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Hace apenas unas décadas, Simone de Beauvoir se atrevió a levantar la mirada y superar la angostura de tantos clichés que encapsularon a la mujer por siglos. El paso de los años va modificando el enfoque con que se analizan sus ideas; muchas, muy criticadas en su tiempo, son ahora una realidad; otras, se desecharon o superaron. Siempre es provechoso revisar su legado, en el que abundan aciertos y errores, e intentar comprender sus argumentos sobre la identidad femenina.

 

En Le deuxième sexe, largo ensayo publicado en 1949, Simone de Beauvoir elabora un análisis fenomenológico del sujeto-mujer y de las figuras de lo femenino. El primer libro comprende cuatro partes: destino, historia, mitos y formación de la mujer; y en el segundo, la autora expone minuciosamente la situación de la mujer, su justificación, para concluir con sus tesis sobre la liberación de la mujer.1

Hay que reconocerle a De Beauvoir el hecho de que fue la primera mujer que realizó una obra enciclopédica preguntándose sobre su identidad. En su exposición, pretende lograr que se considere a la mujer como un ser humano con libertad y autonomía personal, capacidad activa y recursos propios. Afirma en la introducción que dudó durante mucho tiempo en escribir un libro sobre la mujer, porque el tema le parecía irritante.

No se consideraba feminista, porque pensaba que era un movimiento equivocado en su raíz. En sus Memorias escribió que nunca le pesó ser mujer, sino que le supuso grandes satisfacciones, pues los varones fueron para ella camaradas y no adversarios. Presumía de unir en su persona corazón de mujer y cabeza de hombre, y se consideraba única (Mémoires, p. 413).

 

SALIR DE LA CONDICIÓN SUBORDINADA
De Beauvoir consideró que era necesario crear un clima de opinión pública para que la condición subordinada de la mujer cambiara. En su opinión, el problema de la mujer se reducía a uno: no estaba considerada como un ser humano igual al varón, sino relegada a un segundo plano, tenida como un objeto, apreciada casi exclusivamente por el servicio sexual prestado al varón.

Resignada a limitarse sólo a sus funciones de esposa y madre, en muchos casos la mujer, advierte, ha sido víctima de una ilusión. Dependiendo social y económicamente de su marido, sin otra capacitación para valerse por sí misma, cuando sus hijos no la necesitan directamente, le sobra tiempo y se ve condenada a la pasividad, a la ociosidad o a las falsas evasiones. Los defectos achacados a las mujeres reflejan su situación y están provocados por su pasividad forzada, su dependencia, la falta de horizontes y el aislamiento en el que muchas veces se encuentran.2

En este punto, se le objeta a De Beauvoir el hecho de que rechaza el concepto sartriano de libertad-situación para el caso de la mujer, ya que afirma que es precisamente su «situación» concreta lo que ha constreñido hasta el momento su libertad desde fuera.

La obra fue criticada entonces por quienes, como los comunistas, defendían que la opresión era siempre una cuestión de clase, o por quienes denunciaban su «atrevimiento pornográfico» o sus «descripciones sórdidas». Despertaron especial rechazo y polémica sus capítulos sobre el lesbianismo o su defensa del aborto libre al hablar de la maternidad, donde reduce el instinto maternal a una cuestión cultural que trae como consecuencia la alienación de las mujeres.

 

EL DESTINO DE LA MUJER
A Simone de Beauvoir se le reprocha negar la diferencia entre mujeres y hombres, dentro de la igualdad como derecho humano; o el hecho de ideologizar desde posturas sartrianas existencialistas la defensa de la igualdad de oportunidades de la mujer, en vez de remitirse a la puesta en práctica de los más elementales derechos humanos aplicados de facto y no sólo de iure a la mujer, en materia de empleo, igual salario por igual trabajo, participación plena en el poder y en la toma de decisiones, igualdad de educación, etcétera.

Pero los aciertos de la obra de Simone de Beauvoir son claros cuando afirma categóricamente que ni la biología, ni la psicología, ni el materialismo histórico definen el destino de la mujer, determinándola a ser inferior al varón y conduciéndola a ser relegada: la mujer es un ser humano con la misma dignidad y derechos que el varón (p. 850). También acierta al desarrollar y promover el papel de las mujeres en la sociedad, al exigir una formación intelectual y profesional (p. 839); así podrán tener otro tipo de intereses y de posibilidades de ganarse la vida que no sea sólo el contraer matrimonio, como si éste fuera su «única carrera» y la exclusiva justificación de su existencia (p. 442).

Propugna que se den responsabilidades a las mujeres, que tengan autonomía económica, para que puedan desarrollar sus capacidades en igualdad de oportunidades (p. 851). En el terreno del amor y de las relaciones entre mujeres y hombres propone considerarse ambos, uno a otro, como semejantes y tratarse con mutuo respeto: «En los dos sexos se desarrolla el mismo drama de la carne y el espíritu, de la finitud y la trascendencia; a ambos les roe el tiempo, los acecha la muerte; ambos tienen la misma necesidad esencial uno del otro; y pueden extraer de su libertad la misma gloria; si supiesen saborearla, no sentirían la tentación de disputarse falaces privilegios; y entonces podría nacer la fraternidad entre ellos» (p. 867).

 

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DIFERENCIAS EN LA IGUALDAD
Sin embargo, al ideologizar desde la postura sartriana la existencia de la mujer, afirma que la libertad es un fin en sí mismo, lo que conduce a una autonomía que se desprende de cualquier relación o rechaza cualquier compromiso estable; y asienta su postura en un humanismo ateo impregnado de prejuicios antirreligiosos, que le lleva a eliminar toda ética.3

Al afirmar que la mujer no es esencia («no se nace mujer, se llega a serlo») ni destino, niega la posibilidad de definir la diferencia; reduce su ser a pura facticidad, donde la forma de ser «activa», atribuida alegremente al varón, se erige en única forma de existir, sin dejar opción a desarrollar el derecho a la diferencia de la mujer.

Se defiende de esta crítica al afirmar que las diferencias no pueden lesionar la igualdad, pero admite sólo diferencias biológicas: «No veo que la libertad haya creado nunca uniformidad. En primer lugar, siempre habrá entre el varón y la mujer ciertas diferencias; al tener una figura singular, su erotismo, y por tanto su mundo sexual, no podrían dejar de engendrar en la mujer una sensibilidad singulares: sus relaciones con su propio cuerpo, con el cuerpo masculino, con el hijo, no serán jamás idénticas a las que el varón sostiene con su propio cuerpo, con el cuerpo femenino y con el hijo; los que tanto hablan de ‘igualdad en la diferencia’ darían muestras de mala voluntad si no me concedieran que pueden existir ‘diferencias en la igualdad’» (p. 869).

 

LO QUE ELLA NO VIO
Simone de Beauvoir realizó un esfuerzo de investigación histórica, literaria, psicoanalítica y antropológica sin precedentes en torno a la situación de la mujer, e impulsó la bandera del trato de igualdad para mujeres y hombres. Tuvo el mérito de apuntar desde el existencialismo sartriano unas reivindicaciones de los derechos humanos de las mujeres que hasta entonces no se habían planteado de forma sistemática. Pero sabemos que en su vida personal y afectiva tanto ella como Sartre fueron menos heroicos y resistentes de lo que dejaron creer, que instrumentalizaron amores y amistades, que ella tardó en comprender la argumentación feminista. La perspectiva de las mujeres reales se desdibujó en ese intento personal de autoexplicarse desde una bandera ideológica.

De ahí que las tesis de Simone de Beauvoir, retomadas por el feminismo norteamericano de los años setenta, hayan influido en carencias o limitaciones del modo de concebir la liberación de la mujer. Así, la desvalorización de la maternidad que hace De Beauvoir llevó a despreocuparse de dar soluciones a la dificultad de conciliar vida profesional y atención a la familia. Igualmente, en el terreno del amor, su modelo de las relaciones entre hombres y mujeres ha estimulado la igualdad, pero, en vez de favorecer un amor de más calidad, ha justificado una concepción de la libertad sexual que tantas veces ha desvalorizado esas relaciones, ha rechazado el compromiso y ha sido fuente de frustración.

Hoy se defienden posturas contenidas en El segundo sexo desde opciones intelectuales similares al existencialismo de De Beauvoir. Sin embargo, cerramos el siglo XX con un verdadero cambio cualitativo en el discurso: se ha pasado de hablar de feminismo como antidiscriminación a hablar de la «perspectiva de igualdad de género»; se ha pasado –a nivel conceptual, al menos– de considerarlo un problema propio de las mujeres, a resolver por ellas, a verlo como un problema de todos: un problema de gobierno, de desarrollo y política social. Porque la defensa de los derechos humanos de las mujeres no es un movimiento que afecte sólo a sus militantes. Tanto sus efectos como sus causas inciden en la sociedad moderna entera, pues forman parte de las políticas democráticas de gestión en su fase más avanzada.4

 

LA PERSPECTIVA DE LA IGUALDAD DE GÉNERO
Desde instancias supranacionales como las Naciones Unidas y el Consejo de Europa se aborda hoy el derecho a la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres bajo el concepto de «igualdad de género». Esto incluye aceptar y evaluar de forma igualitaria las diferencias que existen entre mujeres y hombres, incluyendo el derecho a ser diferentes. Se acentúa el derecho de igualdad en cuanto a coparticipación en todas las esferas de la vida. Pues el desarrollo de una sociedad depende del empleo de todos los recursos humanos, y por lo tanto, ambos, mujeres y hombres, deben participar totalmente de forma paritaria para atender las necesidades de la sociedad.5

La IV Conferencia Mundial sobre la Mujer (Pekín, 1995), convocada por Naciones Unidas, recogió en su Plataforma de Acción la estrategia de esta perspectiva de género, y afirmó que «los gobiernos y otros agentes sociales deberán promover una política activa y visible de integración de la perspectiva de género en todas las políticas y programas, a fin de que se analicen los efectos concretos sobre las mujeres y hombres respectivamente antes de tomar decisiones».

También el Consejo de Europa insistía en un Informe de marzo de 1998 en la necesidad de dedicar esfuerzos a fomentar la participación compartida del poder de mujeres y hombres en la economía, en la sociedad y en los procesos de toma de decisiones; de igualdad de oportunidades en empleo, de igual salario por igual trabajo desempeñado; de acabar con los despidos por maternidad o por embarazo; de flexibilizar los horarios laborales para hacer posible que tanto mujeres como hombres compartan el trabajo familiar no remunerado, las ocupaciones domésticas, la atención de personas a su cargo: niños, enfermos, personas mayores, etcétera.

La igualdad de género, porque respeta la diferencia entre mujeres y hombres, conduce a que la participación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida pública y en los procesos de toma de decisiones sea mayor, de modo que los valores, intereses y experiencias de las mujeres se tengan en cuenta al tomar decisiones políticas. No son sólo las mujeres las que han de defender los asuntos familiares; pero, de hecho, la mayoría de los defensores de la igualdad en dichos asuntos son las mujeres. Por otra parte, los cambios serán más visibles y rápidos si participan las mujeres en mayor grado.

Este rumbo nuevo, lógicamente, interesa a quienes reprochan al feminismo que no conecta con la mujer real, o que vuelve la espalda a la familia; o a quienes opinan –lamentando desde fuera las tensiones originadas por las «dobles jornadas»– que la mujer debería inventarse un nuevo modelo que vertebre sus identidades para que no se excluyan maternidad y trabajo, autonomía y entorno afectivo, y evitar así las crisis familiares.

Pero no es admisible considerar estas dificultades como un problema exclusivo de las mujeres. ¿No será que han de transformarse esos rígidos esquemas competitivos y de productividad empresarial de manera que los hombres compartan con las mujeres las responsabilidades de educación y cuidado de los hijos? ¿No será que aún no se es consciente de que la cultura, la política, la economía y la sociedad están encomendadas en su desarrollo tanto a hombres como a mujeres?

 

UNA NUEVA FORMA DE HACER POLÍTICA
Muchas veces en la historia del pensamiento humano, las grandes revisiones se deben a posturas que nacieron radicalizadas para aclimatarse después a la realidad. Pero el feminismo se encuentra ya de vuelta de la fase de radicalización, y ha recalado en estrategias tales como la denominada gender mainstreaming, que es la reorganización y mejora de los procesos de adopción de políticas públicas, de manera que se incorpore en todas ellas la perspectiva de igualdad de género. Esto supone una potenciación (empowerment), participación y visión de ambos sexos tanto en la vida pública como en la vida privada.

Si esto se lleva a cabo desde instancias supranacionales, se trata de ponerlo en práctica a niveles de gobierno político, empresarial, cultural, social, familiar. Buena muestra de ello es el III Plan de Igualdad de Oportunidades (1997-2000) diseñado en España por el Instituto de la Mujer, donde se afirma que el principio del mainstreaming «implica la promoción de la igualdad de oportunidades en todas las políticas y medidas generales, teniendo en cuenta activa y abiertamente, en el momento de su planificación, los posibles efectos en las respectivas situaciones de hombres y mujeres. Esto significa un examen sistemático de estas políticas y medidas, evaluando sus posibles efectos, cuando se definen y se ponen en vigor en temas cotidianos tales como la organización del trabajo o el establecimiento de horarios escolares, que pueden tener impactos diferenciales significativos en la situación de hombres y mujeres, y deben ser tenidos en cuenta a fin de promover la igualdad».

De lo anterior se deduce que el nuevo modo de hacer política en nuestra sociedad democrática incluye esta problemática, sin dejar que sea un asunto que concierne solamente a las mujeres. Si la mujer se considera «invertebrada» ante los nuevos retos de nuestra civilización, es un problema con solución social, política, económica y cultural. Y es un problema de todos.


Notas finales
1             Simone de Beauvoir. El segundo sexo, en Obras completas, (María Molina León, trad.) Tomo II, Aguilar, Madrid (1981).
2          Ibídem
3          Ibídem
4          Ibídem
5          María Molina León. Servicio Central de Prensa (España), Aceprensa.