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Siguiendo los rastros cibernéticos

Un mundo donde todos saben todo de todos es una distopía conocida. En esos mundos temibles, el malo suele ser un gobierno siniestro, sediento de información y control. Pero existen otros posibles resultados, menos pesimistas. Un mundo sin secretos podría engendrar una cultura más tolerante, con individuos más fuertes y mejor informados.

Los ciudadanos de los países desarrollados ofrecen información sobre sí mismos en un grado hasta ahora desconocido. Las autoridades exigen los datos de las personas para volar, atravesar peajes, cruzar fronteras y entrar a edificios públicos. Todo el mundo puede conocer los rastros cibernéticos que deja la gente.

La ironía es que la red que parecía prometer la posibilidad de explorar el planeta sin tener que mostrar el rostro, se ha convertido, por el contrario, en poderosa fuerza contra el anonimato. La mayor parte de la información sobre los movimientos de cada persona en la red es fácil de averiguar. Las repercusiones fundamentales de esa tendencia tienen que ver con la tolerancia de las sociedades hacia la diversidad y el reconocimiento de la capacidad de cambio del ser humano.

Esta transparencia sin precedentes puede forzar un auténtico cambio cultural, una especie de norma sobre la prescripción de las reputaciones. La curiosidad seguirá existiendo, pero es posible que la consecuencia final sea una comprensión mejor de cómo pueden cambiar las personas.

En la práctica, la gente está cambiando el anonimato por una voz. La red permite a los individuos relacionarse con otros, no sólo como consumidores, sino como negociadores activos que definen unos requisitos que otros deben cumplir. Este efecto se ve especialmente en los campos comercial y social. A medida que se desvanezca el anonimato, seguirá planteándose una pregunta crucial: ¿Obtenemos tanto como lo que estamos dando?

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