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Soy directora general de una empresa de consultoría en negocios e internet. La compañía se asienta en un sólido abanico de valores y principios que rigen nuestras relaciones con clientes, colaboradores, miembros del equipo y demás stakeholders.

Hace unas semanas, uno de los asesores del área de Comunicación en internet y Social media se vio envuelto en un escándalo de corrupción, aunque ajeno a la empresa. La noticia alcanzó una importante «viralidad» en redes sociales e inclusive llegó a mencionarse en el noticiario con más rating en la televisión. Los internautas rápidamente lo relacionaron con la empresa, lo que desató miles de ataques a las redes sociales de la consultora. A pesar de que los comentarios no provienen de clientes o allegados, sí lastiman la imagen corporativa.

El consultor siempre ha mostrado rectitud, compromiso y resultados más que satisfactorios; tiene muy buena relación con el equipo y vive los valores de la empresa con mucha naturalidad. Considero que este hecho aislado no determinará una conducta negativa constante en él, pero sí fracturó la percepción que se tiene de nosotros.

¿Debo prescindir de quien cometió un error de tal magnitud, aun cuando no fue un asunto que involucrara directamente a la empresa?

 

 

 

los asesores sugieren

 

1

Analizar las consecuencias en el desempeño individual

 

Antes de dar respuesta al dilema no quisiera pasar por alto que es de los pocos en los que la pregunta que se hace no se debate entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo más humano. Plantearse un dilema como éste sólo puede hacerlo quien a lo largo de su vida profesional se ha esforzado por conducirse bajo altos estándares éticos.

La solución tiene sus aristas. En primer término habría que evaluar la repercusión que puede tener el hecho en la reputación de la empresa y si la separación de la persona de la misma puede disminuir el impacto negativo o incluso, en cierto modo, evidenciar la distancia entre la conducta de ese sujeto en lo particular y el buen hacer de la empresa.

En segundo lugar, inquirir si este hecho repercute en el sujeto de tal manera que haga que los clientes de la empresa prefieran no ser atendidos por él, pues les suscite desconfianza. En cuyo caso habrá que valorar si el hecho, aun siendo ajeno, impacta en el futuro desempeño de sus tareas.

Un tercer aspecto a evaluar es cómo influirá su permanencia en la empresa en los valores de los demás empleados y si este traspié no es una mala influencia para el resto.

Las razones para prescindir de su servicio –si es lo que se decide– no serán los hechos ajenos a la empresa, sino el modo en el que esos hechos influyen o pueden influir en su desempeño dentro de la empresa.

 

Felipe Jiménez

Filósofo dedicado a la docencia

 

 

 

2

La generalización es inevitable, pero sí prevenible

Estimada directora, en las empresas y en la vida institucional se da un fenómeno psicológico muy interesante de «identificación», es decir, las personas que laboran en la empresa aparecen como «La empresa» ante los distintos actores externos. Frente a crisis y eventos como el que nos comentas el público no distinguirá entre una persona y la empresa, un departamento y la empresa, o una filial y la empresa matriz, siempre atribuirán el comportamiento del trabajador a la totalidad de la corporación.

Aunque se trata de un error de falsa generalización, donde se le atribuyen características de un particular a la totalidad, es un hecho que sucede y por eso las empresas deben estar muy conscientes de que el comportamiento de un trabajador (aunque sea en su vida personal) estará muy ligado a la imagen corporativa. Por consiguiente, es muy relevante alinear los valores de la empresa con los de sus trabajadores y reforzarlos constantemente por medio de capacitación.

Otro tema a tratar será el de las medidas a ejecutar con este consultor, donde tendrás que tomar en cuenta: la acción en sí, la intencionalidad, y las circunstancias (atenuantes y agravantes). Parte de la ética consiste en elegir el mayor bien y el menor mal, tanto para el consultor como para tu empresa.

 

Rodrigo Villaurrutia

Profesor de ética de empresa

 

 

 

 

3

Palo dado, ni Dios lo quita

Te refieres a ese consultor como una persona responsable, recta, comprometida y eficaz. Me es difícil pensar en él como un corrupto y quizá sea mejor ver lo sucedido como «un error práctico» —como dices— de apreciación o incluso como un engaño que él mismo sufrió.

Por esto, y por el tiempo que lleva trabajando con ustedes, «tiene buena relación con el equipo», yo lo buscaría para una buena y seria conversación, con las cartas sobre la mesa. Es decir, con los principios institucionales, «sólido abanico de valores», de tu consultora y después de oírlo, le diría dos cosas: primera que no se volverá a tolerar algo así. Debe ser prudente y sensato, saber que está comprometido con esos principios y que debe respetarlos. Y segundo, ya que es experto en social media, que te ayude a resolver el problema causado por ese mal mensaje enviado a los cosmonautas; y aunque «palo dado, ni Dios lo quita» con su ayuda se podría encontrar el modo de revertir esa tendencia.

Del resultado de esta conversación, tomar los elementos y datos para continuar o no con su colaboración.