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Están de pie, al lado de una carretera, con un bosque a sus espaldas. Les tomaron la foto en un viaje. Tendrían unos 20 años de casados (hace más de 30). Él en un traje gris bien cortado, camisa blanca, corbata obscura y los mocasines tipo botín que acostumbraba; ella, a su lado, con un traje de hilo y zapatos bajos, para caminar sin cansarse. Los dos sonríen, como si vieran al futuro con alegría, pero también con una especie de madurez joven (debían tener 40 y pocos años).

Es difícil decir por qué una imagen de papel en blanco y negro puede transmitir tantas cosas; quizá es que recuerdo bien cuando eran así. Esa foto de mis padres sobre mi escritorio me transmite la confianza y el amor que se tenían y se siguen teniendo; alegres, seguros, confiados. Cuando enfrento situaciones de desaliento, verlos me levanta el ánimo.

Mis hermanos y yo debimos quedarnos en casa de mis abuelos o de algunos tíos, pues estábamos en secundaria y fue un viaje de varias semanas. La década de los 70 era buena para vivir en la ciudad de México: el aire no tan contaminado; la inseguridad, casi inexistente; algo de tráfico. Nos movíamos de un lado a otro en camiones de a tostón (50 centavos). ¡Y vaya que nos movíamos!, nos dejaban temprano en la escuela y regresábamos en camión; en las tardes, dos veces por semana íbamos a la zona rosa, a  clases de inglés en el IMNRC (Instituto Mexicano Norteamericano de Relaciones Culturales).

A las excursiones de fin de semana también íbamos en camión, los autobuses a la sierra del Ajusco partían del monumento a Álvaro Obregón; los que iban hacia Toluca, de la esquina de Colima e Insurgentes. A veces, los sábados incursionábamos rumbo al centro, a la calle de López, para comprar bulbos, cables, resistencias… Al final comprábamos unas tostadas de pata o unas tortas con cebolla cruda. Empezábamos a ir a fiestas y a bailar –con música de tocadiscos y una sola bocina– y bebíamos sanos refrescos.

MEZCLA ATINADA

Hace un tiempo, Fernando Bun, uno de esos raros amigos, de quien aprendía yo algo cada vez que conversaba con él, me dijo entre broma y broma que el secreto de la buena educación consiste en mezclar con cuidado dos ingredientes, exigencia y cariño. Es muy difícil exigir con cariño y también es complicado manifestar cariño, amor y al mismo tiempo, exigencia. Quizá muchos problemas del mundo actual se deban precisamente a la falta de exigencia cariñosa por parte de padres, maestros y sociedad en general.

En muchas ocasiones enfrentamos una contradicción paradójica: ni se exige, ni se manifiesta cariño verdadero. Cuántos padres que no exigen a sus hijos: «pobrecito, le voy a dar lo que yo no tuve» o «qué desdichado, le tocó vivir en una época muy difícil, por
lo menos que en su casa esté a gusto» o «paso tan poco tiempo con él, que le quiero dar gusto en todo cuando estamos juntos»… Y esta falta de exigencia equivale a una falta de cariño, pues implica descuidar la formación.

Cuando mi amigo me hablaba de los dos ingredientes, casi en automático pensé en mis padres, muy cariñosos (nunca he dudado siquiera de su cariño) pero muy exigentes. Exigían correspondencia a las facilidades que nos daban. Pero también, con razones curiosas, mi mamá decía «la mejor época de tu vida es la de estudiante, aprovéchala y prolóngala (con una maestría, no como «fósil»). Me impactaba su entusiasmo y con el tiempo reconozco que tenía razón.

El asunto de exigir con cariño tiene mucho que ver con el principio de subsidiaridad, mi papá lo aplicaba magistralmente, estaba en el momento oportuno, que no es el momento heroico; el momento oportuno es tiempo dedicado a platicar –sobre todo a escuchar–, a dar consejos cuando los pedíamos, y a estar disponible sin ser engorroso.

SANO REALISMO HOGAREÑO

Es difícil, muy difícil, marcar la línea que separa el genuino interés de la manipulación, el sentido de competencia («lo que yo he logrado y no tuve las facilidades de que tú dispones») de querer lograr que el otro realice, ayudándolo de manera subsidiaria, buscando el bien del hijo exigiendo, queriendo y respetando su libertad.

Exige quien es capaz de exigirse, y en este tema también, el mejor maestro es el ejemplo. Observar a mi papá aprender idiomas ya mayor, verlo esforzarse preparando propuestas de trabajo, ver su empeño cuando, ya cumplidos los 60,
decidió aprender computación, y lo hizo; y también –hay que decirlo–, verlo luchar internamente para bajar de peso, hacer ejercicio o dominar su carácter… fueron para mí y mis hermanos lecciones prácticas de exigencia personal.

Mi mamá es una de las personas más inteligentes que conozco, creo que nunca le he escuchado una estupidez. Parece que le tocó jugar el papel del cariño y lo hizo bien; ahora lo manifiesta de maravilla con sus nietos. En un mundo donde la mayoría de la gente hace lo posible para no recibir a comer en su casa, la de mis papás siempre está calurosamente dispuesta a acoger. Sin embargo, siempre nos exigió, no sólo en calificaciones, también en cariño y solidaridad hacia nuestros hermanos.

Las oportunidades de desarrollo profesional no abundaban en su juventud, estoy seguro de que en los tiempos actuales, habría sido una brillante profesional. Pero las circunstancias no la frustraron, ha sabido realizarse con los logros de hijos y nietos.

No quiero dar la impresión de que hablo de mis padres como si fuesen perfectos. No, son realistas, reconocen con sinceridad sus limitaciones y los aspectos menos amables de su temperamento y los aceptan sin querer imponer criterios o ganar «de todas, todas». Y de ese «realismo sin complacencias» también he aprendido.

Hoy mis hermanos y yo nos reunimos con gusto, como en una verdadera familia. Cuando era chico creía que mi familia era muy normal, ahora, sinceramente, agradezco el privilegio de que esos dos jóvenes maduros que, sonriendo y seguros, me ven desde una fotografía, sean mis padres.