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Desde hace siglos, los árabes han maravillado a la humanidad con la pulcritud y perfección de sus mosaicos. Figuras con vibrantes colores y precisión en sus diseños, visualmente hipnóticas por su impactante belleza. La historia detrás de tales mosaicos es poco conocida: debido a que la religión musulmana prohíbe la representación de seres vivos, los artistas tuvieron que buscar otras alternativas.

Los mosaicos árabes son el paradigma de una ciencia medieval extremadamente avanzada y sofisticada, pero debían encontrarse imperfectos, pues la perfección absoluta podía «hacer enojar a Dios». De esa forma, los fabricantes de alfombras y arquitectos cometían conscientemente una falta en sus diseños.

Este mismo comportamiento puede observarse en otras culturas orientales. Nikko (imagen de arriba) es un centro religioso de Japón construido hace 350 años. El esplendor arquitectónico y escultórico del santuario demuestra la importancia de los patrones simétricos de la cultura japonesa. La portada del recinto interior del templo o «Puerta del Sol Resplandeciente» luce, en una de sus columnas, una falta consciente que rompe con el esquema simétrico.

El texto clásico japonés del siglo XIV, Ensayos sobre la ociosidad, articula el genio representado en el corazón de la portada del Nikko: «En todo es indeseable la uniformidad. Dejar algo incompleto lo hace interesante y le da a uno la sensación de que hay sitio para el crecimiento…».

Con información de Simetría de Marcus du Sautoy