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Mireia de las Heras y Patricia Debeljuh comentan en un artículo de este número que el porcentaje de mujeres en puestos directivos es muy reducido en Latinoamérica, entre otras cosas, porque por decisión propia se detienen antes de alcanzar puestos de mayor responsabilidad, porque ponen por delante la atención a su familia.
En una entrevista, Martha Rivera considera que esta elección, más que un handicap es un plus. Piensa que es un asunto cultural en donde la familia pesa mucho y es interesante ver que, por atenderla, la mujer está dispuesta a renunciar a logros a corto plazo más atractivos. Esta realidad me remite a dos consideraciones. La primera es una declaración que acabo de leer surgida en un encuentro en Guadalajara. Salvatore Martínez habla de que el subcontinente latinoamericano implica para los países europeos y más avanzados, «una reserva de humanidad… una memoria viva de valores sociales, afectivos, familiares de la que servirnos», e insta a trabajar para que no se deteriore o se pierda.
La segunda se relaciona con una idea que el filósofo Daniel Innerarity mencionó hace unos años en una entrevista. (El País 3/III/01). Opina que en esta época más que revoluciones o grandes utopías se están gestando y concretando estrategias de cuidado, de recuperación y protección. Tras invertir tanto tiempo y energía en transformar la realidad, ahora nos preocupa cuidar y recuperar todo lo valioso de cada cultura que la vorágine del cambio aniquiló o puso en peligro.
Con relación al desarrollo de la mujer, sabemos que urge que muchas mujeres lleguen a puestos directivos y políticos elevados porque desde allí pueden impulsar más fácil la transformación de las estructuras y aportar la visión femenina a un mundo creado prioritariamente por varones, y por eso mismo incompleto. Además, se requieren todavía luchadoras revolucionarias y utópicas que defiendan a brazo partido un mundo menos injusto para sus congéneres de tantos países.
Y en todos los casos, son indispensables las «cuidadoras», las mujeres que protegen y se esfuerzan porque no desaparezcan tantos factores que no se tasan en moneda, ni en votos, ni en rating, y a la larga son lo más valioso de la vida. Se trata, dice Tomás Melendo, «de devolver la vida auténticamente humana, personal, cálida, jugosamente perspicaz, al conjunto de la familia y, a través de ella, y también directamente, a todo el universo».