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La humanidad ha dominado al mundo sin saber utilizar su poder. La raíz del deterioro actual de la naturaleza es la soberbia humana, que se empeña en concebirse superior.

 

La relación del hombre con la naturaleza

(que ya no es vista como creación) es de manipulación

y no llega a ser de escucha. Es una relación de dominio.

Joseph Ratzinger

La naturaleza no admite paz. La vida sólo ocurre luego de un proceso frenético cuyo saldo huele a muerte; en el ciclo generación y corrupción no cabe el sosiego. Y a la naturaleza no le pesa regirse por una violencia desbordada que lo mismo permite que los brotes de alfalfa salgan de las semillas, que un huracán arrase con un campo de trigo o que una loba dé de comer a sus crías la carne fresca de unas ardillas. Por decir.

A pesar de ello, a la humanidad nos cuesta comprender esa ira natural. Nos sobrecoge la perra que lanza ladridos al posible enemigo y nos aterra el crujir del cielo antes de la tormenta. Incapaces de entender por qué la naturaleza impone sus reglas con exagerada violencia, hemos construido un mundo aparte, tranquilo y pacífico, gobernado por la corrección política y los eufemismos. Nos hemos hecho de un universo de hadas donde el sol brilla; pero, no quema; donde el café no tiene cafeína y donde el azúcar no engorda. Afuera de este cosmos indoloro, la naturaleza amenaza con acabar con nosotros: sus bichos y bacterias, sus bestias iracundas, sus plantas venenosas, su caudal fuera de madre. ¿Qué nos queda? El inquebrantable blindaje de la inteligencia. Gracias a la técnica, estamos convirtiendo al mundo en una revista perfecta, un desfile de fotos de rostros sin arrugas, donde el riesgo más peligroso es que una hoja nos corte la yema de un dedo. La vida nos aterra.

 

SIN ESPACIO PARA EL MALESTAR

Como los protagonistas de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, nos aislamos de la naturaleza. La reproducción humana sucede en un laboratorio, lo mismo que el amor. Sólo mediante el cálculo logramos la perfección social; la vida es buena porque se rige por las constantes de una fórmula: lo que necesitamos para ser felices es un manual. El engranaje humano aceitado sin las afectaciones sentimentales ni los arrebatos de la pasión marcha con la precisión de una máquina inmaculada. Por supuesto, en ese engranaje no cabe todo; no cabe el malestar. En su funcionamiento, tampoco encajan los imprevistos. ¿Qué hacemos si nos electrocuta un rayo, si se estrella el avión? No queda más que combatir a la naturaleza, nuestro extraño y furioso enemigo.

Sin embargo, la bondad social no consiente tal tipo de beligerancia. Lo correcto es sonreír y elegir algunas muestras inofensivas del mundo hostil que nos acecha. Igual que en la fábula de Huxley, hemos reservado pequeños e inofensivos trozos de la naturaleza en una suerte de museos virtuales. Las páginas de nuestra revista no estarían completas sin las esplendorosas fotos de gatitos y arroyuelos. Disponemos de la naturaleza a capricho; pero, como somos buenos, la guerra contra ella es velada y esquizofrénica.

Nuestra idea de naturaleza está construida desde esos registros de limpieza plastificada: nuestro bosque no provoca alergia porque huele a coche nuevo. Inyectamos al perro y le quitamos una glándula para que no apeste la casa. Como la naturaleza nos da un asco profundo, la inundamos de «Odorono». La pestilencia del proceso de la vida y la muerte nos resulta tan insoportable, que hemos olvidado que somos parte de un ciclo de transformación constante.

 

 

NO SOMOS CAPACES DE CUALQUIER EMPRESA

En la carta encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco no hace más que insistir en una idea medular, enterrada en las arenas de nuestra soberbia: la armonía es la condición de posibilidad para una vida lograda. Quien vive con miedo, es incapaz de establecer cualquier tipo de vínculo, incluido el que nos une al mundo; es más cómodo y menos riesgoso anular esa posible relación, aniquilarla. La posición del fanático parte del miedo y, por eso, tiende a polarizarse entre el sometimiento y el fervor, porque no contempla la posibilidad de la armonía, que supone entender el lugar que cada parte ocupa en el todo, desde la finalidad de cada componente. Es como ese juguete infantil, un poliedro en el que se meten figuras de colores en huecos con distintas formas. El primer paso para que un niño lo logre es asumir que no depende de su deseo, sino de algo dado, de una realidad externa a él, de la que forma parte. Sólo el que entiende la lógica del juego completará la hazaña.

La arrogancia atenta contra esa comprensión: yo lo puedo todo a pesar del entorno. Nos creemos capaces de cualquier empresa: querer es poder. Porque nada obsta entre nuestro deseo y su realización, nos empeñamos en levantar una torre de Babel y, como a los antiguos edificadores, la realidad nos ha dado un revés. Aunque no hay mundo que alcance a satisfacer nuestra voluntad, vivimos pensando lo contrario. En la Laudato Si’, Francisco explica esta fascinación en las propias capacidades con palabras de Romano Guardini: «Se tiende a creer ‘que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bien estar, de energía vital, de plenitud de los valores’ como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico. El hecho es que ‘el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto’, porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia». Y agrega: «La intervención humana en la naturaleza siempre ha acontecido, pero durante mucho tiempo tuvo la característica de acompañar, de plegarse a las posibilidades que ofrecen las cosas mismas. Se trataba de recibir lo que la realidad natural de suyo permite, como tendiendo la mano. En cambio ahora, lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma que tiene por delante». Vivir a capricho hasta anular lo que se interpone entre mi apetito y su satisfacción: no hay límite para el imperio aplastante de mi voluntad, que le pasa por encima a la naturaleza.

 

LA SOBERBIA HUMANA

A lo largo de la encíclica, el Papa insiste en recordar que todo está conectado y que la causa del aniquilamiento de la naturaleza es, precisamente, el ensoberbecimiento humano, el empeño en vernos a nosotros mismos muy por encima de ella. «La falta de preocupación por medir el daño a la naturaleza y el impacto ambiental de las decisiones es sólo el reflejo muy visible de un desinterés por reconocer el mensaje que la naturaleza lleva inscrito en sus mismas estructuras. Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad –por poner sólo algunos ejemplos–, difícilmente se escucharán los gritos de la propia naturaleza. Todo está conectado. Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona».

Esta incapacidad para comprender la tensión humana entre la conciencia de lo que somos capaces y la contundente grandeza de la realidad, nos coloca en una permanente lucha interna. En Creación y pecado –concebido en 1981 a manera de conferencias y publicado hasta 1985–, el entonces cardenal Joseph Ratzinger ya advertía las consecuencias de resistirse a entender la grandeza de la naturaleza y la necedad de considerarla enemiga. «El Universo no es producto de la oscuridad ni de la sinrazón. Procede del entendimiento, procede de la libertad, procede de la belleza que es amor. Ver esto nos da el valor necesario para vivir; nos fortalece para sobrellevar sin miedo la aventura de la vida».

Deudor del pensamiento de su predecesor, el Papa Francisco señala las repercusiones de no alcanzar a ver la delicada perfección con la que opera la naturaleza: «Esta situación nos lleva a una constante esquizofrenia, que va de la exaltación tecnocrática que no reconoce a los demás seres un valor propio, hasta la reacción de negar todo valor peculiar al ser humano. Pero no se puede prescindir de la humanidad. No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay ecología sin una adecuada antropología». En la búsqueda de una vida armónica, el primer deber ambiental es con cada uno, con el otro. Sin embargo, nuestra época ha erigido como autoridad moral y política al mercantilismo, cuyas reglas se oponen a las de la naturaleza.

Al mercado le crispan tres elementos medulares para la vida armónica: la gratuidad, la hospitalidad y la justicia, que, a su vez, llevan a la capacidad de donación. Hemos construido una atmósfera hostil donde todos sonríen a fuerza o por miedo a ser exhibidos. La amabilidad social es un disfraz que asegura clientes; pero, no consigue amigos: la sociedad, como una subasta donde la lealtad se debe al mejor postor. Una humanidad arrogante que ha erigido una ética del rédito, apostando todo a la mercadocracia –permítaseme el neologismo–, no comprende la vida en armonía con la naturaleza y la aplasta para construir su entorno de acuerdo con sus caprichos.

La respuesta del Papa a este desafío es contundente: «Si la crisis ecológica es una eclosión o una manifestación externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad, no podemos pretender sanar nuestra relación con la naturaleza ni el ambiente sin sanar todas las relaciones básicas del ser humano. Cuando el pensamiento cristiano reclama un valor peculiar para el ser humano por encima de las demás criaturas, da lugar a la valoración de cada persona humana, y así provoca el reconocimiento del otro. La apertura a un ‘tú’ capaz de conocer, amar y dialogar sigue siendo la gran nobleza de la persona humana. Por eso, para una adecuada relación con el mundo creado no hace falta debilitar la dimensión social del ser humano ni tampoco su dimensión trascendente, su apertura al ‘Tú’ divino».

 

LA NATURALEZA NO REDITÚA

Los tiempos de la naturaleza son mucho más lentos que los de la cadena de producción, que no entiende de la lenta maduración de la naturaleza. Según la consigna de que el tiempo es oro hemos anulado la paciencia necesaria para la cosecha. El éxito no espera: en el mercado no hay lugar para la pausa ni la sobriedad. La principal amenaza de un sistema cimentado en el consumo es, evidentemente, que se deje de consumir; por ello, hoy es más barato comprar un teléfono nuevo que reparar el viejo. Bajo los principios de esta ética del reemplazo consumimos mucho más de lo que necesitamos y asfixiamos alegremente a la naturaleza: «si aumenta la producción –señala el Papa–, interesa poco que se produzca a costa de los recursos futuros o de la salud del ambiente».

Dicha maximización mercantil depende, en buena medida, de la insatisfacción permanente: siempre habrá algo por comprar. La moda es efímera porque asegura las ventas de la próxima temporada: si todo es subjetivo es para asegurar la ética de la sustitución. Nada puede permanecer para siempre, incluso nuestros valores. «Todo es provisional –lanza el publicista que protagoniza la escandalosa novela 13.99 euros–: el amor, el arte, el planeta Tierra, ustedes, yo (…). Todo se compra: el amor, el arte, el planeta Tierra, ustedes, yo (…). Todo es provisional y todo se compra. El hombre es un producto como cualquier otro, con fecha de caducidad». El sufrimiento humano estimula al comercio: lo espolea. Cuando, después de mucho esfuerzo y ahorros, compramos el teléfono soñado, ya hay uno nuevo a la venta. El mercado es un tirano que, si es capaz de llevarnos varias temporadas de ventaja para anticiparse a nuestros propios deseos, es porque nada es objetivo. «Si no hay verdades objetivas –advierte Francisco– ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y necesidades inmediatas, ¿qué límites puede tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres?».

 

CUIDAR LA CASA COMÚN

Inmersos en este marasmo de réditos, hemos constatado que los elementos más frágiles de la naturaleza estorban. Cuidar la casa común implica comprender que el mundo no es exclusivo de cada hombre que lo habita y, ello, supone también la generosidad suficiente para restaurar nuestra capacidad de donación. El rescate ecológico seguirá pendiente si no admitimos la pequeñez humana y seguimos alzándonos sobre el mundo como sus propietarios divinos. «El papa Benedicto –recuerda su sucesor al inicio de la Laudato Si’– nos propuso reconocer que el ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ellas se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites (…). Con paternal preocupación, nos invitó a tomar conciencia de que la creación se ve perjudicada ‘donde nosotros mismos somos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad nuestra y el consumo es sólo para nosotros mismos. El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos’».

Vivir sin la conciencia de que no estamos solos, de que toda la realidad está vinculada, lleva a la devastación ecológica. La primera batalla ambiental que debe ganarse es en contra de la soberbia y el egoísmo que terminan por convertir la comunidad humana en un mercado regido por criterios meramente comerciales. La valentía del Papa Francisco es cada vez más patente; este llamado para alzar las banderas de gratuidad, hospitalidad y justicia –que nos abrirán el paso a una existencia armónica– es un argumento más para enfrentar la arrogancia, esa que nos empuja a aplastar a la naturaleza y que nace del miedo: nuestro principal enemigo.