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Admiro los tópicos, las frases hechas y las coletillas. Han sobrevivido a centenares de autores y hoy dan para género. Si las arrancásemos todas de las bibliotecas (se me ocurre una al azar: la de Babel), ¿cuántas páginas de la literatura universal ganaríamos? Admiro también la naturaleza irónica de los manuales de redacción porque los leemos como guías para lograr una perfecta afonía. Así convertimos al que les concede su fe en el escritor más original desde el redactor del manual.

La escritura clara y concisa nos parece un bocadillo de pan con pan; tan insulsa por no decir vergonzosa como la metáfora anterior. Peor si lo que escribimos lleva la etiqueta «academicista» pegada en la publicación. Entonces se nos disparan y revuelven los tecnicismos, los adrenalismos y la cultilina. Devenimos experimentados neologuistas, gramaticólogos y hasta poetas. Incluso acertamos en alguna frase. No nos vendría mal que las academias reales y desreales se pusiesen de acuerdo para publicar un Diccionario de sencillismos.

Gastar una traca de nuestro arsenal lingüístico puede ser efectivo si contamos con un zapador experimentado en el pelotón; si no, no superaremos la pedantería. Ya lo dijo Roman Jackobson: la función del lenguaje es la comunicación. ¡Señalemos el terror que experimentan todos los escritores del mundo entero ante las palabras «ser» o «estar» y «tener»! Harán lo que sea para reemplazarlas por una palabra que consideran menos trivial.

 

SALTEMOS SIN RED

Las citas las compadezco: las leo síntomas de cobardía. Excepto en casos de extrema necesidad, o ante los lectores más desconfiados, tienen más sentido cuando las invocamos para contradecirlas que cuando las portamos como escudo. A los «citólogos» nos fascina decir lo que dicen otros. Escondemos mayor pecado que los «frasistas» de los párrafos anteriores, por pretenciosos (¿Seguro? ¿No son las frases hechas también escondites?). Deberíamos aprender a saltar sin red cuando escribimos o, si el terror nos paraliza, al menos tener la decencia de que el público no descubra el truco. El plagio perfecto es una hazaña más valerosa que cualquier salto mortal. El suelo sabe perdonar, el público jamás.

Un estilo llano no implica ordinariez ni ranciedad, sino claridad y orden en lo que queremos decir. El humor bien empleado es más certero que la voz ronca de cualquier político, sobre todo cuando el lector grave lee la comedia con su bienquerida pesadumbre. Discutan con Molière o con Thomas Bernhard sólo los que no quieran creerme (no podemos enterrarnos con los clásicos, pero sí interrogarles). Resumo con un tópico: «Llamemos a las cosas por su nombre».

Escribir no es buscar un espejo y un coro, ni es trascender: es reexplicar la realidad (que son las palabras). Al publicarlas, ganan responsabilidad social. Otra cosa muy distinta es que esa sociedad no quiera entenderlas, pero procuremos, al menos, como esos manuales de redacción que tanto nos desagradan y como dicta el sentido común, hacerlo fácil. Algún griego lleva veinticinco años recordándonoslo. Puede ocurrir la maravilla de que alguien no sepa escribir sin tecnicismos, como esos niños salvajes que recorren desde que nacen las selvas de la literatura anglófona. El resto, algunos días no menos maravillosos, deberíamos practicar nuestro equilibrismo.

Aunque Jackobson, Aristóteles y Borja Criado no existieran, la misión del lenguaje seguiría siendo la misma: no ser babilónicos, entendernos. Abusar del lenguaje es abusar del lector. Hagámoslo fácil, por favor.