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En el segundo ciento de Las burlas veras, Alfonso Reyes dice que no se avergüenza de su fascinación por las novelas policiacas. Y es que, entre otras virtudes del género, las cosas más inesperadas se aprenden en ellas. Por ejemplo esta, que a Reyes se le antoja una pepita de oro:

¿Sabe usted cuál es el secreto del poeta? Comienza usted co cualquier idea que se le haya ocurrido, y luego las exigencias de la rima lo fuerzan a decir algo muy distinto, y siempre mejor de lo discurrido por usted. Y a esto se llama inspiración. (John Dickson, The Lost Gallows).

Así es como se borra de un plumazo, sin alejarse demasiado de la verdad, la historia entera de las teorías estéticas, desde el Ión hasta las represiones sublimadas de la teoría psicoanalítica.

En The Moonstone, del británico Wilkie Collins, llama nuestra atención otra alhajita, una que pretende barrer, con la escoba del sentido común, la historia de la curiosidad científica. Habla Gabriel Betteredge, mayordomo de la casa Verinder:

A la gente noble en general le espera un fardo muy incómodo en la vida -el fardo de su propia ociosidad. La vida se les va, en su mayor parte, buscando algo que hacer, y es curioso advertir -especialmente cuando sus gustos son del tipo intelectual- con cuánta frecuencia incurren ciegamente en algún pasatiempo malévolo. Nueve de cada diez veces les da por torturar o echar a perder algo -y ellos creen firmemente que están cultivando su inteligencia, cuando la pura verdad es que están haciendo un tiradero en la casa. Los he visto (a las damas, lamento decir, tanto como a los caballeros) salir día tras día con sus redecillas y atrapar tritones, arañas, escarabajos y ranas, y volver a casa a clavar alfileres en aquellos pobres infelices, o cortarlos en pedacitos sin pizca de remordimiento. Verá usted al señorito o a la señorita estudiando afanosamente las tripas de una araña con una lupa, o se topará con una de sus ranas bajando las escaleras sin cabeza -y cuando uno pregunta qué significa esta cruel bellaquería, le dicen que significa una inclinación del señorito o la señorita hacia la historia natural. Otras veces los verá usted ocupados por horas arruinando una hermosa flor con instrumentos puntiagudos, por mor de una estúpida curiosidad de saber de qué está hecha. ¿Es más bello su color, o su aroma más dulce, cuando uno ya sabe? (…) Frecuentemente resulta pesado, a qué dudarlo, para las personas que están realmente obligadas a ganarse la vida, verse forzadas a trabajar por las ropas que las cubren, el techo que las cobija y la comida que las mantiene andando. Pero compare usted el más arduo día de trabajo que haya tenido con la ociosidad que disecciona flores y se abre camino dentro de los estómagos de las arañas, y agradézcale a los astros que su cabeza tiene algo en lo que debe pensar, y sus manos algo que deben hacer.

-¡Otra pepita de oro del sentido común!- está uno tentado a decir. El mayordomo de Lady Verinder nos entrega un razonamiento que divide al ser humano en dos especies: el de temperamento científico y el de temperamento práctico. Su ingeniosa parodia del temperamento científico comprende lo mismo a Aristóteles, el primer ocioso que se puso a clasificar plantas (sin mejorar con ello su color ni su aroma), que al párvulo que desarma un aparato de radio para ver qué tiene dentro y cómo funciona. Los de temperamento práctico son los que dedican sus horas a ganarse honradamente la vida.

Muchos siglos antes, sin embargo, Tales de Mileto había demostrado que la división era falsa. Y es que otros tantos mayordomos, de sentido altamente práctico, se burlaban de él porque pasaba mucho tiempo mirando las estrellas, y así un buen día vino a dar de bruces en un pozo. El distraído Tales consiguió taparles la boca cuando, habiendo previsto mediante sus ociosos cálculos meteorológicos una abundante cosecha de aceitunas, arrendó las numerosas bodegas necesarias para almacenarlas, y se hizo rico, presumiblemente con el fin de poder seguir ocioso.

En cuanto al pesado fardo de las clases acomodadas que consumen su vida tratando de encontrar cómo matar el tiempo, el sentido común del mayordomo sigue sin refutación. Sólo que no es lo mismo el ocio que el ocio.

* Un encefalograma reciente reveló que José Montelongo (coautor de Ética para adolescentes posmodernos) divide su actividad cerebral de la siguiente manera: un tercio para pensar en beisbol, otro para leer novelas y el resto para mantener el equilibrio cuando anda en bicicleta.