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MACHO ALFA, VOZ DE ESPARTANO
Llegó el día en que mis exalumnos de bachillerato empiezan a sentirse muy hombrecitos. Si vieran ustedes la alegría que les da pavonearse en la universidad. Y les confieso que, como «mamá gallina», yo también me enorgullezco de verlos en los pasillos. Parte del ritual, además de usar traje aunque todavía ni trabajen, es llegar las más veces posibles «en vivo». Es su manera de afianzarse en el rol de macho alfa en la dura lucha por la sobrevivencia social. Como me dijo uno de ellos, «soy macho alfa, pelo en pecho, lomo plateado, voz de espartano». Aquí es donde el giro de los acontecimientos ya no me gusta.

En México, el alcohol está estrechamente ligado a la cultura del machismo, del famoso «no rajarse». Miembro insigne de dicho imaginario fue el no tan célebre Antonio López de Santa Anna, once veces presidente del país, quien sentía una ligera proclividad por las borracheras proverbiales, las peleas de gallos y el guateque pueblerino. Muchos le achacan haber vendido la mitad de nuestro territorio, traición imperdonable; pero si algo sí le debemos es un famoso remedio para la cruda. Cuentan que después de haberse puesto hasta las manitas durante los festejos patronales de San Agustín de las Cuevas en Tlalpan, Santa Anna pidió un almuerzo que le devolviera el alma al cuerpo. Total que una cocinera que, haciendo alarde de nuestro ingenio típico, escribió con oro las páginas de la historia nacional: puso a cocer un caldito de gallina, con verduras y perón agrio, y un toquecito de picante. A esto tuvieron a bien llamarle «caldo tlalpeño», hoy un indispensable de la cocina nacional. Hay, por supuesto, otras leyendas sobre el origen de tal platillo, pero ésta es la que más me gusta, por su prosapia histórica.

Casi a la altura del caldo tlalpeño, la obertura de Don Giovanni es otra de esas maravillas de la humanidad que le debemos a las borracheras (y la procrastinación). Según la leyenda, W. A. Mozart en el otoño de 1787 salió de copas con sus amigos. Esta costumbre no era rara en él, pues es bien conocida su afición a la fiesta. El compositor salió tan entonado que por poco se le olvida que debía entregar una obra nueva, cuyo concierto ya estaba programado para el día siguiente. Pequeño detalle. Nadie podrá tachar a Mozart de irresponsable, porque mareado y todo, a medianoche se puso a escribir la mentada obertura. Le pidió a su mujer que le contara historias, entre tanto, para no quedarse dormido. Un par de horas después, la obertura de Don Giovanni, una de sus obras más célebres, estaba lista. Los copistas trabajaron a marchas forzadas y los músicos de la orquesta no tuvieron ni tiempo de practicarla, la leyeron de golpe. Y, sin embargo, éste fue uno de los éxitos más aplaudidos del genio de Salzburgo.

Ernest Hemingway es otro genio que estuvo siempre al nivel de sus borracheras. Puede decirse que surcó los océanos para encontrar la bebida perfecta. Fue a manos del campari, el mojito y el pacharán, que se volvió un cosmopolita del alcohol. Su alcoholismo llegó a tal grado que al parecer se robó el urinario de un bar, bajo el pretexto de haber orinado allí la mitad de su fortuna. Tan le pertenecía, que decidió ponerlo en su casa como trofeo de caza. No en balde, sus personajes tenían por lo general una bebida predilecta, un trago que denotaba su carácter. El alcohol para él era un rasgo de la personalidad. Bien pudo haber dicho Hemingway, como más tarde dijera el futbolista George Best: «Gasté mucho dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto lo he malgastado».

 

SI BORRACHO TE OFENDÍ, EN LA CRUDA ME SALES DEBIENDO
El cine y la televisión suelen sacar partido de los borrachos. Les dedican películas como The Hangover y hasta series como Two and a Half Men. Charlie Harper, el protagonista de esta última, revela en algún capítulo su secreto para no sufrir jamás de cruda: no parar de beber. El remedio es obviamente contraproducente. Pero nos recuerda esa enorme tradición que tenemos los seres humanos, no sólo de emborracharnos, sino también de curárnosla.

Si el remedio del todaslaspuedo, Charlie Harper, nos suena a barbarie, imagínense haber sido vaquero en el viejo oeste, porque ellos se preparaban un té con excremento de conejo. Esto, supuestamente, les devolvía las sales que se pierden por deshidratación alcohólica. Aunque quizás los menos puristas prefieran comerse un plátano y ya.

Italia, por otra parte, nos regaló el parmesano, el chianti y la ópera, pero sin duda no pasará a la historia por sus remedios contra la resaca. Uno de ellos, en Sicilia, es comerse el pene, previamente deshidratado, de un toro. Sus vecinos los griegos fueron poquito más ingeniosos. Galeno, uno de los médicos más importantes de la historia, volcó sus fuerzas a la cura de la resaca. Su veredicto: hojas de col en la cabeza. Sin duda refrescarían un poco, ¿no?

Los ingleses tampoco destacan por su elegancia para remediar los dolores de la borrachera. Ellos hacen ver a la pancita mexicana como una dulce quinceañera. Se toman algo llamado Prairie Oyster, que consiste en un huevo crudo con sal, pimienta, salsa inglesa y tabasco… Dios nos agarre confesados. Los coreanos, leí por ahí, comen una sopa hecha de sangre de buey, huesos de vaca y verduras. Mis amigos españoles de antaño comían churros con chocolate a eso de las cinco de la mañana, algo que a los mexicanos nos parece descabellado y que, sin embargo, tiene una lógica. El organismo necesita azúcar.

 

PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD
Pero si a Hemingway, quien terminó por suicidarse, le quedaba un poco de cordura, la condensó en su filosofía sobre el alcohol. Se prometió a sí mismo nunca escribir una página bajo el influjo de ningún coctel. La escritura, decía, era sagrada. De hecho, le llegó a reprochar a W. Faulkner, otro genio alcohólico, que escribiera borracho, porque eso perjudicaba muchas de sus páginas. (Y, dicho sea de paso, Faulkner consiguió la sobriedad hacia el final de su vida).

Es muy fácil dejarse cegar por el romanticismo del alcohol y otras drogas. Los genios malditos casi siempre viven bajo la sombra de esta adicción. Pero a Hemingway, a pesar de la espiral autodestructiva en que cayó, le quedaba claro que el alcohol no marida bien con el trabajo, porque nubla el juicio. Este romanticismo confunde las cosas. No es la adicción lo que hace al genio.

Pero yo iría un poco más allá, porque el exceso no marida con la vida. La prueba es que estos simpáticos casos de alcoholismo productivo terminaron muy mal. De Hemingway ni qué decir; George Best fue a la cárcel, desperdició un trasplante de hígado y acabó publicando en el periódico: «Don’t die like me». No quiero sonar con esto como un puritano. Yo, como muchos, me echo mis copitas, y alguna vez he bebido de más. De esto último no me enorgullezco y lo lamento.

Lo importante es aprender de la mala experiencia (para lo cual sirve la cruda) y, por supuesto, no convertirlo, en hábito. La cerveza, como dijo Benjamin Franklin, es una prueba de que Dios nos quiere y que quiere que seamos felices. Pero también le doy la razón a Fitzgerald, autor de El gran Gatsby, quien dijo: «Consumes una bebida, la bebida consume otra bebida y la bebida acaba por consumirte a ti». El equilibrio es muy frágil, y tenemos que aprender a conservarlo. El alcohol, como el dinero o cualquier otra cosa divertida, en un momento nos puede trastornar y acabar por esclavizarnos.

Hay algo más. El exceso de alcohol nos despoja de lo más valioso que tenemos: nuestra inteligencia y nuestra libertad. En la embriaguez dejamos de pertenecernos a nosotros mismos. Un borracho debe ser protegido de sí mismo. Dionisio, dios del vino, descubrió la vid. Plantó la semilla de uva a un hueso de pájaro. La planta creció y el dios la trasplantó al hueso de un león. La vid siguió creciendo y Dionisio la trasplantó al fémur de un burro. La moraleja es evidente: un poco de vino nos da la alegría de los pájaros; un poco más y tenemos la fuerza de un león. Finalmente, el exceso nos convierte en asnos.