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A los niños de ahora les mueve poco el sentimentalismo; esperan, sobre todo, coherencia y sensatez, algo que los cuentos clásicos no siempre tienen, por más que hayan hecho disfrutar a muchas generaciones.

Los niños de este siglo XXI reaccionan de forma distinta cuando escuchan la narración del viejo cuento de Caperucita Roja o lo presencian en el guiñol. Piensan que la familia no era nada ejemplar. Una madre que tiene a la suya, con tantos años, viviendo a leguas de su casa es, para empezar, una mujer poco cariñosa; además permite que su hija se adentre sola en el bosque, por lo que también es egoísta y poco responsable. De haber tenido algo más de sentido común, habría acompañado a su hija en tan larga y arriesgada travesía.

El lobo feroz hace lo propio. Recibe la información, se adelanta a Caperucita, se come a la abuela que vive sola porque su hija no quiere tenerla en casa y se mete en la cama para esperar a esa tontita que le ha dado todas las pistas.

Llega Caperucita, no reconoce a su abuela y se cree el disfraz del lobo, lo que demuestra lo tonta que era la niña y lo poco que visitaba a su abuelita. Por eso cuando el lobo se zampa a Caperucita, los niños aplauden a tal punto, que los guiñoles suelen eliminar del cuento la figura del cazador que la salva.

fluvium.org/textos/etica/eti747.htm

06/XII/10