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Los estragos del terrorismo merman nuestra conciencia. A poco más de una década del ataque terrorista contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, el furor continúa latente; el sentir, pensar y actuar del mundo está influido consciente y, sobre todo, inconscientemente desde el día en que se montó esa escena catastrofista, esta vez era en la vida real.

La representación mediática de la realidad ha quedado condicionada por nuestro acervo cinematográfico –incluso antes de esa fecha– e influye de modo directo en la forma en que los espectadores percibimos, atestiguamos y transmitimos los hechos.

Ya desde los años noventa, la pantalla grande sembró en el público la semilla de la violencia terrorista internacional a través de los géneros de acción y catástrofe, y surgió como ficción anticipadora del mundo actual. Cintas cinematográficas del ayer son hoy nuestra realidad. La saga Duro de matar (1988), por ejemplo, incluye simples delincuentes que se hacen pasar por terroristas, terroristas que sí lo son, aviones secuestrados y ciudades sitiadas.

Pero ahora la realidad supera a la ficción en su afán de imitarla. Óscar Wilde no estaba equivocado al decir: «la vida, la pobre vida humana, verosímil y carente de interés, trata de reproducir las maravillas del arte». (La decadencia de la mentira, 2004).

Los ataques de Al Qaeda del 11/IX elevaron la fascinación pública del terrorismo impulsada por el creciente miedo y la paranoia. No hay nada que ponga más en peligro la self-preservation que la muerte, fuente directa o velada de todos los terrores. Pero también es deleite y fascinación ante aquella amenaza; la suspensión de todos los movimientos del ánimo en la forma de un terror que atrae: el asombro. Perturbador, pero cruda realidad.

La unión entre esos sucesos y el mundo del cine, es patente. Hay quienes afirman que dos meses después de aquel atentado, Hollywood se puso a las órdenes del gobierno de Bush. Noventa altos ejecutivos de los principales estudios cinematográficos y cadenas de televisión se reunieron con Karl Rove, asesor del presidente, para transmitir al gobierno sus planes de realizar películas que favorecieran los puntos de vista oficiales de la guerra contra el terrorismo, con intención de vender el mensaje pro-norteamericano cara al exterior.

El objetivo era convencer a la opinión pública de los beneficios de la guerra preventiva y de la necesidad de la venganza, aunque fuera necesario limitar ciertos derechos civiles en favor de la guerra contra el terrorismo.

Michelle Lagny afirma que el cine «se puede considerar como un ‘testigo’ de las formas de pensar y de sentir de una sociedad o bien, como un ‘agente’ que suscita ciertas transformaciones, que vehicula representaciones (estereotipadas) o que presenta ‘modelos’ más o menos estúpidos y peligrosos (violencia, sexo, etcétera)». (Cine e historia. Problemas y métodos en la investigación cinematográfica, 1997).

El cine hollywoodense se inclina más por la segunda opción con miras a manipular la mente de los espectadores que, ávidos de información, toman por cierta cualquier cosa que se les presente como «veraz». El papel de los medios es ser «constructores ideológicos de la realidad virtual, de la ilusión radical que niega la realidad real mediante el ejercicio retórico de la hiperrealidad». (Jean Braudrillar, Cultura y simulacros, 1993).

¿Es verdad que el fin justifica los medios, como decía Maquiavelo?, o es una mera excusa para justificar el mal actuar en este caso, de personas y medios con fuerte influencia en la sociedad.

Lo cierto es que Hollywood aprovechó el vehículo más potente y directo para transmitir un mensaje: las imágenes. El mismo que utilizaron los terroristas fundamentalistas para crear pánico al dejar un EUA vulnerable, pues «esta violencia terrorista no es ‘real’, es algo peor: es simbólica». (Jean Braudrillar y Edgar Morin, La violencia del mundo, 2003).

Es de esperarse que la muerte de Osama Bin Laden genere filmes acerca de la supuesta victoria de Estados Unidos.