¿No sería extraordinario poder volar, poseer una fuerza insólita, recorrer la ciudad colgado de telarañas y hasta luchar por el bien de la humanidad? Lamentablemente, por más que lo deseemos, son capacidades exclusivas de los superhéroes; para tenerlas debimos nacer en el planeta Krypton o sufrir la picadura de alguna alimaña que alterara nuestro ADN, inyectándonos capacidades inusitadas.

Las historias de superhéroes siempre fascinan. La compañía Marvel Comics se ha enriquecido con las historietas y películas de Los 4 Fantásticos, Spider-Man, Capitán América, Los Vengadores, Iron Man, Thor, Hulk, Wolverine y los X-Men. Todos ellos personajes legendarios.

Para los seres humanos la línea entre ficción y realidad es muy delgada. En la vida diaria tendemos a exagerar nuestras vivencias, basta pensar en la historia de algún amigo que se vio envuelto en una riña callejera, siempre argumentará que salió victorioso y realizó un sinfín de hazañas dignas del propio Hulk. «Eran como 15, los que alcancé a contar…».

Narrar una anécdota apegada a los hechos no es suficiente, es preciso agregar ciertos toques para que brille con la debida justicia. Esto sucede tanto a nivel personal como a nivel macro, por ejemplo en las historias de los países y las proezas de sus héroes, sin tener siempre presente que la historia la ejecutan y escriben personas comunes y corrientes.

En la historia de México existen personajes como don Miguel Hidalgo, quien es recordado como «el padre de la patria», una especie de semidiós valeroso que se levantó en armas para liberarnos del yugo de España, sin tomar en cuenta que era un hombre de su tiempo y muy afecto a los placeres mundanos.

¿Por qué preferimos una narración de héroes y villanos? ¿Por qué nos inclinamos por una historia aderezada en vez de apelar a la realidad?

 

VIRTUDES Y DEFECTOS, COMO IRON MAN

Toda civilización necesita un mito fundacional, un elemento que dé origen e identidad a una incipiente patria; afiance la cultura, las costumbres y creencias; que redondee el concepto de nación. Para que el mito funcione requiere protagonistas, titanes que sean un modelo a seguir, inspiración para los habitantes que escuchen sus hazañas y modo de vivir. Los  griegos y los romanos dan cuenta de ello con Poseidón y Atenea o Rómulo y Remo.

Nuestros ancestros prehispánicos no se quedan atrás. El Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, describe la naturaleza del mundo y el papel que juega el hombre en él.

Pareciera que, para que germine una nación, es necesario que tenga un punto de fuga que dé identidad a todo cuanto emana de él y desarrolle aquellos rasgos que le caracterizan. Aquí aparece la necesidad de tener héroes. Existen algunos anónimos, que a pesar de ser virtuosos terminan por olvidarse en el tiempo, y otros que sirven como arquetipo para construir el sentido de pertenencia de una nación. ¿Por qué unos se olvidan y otros se exaltan?

Hans-Georg Gadamer, filósofo hermeneuta alemán, afirmó con respecto al arte que, para determinar si una obra es clásica, se necesita dejar que transcurra el tiempo y, si con el pasar de los años sigue interpelando a sus espectadores, entonces se gana el estatuto de «clásico». Pienso que ocurre lo mismo con los héroes, sólo los años pueden ratificarlos como tales, si su vida y obra continúan en el interés del pueblo serán los «clásicos» del país.

Una historia de buenos y malos o de héroes y villanos puede funcionar como el primer acercamiento a esta disciplina, sin embargo, para que el conocimiento del pasado rinda frutos y coopere para fundamentar el presente, es necesario ubicar a los personajes de la historia en su justa dimensión: personas con defectos y virtudes, y no como paladines quiméricos.

Aceptar la imperfecta naturaleza humana sirve para reconocer que los personajes de nuestra historia eran simples humanos. Tal vez así descubramos que en nuestras manos está el cambio de México y dejemos de esperar a un «superhéroe» que nos salve, como en los cómics.