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Los valores que integran e identifican a una nación son parte de un proceso continuo de cambio. De la apertura de cada país ante fenómenos como la migración, dependerá si se replantean o radicalizan sus posturas económicas, políticas y sociales.

Buena parte de los problemas que aquejan a México surgen, de alguna manera, porque no existe un consenso sobre qué clase de país somos o queremos ser; por ejemplo, cuáles son nuestras verdaderas raíces culturales. Por lo tanto, no predomina el deseo de crear un proyecto común tan complejo como el de constituir una nación.

Por esta idea me adentré en el tema de la identidad nacional y descubrí que existe esa misma inquietud en muchas partes del mundo. Casi todos los países están en búsqueda permanente y más ahora en que el cambio es lo único seguro.

El oráculo de Delfos, «Conócete a ti mismo», es una inquietud que persiste: el hecho de que siga tan presente como hace 24 siglos, nos hace caer en cuenta de que el humano es un ser en construcción –no está terminado– así como de la trascendencia del espíritu humano, que debe tener algún fin o estar orientada hacia algo.

Las preguntas típicas del individuo: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Para qué estoy aquí? ¿Hacia dónde voy? Se pueden aplicar también a las naciones. El ser humano solo o en comunidad, permanece en una continua búsqueda que, en muchas ocasiones, se ha cobijado en diferentes mitos.

 

¿SE PUEDE DEFINIR LA IDENTIDAD?

En el tiempo, cada vez que se replantea la identidad, nos volvemos a interrogar si los argumentos que ofrecían algunas respuestas en cierto momento, nos satisfacen ahora. A fin de cuentas, el hombre seguirá preguntándose si realmente ha alcanzado a conocerse y poseerse a sí mismo: pienso que eso nunca se logra, más bien nuestro camino continúa.

Romano Guardini trata de resolver el problema de identidad en su obra El ocaso de la Edad Moderna: señala cómo hemos recurrido al mito para explicar el mundo, y a nosotros mismos. Explora una posible respuesta mediante figuras y acontecimientos de la realidad en interacción con las aspiraciones de la persona, en busca de una lógica concordancia con el mundo.

En Estados Unidos, Samuel Huntington habla de los retos que circundan a la identidad en su libro ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense. El primero, y posiblemente el más importante, consiste en definir este concepto, para lo cual propone seis fuentes de identidad: adscriptivas, culturales, territoriales, políticas, económicas y sociales; mismas que el individuo norteamericano ha olvidado y que Huntington considera que a ello se reduce parte de la gran crisis.

Otros autores que hablan del problema de la identidad nacional son Manuel Castells (España) en su obra en tres tomos de La era de la información, cuya teoría de la identidad propone tres formas y orígenes de la construcción identitaria: identidad legitimadora, identidad de resistencia e identidad proyecto; Jürgen Habermas (Alemania), que destaca el valor histórico de una nación para construir la identidad nacional, y Giovanni Sartori (Italia) quien sostiene –desde su área de especialización, la lingüística– que cuando no existe correlación entre lo que se dice y lo que se cree, se generan problemas de identidad.

Esta inquietud integra muchos de los problemas que hoy padecemos, como la falta de acuerdo para el desarrollo, la repartición de la riqueza y la apertura de oportunidades a todo el mundo.

Dos cuestiones fundamentales para la identidad nacional, en las que coinciden estos autores, es un acuerdo en cuanto a la importancia de leyes comunes y la idea de trascendencia que se aterriza en la religión o en la cuestión espiritual, lo que permite construir una historia común.

Vemos un ejemplo en la historia: cuando se dieron las primeras elecciones del Estado de México, en el periodo de 1825 a 1836, y fueron impugnadas. Se llegó a la conclusión de que las leyes no se respetaron y se pidió un recuento de votos. Al parecer estos problemas se repiten con frecuencia, como pudimos observar en las elecciones de 2006.

 

CRISIS DE IDENTIDAD, CONFLICTO MUNDIAL

Problemas y debates sobre la identidad se abordan, como dijimos, en distintos países. En 2007, en Colonia del Sacramento, Uruguay, se realizó el Primer Congreso Latinoamericano de Opinión Pública de WAPOR: «Opinión pública, conflicto social y orden político», los interrogantes sobre la identidad nacional fue uno de los temas centrales.

 

A VUELTAS CON LA IDENTIDAD

Si nos detuviéramos a comprender los elementos que realmente identifican a cada cultura, sería mucho más fácil fortalecer la unidad y solidaridad con personas de otros países, en vez de radicalizar las posturas como consecuencia de una sensación de amenaza.

Por ejemplo, en México la inversión económica extranjera, implica, para algunos sectores, que estamos perdiendo la patria, algo que carece de sentido, pero es más que nada una respuesta a sentirse amenazado.

Otro caso curioso, por decir lo menos, es el de los «desnaturalizados», extranjeros que decidieron ser mexicanos y, sin embargo, no se les convoca, por ejemplo, a jugar en la selección nacional de futbol porque no nacieron en este país. Es claro que hay mexicanos que no honran a la patria ni a las leyes –aquello que nos da unidad– pero se les considera «más mexicanos» que quienes eligieron la nacionalidad por gusto.

 

APERTURA PARA LOGRAR UN PROYECTO COMÚN

En principio, la Unión Europea desdibujó sus fronteras, pero vemos que Inglaterra y Austria aún oponen cierta resistencia, que Alemania no ve con buenos ojos la creciente migración turca, o que en España varias entidades reclaman su autonomía y su propia bandera, desprecian y se manifiestan contra la unidad nacional y la casa real, que ha significado un papel de unión.

El proceso de la migración implica voluntad y verdadera apertura para integrar, no sólo de parte de los países receptores, sino también de la gente que llega. Sabemos que muchos migrantes no siempre aceptan la cultura ni respetan las leyes de la nación anfitriona. En algunos sectores, sobre todo bajos, abunda una especie de deseo de reconquista de Europa.

Otros países, como Canadá, consiguieron un equilibrio admirable en su apertura al recibir gente de muchos países y al mismo tiempo, lograr que los migrantes se muestren deseosos de integrarse, ser uno con Canadá. No fue fácil, pero a Canadá la respalda una importante práctica de inclusión de las minorías; aún queda el caso de Quebec, donde continúan los intentos de separación.

En este caso, el ideólogo Charles Taylor asegura que el diálogo intercultural es posible, siempre y cuando se reconozca al «otro». Señala también que la posibilidad de identidades múltiples es indispensable como base del progreso y la paz, pero también de la dignidad y la libertad individual dentro de una situación social concreta, así, la vida asociativa supera al individualismo y los desajustes de las relaciones humanas.

En la migración se ponen en juego dos fuerzas opuestas: la integración nacional y la defensa de lo propio (costumbres e ideas), ambas crecen continuamente y terminan en un choque cultural.

El punto de inflexión está en no convenir aquello que puede unir al otro para crear un proyecto en común: la mayoría de los migrantes llega de forma ilegal, y para un país inestable es difícil recibirlos y otorgarles una identidad legal.

Mucho más difícil es cuando el país sí es estable. Estados Unidos, Canadá, Australia y varios países de Europa padecen fluctuaciones que comienzan por la cuestión económica: los habitantes originarios de cada nación no ven con buenos ojos a quienes llegan de manera ilegal, porque les quitan, de alguna forma, fuentes de trabajo u oportunidades que en temporadas de crisis económica, como la actual, quisieran aprovechar.

Por otro lado, Alemania tenía un déficit de cinco millones de personas, del que salió adelante al aceptar la migración por necesidad: mano de obra que aportara para las pensiones que, en pocos años, necesitaría. Sin embargo, se trata de individuos sin la cultura, disciplina de trabajo o costumbres al que el país estaba habituado; ni siquiera prevalece el apego a la lengua alemana.

Otro problema grave es cómo pueden los estados justificar las inversiones para acoger a los migrantes, cuando dejan de atender necesidades propias de sus connacionales. Es un serio dilema, pero todo parte de tratar de sacar adelante un proyecto común, en el que se acepte ganar algunas cosas y perder otras.

 

QUE CAIGAN AL MENOS LAS FRONTERAS MENTALES

El conflicto está presente y se dispara en cuanto un país pierde estabilidad y entra en crisis. Obama anunció la Reforma Migratoria que acogerá a millones de mexicanos y de otros países, pero aún no se reconoce como ley. Es probable que el asunto continúe en debates sin necesariamente llegar a concretarse. Además, los mexicanos llevan consigo su cultura, costumbres y religión; no será fácil otorgarle una figura legal a tantos millones de personas.

Al respecto, México tampoco debe cantar victoria antes de tiempo. Perder de golpe a ocho millones de mexicanos, no es cualquier cosa. Desde que se anunció la ley, las remesas cayeron considerablemente. «¿Para qué enviar dinero de Estados Unidos a México?, mejor recibir a la gente».

La falta de estudio y análisis de los factores que definen a cada cultura, dará a pie a mayores problemas en el tema de la identidad nacional, ya que en la medida en que el hombre conoce y comprende al mismo hombre, las fronteras se tornan más delgadas.

En ocasiones, la historia es compartida, hay pérdidas y ganancias en común que distintas naciones enfrentan. Y aunque veo muy lejana la idea de que las fronteras desaparezcan como tal, si profundizamos en este conocimiento, sería mucho más fácil acabar con ellas, si no las físicas, por lo menos con las mentales.