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Etiología del error
Carlos Llano
Ensayo
EUNSA. Madrid, 2004


Junto al error, estudia el acierto; frente a lo histórico, revisa
lo actual; al lado de las causas, apunta los remedios; a cada respuesta, acompaña una propuesta.

Yo solamente veo bolas que chocan unas con otras, pero no veo, por ninguna parte, las ?causas?». Estas palabras expresó a sus discípulos uno de los paladines del empirismo al tratar de demostrar la irrealidad de los abstractos conceptos de la metafísica. En concreto, del concepto «etiología» como el estudio de las causas de un fenómeno. Para ello se valió de un sencillo experimento: golpear, con el taco correspondiente, una primera bola que, a su vez, hizo chocar entre sí las demás dispuestas sobre el lienzo verde de una mesa de billar.

Así creyó demostrar la inconsistencia de la clásica teoría de la causalidad. Sin embargo, lo único que demostró fue que para entender la causalidad, hace falta una potencia distinta y superior a la sensible.

Esto recuerda la muy conocida reacción de Platón cuando uno de sus críticos, renuente a la conceptualización filosófica, le objetó: «Yo veo caballos concretos, pero no veo “naturalezas” de caballos». Platón contestó: «Eso demuestra que tienes ojos, pero no inteligencia».

¿QUÉ CAUSA EL ERROR?
El mismo título del libro de Llano resulta sugestivo desde la primera palabra: etiología (del griego aitía, aítion: causa). Podemos entenderlo como el estudio de las causas lógicas o reales, éticas o psicológicas que propician que cometamos errores; o el análisis de la relación entre el error y sus causas.

«Consideramos -explica- que la problemática del error debe tratarse desde sus razones últimas, lo cual se consigue analizando el sujeto que se equivoca, ya que, como se verá, el entendimiento de suyo no comete errores. El error es humano».

En dos asimétricos apartados, con estilo crítico, filosófico y pedagógico, analiza una realidad universal e intemporal: el error.

Los seres humanos cometemos errores tanto en la vida práctica como en la especulativa. Por ello necesitamos conocer algunos de los más comunes que se dan en la razón práctica -ámbito donde nos manejamos como hombres comunes y corrientes-, antes que los de la razón especulativa.

En efecto, el error tiene sus causas y una vez causado es causa de muchos otros efectos, no necesariamente erróneos. Ha provocado muchas discusiones en la historia del pensamiento, ya sea para estudiarlo, enmendarlo, corregirlo o prevenirlo, se ha convertido en asunto de vieja solera filosófica.

¿SE PUEDE EVITAR ERRAR?
Llano analiza el error desde su radical complejidad y lo trae a dimensiones más pragmáticas de la vida humana. Desde el análisis de «las trampas o falacias motivadoras de algunos de los errores de la razón práctica» extrae interesantes conclusiones antropológicas y éticas. Junto al error, estudia el acierto; frente a lo histórico, revisa lo actual; al lado de las causas, apunta los remedios; a cada respuesta, acompaña una propuesta.

Presiona un timbre de alarma para quienes se inquietan excesivamente por la eficacia, mostrando que puede ser, al menos, de dos clases: la del dinamismo directo, de la fuerza que produce, dirige y organiza; y la del intelecto, de la verdad y el bien. Clara invitación a dirigir nuestros esfuerzos hacia la eficacia del intelecto bien formado y la reflexión crítica, atenta y reiterada.

El trabajo puede interpretarse como oportuna respuesta a la teoría del conocimiento de la modernidad que permea la cultura del siglo XXI que comenzó, según Hannah Arendt, con la duda cartesiana. Esta escuela de la sospecha (Nietzsche), se inaugura con una primera pesadilla: la duda sobre la efectiva realidad del mundo y la aptitud de la mente humana para conocer con certidumbre.

Si no se puede confiar en la verdad de la tradición ni en la de los sentidos -la razón, el sentido común o el testimonio ajeno- entonces todo lo que consideramos realidad o fantasía, verdad o falsedad, son modalidades de un mismo sueño, ilusión o, peor aún, de una alucinación. La modernidad surgió por un intento de evitar toda posibilidad de errar al juzgar la realidad. De ahí que en esa época las preocupaciones fueran lógicas y metodológicas. El ansia de autocercioramiento, una vez que se rompe con la objetividad, obligó a la filosofía a convertirse en mera reflexión sobre sí misma, lo que propició, entre otros efectos, una larga cadena de roturas que se dispararon en direcciones a veces contradictorias.

YO PIENSO,
YO OPINO, YO SIENTO QUE…

Sin perder de vista la esencial unidad del sujeto que conoce, acierta o yerra, Llano analiza con recursos clásicos y críticos los elementos del error. Se refiere a un sujeto que no está sólo ante una realidad que puede conocer y en la que puede actuar, sino que él mismo es una realidad que forma parte de un todo real que se ofrece al conocimiento humano como múltiple y diverso.

«Si no fuéramos capaces de juzgar sobre la realidad, no seríamos capaces de verdad ni de falsedad. A diversidad de objetos corresponde diversidad de métodos. Es el objeto quien lleva la iniciativa; quien indica la forma en que “quiere”, en que “debe”, en que “permite” ser estudiado. Así, la reflexión sobre el objeto se constituye en el pastor del método.

Reflexionar con fundamento en la cosa, se presenta como el mejor remedio contra el error. La reflexión crítica invita a pensar y a pensar bien; a conocer y a conocer con verdad. Llano recuerda que en la reflexión tenemos el máximo remedio para no caer en el error o, en su caso, salir de él.

EL ERROR ES DIVERTIDO
También podemos considerar -si se me permite una breve digresión- que el error, además de polimorfo y evasivo, resulta divertido. Porque los hay que se revelan de inmediato, como el que dice: «Es muy difícil profetizar, sobre todo tratándose del futuro». Otros, en cambio, parecen errores y no lo son. También se lanzan afirmaciones que parecen acertadas y son errores de graves repercusiones, como cuando Milán Kundera afirmó: «El que crea estar seguro de su verdad, es un imbécil». (Bastaría preguntarle: ¿está usted seguro?).

Como quiera, la inevitabilidad de los errores humanos, indica que el error posee cierta necesidad y una determinada función en la vida del hombre (apelo al principio de razón insuficiente apuntado por Llano: «nada es a tal punto contingente que no tenga en sí nada de necesario»).

Quizá la primera y fundamental función del error sea hacer sentir al hombre la tensión constante en la que se encuentra, entre su inexorable tendencia natural a conocer la verdad con certeza y la constatación vivencial de su no menos natural proclividad al error.

Con razón se dice que indagar y poseer la verdad en su sentido más pleno, no puede ser obra de una sola persona, por sabia que sea; ni siquiera de una generación; es labor de toda la humanidad a lo largo de los siglos. Consciente o inconscientemente, todos participamos en esa perentoria odisea a partir de lo que Dante llamó la pregunta eterna, que no se atrevió a ubicar en el Paraíso, sino en el infierno.

En esta nostálgica indagatoria unos ayudan con sus aciertos y otros, paradójicamente, con sus errores. Errores que propician nuevas investigaciones, descubrimientos, redefinición de problemas, empleo de instrumentos más eficaces, etcétera.

UN MODO
DE ENTENDER AL MUNDO

Quien lea esta obra en clave pedagógica encontrará interesantes consideraciones para la teoría y la práctica educativas que es mucho más que transmitir conceptos e ideas. Consiste, sobre todo, en enseñar a los jóvenes a «juzgar la realidad», de tal modo que comprendan su complejidad y que el espíritu del hombre cuenta con fortalezas y debilidades. Ayudarlos a reconocer que el error es posible y que el misterio existe.

La vida intelectual más que un simple adiestramiento, aprendizaje o acumulación de conocimientos es, ante todo, enriquecimiento del espíritu por el ser y por todo lo que hace de la realidad un conjunto coherente para comprender la finalidad de la vida y descubrir los medios para alcanzarla. La reflexión, impelida y profundizada por el contacto y frecuentación del ser, revela con más claridad nuestro ser, nuestro querer ser, nuestro poder ser y nuestro deber ser.

El autor recuerda que las causas éticas y psicológicas del error tienen remedio, y que la educación es responsable de brindar tal terapeusis.

La experiencia de leer Etiología del error, además de aleccionadora, deja con ánimo optimista. Llano apunta que el error es una desgracia de la que podemos obtener múltiples provechos. Recuerda las consoladoras palabras de Séneca cuando señala que: «la naturaleza nos ha hecho débiles, falibles, y nos ha dado una razón imperfecta. Pero también nos dio la inteligencia, fuerza y docilidad suficientes, para perfeccionarla».