que el Cervantes enfermo y viejo plasma en su inmortal obra.

Está más que probado que en 1590 pidió al rey Felipe II la gracia de un empleo en la provincia de Soconusco, en Chiapas (la que por cierto era entonces parte de la Capitanía de Guatemala; y aunque no era propiamente parte del virreinato de Nueva España, todo lo que hoy es Centroamérica hasta Nicaragua estaba legalmente bajo la jurisdicción de la Real Audiencia de México).

 

El literato y la corona
Aunque notoriamente conocido, es conveniente reproducir el revelador documento, que se halla en el Archivo General de Indias y resume en unas líneas toda la trayectoria de Cervantes al servicio de la corona española, con tristes saldos:

«Señor: Miguel de Cervantes Saavedra, dice que ha servido a V. M. muchos años en las jornadas de mar y tierra que se han ofrecido de veinte y dos años a esta parte, particularmente en la batalla naval (Lepanto) donde le dieron muchas heridas, de las cuales perdió una mano de un arcabuzazo. Y el año siguiente fue a Navarino, y después a la de Túnez y a la goleta; y viniendo a esta Corte con cartas del Señor Don Juan (de Austria) y del Duque de Ceza, para que V. M. le hiciese merced, fue cautivo en la galera del Sol él y un hermano suyo, que también ha servido a V. M. en las mismas jornadas, y fueron llevados a Argel, donde gastaron el patrimonio que tenían en rescatarse, y toda la hacienda de sus padres y las dotes de dos hermanas doncellas, que tenían, las cuales quedaron pobres por rescatar a sus hermanos, y después de libertados fueron a servir a V. M. en el reyno de Portugal y a las terceras (Las Azores) con el Marqués de Santa Cruz, y ahora, al presente, están sirviendo y sirven a V. M. el uno de ellos en Flandes, de alférez y el Miguel de Cervantes fue el que trajo las cartas y avisos del alcaide de Mostagán; y fue a Orán por orden de V. M., y después ha asistido sirviendo, en Sevilla, en negocios de la Armada (Felicísima, más conocida en la historia como Invencible, que no lo fue tanto), por orden de Antonio de Guevara; como consta por las informaciones que tiene, y en todo este tiempo no se le ha hecho merced ninguna. Pide y suplica humildemente cuanto puede a V. M. sea servido de hacerle merced de un oficio en las Indias, de los tres o cuatro que al presente están vacíos, que es el uno la Contaduría del Nuevo Reyno de Granada (hoy Colombia y Venezuela), o la Gobernación de la Provincia de Soconusco, en Guatemala (hoy en México), o Contador  de las galeras de Cartagena (hoy Colombia), o Corregidor de la ciudad de La Paz (hoy Bolivia); que con cualquiera de estos oficios que V. M. le haga merced; porque su deseo es a continuar siempre al servicio de V. M. y acabar su vida como lo han hecho sus antepasados, que en ello recibirá muy gran bien y merced. Miguel de Cervantes Saavedra. A 21 de mayo: 1590. Al Presidente del Consejo de Indias».

Si bien el henchido burocratismo español conservó para la posteridad este documento, así como una solicitud previa de 1582 al Secretario del Consejo de Indias, habrá sido un calvario para el Cervantes suplicante, quien desde hacía años veía con desesperación alargarse sus trámites, que resultaron infructuosos, pues la Cámara del Rey pasó la solicitud al casi todopoderoso Consejo de Indias y en el mismo escrito consta en una breve apostilla la respuesta, un tanto desabrida: «Busque por acá en qué se le haga merced. Madrid, junio de 1590; firmado: El Doctor Núñez Morquecho». Por cierto, el hijo del Doctor Núñez, el licenciado Diego Núñez Morquecho, no se privó de pasar a América en 1620 como oidor de la Audiencia de Lima, en compañía de su esposa Ana Arindiz de Oñate y cuatro criados.6

Según el escritor uruguayo Amir Hamed,7 la respuesta fue negativa por no acreditar don Miguel la consabida limpieza de sangre desde hacía varias generaciones, es decir, que era cristiano viejo por los cuatro costados. Sea como fuere, la espera y su fracaso se sumaron a la larga lista de decepciones del insigne escritor. Tal vez entendió como nunca el amargo sabor de lo que era la felonía en el antiguo derecho medieval: la traición del poderoso a través de promesas incumplidas, origen de tantos dramas y calamidades en el seno de la cristiandad. Al no poder optar por desplazarse a las Indias «refugio y amparo de los desesperados de España»,8  tuvo que resignarse a su condición. En vez de sentarse a la mesa en la cuna del mejor chocolate del mundo, a seguir yantando «salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes»;9 en lugar de la eterna calidez de Chiapas, el clima extremoso de la vieja península; en vez de un cargo cierto y honroso con estipendio seguro, la azarosa incertidumbre de oficios varios y efímeros.

 

Su obra en américa
Tal vez fuera providencial que nuestro escritor no abordara la flota de Nueva España al mando del Almirante Aparicio de Arteaga en agosto de 1590, pues de las 60 naves que la componían, 13 no llegaron a puerto, por tormentas y accidentes.10 Pero si no vino Cervantes a América, ciertamente vino su obra. ¡Y de qué manera tan avasalladora! A principios del siglo XX se creía que el primer ejemplar del Quijote, nada menos que la edición príncipe de 1605, había llegado a Veracruz en agosto de 1608 de la mano del novelista Mateo Alemán, autor del Pícaro Guzmán de Alfarache, quien arribaba como miembro del séquito del erudito e infortunado dominico fray Francisco García Guerra, nombrado Arzobispo de México y posteriormente Virrey de la Nueva España. Después de múltiples investigaciones, hallazgos y polémicas entre los cervantistas Luis González Obregón, Francisco A. de Icaza y José Rojas Garcidueñas, ha quedado establecido que casi un millar de ejemplares de la misma edición príncipe del Quijote, llegaron felizmente a México, Puebla y otros lugares del continente en octubre de 1605, prácticamente con la tinta fresca, en lo que el propio Luis González llamó acertadamente «la flota cervantina».11 Y consta que en varias de las naves inspeccionadas a su llegada los tripulantes y pasajeros hicieron la travesía regocijándose de lo lindo con la lectura de las extremadas aventuras del último caballero andante.

Hasta tal grado su presencia, así como la de los demás personajes y sucesos de la inmortal obra, penetró en la conciencia y gusto de los habitantes de estas tierras, como atestigua el pliego titulado: «Verdadera relación de una máscara, que los artífices del gremio de la platería de México y devotos del glorioso San Isidro el labrador de Madrid, hicieron en honra de su gloriosa beatificación. Compuesta por Juan Rodríguez Abril, platero»12 que tuvo verificativo en enero de 1621, en el cual se narra la presencia en un desfile lúdico de jinetes disfrazados de «todos los caballeros andantes autores de los libros de caballerías, Don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el caballero del Febo, etc., yendo el último, como más moderno, don Quijote de la Mancha, todos de justillo colorado, con lanzas, rodelas y cascos, en caballos famosos», cerrando la formación «últimamente a Sancho Panza, y doña Dulcinea del Toboso, que a rostros descubiertos, los representaban dos hombres graciosos, de los más fieros rostros y ridículos trajes que se han visto».

De manera que apenas a 15 años de su llegada, el universo del Quijote había arraigado allende los mares en el mundo hispanoamericano. Incluso, el cervantista peruano Luis Millones da cuenta de la representación del personaje cervantino en la lejana población de Pausa (Perú), en fecha tan temprana como 1607: «Hay la noticia de que las aventuras del Quijote y Sancho circularon pronto en las Indias. Además, su lectura debió haber calado hondo en estas tierras, ya que alguien se disfrazó del Caballero de la Triste Figura en el pueblo de Pausa, al Este de Ayacucho».13

Sobre el frustrado paso de Cervantes a América y haciendo eco de la opinión generalizada entre los cervantistas, el escritor hondureño Rafael Heliodoro Valle señala que «México se privó de tener bajo su techo y de sentar a su mesa al gran don Miguel; pero, en cambio, quizá por no haberse dado este lujo, no impidió que el mundo tuviese uno de los libros más extraordinarios que se han escrito en todos los tiempos: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Y remata: «Porque ciertamente, de haber viajado a Indias, Cervantes nunca hubiera escrito el Quijote, y sin esta novela, poco hubiera quedado de su obra».14

 

¿Y si cervantes hubiera vivido en américa?
Pero en vez de despachar sin más el hipotético suceso del paso de Cervantes a América, reflexionemos brevemente sobre esa posibilidad fascinante. ¿Qué hubiera pasado si Miguel de Cervantes efectivamente lograra su sueño de pasar a las Indias? Es muy probable que el viaje mismo, con sus peligros, y la llegada al Nuevo Mundo, tierra de maravillas, con la inmensidad de los territorios, la imponente belleza de los parajes, la riqueza de los colores, fragancias y sabores de la flora y fauna, y especialmente la prolija variedad de los habitantes con sus atavíos y costumbres, no hubieran pasado desapercibidas para el diestro manco y su probada sensibilidad para captar los entornos y los matices en los tipos humanos y plasmarlos de manera magistral y realista en sus escritos. ¿No cabe acaso la eventualidad de que esta experiencia, lejos de esterilizar la creatividad de Cervantes, la hubieran enriquecido y catapultado a nuevas oportunidades?

Así lo reflexiona el ya citado Luis Millones: «Aunque estoy seguro de que la voluntad de escribir de Cervantes no hubiese flaqueado en América, otros serían los personajes y la trama de sus textos»15. Conocida la firme personalidad y tenacidad de Miguel de Cervantes, es muy probable que así hubiera sido. ¿Cuán diferente hubiera sido el resultado? ¿Podemos concebir acaso a un Quijote indiano, haciendo de las suyas en el Nuevo Mundo? Abatiendo molinos y gigantes en La Antigua, o en los Andes o el altiplano mexicano. O enfrentándose a brazo partido con los infinitos americanismos que salpican nuestra lengua, o más aún, descifrando los intrincados modos de pronunciar la endiablada x mexicana. Ello por no ahondar en los casi impronunciables topónimos amerindios del continente. Todo esto hubiera hecho las delicias del respetable. Y qué tal si en vez de perder para siempre al Quijote, como han pensado los cervantistas peninsulares, la obra cumbre de la literatura universal moderna iniciara hoy en día más o menos de esta guisa: «En un lugar del Anáhuac, cuyo nombre, ni pronunciar puedo…».

Tal vez hubiera sido temprano para que Cervantes engendrara el tan elogiado realismo mágico, pero ante las maravillas americanas, que como dijera Bernal Díaz, «hay tanto que ponderar en ello, que no sé cómo lo cuente. Ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aún soñadas…»16 no es imposible que diera vía libre a una especie de fantasía realística. Después de todo, Miguel de Cervantes Saavedra fue un genial innovador, como él mismo era consciente: «Mi ingenio las engendró y las parió mi pluma».17 Como expresó el reciente premio nobel Mario Vargas Llosa en el prólogo de la edición conmemorativa del Quijote de 2005, fue propiamente el iniciador de la novela en sentido moderno, del hipertexto y de la interrelación de la ficción literaria con el mundo real, ya que «es una novela de actualidad porque Cervantes, para contar la gesta quijotesca, revolucionó las formas narrativas de su tiempo y sentó las bases sobre las que nacería la novela moderna. Aunque no lo sepan, los novelistas contemporáneos que juegan con la forma, distorsionan el tiempo, barajan y enredan los puntos de vista y experimentan con el lenguaje, son todos deudores de Cervantes».18

Puede alegarse que la idea de un Quijote indiano es mera especulación, pero no deja de ser fascinante en sus posibilidades. Como es muy sabido, la mayoría de los europeos tendían a menospreciar lo que acontecía más allá del Mediterráneo. Por más que en América los criollos se afanaran en igualar sus tierras y sus instituciones a la vieja España, sus logros materiales y culturales, los alardes novohispanos y en general americanos eran con frecuencia ignorados, cuando no rechazados y ridiculizados. Como muestra un soneto de Mateo de Rosas de Oquendo, suficientemente expresivo, en el que pedía a Apolo que castigara las pretensiones indianas que él pensaba delirios:

«Castiga a este reino loco, / que con tres chicozapotes / quiere competir contigo / y quitarte tus blasones. / Quiere darnos a entender / que no hay casas en el orbe / como son las mexicanas / y así quiere que se adoren».19

Pero como podemos apreciar hoy, la realidad del desarrollo americano se impuso, pues a pesar de la perplejidad de Oquendo, en sus versos de exquisita métrica castellana se ve obligado a usar un auténtico nahuatlismo, chicozapotes, para expresar convincentemente su idea. Todo esto no hubiera pasado inadvertido para un ingenio como el de Cervantes, que hubiera recogido en buena ley todo el tesoro de las costumbres y dichos del nuevo mundo en su obra, haciendo patente la internacionalización de la lengua española. Porque más allá de las incomprensiones y de la lentitud del proceso de forja de las nuevas nacionalidades americanas, ya desde su inicio tenían aspiraciones de universalidad: por una parte, recogiendo elementos de todo el orbe y haciéndolos suyos, por la otra, anticipando el futuro, los inicios de la integración mundial que hoy vemos avanzar a galope tendido, como el inmortal idealista imaginado por Cervantes.

Así pues, pasamos de ser las Indias a ser Hispanoamérica. De refugio y amparo de desesperados a la tierra que anticipa el futuro de la humanidad: la integración mundial, la raza cósmica que une y resume a todas las demás y que soñara nuestro pensador más profundo, universal y original, don José Vasconcelos, de quien tomamos el siguiente comentario final: «Recojo de Shakespeare mismo, este pensamiento, aplicable al elogio del Quijote, que tal vez no llegó a conocer y que aparece en Hamlet: «A veces la impaciencia da más fruto que los más profundos cálculos». En nuestra historia hispanoamericana, donde abunda el mal, como en tantas otras historias, todos amamos a los que proceden a lo don Quijote, perdiendo y sufriendo por lo problemático y aun por lo que no ha de triunfar jamás, con plenitud, en la tierra. En este sentido cada cristiano es un Quijote: el siervo de una ética que contradice a la naturaleza y se le impone y la supera. Esfuerzo que sólo se logra a través de la lucha desgarradora de la santidad».20.

 

Notas finales
1           Pérez Pastor, Cristóbal. Documentos Cervantinos. Tomo I, doc. 50. Madrid, Imprenta Fortanet. 1897
2           Cervantes Saavedra, Miguel de. Persiles y Sigismunda; edición publicada por Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla. Madrid, Imprenta de Bernardo Rodríguez, 1914, 2 vols.
3           Cervantes Saavedra, Miguel de. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Parte Segunda, capítulo X.
4           Ídem. Parte Segunda, capítulo LXXI.
5           Ídem. Parte Primera, capítulo XLII.
6           Expediente de información y licencia de pasajero a indias del licenciado Diego Núñez Morquecho, oidor de la Audiencia de Lima, a Perú. Código de Referencia: ES.41091.AGI/10.42.3.163//CONTRATACION,5370,N.12
7           Hamed, Amir. El Quijote o la tragedia de novelar Indias. 2016 H Enciclopedia – www.henciclopedia.org.uy
8           Cervantes Saavedra, Miguel de. El celoso extremeño. Ab initio.
9           Cervantes Saavedra, Miguel de. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Parte Primera, capítulo I.
10         Caballero Juárez, Juan Antonio. Régimen jurídico de las Armadas de la Carrera de Indias. Anexo. México. UNAM. 2015
11         González Obregón, Luis.  De cómo vino a México don Quijote y Una tradición sobre el Quijote, en México viejo y anecdótico, Espasa-Calpe Mexicana, México, 1966, págs. 37-40.
12         Publicado por el Conde de las Navas en Cosas de España, Rasco, Sevilla, 1891 y relacionado por Irving Leonard en El México barroco en la época colonial, México. Fondo de Cultura Económica. 1989.
13         Millones, Luis. «El Perú que no conoció Cervantes» en revista Escritura y Pensamiento. Año VIII, No. 17, 2005, Lima. pp 17–28.
14         Heliodoro Valle, Rafael. «¿Cuándo llegó a México Don Quijote?», revista Cervantes, La Habana, abril 1939, n.º 4.
15         Millones, Luis. Op. Cit. pp 17–28.
16         Díaz del Castillo, Bernal. Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Capítulo LXXXVII.
17         Cervantes Saavedra, Miguel. Prólogo de las Novelas Ejemplares.
18         Vargas Llosa, Mario. Una novela para el siglo XXI. Prólogo a la edición popular conmemorativa del Quijote de la Real Academia Española. Madrid. 2005.
19         En Ómnibus de poesía mexicana. México, siglo XXI, 1972, p.351.
20         Vasconcelos, José. Discursos 1920-1950, Ediciones Botas, México, 1950.