IS342_Coloquio_02_principal

En la ópera el espectáculo sonoro se hallaría incompleto sin la grandeza de sus historias, éstas tienen el poder de dar una lección al espectador, de mostrarle el mundo con otra mirada y enfrentarlo con la esencia de su persona. El autor del artículo está convencido de ello y muestra un personaje similar a cualquiera de nosotros: sujeto de perfeccionamiento, crecimiento, protagonismo, rectificación y enmienda.

Desde que Platón, con el mito del andrógino, describió el enamoramiento humano como la búsqueda por recuperar la unidad originaria entre hombre y mujer; amor y desamor han cruzado de norte a sur la geografía temática de cuanto estilo literario ha servido de inspiración a la cultura occidental.

Pero pocos momentos tan peculiarmente enfocados en las angustias del corazón rechazado (ése que busca con arrojo una amada que lo complemente), como el clima sentimental europeo de inicios del siglo XIX.

Mientras la épica caballeresca medieval aludía a los sinsabores de quienes luchaban por su Dios, su rey y su dama, el romanticismo decimonónico se interesó en el yo, en los deseos no saciados y las ilusiones que se frustran; verdadero rompe y rasga como eje de la vida sentimental del hombre.

Enseñaba Carlos Llano que algunos pretenden mover la voluntad ajena por dos vías: como causa eficiente o como causa final. Aseguraba que la primera modalidad está condenada al fracaso, pues ni la tortura ni el acorralamiento pueden arrinconar a tal grado la decisión de alguien y obligarle a entregar a otro el dominio de sus más profundas convicciones; y la segunda sólo tiene éxito cuando se pone por delante un objeto suficientemente valioso para que la voluntad de una persona se rinda sin remedio.

Ambas variantes encuentran en la literatura romántica ejemplos que ilustran lo difícil que es ganarse un corazón y convertirse en objeto de la voluntad de otro, u obligar a que nos quiera aquella persona para quien no representamos un objeto de suficiente interés.

Las artes escénicas y musicales no podían sustraerse al cultivo de esta problemática del sentimiento, y al trato que la literatura decimonónica le dio durante las primeras décadas del siglo antepasado.
En ese contexto, la ópera como espectáculo de arrastre popular gozaba de cabal salud. Sus temáticas comenzaban a abrir paso a problemas más reales y caseros que los abordados en los argumentos mitológicos, epopéyicos o esotéricos que tanto habían gustado en los escenarios europeos a lo largo del siglo XVIII.

Entre los autores de esa transición hacia lo costumbrista y cotidiano figuraba en el primer tercio del XIX Gaetano Donizetti, quien para 1830 ya se había ganado un lugar de prestigio en las funciones de la Europa musical por su Anna Bolena. Las óperas Lucía de Lammermoor y Don Pasquale aventuraban aires nuevos que atraerían a libretistas gustosos de adaptar historias más creíbles (crudas o ligeras, pero creíbles) entre las que se incluían, obviamente, los sinsabores del amor y el desamor humanos.

 

OPUESTOS QUE NO SE ATRAEN
L’elisir d’amore, a mi parecer, ejemplo innegable de lo que venimos apuntando, se estrenó en Milán en mayo de 1832 con un éxito arrollador. Basada en el argumento de Eugène Scribe, adaptado por Felice Romani, cuenta la historia de un joven campesino sencillo, gris, tímido, ignorante, soñador, ilusionado, resignado, y a la espera de que la vida siga pasando sin pena ni gloria ante sus impasibles ojos; en contraste, y como todo buen don nadie, cuenta al menos con una gran virtud: su nobleza a toda prueba y la bondad generosa de quien sabe ser leal y justo.

Como es común en este tipo de historias, a todo tímido le corresponde su contraparte extrovertida. En este caso, se trata de la bella Adina: presumida, autosuficiente, orgullosa, y confiada en que su belleza le sería más que suficiente para colocarse con algún buen mozo del pueblo, pero sabedora de que para poder apuntar aún más alto (un capitán, un político o un marqués) debe aprovechar su chispa e inteligencia para aplicarse con ingenio y conseguir un buen partido. Sobra decir que Nemorino no entraría jamás entre sus candidatos.

Así que la trama de esta ópera gira en torno a los intentos desesperados de Nemorino para hacerse amar por la indiferente Adina.

Al inicio de la obra, Adina lee a los analfabetas de su pueblo la historia de Tristán y el mágico elixir que provocó en Isolda un enamoramiento sin control; lo que hace pensar a Nemorino que una pócima de tal calado podría ser el remedio a los rechazos de su heroína. Y es cuando por suerte inusitada arriba al pueblo Dulcamara, un merolico itinerante que ofrece a la venta un elixir capaz casi de resucitar muertos y curar todo mal conocido.

Nemorino queda convencido de que Adina caería rendida a su amor si consiguiera tan preciado brebaje. Es así que lo adquiere con sus ahorros, pero su amada sigue sin ceder; al tiempo que se divierte haciéndolo rabiar al coquetear con el capitán Belcore, un enamoradizo militar de paso por el pueblo, quien no pierde oportunidad de cortejar a la joven avispada del lugar.

Como el dichoso elixir de Dulcamara no es sino vino francés, Nemorino en vez de los favores de Adina, lo único que obtiene es una borrachera sin par.

Mientras esto ocurre, las mozas del pueblo se enteran que por la muerte de su tío (infortunio que Nemorino ignora) nuestro campesino se ha vuelto un hombre inmensamente rico; y buscan con insistencia ganarse sus favores. Ante tan inesperado éxito de Nemorino con toda fémina casadera de la región, Adina se desconcierta y experimenta un gran pesar.

Un ebrio Nemorino atribuye su inesperado éxito con las mujeres al elixir comprado a Dulcamara, mientras que Adina se entera que el joven fue capaz de enrolarse en el ejército de su rival de amores con tal de conseguir, con la paga correspondiente, más y más elixir que provoque en ella los efectos que Tristán generó en Isolda.

La joven recapacita y cae en la cuenta de lo importante que es para ella un corazón enamorado como el de Nemorino, capaz de renunciar a su libertad con tal de un último esfuerzo para ganar su corazón.

Por fin comprende la gran valía de Nemorino, al margen de pócimas y magias falsas.

Al final de la historia todos salen ganando: el merolico Dulcamara defiende firmemente que el elixir permitió a Nemorino conquistar a Adina; Nemorino se sorprende de verse tan capaz de interesar por sí mismo y sin artilugios a la inconquistable joven; ésta se da cuenta de lo ciega que fue al negarse al amor que siempre experimentó por Nemorino, sin reconocerlo; y el resto de los campesinos fueron felices al presenciar la sorprendente visita de tan portentoso vendedor y la milagrosa conquista de amor del gris campesino a la radiante dama bella.

IS342_Coloquio_02_imagen01

INCAPACES DE CONQUISTAR UN CORAZÓN
Quizá ya se nos acabaron las figuras mitológicas para ilustrar taras y complejos con el mismo impacto alegórico con que lo hizo Freud a inicios del siglo XX; pero esta ópera nos recuerda la asfixiante sensación de frustración de quienes se sienten una y otra vez incapaces de ganar el corazón de las personas de quienes se enamoran. Lo que podríamos considerar una suerte de sentimiento de inelegibilidad o el complejo Nemorino.

Al igual que el protagonista de la ópera de Donizetti, todo aquel que experimenta la sensación de no ser elegible, suele considerar inútil el darse a conocer con los demás y manifestar la peculiaridad propia (quién es, qué desea, qué aspira) por la sospecha de que, al hacerlo, ahuyente a la persona que en principio pudo sentirse atraída.
Sentir que no se es capaz de generar interés en las personas que nos rodean, ni siquiera merecerlo, es una de las condiciones mentales y antropológicas de más aislamiento y aridez social que puede experimentar un corazón humano.

La inelegibilidad que asume Nemorino como condición de su persona, le hace creer que sólo al dejar de ser quien es (por ventura del artificio de un elixir) puede lograr el éxito, que parece tan sencillo de alcanzar para quienes se muestran como avezados conquistadores.

La sociedad contemporánea privilegia la valoración de nuestra persona a partir de los ojos ajenos, que supuestamente nos revelarán qué tan lejos o cerca estamos del éxito en nuestra convivencia cotidiana, la aceptación pública o el impacto de nuestra presencia entre los demás.

Los abundantes tests, cuestionarios y omnipresentes espejos en las salas de los gimnasios, nos recuerdan no sólo que esse est percipi (existir es ser experimentado) como afirmaba Berkeley, sino que hoy existir es, en buena medida, ser medido, comparado, ubicado, calibrado.

Al inicio Nemorino cree que por sí mismo y su poquitero talante, no es merecedor de la ambiciosa Adina; se convence de que así está bien por la simple razón de que así debe ser pues, supuestamente, lo mediocre ha de acomodarse con lo poco y lo pleno sólo puede cohabitar si se acompaña de lo bueno.

Quien padece del complejo Nemorino se ha asumido como inelegible. A diferencia de la damisela que esperaba impaciente en el castillo a que llegara el príncipe para salvarla, para él no hay esperanza ni margen para abandonar su lugar natural: el anonimato, la exclusión, la ausencia.

IS342_Coloquio_02_imagen02

NO HAY MAL QUE DURE 100 AÑOS
Los Nemorino de hoy no sólo aparecen en el contexto del rechazo y el desamor, también en todas las esferas donde el ser humano perdió la capacidad de convencerse de que ningún pesar, por más real que se presente, puede permanecer para siempre sin dar paso al futuro que trae consigo nuevos odres y diferentes vientos.

Es verdad: diferente no significa necesariamente mejor. Pero tampoco permanencia quiere decir, sin más, conveniencia ni felicidad. Nemorino despierta de su letargo cuando se da cuenta que es él mismo, con su nobleza (inocente y torpe si se quiere, pero nobleza), capaz de conseguirse el futuro mejor, que en su caso lleva el nombre de Adina.

El crecimiento humano sólo puede emprenderse cuando se advierte que toda condición presente está hecha para abandonarse en la búsqueda de futuros inéditos, insospechados, no imaginados pero sí conquistables; tal como ocurre en la generación de hábitos y la aparición de las virtudes.

Al final, Nemorino comprende que su supuesta inelegibilidad no radicaba en parecer gris a los ojos de su amada, sino en el atavismo en que se había convertido al no entender que el otro no es quien le aporta el valor para existir, sino él a partir del residuo benéfico (virtud) de las acciones buenas que comete. Porque, como decían las abuelas: «no hay que preocuparse tanto por encontrar a la persona indicada sino más bien en llegar a ser uno mismo la persona indicada cuando sea el otro quien nos encuentre».

La esperanza es el motor de búsqueda de condiciones que cada vez sean más ricas, más plenas, más virtuosas. Al abandonar la idea de que estaba destinado a ser un simple inelegible, Nemorino recuperó el protagonismo de su propia existencia y encontró una manera de cumplir el máximo de sus sueños: el amor de Adina.

No es que Nemorino se haya curado (el elixir no era tal y ninguna diferencia marcó), sino que se liberó de un espejismo: es él quien elige ser elegido al presentarse como es, bajo el entendido de que todavía mañana puede ser más y mejor, y cada vez más atractivo e interesante.

IS342_Coloquio_02_imagen03

DE LA ÓPERA A LA SOCIEDAD
Obviamente ninguna de estas cavilaciones las tuvo en mente Donizetti al escribir su L’elisir d’amore, sin embargo, la ópera de mediados del siglo XIX proveía a la población de criterios de vida, máximas de conducta y ejemplos de costumbres y expresiones. Por ello podemos servirnos de Nemorino para representar a quien ha colapsado sobre sí mismo, y sin esperanza aguarda sentado a que desde fuera se le apruebe.

Nemorino somos todos: sujetos de perfeccionamiento, crecimiento y protagonismo, rectificación y enmienda. De triunfo y finalmente de eventual recompensa. Porque el ser humano es así: elegible y elector. No obstante el valor de una persona debe originarse en ella misma y no esperar a que una «enamorada» lo determine.

Las interpretaciones son de quien las trabaja: sacarle provecho a la trama sencilla y sin complicaciones de L’elisir d’amore no es algo que debe exigírsele al libretista de la ópera, sino a la creatividad del espectador, para que encuentre un poco más que el argumento y las incidencias de la música en turno.

Después de dos décadas de asistir una y otra vez a la representación de esta bella obra del costumbrismo musical, estoy convencido que, como ópera, L’elisir d’amore da para mucho más que ser titular en los medios: «Nemorino como el papel preferido por Pavarotti de cuantos personajes integraron su repertorio».

Porque hasta la ópera merece mucho más que sólo esperar a ser elegida. Y dejar de ser, ella misma como género artístico, un ejemplo más del complejo Nemorino.