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La ilusión es, entre otras posibilidades, una esperanza cuyo cumplimento se presenta especialmente atractivo. Así las cosas, quienes somos lectores, vivimos al amparo de una ilusión: la del descubrimiento de ese autor cuya obra hasta hoy desconocida para nosotros, y de pronto descubierta, se convertirá en un parte aguas, según un antes y un después, en nuestro ir y venir por el cosmos (que fácilmente puede convertirse en caos) de la literatura.

Para mí, en lo que va del siglo XXI, los dos grandes descubrimientos han sido, por orden de aparición, Sándor Márai e Irène Némirovsky, húngaro el primero, rusa la segunda, ambos con destinos trágicos. El holocausto en el caso de  Némirovsky, el suicidio en el de Márai, teniendo ambos otro común denominador: haber sido grandes novelistas, de la clase cuya lectura deja en el lector la huella del antes y el después. Márai y Némirovsky, víctimas, de una u otra o manera, de las que fueron dos de las peores dictaduras del siglo pasado: el fascismo alemán y el comunismo soviético.

Márai vivió entre el 11 de abril de 1900 y el 22 de febrero de 1982. Nació en Kassa, ciudad en aquel entonces húngara, hoy eslovaca, y murió en San Diego, Estados Unidos, polos de un trayecto geográfico que se explica por la necesidad que tuvo Márai de huir de Europa a la llegada del comunismo, polos que muestran (afirmación que no pasa de ser una conjetura de quien esto escribe) las peripecias (iba a escribir desgracias) de la vida de quien nace en el tiempo y el espacio del Imperio Austrohúngaro y termina suicidándose en San Diego, California.

A lo largo de ese trayecto geográfico –biográfico– Márai escribió algunas de las grandes novelas del siglo XX, mismas que tuvieron que esperar el ocaso del régimen comunista para ser descubiertas: El último encuentro, La herencia de Esther, La amante de Bolzano, La mujer justa, Divorcio en Buda, La hermana, La extraña, por citar aquellas ya leídas, sin olvidar su obra autobiográfica, hasta hoy en dos tomos: Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra!, y la más reciente aparición: Diarios 1984-1989.

Némirovsky vivió del 11 de febrero de 1903 al 17 de agosto de 1942. Nació en Kiev, pasó sus primeros quince años en San Petersburgo, de donde huyó, con sus padres, hacia París, en donde la alcanzó la Segunda Guerra Mundial, con el desenlace ya mencionado: su muerte en Auschwitz por causa del tifo. ¿Sus obras? En primer lugar El Baile, de 1930 y, en segundo término, Suite francesa, obra incompleta, perdida durante décadas, redescubierta en 1998, que narra la vida de los parisinos durante la ocupación nazi.

Retomo el tema, que no es ni Némirovsky, ni Márai, sino la ilusión a cuyo amparo esperamos los lectores. La ilusión, en mi caso, no tanto de leer a quienes vendrán, los nuevos escritores, sino de leer a quienes ya no están, los viejos novelistas, quienes, por las razones que hayan sido, no habían llegado a mis manos, razones que van, desde la pérdida temporal de un escritor y su obra, hasta el destino que impidió, en una de sus jugarretas, el encuentro entre ese libro y el lector.

Siempre me ha llamado la atención las veces que Jesús invita a sus seguidores a volverse, no niños, pero sí como los niños, «porque de éstos es el reino de los cielos» (San Mateo,
19-14); porque «quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él» (San Marcos, 10 -15); «porque de los que son como ellos es el reino de los cielos» (San Lucas, 18 -16) ¿Qué quiere decir Jesús?

Una de las características del niño es la ilusión: ser niño supone, entre otras cosas, vivir ilusionado, a la espera de algo cuyo cumplimiento resultará bueno. Que un adulto sea como niño quiere decir, de manera principal, que viva ilusionado, algo que yo le debo, no solamente, pero sí de manera importante, a la literatura, deuda que también he contraído con la música y el cine.