Imagine esta escena: por azares del destino usted es el líder de un grupo que se encuentra acorralado. Tiene que tomar una decisión, sacrificar a uno para salvar la vida de la mayoría o jugársela e intentar luchar contra la horda de zombis hambrientos que le espera afuera, aunque en el intento se le vaya la propia vida y la de diversos inocentes. ¿Qué hacer?

Si bien la amenaza es bastante hipotética, la supervivencia que se plantea en películas como: Night of the Living Dead (1968), 28 Days Later (2002), Resident Evil (y sus múltiples versiones), World War Z (2013)… no es menor.

En todas estas creaciones visuales, el ser humano se enfrenta con experiencias límite que le exigen elegir un camino para salvar su vida. Ése es el atractivo de este tipo de filmes que, aunque de ficción, nos permiten desarrollar cierta empatía con los personajes, fundirnos con ellos y sufrir las desventuras que se les avecinan. Al descubrir el sendero por el que opta el protagonista es inevitable cuestionarnos, ¿qué haría yo?

Ya se había hablado de esta unión entre espectador y personaje en la tragedia griega, donde el fin último era que quienes admiraban una representación teatral se mimetizaran con los personajes y hallaran en el escenario sus propias pasiones. La intención era purificar al espectador, que viviera una catarsis. Lo más probable es que los productores de películas de zombis no tengan esto en mente, no obstante, los ojos más atentos pueden ver más que meros «come carne».

La serie The Walking Dead (2010 a la fecha) quizá no presente la trama más inesperada, narra la historia de un oficial de policía que despierta del coma y se encuentra con un mundo infestado de «caminantes» que han convertido a la humanidad en una especie en extinción. La historia suena como cualquier otra de zombis, sin embargo lo relevante es el modo en que los personajes sobreviven pues, con el pasar de las temporadas, se van permitiendo mayores atrocidades con el pretexto de «salvar el pellejo».

En un mundo sin una sociedad «civilizada» como el que plantea la serie, parecería que todo vale, pues no hay una instancia que regule los actos humanos. A partir de aquí podemos meditar, ¿en la esencia del hombre está la bondad o la maldad? Una alternativa es seguir a Thomas Hobbes y asegurar que en estado de naturaleza «el hombre es un lobo para el hombre», pero gracias a su racionalidad y necesidad de sobrevivir se une en sociedad y cede sus derechos al Estado o la República. Kant defendió una postura similar, argumentó que si el hombre se deja guiar por la razón práctica abandonará ese estado natural de guerra y buscará la paz en sociedad como fin y deber.

Otra opción es seguir la postura opuesta, la de Rousseau, quien afirmó que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe pues cada individuo lucha por mantener lo que considera «suyo». Una sociedad competitiva como ésta siempre transformará al hombre en un ser egoísta, preocupado por delimitar sus posesiones de las de los demás.

Ahora bien, cuando los personajes de la serie se equivocan al elegir un camino y reflexionan el porqué de su error, siempre cabe la concepción ética de Sócrates, en la que todos los hombres son buenos por naturaleza y, si actúan mal, es por ignorancia: nadie se equivoca voluntariamente.

Sin importar la postura que mejor resuelva el dilema de nuestra naturaleza, la representación de un apocalipsis zombi es más que un mero producto de la cultura pop, es también un medio para meditar sobre las acciones humanas en circunstancias límite, cómo mantener una postura ética adecuada y, al final del día, purificarnos al observar a alguien en la lucha contra versiones no humanas del hombre, en el caos propio de un estado salvaje.