Rate this post

ESTUDIOS, DESPACHOS, COCINA

Virgina Wolf –ícono del feminismo del siglo XIX y una de las novelistas que más disfruto–, en su ensayo A Room of One´s Own sostiene que la mujer ha estado destinada a «la fastidiosa dirección de una casa servil» y por eso no ha podido destacar como el varón. Durante siglos, «las mujeres han servido de espejos dotados de la virtud mágica y deliciosa de reflejar la figura del hombre, dos veces más agrandada». Lo que falta para que una mujer escriba novelas, añade, es que tengan «dinero» y un «cuarto propio».

Esa afirmación debe entenderse en su sentido más profundo. Un cuarto propio significa un espacio de intimidad e independencia. Basta mirar las casas antiguas para percatarse de que el despacho suele reservarse a los hombres. La mujer lo compartía todo: la cama, el baño, el escritorio.

La realidad de la mujer mexicana es más cruel de lo que el feminismo decimonónico pensó. Contrario a la creencia popular, el hogar no es el sitio donde trabajan más mujeres. Ni tampoco el dinero y la privacidad sus únicas carencias. Según estudios del INEGI, abundan las mujeres oficinistas sobre las amas de casa de tiempo completo. Incluso, el número de dependientas de negocios es mayor que el de mujeres dedicadas por entero al hogar.

NUMEROSAS FUNCIONES VACANTES

Aunque la mujer ha logrado salir del claustro doméstico, aún hay más amas de casa que profesionistas de alto mando. Sólo 27% de la población femenina con empleo es profesionista.

La incorporación de la mujer a las fuerzas del mercado no es, exclusivamente, conquista del feminismo. Tiene, también, un regusto de hambre y necesidad. En los estratos sociales más bajos de México, la mujer ha trabajado desde siempre para mantener su hogar. En la década de los 90, la población femenina económicamente activa de nuestro país –e incluía a niñas de doce años– superaba a la de los varones. De cada cien personas ocupadas, cincuenta y ocho eran mujeres. No es trabajo lo que falta a las mujeres, sino mayor preparación y más oportunidades.

El diagnóstico es más descarnado: sólo en las clases acomodadas tiene sentido la lucha de las mujeres por ingresar al mundo laboral. Las mujeres de los estratos más pobres siempre han necesitado ganarse la vida. Y justamente allí hay dos problemas: la irresponsabilidad del varón y las bajísimas oportunidades de trabajo para las mujeres por falta de educación.

Creo que es claro hacia dónde quiero ir: los modelos de familia «alternos» han existido en México desde hace décadas. Estos no tan «nuevos» modelos familiares son producto de la imperiosa necesidad de sobrevivir. Tan sólo en 2000, 60% de las mujeres económicamente activas tenían al menos un hijo. Lo que sugiere, por un lado, actividades laborales no remuneradas fuera del trabajo y, por otro, un creciente protagonismo de la mujer en la manutención familiar. En ese mismo año, de los 3.8 millones de familias monoparentales, 81% estaban a cargo de una mujer. Lo que significa 15 % del total de familias en México.

No podemos abordar la situación de la mujer con las categorías del siglo pasado. Desde hace años el «sexo débil» tomó las riendas de millones de hogares. El debate actual es cómo permitirles regresar a casa a quienes así lo deseen. La paulatina incorporación de la mujer al trabajo remunerado, implicó un abandono en tareas domésticas: cocina, educación, cuidado y el largo etcétera de labores tradicionalmente femeninas. Esas labores resienten la partida de la mujer. La gastronomía nacional, alguna vez lo mencioné (istmo, 292), recibió un fuerte golpe con la industrialización y la falta de tiempo. El ritmo de la sociedad industrial permite, escasamente, dedicar unos minutos al microondas. La sobremesa y apoyo a los hijos en las tareas es una misión imposible.

El mayor impacto lo han resentido las personas dependientes. En México, el aglutinante de la familia era la mujer. Tradicionalmente, la madre, abuela o tía cuidaban de los miembros más débiles. Desde que la mujer se sumó al mercado laboral, esas funciones quedaron vacantes, o cubiertas por mujeres heroicas en inverosímiles jornadas de 48 horas.

Los hombres no hemos sabido –o querido– llenar ese vacío. Niños, enfermos, ancianos y personas con discapacidad echan de menos los tiempos en que una mujer, amorosamente, se hacía cargo de ellos.

Antes, a este tipo de personas se les conocía como dependientes. Conforme la mujer ha salido del hogar quedan en desventaja y se convierten en una población vulnerable o desamparada. En la jerga de las políticas públicas, se utiliza una categoría social: vulnerabilidad, término técnico que no hace justicia a su situación. No estamos ante una población en peligro o totalmente impedida de integrarse a la sociedad. Sencillamente necesita un apoyo especial para su desarrollo. Dentro de una familia, un niño, un anciano, un enfermo es un dependiente, no un sujeto vulnerable.

En la medida en que la mujer pasa menos tiempo en casa y el hombre continúa formando parte de la leva laboral, la familia es incapaz de atender a estas personas: se convierten en un «problema» a solucionar mediante terceros. Los ricos lo hacen con nanas, choferes, sirvientas y enfermeras. Los pobres, de milagro, gracias, en buena medida al tejido social y de familia extendida.

DARLE LA VUELTA A LA TORTILLA

Frente a este escenario, me parece, existen tres posibles soluciones:

Primera. Pedir que la mujer se quede en el hogar. Propugnar la vuelta al encierro doméstico, empero, es ir en contra de la marcha histórica. Si algunas feministas no tienen la última palabra respecto de la equidad de géneros, muchas otras han conseguido importantes y encomiables conquistas que sería injusto echar para atrás. La mujer tiene todo el derecho a desarrollarse profesionalmente y con equidad de oportunidades. En la mayoría de los casos, el trabajo doméstico implica una menor disponibilidad de tiempo y una desventaja laboral para quien lo ejecuta. La solución no es encerrar a la mujer en la cocina. Esto es inadmisible.

Segunda. Exigir que el Estado asuma el cuidado de las personas vulnerables. De ser así, se necesitaría aumentar el número de guarderías, escuelas, asilos y centros especializados. Son medidas necesarias. Pero dejar toda la responsabilidad al gobierno, no sólo resulta ineficiente, sino impersonal: la institucionalización deshumaniza. Resulta utópico pedir que el gobierno de un país, además de servicios, otorgue amor.

Tercera. La corresponsabilidad entre mujer, varón y Estado. El cuidado de tal población corresponde a los tres. A mujeres y varones toca sensibilizarse ante las responsabilidades y derechos de su pareja. El papel del Estado consiste, por paradójico que parezca, en evitar la institucionalización de las personas: propiciar el cuidado de niños, enfermos y ancianos dentro de la familia.

Cierto: compaginar estos tres elementos, ha sido poco menos que un ideal. Sin embargo, en los últimos años, personajes de la política internacional, como Soledad Murillo, secretaria general de Políticas de Igualdad en España, han impulsado, en sus respectivos países, medidas sociales dignas de considerarse. No las suscribo irrestrictamente, pero merecen nuestra atención: licencias de paternidad, estancias matutinas para adultos mayores, reducción en las jornadas laborales, guarderías para niños con discapacidad o, apoyos económicos atinadamente distribuidos.

Esta nueva ola de políticas sociales nos permite soñar con una tercera vía en aras del beneficio e interés de la población más necesitada. Mi intención no es hablar sobre ningún programa específico para evitar discutir sobre política concreta. Tan sólo espero que, cuando me llegue el momento de requerir cuidados especiales, pueda contar con un poco de amor y no sólo con una tarjeta de despensa. Y eso, estoy seguro, es algo que sólo se puede obtener dentro de la familia.