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Recurrir a fármacos para potenciar las capacidades de personas de buena salud, cada vez se acepta más. Al ser fármacos costosos, surge también el riesgo de nuevas desigualdades sociales, condicionadas por intereses económicos y que, además sólo confían en la ciencia para explicar qué somos.

La potenciación artificial de todas las capacidades humanas –físicas, intelectuales y emocionales– cuenta con una batería de medios cada vez más sofisticados. Ciencias como la informática, la farmacología, la neurocirugía o la nanotecnología se aplican para construir una verdadera utopía terapéutica cuyo objeto no son sólo las enfermedades, sino cualquier insatisfacción a la que quiera ponérsele remedio. Por su parte, y aunque al servicio del consumidor, el diván del psiquiatra advierte que no viene con garantía incorporada de proporcionar el equilibrio mental.

Fármacos del bienestar

Entre los logros programáticos de la filosofía expuesta en la web www.transhumanism.org hay uno de nombre elocuente: la «euforia sustentable», de la que se dice goza ya una minoría tratada con antidepresivos. «Hoy en día –sostiene la página– se encuentran en desarrollo fármacos que prometen a un número creciente de gente el elegir reducir drásticamente la incidencia de emociones negativas en su vida».

Aunque se reconoce que estas sustancias tienen efectos secundarios negativos para quienes las usan, los partidarios del «transhumanismo» confían en que el progreso de las investigaciones llevará finalmente a descartar estos riesgos y a concretar un ideal que explica el nombre del movimiento: «una era post-darwinista en la cual toda experiencia adversa pueda ser reemplazada por niveles de placer más allá de la experiencia humana normal.

»A medida que se desarrollen estas nuevas drogas más seguras, combinadas con terapias que actúen sobre nuestros genes, será posible la realidad de construir un paraíso terrenal», reza la glosa de David Pearce, el filósofo británico del utilitarismo negativo cuyo manifiesto, El imperativo hedonista, abunda en estos principios.

Potenciar las aptitudes

Étienne Klein, creador del Laboratorio de Investigaciones sobre las Ciencias de la Materia (Larsim) en el Comisariado para la Energía Atómica (CEA), ha señalado que la fe transhumanista parece entroncar con la mentalidad ilustrada y sus expectativas sobre el progreso.

El deseo del ser humano por mejorar sus aptitudes y condiciones mediante el uso de sustancias se pierde en la noche de los tiempos. El desarrollo actual de las ciencias cognitivas permite establecer el mapa de las diversas regiones y funciones cerebrales, lo que hace posible ubicar con exactitud la zona que es necesario estimular para obtener un determinado efecto.

Esto puede lograrse mediante sustancias químicas (medicamentos), bien con estímulos eléctricos (captadores), e incluso a través de la interconexión del cerebro a prótesis internas o externas, como los «exoesqueletos» probados en el mundo del ejército y de ciertas industrias.

Las nanotecnologías ofrecen la posibilidad de dirigir y dosificar el mensaje, químico o electrónico, de manera precisa. A la alianza de todos estos recursos se le llama convergencia NBIC (nano, bio, informática, ciencias cognitivas).

Según señala un reportaje de Le Monde, las posibilidades de la genética junto a la convergencia de las NBIC permitirán manipular los genes y su expresión proteónica de cara a «mejorar» el desempeño biológico no sólo de un individuo, sino también de sus descendientes.

Las investigaciones en materia de «epigenética», es decir del estudio de las interacciones entre el patrimonio genético y el entorno, abren en particular nuevos horizontes: experimentos han mostrado que ha sido posible modificar la estructura genética de seres vivientes.

Estimulantes del bienestar

Para lograr el edén transhumanista se aspira a superar los efectos colaterales que implica el uso de los fármacos del bienestar. Pero la diversidad y naturaleza de estas sustancias complican el panorama.

Están, por un lado, y quitando las drogas ilegales, ciertos medicamentos que poseen un efecto estimulante sobre las funciones biológicas, algunos, agrupados bajo el rótulo de «psicoestimulantes y nootrópicos», incluso se prescriben con ese único objetivo. Los más frecuentes, sin embargo, son los que se administran para compensar una insuficiencia patológica, como los antidepresivos, ansiolíticos o medicamentos para la demencia (contra las enfermedades degenerativas del sistema nervioso, del tipo del mal de Alzheimer).

La anfetaminas, descubiertas a finales del siglo XIX, se utilizaban en patologías pulmonares para dilatar los bronquios antes de que sus propiedades estimulantes pasasen a un primer plano. Como en el caso de la cocaína, se trata de sustancias que mantienen alerta y aumentan la actividad al favorecer la liberación de ciertos neurotransmisores (noradrenalina y dopamina) que van por el cerebro activando las células nerviosas.

Pero estos productos agotan las reservas de neurotransmisores, de modo que se hace necesario un tiempo de recuperación para que las células nerviosas sean capaces de volverlos a liberar. A este factor limitante se añade otro más serio: el riesgo de desencadenar una dependencia al producto.

Por otra parte, las anfetaminas y la cocaína provocan un fenómeno que acaba conduciendo a la privación del sueño, puesto que aumentan la fase onírica de nuestro descanso y con ella la posibilidad de pesadillas o de confusión mental, sobre todo para las personas mayores.

Riesgos y efectos secundarios

El uso de la anfetaminas se propagó en el curso de la Segunda Guerra Mundial entre combatientes de los dos bandos, y en particular entre pilotos de caza. La guerra  ha sido y sigue siendo uno de los grandes motores para el desarrollo de este tipo de sustancias.

Según un reciente informe médico del ejército de tierra americano citado por la revista Time, 12% de las tropas desplegadas en Iraq y 17% de las que sirven en Afganistán consumen regularmente antidepresivos (Prozac y Zoloft) y somníferos (Ambien).

Es probable que estas cifras sean inferiores a la realidad, porque muchos soldados afectados de PTSD (post-traumatic stress disorder, trastorno de estrés postraumático), no se atreven a contarlo a un médico o a un superior.

Una consecuencia grave del PTSD es la multiplicación de los suicidios. Así, 115 soldados pertenecientes al ejército de tierra americano se suicidaron en 2007 (frente a 102 en 2006), lo que se traduce en una proporción de 18,8 casos por cada 100 mil hombres. Ahora bien, 40% de las víctimas de suicidio en el ejército de tierra tomaba antidepresivos.

Nuevas desigualdades

Finalmente, la forma en que los intereses económicos condicionan el uso de medicamentos plantea serios dilemas. Se sabe que la producción anual de eritropoyetina (EPO) en el mundo supera cinco o seis veces la cantidad necesaria para cubrir las necesidades terapéuticas. Una explicación apunta a que existe un importante mercado negro destinado a los deportistas.

Potenciar las capacidades humanas mediante este dopaje científico plantea también el riesgo de nuevas y más drásticas desigualdades. Hasta ahora eran fuente de desigualdad el nacimiento, la educación, el entorno social, en fin, las condiciones de vida. Y se consideraba un signo de progreso conseguir igualdad de oportunidades que redujera esas diferencias. En cualquier caso, hay una naturaleza humana común –lo que los hombres comparten sean cuales sean sus condiciones de vida– y la lotería genética se encarga de redistribuir la dotación de cada individuo.

Sin embargo, ahora el progreso científico puede ir a contracorriente del progreso social. Los más ricos podrían pagarse esas «prótesis tecnológicas» que potenciarían su inteligencia, su rendimiento en el trabajo, su resistencia al estrés…

Esto les permitiría diferenciarse más aún de sus semejantes, con lo que se favorecería una jerarquía no solo social sino genética. Cabe preguntarse si esto no llevaría a diluir la idea de una especie humana común y a ver a los menos dotados como servidores de los otros.  (Aceprensa).