IS343_Miscelanea_02_principalUna sana antropología puede afirmar que el origen del hombre es doble: hay una continuidad física, biológica, que llamamos evolución; y hay también una discontinuidad metafísica que son las manifestaciones espirituales del hombre: arte, cultura, vida espiritual. En este artículo, apoyado en investigadores connotados, el autor esboza una síntesis para entender lo que Zubiri llama «la creación evolvente».

 

Sí resulta fascinante el buceo en las aguas del Mar de Cortés que practican algunos de mis amigos, pero es aún más atrayente, ahondar en nuestros orígenes humanos a través de las ciencias.

Los historiadores conservan una carta de Emma a su esposo Carlos Darwin. En ella le hace dos claras advertencias: que no escucha las opiniones contrarias a sus ideas; y le hace ver la gravedad de no atender a la Revelación en asuntos de trascendencia. Bien razonada y redactada, esa carta debió ser cuidadosamente acogida por Carlos, como se advierte por la anotación que él mismo dejó escrita al final: le dice, «Emma, no sabes cuánto he llorado leyendo estas letras tuyas».

Era el siglo XIX. Darwin publicó en 1858 su primera obra, El origen de las especies, en la que fundamenta el desarrollo del mundo viviente –de la amiba a los seres superiores– en la selección natural que hace prevalecer a los más aptos en la lucha por la vida, y elimina a los más débiles.

Como sabemos, las críticas a esta teoría fueron abundantes. Tal vez la afirmación de Hans Driesche sea la más expresiva: «El darwinismo no es propiamente falso, sino insuficiente», es decir, sólo explica la diversificación de las especies animales en formas afines, pero no el desarrollo creciente del mundo viviente que culminará en el hombre.

Se explica la angustia de Darwin al confrontar los datos científicos que iba acumulando, con las enseñanzas de la Biblia cuando ésta se interpreta en sentido literal; es decir, si hacemos de ella lo que nunca fue ni pretendieron sus autores: un libro de ciencias naturales.

A propósito del caso Galileo, se puntualizó con gran acierto que la astronomía muestra «cómo va el cielo, y que en la Biblia se enseña cómo vamos al cielo». Esta misma precisión prevalece en general, respecto a las ciencias naturales y el contenido de la Biblia, que debe entenderse como un conjunto de verdades religiosas expresadas en forma popular, en las que se fundamenta la fe del pueblo hebreo y no como un libro de ciencias naturales.

 

«ARABESCOS DE LA EVOLUCIÓN»
La crítica al darwinismo como explicación total de la evolución, llevó a esta corriente a dirigir su investigación mediante la genética mendeliana al origen de las variaciones sobre las que debería de actuar la selección natural. Surge así el neodarwinismo, fundamentado en la observación de las mutaciones genéticas de pequeña cuantía, comprobadas experimentalmente en laboratorio. Es el caso del genetista, Thomas H. Morgan, quien establece así la base genética de la evolución.

La objeción de Driesch al darwinismo original se aplica también al neodarwinismo. El biólogo francés, Albert Vandel, afirma que está mal fundamentada una teoría cuyos resultados en laboratorio son de mínima cuantía y siempre de carácter regresivo; es decir, son como «ligeras enfermedades». Esos han sido los resultados obtenidos por la genética al experimentar sobre los cromosomas gigantes de las glándulas salivales de drosofila, la llamada mosca del vinagre. Por su parte, el paleontólogo O. H. Schindewolf califica a estas pequeñas variantes como «arabescos de las evolución».

 

TEORÍAS EVOLUTIVAS
Surgieron alternativas a la formulación darwinista para explicar la evolución, denominando micro evolución al proceso estudiado por la genética de Morgan, y apelando a otro tipo de variación genética, responsable de la macro evolución. Richard Goldschmidt experimentó sobre las mutaciones cromosómicas, productoras de efectos de mayor cuantía en el organismo que las mutaciones genéticas. La distinción entre micro evolución, que no aporta desarrollo, y macro evolución, camino del desarrollo genético, viene a ser la clave de esta crítica del neodarwinismo.

La teoría del equilibrio puntuado de Stephen Jay Gould surgió también como alternativa frente a la supuesta continuidad permanente del proceso darwinista, al ofrecer Gould y Niles Eldredge en 1972 la teoría de un proceso evolutivo acelerado en unos periodos, mientras que se detiene largamente en otros.

  1. Templado publicó una magistral historia de las teorías evolutivas que ayuda a comprender estas ideas y actualiza la antigua obra de Em. Radl, Historia de las teorías biológicas (1930).

Gran sorpresa produjo en su día, la aparición de los libros de Teilhard De Chardin, donde desarrolla una visión poética muy atrayente del proceso evolutivo. La critica que hizo el teólogo Philippe de la Trinité, califica esta visión de evolución redentora. Todo ello tuvo escasa repercusión en el nivel científico pero gran resonancia en el ambiente cultural: hoy se siguen citando bellas frases de Teilhard De Chardin.

La divulgación del darwinismo se la debemos en buena parte a Julian Huxley, en su obra Evolución síntesis moderna.

 

LA INQUIETUD DE DARWIN
Carlos Darwin publicó su segundo libro, El origen del hombre, en 1870. Aplicó al hombre las mismas ideas que desarrolla para explicar la evolución de la naturaleza en su Origen de las especies. Aparte de la crítica al darwinismo científico que lo descalifica como explicación insuficiente del origen de las nuevas especies, la objeción más grave sobre el pensamiento de Darwin recae sobre su pretensión de que sólo existe diferencia cuantitativa entre la inteligencia del hombre y la inteligencia animal. Afirmación que traiciona la metodología de las ciencias ya que no se ha demostrado que esa diferencia sea sólo cuantitativa.

Una acertada concepción del hombre muestra las manifestaciones de la inteligencia humana y nos introduce en el inmenso campo de la cultura. Aquí se advierte la infranqueable diferencia entre la inteligencia humana y animal, diferencia esencial, cualitativa, no sólo cuantitativa.

El premio Nobel en fisiología, John Eccles, ha dejado constancia del nulo resultado en la pretensión de hacer hablar a los simios, al tiempo que sostiene la necesidad del alma espiritual para explicar al hombre. Fue el canadiense Wilder Penfield, quien hizo notar la necesidad de un operador para manejar un vehículo; del mismo modo, el más evolucionado cerebro requiere del alma espiritual para accionarlo.

La misma claridad aporta el filósofo Xavier Zubiri al formular la creación evolvente como explicación que coordina evolución y creación.

En una sana antropología podemos afirmar que el origen del hombre es doble: se da en él una continuidad física, biológica, que llamamos evolución; y se da también una discontinuidad metafísica que son las manifestaciones espirituales del hombre: arte, cultura, vida espiritual…, distinción que se encuentra también en los escritos de Carlos Llano, quien me hizo notar que, en la Summa contra gentiles, Tomás de Aquino califica al hombre como culmen y finalidad del desarrollo, que ahora llamamos evolución.

Estas precisiones, que conjugan las ciencias experimentales y la antropología filosófica, hubieran colmado de paz a Carlos Darwin en su día. Tal vez habría alcanzado esa paz al recurrir en su tiempo a alguno de los intérpretes del Movimiento de Oxford, J.H. Newman entre ellos. Newman le hubiera facilitado lo que llamamos «el salto metafísico».

 

LOS FÓSILES, UNA APROXIMACIÓN
El australopiteco fue un pequeño homínido que caminaba en forma erecta, vivió en África hace algunos millones de años y se extinguió. Según sostiene Mary Leaky, no fue camino evolutivo hacia el hombre, dada la especialización alcanzada por esta forma fósil.

El pitecantropo, fósil homínido descubierto por Dubois en la isla de Java, y datado en 1.1800 millones de años apunta ya hacia la humanidad, pero no se trata de un fósil humano, como tampoco el llamado hombre de Pekín, de entre 500 mil y 250 mil años. Estamos lejos todavía del hombre fósil.

El hombre fósil se encuentra asociado a una cultura que le es propia: encontraremos enterramientos de su cuerpo y una industria lítica (de piedra) distintiva. Muy difícil de caracterizar es el hombre de Neanderthal, de unos 200 mil años: parece ser contemporáneo del Homo sapiens fósil, pero no camino evolutivo hacia éste.

Los estudiosos se pasman ante la obra creativa del hombre primitivo que plasma su arte rupestre en las cuevas del sur de Francia y norte de España, desde hace unos 40 mil años. Además del arte rupestre, el hombre tal vez expresó de otras maneras la creatividad de su alma. Nos lo recuerda la feliz expresión de nuestro premio Nobel en literatura cuando escribe «alguien me deletrea».

Octavio Paz expresa literariamente lo que enseña el filósofo Xavier Zubiri al caracterizar la evolución que culmina en el hombre, como un proceso de creación evolvente. Nótese la radical diferencia entre este concepto de Zubiri y la evolución creadora, de Bergson.

Los paleontólogos han debido manejar cifras de años muy elevadas para situar los inicios del hombre fósil en la tierra. Sin embargo, los genetistas han fijado los orígenes del hombre en tiempos más recientes. Es el caso de la llamada Eva mitocondrial. En ella se inicia, hace más de 200 mil año, la humanidad en el corazón de África, según la conocida investigación genética basada en el análisis comparativo del condrioma.

Por uno y otro camino, paleontología y genética, nos encontramos sin dudarlo con el hombre –varón y mujer–, poblando esta tierra y dotándola de las expresiones más ricas del espíritu humano. Se podría decir que «Alguien lo deletrea»: alguien guía su mano y alguien lo lleva a combinar en su paleta de pintor, grasas animales y pigmentos vegetales. Aquellos palacios del hombre rupestre, albergan una humanidad rica en expresiones, en la que se dignifica a la mujer, se venera y se cuida al anciano, se convive y se canta.

Tal vez, la estrofa de Tagore –el premio Nobel bengalí– pudo estar en labios de aquella primera humanidad: «Haz mi vida, Señor, recta y sencilla como una flauta de caña, para que Tú la llenes de música».

 

NUEVA SÍNTESIS
Muchos nos preguntamos si con el tercer milenio habría llegado el momento de intentar una nueva síntesis sobre la evolución biológica y el origen del hombre. Con todas las limitaciones de nuestro caso, incluso con errores apreciativos que otros sabrán corregir, esa síntesis queda esbozada en estas páginas. Entendemos ahora las «lágrimas de Darwin», su desencanto al no poder conciliar los datos que aporta la ciencia y una sana reflexión que se inscribiera en la filosofía antropológica de Zubiri y Llano.

  1. Templado refleja la angustia de Darwin al recibir una comunicación de Alfred Russel Wallace, quien coincide con Darwin al conceder a la selección natural el valor explicativo de la evolución. Se explica esta coincidencia porque ambos, Darwin y Wallace se inspiraron en la obra de Malthus, un clérigo inquieto.

Wallace, a diferencia de Darwin, infiere que hay que encontrar el origen del hombre –dotado de inteligencia superior–, en una teoría distinta a la que explica el mundo animal. Wallace tenía en su pensamiento, al igual que el fisiólogo Eccles el texto del Génesis: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Ellos dan razón de esta luz, y nos la ofrecen, conscientes de haber rebasado el método científico.

Darwin en nuestros días, tal vez, matizaría su «darwinismo» para asumir la síntesis del fisiólogo Eccles: el cerebro evoluciona hacia una cumbre que será el hombre, y ese hombre surge en la tierra en el instante de la creación de su alma. El hombre parece ser el fin buscado y felizmente alcanzado por la evolución y la creación, en su proceso de complejidad ascendente.