IS346_ZagalUn país tiene los políticos que se merece. ¿No? Tenemos, mucho me temo, la costumbre  de ignorar nuestra dosis de culpa. Lo más trágico, en realidad, es que también tenemos los estereotipos que nos merecemos, y ahí sí ya no está tan padre, ¿verdad? Los de la vieja guardia formamos nuestro bagaje cultural con maratones de Cantinflas, Pedro Infante, Mauricio Garcés, la India María, dos o tres capítulos del Chavo del Ocho como cereza del pastel, y algo de actualidad como el refrito de la Familia Peluche, «para que amarre».

La comedia es fundamental para reírnos de los aspectos más siniestros de la vida. Así fue en la Atenas de Aristófanes y así es México del siglo XXI. Sin esas risas, difícilmente podríamos sobrevivir en un mundo donde el sufrimiento es el pan cotidiano. Además, en un país como el nuestro, donde la tragedia está de rechupete, el sentido del humor es nuestra arma secreta. Los chistes son parte del kit de sobrevivencia de todo mexicano.

Lamentablemente, los grandes estereotipos cómicos mexicanos no son excesivamente inteligentes ni están bien representados. Lo que nadie me va a negar es que todos expresan muy fielmente la triste realidad del país. El humor mexicano tiene poco de alegre y mucho, en cambio, de siniestro y obsesivo. Nuestro humor, cuando carece de alusiones sexuales, tiende a ser negro.

 

¿No que no, chato?
Cada cultura tiene su propio sentido del humor. Yo, por ejemplo, soy incapaz de fumarme una comedia alemana. Sus chistes son tan negros que no los entiendo. El humor de los italianos, en cambio, me divierte un poco más, pero me llega a parecer un poquito simple.

Los mexicanos, para reírnos, abusamos del albur, los enredos verbales (o «cantinfleos») y, por supuesto, de la tragedia. Ahí está el detalle. Si algo nos encanta es burlarnos ácidamente de nuestra propia pobreza. Casi todos nuestros arquetipos cómicos son pobres que rayan en lo miserable; son figuras más bien tristes.

Cantinflas recurrió al estereotipo del peladito, cuyo antepasado plástico fue el lépero, personaje descrito por muchos viajeros extranjeros que visitaron México en el siglo XIX. La vestimenta del Cantinflas pelado es elocuente; es como un collage de los oficios más relegados en la ciudad: nevero, mecapalero, ropavejero, barrendero, bolero etcétera. ¿Han escuchado la expresión «se puso una [borrachera] de nevero»? Como si los catrines del siglo XIX, los juniors del XX y los mirrreyes del XXI fuesen abstemios.

A pesar de todo, el personaje Cantinflas conserva cierto deje de elegancia, que nos dice que la ilusión no está muerta. César Garizurieta en Isagoge sobre el mexicano afirma que el cantinfleo es el mecanismo de defensa de alguien con un complejo de inferioridad tan profundo que es incapaz de defender una opinión propia. Quien cantinflea no se atreve a decir «sí» o «no». ¿Somos capaces de declinar una invitación a una reunión que nos aburre? ¿O simplemente respondemos «ahí nos hablamos», «te digo luego»?

Prima facie Cantinflas parece un tipo ingenioso, virtud que los mexicanos no tardamos en atribuirnos. Pero es un ingenio que nace, no sólo como remedio al analfabetismo, sino también como evasión de la realidad. Cantinflas habla sin remedio para no entrar en contacto con la crudeza de la realidad; por eso, nunca la nombra directamente. Es un hombre improvisado, mil oficios, que ha adaptado su manera de pensar a un eterno presente. Cantinflas es una oda al primitivismo de la pobreza.

 

Tómalo por el lado amable
Cuando el Chavo del Ocho hacía enojar a alguien, le decía con dulzura: «Tómalo por el lado amable». Esta frase resume a uno de los personajes más siniestros del imaginario colectivo mexicano. El protagonista, como siempre, es la pobreza, pero visto, claro, desde el lado amable. El Chavo es un huérfano que vive en un barril y cuya mayor patrimonio es una ocasional torta de jamón. Este personaje se enfrenta constantemente a la violencia física o verbal. La situación, para el resto de la vecindad, tampoco es muy amable. El espectador, por supuesto, no se da cuenta del trasfondo trágico de la historia, porque está barnizada con un tono rosa que hace sentir que, después de todo, «no todo está tan mal». Pero precisamente ése es el problema, y lo que más dice sobre la identidad mexicana: a pesar de la crudeza de las circunstancias en el país, preferimos verle siempre el lado amable, para no hacernos responsables de nada.

 

Yo más merezco pero con eso me conformo
Las películas de la India María, en cambio, son menos sutiles. El indio, que al menos en los libros y los murales había sido largamente reivindicado, aparece aquí como un sujeto inadaptado y abrumadoramente tonto. La India María aparece bajo el perfil inevitable de la trabajadora doméstica. La historia juega siempre con el choque entre la visión rural y la urbana, y sobre todo con los avatares del racismo y la discriminación.

Este dramatismo descafeinado se opone a las películas del galán de galanes, Mauricio Garcés, donde absolutamente todo es banalidad. La pobreza no cabe en el cuadro, como tampoco se ve a través de los ojos de las clases más privilegiadas. Allí importa más que nunca lo que no se ve, lo que no se dice. Pero, entre broma y broma, Mauricio Garcés nunca fue tan claro como al decirle a Ricardo Rocha, en una entrevista: «El dinero es para jugar y lo que resta es para comer». Mauricio Garcés representa el ideal machista de la clase privilegiada mexicana, que no sólo vive centrada en el placer, sino que además hace como si la necesidad no existiera. Por eso es que los gin tonics, las albercas rodeadas de mujeres-objeto en bikini, las corbatas de seda y los autos del año son los protagonistas de la historia. No es aquí la injusticia social la que ocupa el estelar, pero sí su perfecto antagonista.

 

¿Cómo dice que me dijo que dijo?
El sentido del humor mexicano es distintivo porque es pavorosamente autoinfligido. Por eso Sigmund Freud propuso que el sentido del humor es una manera de liberar emociones reprimidas, muchas de ellas agresivas. El sentido del humor, por supuesto, puede estar dirigido a los causantes de la injusticia, como cuando la India María llega a Los Ángeles y, refiriéndose a la anexión estadounidense, exclama: «Uy, se quedaron con lo pavimentado». Pero el sentido del humor, en el caso mexicano, se centra en nosotros mismos. De una manera, disfrutamos de matizar la crueldad con humor; el punto, sin embargo, es que nosotros mismos somos el objetivo de esos chistes. Acaso, en algún lugar de nuestro hábitat mental, los mexicanos nos sentimos tan poca cosa, que nos burlamos de nosotros mismos.