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El lugar propio de la amistad es la persona. Bastan dos personas para que surja este fenómeno tan importante en la vida humana. Por ello, la amistad tiene su hábitat en las comunidades en donde alcanzan un valor predominante las relaciones de carácter personal, en aquellas en las que la persona se encuentra por delante de todo. Debido a que la amistad no halla fácil cabida en el mundo del mercado, del Estado y de la comunicación pública, es por lo que hoy ha perdido lugar en nuestra cultura. Es necesario, por tanto, desarrollar una topografía, un mapa de los distintos aspectos que presentan las relaciones amistosas. El conocimiento de nuestros modos de amistad es requerido también no ya para saber cómo es mi amistad, sino cómo soy yo, pues la faceta más constitutiva de nuestro Ich, de nuestro ser nosotros mismos, es precisamente la manera de relacionarnos con los demás.

Los modos de la amistad

Enunciaremos a continuación un conjunto de veinte acciones que el hombre ejerce en relación con sus amigos. Se trata de un elenco no exhaustivo, pero sí de actos estadísticamente frecuentes, y expuestos a propósito de modo desordenado: dominar, comprender a alguien, intercambiar, convivir, poseer, agradecer, dar, gozar, dialogar, sacrificarse, enseñar, corregir, ganar, perdonar, superar a alguien, acompañar, ayudar, corresponder, compartir, acoger. Estos diversos, heterogéneos, poliformes y ricos modos de relacionarse con los demás, han sido analizados en la antropología clásica recogiéndolos en tres grandes grupos, que constituyen las máximas –y únicas– categorías o géneros de amor: amor de necesidad, de reciprocidad y de dádiva.1

Amor de necesidad

El amigo es un instrumento

La amistad de necesidad genera una actitud que los clásicos denominaron desiderium o deseo. Se constituye el amor de necesidad cuando esta apetencia se califica específicamente como deseo de conseguir de alguien algo que él puede darme o yo puedo lograr de él. Es claro que una buena parte de nuestras relaciones de amistad se encuentran englobadas en esta categoría, determinada por las siguientes cinco posibilidades, de entre aquellas veinte que antes se enunciaron: dominar, poseer, gozar, ganar, superar a alguien.

El amor desiderativo o de necesidad entraña el peligro de cosificar a la persona de la que obtenemos algo, cuando la consideramos principalmente como medio de satisfacción de nuestros deseos, cuando no atendemos en primer término a la persona que necesitamos sino a la necesidad que tenemos de ella. Esta cosificación no es algo que sólo afecte a su destinatario. Como las relaciones con otros individuos nos identifican y constituyen, esta cosificación de otras personas se retrae hacia a mí, como boomerang, cosificándome.

La amistad de necesidad resulta, entonces, una amistad inestable, fácilmente transpuesta a situaciones enemigas, como puede verse con claridad en tantas organizaciones y empresas. El sistema de éstas es conseguir precariamente que tales enemistades no desemboquen en violencia; pero la violencia interna de los deseos internos de cada uno en pugna con los de los demás, no puede ser menguada por ningún sistema sino por una transformación de las personas, de la que surgirá la transformación de sus relaciones biunívocas.

Amor de reciprocidad

Como el flujo y reflujo del mar

Así como el amor de necesidad gira en torno al desiderium, el tipo de amor que ahora analizamos tiene su eje en la aequalitas o mutua reciprocatio, que literalmente significaría la transmisión de las almas amigas; yo te entrego lo que soy, si recíprocamente haces de tu parte lo mismo. La característica básica de este tipo de amor se encuentra en el condicional si. Porque la entrega queda reprimida hasta adquirir al menos la conjetura de que será mutua.

Entre aquellas veinte relaciones amistosas, las acciones que constituyen el amor de reciprocidad son: intercambiar, acompañar, dialogar, compartir y convivir. Si bien se ve, estas cinco acciones exigen necesariamente mutualidad: nadie acompaña, dialoga, comparte o convive, si no lo hace con otro, y viceversa. Sin la reciprocidad no puede hablarse de amistad en sentido estricto.

La reciprocatio era un vocablo latino muy expresivo, metafórico diríamos, de las relaciones amistosas, las cuales se alimentan, con un cierto ir y venir, dar y recibir, llevar y traer. Significaba literalmente el flujo y reflujo que hallamos en el mar; expresaba también el eco, que los latinos denominaban con el sugerente nombre, evocativo de la amistad, voces reciprocae, la reciprocidad de las voces.

Querer a alguien no consiste, de manera neta y simple, en querer al otro; sino especialmente en querer que el otro me quiera; pero si el querer del otro es a su vez un verdadero querer, habría de consistir en querer que yo lo quiera; de manera que el querer a otro significaría querer que el otro quiera que yo lo quiera, y así indefinidamente. Ya se ve que esta amistosa relación de intercambio puede discurrir por una vertiente de mutuo enriquecimiento y superación, en la que el amor recíprocamente nos personifica, como en la duplicación al infinito de los espejos imaginados por Jorge Luis Borges, o en la mirada mutua de los ojos que se ven entre sí, de Antonio Machado: «En la cosa nunca vista de tus ojos me he buscado, en el ver con que me miras».

Pero precisamente porque la relación de intercambio se encuentra condicionada al darse del otro, puede contaminarse con el amor de necesidad. Ello acaece cuando en el equilibrio de la balanza de la aequalitas o igualdad equitativa de las relaciones personales, prevalece o adquiere mayor peso el darse del otro que el darme mío. Se rompe entonces la mutua reciprocatio, para caer en un desiderium de peor calaña, por cuanto que se camufla de mutualidad.

Amor de dádiva

En el amor de necesidad, el hombre procura por sí, y el amigo es un instrumento al que uso –en buenos o malos términos– para satisfacer mis necesidades, sean reales –verdaderamente las necesito–, sean imaginadas –pienso que las necesito. En el amor de reciprocidad procuro por mí, pero en la medida en que también, equilibradamente, permito y aun acepto que el amigo procure por sí mismo. El amor de dádiva puede referirse también, es verdad, a bienes económicos materiales, pero para que surja, se requiere la existencia y consistencia social de otros valores no propiamente económicos, ni estrictamente materiales.

El amor de donación o dádiva es origen o efecto, a su vez, de una fuerza contrapuesta a la antes llamada desiderium. Por la effusio propendo, a veces también de modo impulsivo e irrefrenable, a compartir aquello que poseo, a entregar lo que tengo y lo que soy. No se requiere contar con conocimientos profundos de antropología para percatarse, a primera vista, de que la dádiva o donación es el acto prototípico de la amistad. No es verdad en modo alguno que el amor de deseo sea el paradigma del amor: lo es sólo para el que ignore o reprima la posibilidad del don de sí, con lo que implica de vinculante compromiso, y de sana y liberada renuncia. Los actos propios de la dádiva son los siguientes: corresponder, agradecer, dar, darse [don de sí], sacrificarse, enseñar, corregir, perdonar, comprender a alguien, acoger.

Para dilucidar el plexo existente entre la entrega o dádiva y el intercambio, es preciso hilar muy fino. El amor de dádiva suscita en el amigo una respuesta equivalente o superior. Es por ello que la mutualidad o intercambio se considera como propiedad característica de las relaciones amistosas. Sin embargo, este intercambio que se produce en el fenómeno amistoso de la dádiva, no debe confundirse con el que tiene lugar en el amor de reciprocidad, aunque en uno u otro caso empleemos vocablos presuntamente sinónimos.

La diferencia entre la reciprocidad y la dádiva depende de esa brevísima conjunción que antes utilizamos para describir el amor de reciprocidad: si. Se trata, como sabemos, de una conjunción que expresa la condición o el supuesto bajo cuya virtud una realidad se relaciona con otra. En la relación de intercambio mi entrega se hace si y sólo si recibo como condición o recibiré como supuesto, una entrega que tenga paridad de rango con la que yo les otorgo a los demás.

En el fenómeno antropológico decisivo que llamamos amistad se produce una espontánea respuesta a la dádiva; respondo no porque tal acto de dádiva mío haya sido la condición, establecida previamente; al revés, se trata asimismo de otra dádiva, de otro don, que no guarda nexo directo con el anterior. El sano lenguaje común –resucitado en este siglo por encima del pretencioso lenguaje científico– arbitra otra conjunción diferente, no condicional (si): adversativa (aunque). En lugar de: «si me has dado esto te respondo con aquello», o «sólo te daré aquello si me das esto», el lenguaje común lo expresa en la forma precisa de la dádiva mutua: «te doy esto aunque no me hayas dado nada». Quien sólo es capaz de pronunciar las conjunciones condicionales y no las adversativas no puede sobrepasar la amistad de intercambio para moverse en el libre ámbito de la dádiva.

1 Hemos profundizado al respecto de este tema en nuestra obra, La amistad en la empresa, FCE, México, 1a. reimp. 2007, caps. X-XII.