IS346_Coloquio_01Se dice que con la aparición del internet se logró que las personas leyéramos más: blogs, redes sociales, mensajes en el celular… Hoy consumimos información más corta y simpática, pero quizá más superficial e inconexa. Esto ha cambiado nuestra forma de procesar información y nuestros procesos mentales.

 

Cuando este artículo esté en istmo.mx, 95% de la gente que comience a leerlo lo abandonará en algún punto sin terminarlo. De hecho, la mitad huirá tras leer el título y las primeras líneas. (Y no puedo culparlos, sinceramente). Un porcentaje menor continuará leyendo los siguientes dos párrafos antes de decidirse a salir (¿estoicos? ¿masoquistas?). De manera un tanto curiosa, un poco más de la décima parte de los lectores en la red no leerá nunca este primer párrafo sino que, al abrir la página web, utilizará el buscador de texto para encontrar la cadena de caracteres que originalmente lo trajo hasta acá, leerá las líneas inmediatas precedentes y subsecuentes, quizá incluso copie algo y luego se irá.

Sólo 5% de las personas que entre a esta página leerá el artículo completo… (y empiezo a temer que, al eliminar de la muestra a mis parientes en primer grado, el porcentaje baje aún más…). La gran mayoría, sin embargo, seguirá leyendo a través de internet, quizá volviendo a la página del buscador donde encontró el artículo, quizá saltando a alguno de los enlaces que encuentre aquí, o buscando a algún autor citado. Seguirá leyendo así, a saltos, de manera intermitente y aleatoria, de un artículo a otro, de una idea a otra…

Bienvenidos a la nueva forma de leer y estructurar el pensamiento en el siglo XXI. Bienvenidos a la «lectura horizontal».

Algo distinto ocurre con quien lea el artículo en la revista impresa; según distintas estadísticas, más de la mitad de los lectores que lo inicien, lo terminarán. Al menos un cuarto de los lectores se detendrán en algún punto, pero eventualmente retomarán la lectura y al final lo leerán por entero. Este fenómeno dista del que se experimenta en las redes. De ahí el contraste entre dos tipos de lectura que, de algún modo, conviven hoy en cada persona, pero que hablan de procesos cerebrales distintos.

 

De pensar a ver
El que los medios de información reconfiguren la estructura del aprendizaje y del pensamiento ha sido un tema recurrente. En 1997 Giovanni Sartori, estudioso de la política y las ciencias sociales, denunciaba una potencial involución del homo sapiens al homo videns, debido al uso excesivo de la televisión.1 Según Sartori los programas de televisión se habían constituido en el elemento básico de educación y adaptación social de los seres humanos, lo cual había provocado un cambio sutil en la manera en la que accedíamos al conocimiento: habíamos cambiado la abstracción por la visualización y, con ello, perdimos una capacidad esencial al razonamiento.

En su libro, a manera de ejemplo usaba la palabra «perro». Al verla escrita, cada lector puede imaginar al perro que le venga en gana. Su mascota de la niñez, el enfadoso animal del vecino, el perro que ha idealizado algún día tener, etcétera. Es un ejercicio que involucra tres tareas mentales: decodificar la palabra «perro», acceder al conocimiento abstracto de tal conjunto de caracteres y luego identificarlo con nuestro inventario mental de experiencias. La misma palabra se traduce en imágenes mentales distintas para cada lector.

En cambio, si veo en televisión un programa sobre los perros no es necesario hacer ninguna de estas operaciones: no hay que decodificar ninguna palabra, y no tengo que pensar en el concepto. Basta con recibir la imagen que nos proporciona la TV y ya está. Todos los televidentes miran exactamente al mismo perro en la pantalla. La TV nos había convertido en receptores pasivos de información. La pérdida, afirmaba Sartori, no era trivial. El homo videns evita abordar razonamientos complejos, pues prefiere ver a leer, atenerse a la explicación televisada que construir una propia. Su realidad está enmarcada por lo que le proporciona el medio audiovisual y, por un principio elemental de economía natural de energía (léase: «pereza»). Sartori presagiaba ominosamente el advenimiento de cultura «inculta» cuyos parámetros serían la inmediatez, la superficialidad, la falta de abstracción y de diálogo, donde el libro desaparecería en favor de los medios masivos de comunicación. El ejemplo estaba precisamente en los debates políticos televisados y el manejo de las noticias.

Sin embargo, un par de años antes del libro de Sartori, otro pensador pero del mundo digital, Nicholas Negroponte (co-fundador de Wired Magazine y director fundador de The Media Lab del MIT) hablaba de un cambio de paradigma en la manera en la que era distribuido el conocimiento y la influencia positiva que tendría en el mundo. Anteriormente se hablaba del modelo «emisor único–receptores múltiples–cero retroalimentación». Es, de hecho, el modelo de las editoriales, radiodifusoras y cadenas de televisión. Según Negroponte, gracias a internet, se rompía ese paradigma y pasábamos al de «emisores múltiples–receptores múltiples–alta retroalimentación».2

A la visión pesimista de Sartori se oponía el optimismo de Negroponte: gracias a la tecnología, ahora todos podríamos «construir» la información y discutirla entre nosotros. Ya no dependeríamos pasivamente de lo que quisieran transmitirnos los medios masivos de comunicación formalmente establecidos. El investigador pronosticaba la eventual migración del público de la TV a la red, situación que hoy sucede a gran velocidad.3  Sin embargo, en su momento hubo una tendencia a menospreciar la visión de Negroponte pues su teoría parecía absurda: «Si todos nos convertimos en generadores de información, ¿Quién nos leerá? ¿Quién juzgará la calidad de los escritos?». Se veía como inevitable la existencia de grandes «administradores de contenido» que fungieran como «curadores», es decir, que seleccionaran cuidadosamente los contenidos a compartir con el público.

Y mientras las críticas seguían, poco a poco la red fue evolucionando hacia sitios de intercambio de información. De las páginas estáticas, a los foros, los blogs, los wikis, hasta llegar a las redes sociales. Sea el intercambio a través de textos, imágenes, videos o todo junto, hoy todos somos emisores, receptores, y, al mismo tiempo, jueces de la calidad de lo que entre todos construimos: nos hemos convertido en «curadores» (escogemos lo que compartimos y con quién), y en «evaluadores» (calificamos todo: cada comentario, cada video, cada interacción). La promesa de Negroponte se cumplió: la información se democratizó y una nueva forma de aproximarse al conocimiento surgió.

 

Otra revolución para el pensamiento
Vivimos la segunda revolución en nuestra manera de razonar y está íntimamente ligada con nuestra forma de leer. La lectura tradicional, ahora denominada «vertical», hace referencia a al acto de leer un texto completo hasta su final, en oposición a la denominada «lectura horizontal» en donde leo pequeños trozos de información en múltiples páginas, saltando de una a otra (y, por supuesto, no se refiere al acto de leer cómodamente acostado, como podría uno imaginar).

De acuerdo con Nicholas Carr, la «lectura a saltos» u «horizontal» no sólo se ha convertido en una actividad generalizada, sino que además afecta inclusive nuestra forma de pensar. En el ya muy famoso artículo «Is Google making us stupid?»4 Carr advierte sobre la posible pérdida en la capacidad de concentración y de reflexión profunda sobre lo que leemos, debido al énfasis en la inmediatez, en la exagerada brevedad y en las ilimitadas posibilidades de distracción. La lectura horizontal no da oportunidad al autor de exponer su idea completa, pues el lector toma apenas unos fragmentos y los va enlazando con ideas ajenas, contrarias, contradictorias, aleatorias, que va obteniendo de los distintos sitios que visita con nuevos saltos en la red.

Mientras tanto en la red se dio la explosión en la abundancia de información. Se multiplicaron masivamente las fuentes de contenido pues cada persona y entidad se convirtieron en emisores. Cada día se generan miles de artículos científicos, académicos, etcétera. La gran mayoría pasan desapercibidos, al igual que antes de los tiempos de internet, pero ahora, algunos pocos, ya sea por un tema peculiar, polémico, o de interés general, son retomados por los medios de comunicación formales, los cuales los replican en las redes. Los medios se copian entre sí y retransmiten su propia nota al respecto. El artículo original aparece entonces mencionado en un sinnúmero de entradas en diarios electrónicos. La gente los lee y de ahí los comparte en sus blogs personales y en los comentarios de sus redes sociales.

La competencia por la brevísima atención de los usuarios disparó una carrera por la síntesis, los títulos seductores y las frases polémicas. Proliferan los sitios de retransmisión de contenido: páginas que republican noticias populares en sus sitios con formatos preestablecidos, pensados para atraer tráfico. La oferta es tan grande y variada que la lectura horizontal se convierte en el único medio relativamente eficiente para recibir la cantidad que aparece día con día. Sería ocioso preguntarse si la lectura horizontal condicionó esta carrera por la brevedad, o si fue al revés. Ambas son parte de una espiral que ya es a estas alturas, imparable.

 

De título a título
De pronto, el optimismo de Negroponte se encuentra con el pesimismo de Sartori, reloaded: no es la TV la que involucionará al ser humano. Quizá será el medio más poderoso creado para compartir información quien represente esta caída. Algunos ya se levantan para acusarlo, no sin razón.

En primer lugar surge el problema de la veracidad y corrección de la información. Los sitios de noticias suelen citar mal a sus fuentes. Ya sea por la premura en la publicación, por falta de un proceso de edición responsable o sencillamente por la informalidad con la que son administrados algunos de ellos. Con cierta frecuencia, en aras de la brevedad y la síntesis, los artículos citados son malinterpretados o sus afirmaciones se sacan de contexto y se publican bajo títulos sensacionalistas con tal de generar el mayor tráfico posible. Las personas que los leen y los comparten, citan aún peor a los sitios retransmisores de contenido: una gran parte de los usuarios comparte los artículos basándose sólo en la coincidencia del título con sus intereses personales, sin haberlos leído en realidad5 lo cual representa el epítome de la lectura horizontal: saltando de título en título, sin haber entrado a leer los textos.

Esto sucede debido a un sesgo cognitivo denominado «búsqueda de confirmación» por el cual, si percibo que algo va de acuerdo con mis creencias o posturas, lo aceptaré sin reflexionarlo primero. En sentido opuesto, cuando me encuentro con información que va en contra de lo que creo o pienso, lo descarto de inmediato. Entre más comprometida está mi emoción con dichas posturas las reacciones serán más apasionadas, sean de aceptación o de rechazo.

Cualquier persona puede expresar lo que le venga en gana en las redes sociales, aun cuando vaya en contra del conocimiento científico perfectamente probado y demostrado, como le ocurrió al rapero Bob cuando puso en duda la curvatura terrestre en un tweet.6 Al tratarse de celebridades, sus posturas influyen poderosamente en la visión de sus seguidores, debido a la falacia de una supuesta autoridad moral: «si lo dice una persona famosa/buena/estimable, seguro que es cierto». Así encontramos infinidad de personajes famosos apasionados con algún tópico pero sin ningún tipo de credenciales científicas, que se expresan sobre las vacunas, las semillas transgénicas y cualquier tema de moda que induzca polémica y sus fans retransmiten estas opiniones erróneas ad nauseam.

Ante la sobreabundancia de opiniones en distintos sentidos las personas dudan. Las autoridades en cada tema y las personas ordinarias se confunden, se desdicen, se contradicen, se contrapuntean… proliferan opiniones no educadas, que se toman al mismo nivel de las afirmaciones y los argumentos racionales de autoridades en la materia. Existen para cada versión, cientos sino miles de voces en la red que la respaldan. Información «abundante», «barata», y «equívoca», equivale a desinformación.

«Todo» es opinable, discutible, incluso sujeto de mofa. Se asume que no existe la certeza, que toda nueva teoría de la conspiración tiene algo de cierto, y a la vez, todo argumento científico tiene algo de falaz. La facilidad para hacer burla de todo en la red y la búsqueda continua de la eficiencia en la comunicación ha impulsado a los «memes»7 a tomar el rol que antes se dejaba a la crítica y al ensayo. La lectura horizontal premia la brevedad y la síntesis. Tiene poca paciencia para enfrentar textos largos o complejos y espera la reflexión pre-digerida.

 

Hoy se lee más
Es probable que las generaciones actuales lean mucho más, en términos de volumen, que las inmediatas predecesoras, pues leen blogs, wikis, redes sociales… y cientos de mensajes en su teléfono móvil diariamente. Sin embargo, se han acostumbrado a leer trozos pequeños, simpáticos, superficiales, inconexos. Esto ha tenido impacto en el cerebro mismo: la lectura reconfigura los procesos mentales e influye en la constitución física del cerebro. Al analizar la actividad cerebral se ha encontrado que la lectura vertical y la horizontal estimulan zonas distintas del mismo. La vertical requiere la capacidad de ir hilvanando un razonamiento continuo, en ocasiones complejo y demanda enfocar todos los aspectos cognitivos en construir el argumento en la cabeza, mientras que la horizontal tiene que ver con la capacidad que tenemos para entramar información diversa y procesarla lo más rápido posible: genera adicción.

En efecto, nos volvemos adictos a recibir pequeños premios en las interacciones de las redes: los comentarios, las señales de simpatía o aprecio, ahora denominados sencillamente likes. Buscamos la red no sólo para compartir, sino para sentirnos apreciados. Por eso compartimos información bajo el sesgo de confirmación: nos permite establecer puentes con la comunidad con la que nos identificamos. Nunca la humanidad en su conjunto había tenido a su disposición tanto conocimiento. Y sin embargo, pareciera que nunca como ahora hemos estamos tan perdidos: más preocupados por las reacciones que obtenemos que por los contenidos que compartimos.

Sin embargo, la situación no es del todo negativa, y lo más sorprendente, tampoco es una «novedad», mucho antes que Sartori señalara el «fin de la cultura» debido a la influencia de la TV, los escolásticos medievales lo pronosticaron al señalar a la imprenta como la culpable: la posibilidad de reproducción de textos sin la intervención de un copista, pondría el conocimiento en manos de quien no podía manejarlo. Pero quizá el crítico original fue el propio Sócrates, quien en el Fedro se manifiesta en contra de la escritura: las nuevas generaciones no tendrían necesidad de memorizar ni reflexionar y la cultura se perdería… Quizá la lectura horizontal tampoco constituya el apocalipsis cultural que algunos pretenden ver.

La práctica de esta lectura se remonta mucho antes de la existencia del internet. Se realiza de manera natural al estudiar un libro académico, o una enciclopedia: el estudiante busca párrafos específicos, salta de un capítulo a otro, de una entrada a otra, pues nuevas dudas surgen en la lectura y es menester rastrear las palabras, los significados, los autores, etcétera. En la educación superior, los investigadores académicos, antes del internet, solían pasar días y semanas buscando citas y referencias en libros, artículos, ensayos, saltando de un autor a otro conforme encontraban una idea y exploraban su origen. Hoy el proceso se realiza en minutos, gracias al HTML o lenguaje de hipermarcación de textos, que fue la premisa original sobre la que se construyó internet: la posibilidad de interrelacionar textos, para agilizar los procesos de investigación.

 

Reconfigurando el cerebro
Mariyanne Wolf, directora del centro de investigación sobre lectura y aprendizaje de la Universidad Tufts, sostiene que la lectura horizontal es el proceso adecuado para lograr una mayor comprensión de temas complejos a través de la lectura de fuentes diversas.8 Wolf explica el proceso por el cual los niños, cuando están aprendiendo a leer, tienen que lograr realizar la primera de las tareas mentales asociadas con la lectura: decodificar los caracteres. Es un proceso largo y tortuoso a nivel cerebral, pero una vez que se domina, reconfigura al cerebro. No en balde cita que, de la educación básica, los primeros tres años son para «aprender a leer» y los siguientes tres son para «aprender leyendo».

De los 6 a los 9, los infantes se enfrentan a una tarea verdaderamente compleja: aprender un sistema decodificador, traducirlo en el cerebro y comenzar a hacer una base de datos mental de significados abstractos, primero de grafías (letras), luego de conjuntos de grafías (palabras) y finalmente de oraciones completas, pues una cosa es lograr decodificar la palabra y otra muy distinta entender el significado de un párrafo. El asunto se complica aún más cuando los niños se enfrentan al lenguaje figurado, las metáforas, etcétera. Por esta razón es tan importante leerles a los niños en sus etapas tempranas o hacerlos leer en voz alta, pues ayudamos a que en su cerebro se desarrollen los caminos neuronales sobre los cuales trazará todo el conocimiento que recibirá durante su vida.

Los siguientes tres años, es decir, aproximadamente de los 9 a los 12, las niñas y los niños que logran superar la etapa anterior, pueden aprender nuevos conceptos y formas de pensar a través de lo que leen. Su cerebro ha dispuesto los caminos y esto les permite almacenar y clasificar eficientemente todo nuevo conocimiento que llega. La lectura de distintos textos les ayuda a generar rutas cerebrales que interconectan conocimiento de distintas categorías. La mayor cantidad de caminos es lo que comúnmente asociamos con inteligencia, «la capacidad de asociación de ideas». Una persona inteligente se caracteriza por su curiosidad y por la demanda de más información. La lectura vertical le da profundidad al razonamiento. La lectura horizontal, amplitud.

La lectura horizontal es el vehículo cerebral para generar nuevos caminos, interconexiones y así brindar mayores herramientas racionales para enfrentar la realidad. El problema no está en su práctica, sino en los vicios que hemos comentado antes: dejarse atrapar por los sesgos de confirmación, por las falacias ad verecundiam o ad nauseam (caer en atribuirle veracidad a celebridades por su fama o creer en algo porque todos lo repiten).

La brevedad y la inmediatez no son malas. De hecho, los memes de pronto resultan verdaderas joyas de síntesis cultural. «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», anotó Baltasar Gracián en el siglo XVII.  El carácter de estos tiempos es precisamente la agilidad y la disponibilidad.  De la misma forma en la que debo saber dejar de lado el teléfono móvil y las redes sociales para tener un espacio familiar o personal, debo aprender a darle peso a mi lectura vertical, no en vez de la horizontal, sino para darle sustento a esta última y contribuir así a sumar profundidad y sustento a la red.

 

Notas finales
1             Véase: Sartori, Giovanni (1998). Homo videns: la sociedad teledirigida, Taurus.
2          Véase: Negroponte, Nicholas (1995). Being Digital, Knopf Doubleday Publishing Group.
3          Desde hace años el volumen de nuevas suscripciones a los sistemas de cable en Estados Unidos comenzaron a estabilizarse y luego a declinar. Aquí un artículo del Business Insider en donde se señala lo preocupante que resulta la tendencia: Udland, Myles (2015). «This is the scariest chart in the history of cable TV». 2016.
4          El artículo apareció en la portada de la revista The Atlantic en el número de Julio/Agosto de 2008 y tuvo fuerte resonancia dentro y fuera de los círculos académicos. Tanto, que hasta tiene su propia entrada en Wikipedia: Véase:  Carr, Nicholas (2008). Is Google Making Us Stupid? What the Internet is doing to our brains, The Atlantic. 2016.
5          Comenzó primero como una broma en las redes, pero posteriormente hubo un estudio serio al respecto. Aquí el artículo de The Washington Post que lo reseña: Dewey, Caitlin (2016). 6 in 10 of you will share this link without reading it, a new, depressing study says, The Washington Post.
6          En enero de 2016, el rapero B.o.B. emitió un tweet en el que cuestionaba la curvatura terrestre mediante una foto. El tweet pronto se hizo viral y dio pie a una serie de respuestas por parte de científicos y de artículos en diversos medios digitales, por ejemplo en The Guardian: Brait, Ellen (2016). ‘I didn’t wanna believe it either’: Rapper BoB insists the Earth is flat, Guardian News and Media Limited. 2016.
7          El término «meme» fue acuñado por Richard Dawkins para referirse a la unidad mínima de información que hace sentido, dentro de las cadenas de ADN. La palabra pronto se adoptó en la cultura popular para hacer referencia a una pieza de información mínima que sintetiza varios elementos culturales y transmite un mensaje inteligible a quienes comparten dichos elementos.
8          Wolf hace un extenso análisis sobre el proceso de aprendizaje de la lectura en los niños y la manera en la cual afecta el desarrollo cerebral. Véase: Wolf, Maryanne (2008). Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain, HarperCollins.

 

Bibliografía
Brait, E. (2016). ‘I didn’t wanna believe it either’: Rapper BoB insists the Earth is flat. Consultado el 09 de sep 2016 en:
https://http://www.theguardian.com/music/2016/jan/25/bob-rapper-flat-earth-twitter
Carr, N. (2008). Is Google Making Us Stupid? What the Internet is doing to our brains.   Consultado el 09 de sep 2016 en:
http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2008/07/is-google-making-us-stupid/306868/
Dewey, C. (2016). 6 in 10 of you will share this link without reading it, a new, depressing study says. Consultado el 09 de sep 2016 en:
https://http://www.washingtonpost.com/news/the-intersect/wp/2016/06/16/six-in-10-of-you-will-share-this-link-without-reading-it-according-to-a-new-and-depressing-study/
Negroponte, N. (1995). Being Digital, Knopf Doubleday Publishing Group.
Sartori, G. (1998). Homo videns: la sociedad teledirigida, Taurus.
Udland, M. (2015). This is the scariest chart in the history of cable TV. Consultado el 09 de sep 2016 en:
http://www.businessinsider.com/cable-tv-subscribers-plunging-2015-8
Wolf, M. (2008). Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain, HarperCollins.