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También merece respeto el rostro rudo, apergaminado y sucio, con su sencilla inteligencia, porque es el rostro de una persona que vive como debe vivir un hombre.

 

THOMAS CARLYLE

 

 

LOS MÁS MISERABLES

Existe en Los miserables una escena conmovedora, pocas veces recordada. Seis de junio de 1832, once de la mañana, Jardín del Luxemburgo, en París, junto al estanque grande, detrás de la casita verde de los cisnes, dos niños pobres tiemblan por el hambre, que no les deja siquiera escuchar el tañer de las campanas. Las quejas del menor hostigan el tedio sin resolver el problema.

Casi a la par de los niños, un hombre, rondando los cincuenta, se acerca con su hijito de seis, al estanque. Son vecinos acomodados con la facilidad de disfrutar el parque cuando las puertas están ya cerradas puesto que su casa da directamente a él. El niño llora, su pastel está duro y le repugna. Los ojos hambrientos de los pobrecitos no conmueven al burgués, más bien, le incomodan: «Éste es el principio. La anarquía entra en el jardín». Y entonces, en un acto de perfecta ecología, el hombre arroja el bollo a los cisnes. El viento trae hasta allí, al mismo tiempo, los siniestros ataques a las Tullerías: se había desatado la revuelta. La prudencia aconseja al hombre volver a casa, y se va con su hijo.

Victor Hugo mitiga el dolor de esta escena: los niños desgraciados se ayudan con una ramita y consiguen rescatar el pan, anticipándose a la carrera de los cisnes. No importa que esté mojado, lo devoran. La injusticia social del siglo XIX encendió la sensibilidad de numerosos autores. Dickens, Stevenson y Hugo combatieron la crueldad en todas sus formas. Victor Hugo pensaba que el peor de los males morales es la crueldad.

En la amplia gama de miserables, los peores son quienes infligen sin motivo dolor a los inferiores. Ése es el núcleo de la crueldad: el dolor sin provocación, deliberado, a un ser inferior, donde inferior es casi siempre sinónimo de indefenso. Los últimos meses hemos asistido a episodios de guerra profundamente repugnantes. Las torturas en la prisión Abu Ghraib reivindicaron in situ los mismos abusos de Sadam Hussein. La pretensión de liberar a Iraq de un dictador y establecer una democracia donde se reconocieran los derechos humanos se revirtió en el peor de los desprestigios. Inventaron sus argumentos y pisotearon a los más indefensos de modo gradual y progresivo: la mayoría de los presos fueron arrestados sin cargos, escasean los abogados y los juicios, y ahora, con la novedad de que torturan. La indignación es global.

Se han escuchado dos o tres lamentos por discutir este asunto con mayor escándalo o vehemencia que otros, donde más vidas están comprometidas. De acuerdo. También es ingenuo suponer que sólo en esta guerra se ha torturado, o sólo en esa cárcel. La tortura ha estado presente en todas las guerras; la guerra misma es ya una tortura colectiva, tanto para el pueblo atacado como para los soldados que combaten.

Se había dejado de practicar abiertamente la tortura para tolerarse, y se dejó de tolerar para prohibirse; ahora, cuando las garantías individuales, en teoría, están mejor protegidas que nunca, las fotografías son una poderosa llamada de atención para las fuerzas implicadas y para la inteligencia humana. Cualquier persona debería sentirse apelada.

LA VIDA COMO ABURRIMIENTO

El 26 de junio de 1987 entró en vigor la Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos y degradantes, firmada en 1984 por los países miembros de la ONU. El artículo primero define tortura como «todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves (severe pain), ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. No se considerarán torturas los dolores o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean inherentes o incidentales a éstas».

Susan Sontag en «Regarding the Torture of Others» [1] delata la estrategia del gobierno estadounidense de hacer trucos con las palabras. No han reconocido, advierte la escritora refiriéndose en especial a Rumsfeld, que se trate de «tortura». En discursos y declaraciones han empleado eufemismos como abuso o humillación (la declaración paradigmática es la del 4 de mayo).

Sin embargo, abuso y humillación no son palabras exactas. Faltan a la verdad. Torturar es más que abusar, rebasa también el sentido de humillar. Tortura tiene una connotación más fuerte y siempre implica la presencia física de la víctima. En cambio, no siempre se abusa enfrente del otro; de hecho, la ausencia del implicado es muchas veces la ventaja para abusar, como los típicos abusos de confianza o de autoridad. Éstos tienen carácter cotidiano, la tortura no. La definición habla de severe pain. ¿Acaso se refugian en el adjetivo severe? ¿Qué tan fuerte es el dolor de los presos en Abu Ghraib, o qué tan fuerte debe ser para que Rumsfeld lo llame tortura? La Cruz Roja encontró en octubre de 2003 prisioneros en Abu Ghraib que «que presentaban signos de dificultad para concentrarse, problemas de memoria, dificultad para la expresión oral, discurso incoherente, reacciones de intensa ansiedad, comportamiento irregular y tendencia suicida» causados por los eufemísticos «métodos de investigación» [2] .

La Inteligencia estadounidense contempla diversos métodos de investigación en Afganistán, Guantánamo e Iraq, que aposta se deslindan de la Convención de Ginebra. Los testimonios de los soldados acusados dejan ver un sistema condescendiente con la brutalidad de los métodos. Los soldados del escalafón más bajo tienen amplia libertad para actuar a su antojo. Está comprobado que en muchos casos de tortura no había un móvil de Inteligencia, como denota el ejemplo extremo de los reporteros de Reuters. [3] Tras seguir los pasos de Eichmann en Jerusalén, Hanna Arendt acuñó la expresión mal banal para conjuntar los porqués de los nazis contra los judíos. El mal radical se presenta con un rostro feroz, casi demoníaco.

El mal banal, en cambio, se disfraza de trivialidad y emerge en un contexto cultural donde la facultad de juicio no se ejercita, ni se mantiene viva la diferencia entre el bien y el mal en la memoria de los hombres. Los nazis llegaron a matar judíos sin percatarse de la gravedad moral de sus acciones, y algunos incluso convencidos de obrar bien. Un sofisma político, utópico y racial les animaba. Aunque la situación en Iraq es análoga a la descrita por Arendt, existe una diferencia perversa: ninguna ideología motivó a los soldados a torturar a los prisioneros, ni siquiera la urgencia de una confesión. Lo más indignante es constatar que actuaron por mero aburrimiento. [4] Toda guerra desgasta, es tediosa, se deben soportar largos periodos de inactividad y el espíritu está pronto a desquiciarse. Pero ni esas circunstancias ni otras peores justifican las torturas, mucho menos por parte de (supuestos) soldados profesionales. Las sonrisas, los ojos divertidos, los thumbs up!, las miradas de aprobación y triunfo con los brazos cruzados de los verdugos no dejan lugar a dudas: deseaban pasar un rato divertido. [5]

En la sociedad estadounidense de hogaño, el consumo de entretenimiento no parece tener fin. Los recursos son múltiples y abarcan todo el espectro imaginable, desde viajes comerciales al espacio hasta antidepresivos. Quizá el programa de la cadena FOX de hace un par de años, The Chamber, fuera una premonición de lo que sucedió en Iraq. Robert Fisk resumió el fenómeno con la expresión tortura como entretenimiento en su artículo del 10 de mayo pasado [6] .

Peer Gynt, el personaje de Ibsen, observó con certeza: «lo que gusta es lo extravagante cuando se ha disfrutado de lo corriente hasta la saciedad. En lo regular se frustra toda fascinación ¡Lo normal cansa!». Sólo así se puede comprender el horror de Abu Ghraib. La razonable conmoción de la opinión pública por las torturas de los soldados a los prisioneros iraquíes queda gravada por otros factores. Es necesario repudiar la ironía, tras haber invadido el país, supuestamente para restablecer un Estado de Derecho, el carácter sumario de los encarcelamientos y las implicaciones sexuales de las torturas [7] .

Y por si fuera poco, el hecho mismo de hacer fotografías transmuta la ironía en cinismo. La connotación sexual de las torturas posee una gravedad particular. El hombre debe ocultar algo, explicaba hace poco Gabriel Zaid: «es una expresión del sujeto que se niega a ser objeto. Yo soy más de lo que estás viendo, y ese más no reside en lo que oculto sino en lo que soy; una persona a cargo de mis actos, no un simple objeto de los tuyos». [8]

La faz es la parte del cuerpo más significativa, donde residen casi todos los órganos sensoriales, y por la cual se nos reconoce públicamente. Todo documento oficial incluye una fotografía del rostro, por ser, de lo propio, lo más público. No hay pasaportes con fotos de rodillas o dedos meñiques, a pesar de que cada rodilla y cada dedo meñique es también distinto. Por eso es un factor de especial gravedad que cubrieran los rostros de los presos y los desnudaran. [9]

Se oculta lo más público y se expone lo más privado. Por añadidura, como si eso no bastara, se les esposan los pies y las manos, los únicos recursos de un hombre desnudo para defenderse o para huir. El prisionero, ese objeto sin rostro, esa cosa tan sucia y despreciable provocaba tanto asco, que los verdugos usaban guantes de limpieza. Frank Rich asegura incluso que la cultura de lo sexy y el consumo masivo de pornografía (desde MTV y Britney Spears hasta Paris Hilton) pueden explicar mucho de lo sucedido en Abu Ghraib. La dieta cotidiana de violencia y sexo en la televisión y el cine junto a la depravación harto conocida de la clasemediera estadounidense son responsables, en buena parte. [10]

MIRAR EL DOLOR DE LOS DEMÁS

Una tradición iniciada por Aristóteles, continuada en nuestros días por Paul Ricoeur y McIntyre, entre otros, insiste en la necesidad de entender la propia vida como narración. La sabiduría popular (mexicana) también lo ha visto. Juan Rulfo lo escribe así: «Está bien que uno no esté para merecer. Ustedes saben, uno es arriero. Por puro gusto. Por platicar con uno mismo, mientras se anda en los caminos» [11] .

Todo hombre platica consigo mismo a lo largo de la jornada. La vida es una historia que nos contamos a cada momento, al cónyuge por la noche o a Dios los domingos. Para configurar esta autobiografía es preciso reflexionar sobre la propia vida y asumirla como una narración. Sin embargo, el imaginario colectivo se ha transformado con la televisión y el cine. A la teoría de la narración podríamos añadir la necesidad de hacer con nuestra vida un álbum fotográfico. Así, se pueden sintetizar algunos recuerdos en una imagen, de la que uno mismo es actor. De la infancia más remota, sobre todo, generalmente se poseen algunas imágenes sueltas, que las historias de los mayores han terminado por apuntalar y sostener. Todos los días se discriminan millones de imágenes. Sólo unas pocas, significativas en extremo, perdurarán a lo largo de los años. De la misma manera, la autobiografía que uno se cuenta a sí mismo cada momento es una historia con ilustraciones.

Escribir un diario o tomar fotografías (ahora videos) son recursos para extender la memoria y vigorizarla. Sucede, en ocasiones, que habíamos olvidado algún suceso, pero cuando alguien nos lo recuerda, o lo leemos en una vieja agenda, ya no lo podremos olvidar. El mismo fenómeno acaece con las fotografías. La realidad, sea como sea, se pone en una cartulina fotográfica, y se la mira, porque recordar es vivir, revivir y volver a vivir. Una fotografía captura lo instantáneo.

Cartier-Bresson, acaso el fotógrafo más reconocido del mundo, señaló que una fotografía busca captar un instante que resuma la situación, con todas sus acciones y personajes. Hay un instante preciso en que las tensiones se conjuran y acuden a la lente. Al menos eso se pretende. Por eso es cruelmente lógico que los torturadores acudieran a las cámaras para congelar esos momentos y enviar las fotografías a sus amigos y familias en Estados Unidos.

Tal vez les escribieran que, de vez en cuando, la guerra se hacía llevadera. O tal vez, como sugiere Sontag, se trataba sólo de conservar esos recuerdos, pues en su condición trivial de guerra, Iraq ofrecía nuevas maneras de hacer turismo. Las fotos serían souvenirs, quizá incluso trofeos de la guerra ya agotada. ¿Qué imágenes se perpetuarán en sus memorias? ¿Qué contarán a sus hijos y nietos? ¿Qué tipo de autobiografía están escribiendo? ¿Quisieran ilustrarla con estas fotografías? Que los soldados hayan posado con cadáveres y hombres torturados es un acto de absoluto cinismo y crueldad vil (pleonasmo). La fantasía pornógrafa de los soldados redujo a los prisioneros a lo más bajo.

Joanna Burke señaló, con acierto, que borraron las fronteras entre la pornografía y la tortura. [12]

¿Qué experimenta uno con las fotografías? Los sentimientos son numerosos. Pena y compasión por el victimado, sin duda, y ánimos de remediar su situación. Auténtico asco por el torturador, pero también pena, pues al final quedan más empequeñecidos que los mismos prisioneros: si éstos fueron objetivizados, los otros se redujeron libremente a objetivarlos. Y eso es peor. De nuevo Zaid: «ofrecerse como objeto de los que ven sin ser vistos, o reducir una persona a eso, degrada la inteligencia. No asumirse como una inteligencia frente a otra, sino como un objeto frente a un sujeto, o como un sujeto frente a un objeto es no entender la realidad: ser poco inteligente». [13]

Los soldados inspiran pena y repulsión, pues la tortura es fruto de una deliberación prepotente y calculada. Elegiríamos como amigo antes a un torturado que a un verdugo, de manera similar a como, en el pasaje de los cisnes en París, los niños merecen toda nuestra compasión, y el hombre vergüenza. En algunas fotografías se ven, a lo lejos, soldados y personal militar en completo desenfado. Pareciera que no se enteraban de lo que sucedía a unos metros de ellos o que no llamaba su atención, como si se tratara de algo insignificante. ¿No es signo de la banalidad de las torturas? ¿No muestran que eso ya también les parecía cotidiano, poco extravagante, como para divertirse? ¿O tendrían «cosas más importantes» qué hacer?

DOLOR E INTIMIDAD

Algunas fotografías dieron la vuelta al mundo, y se dice que existen muchas más, por lo menos mil, además de videos. Es muy difícil imaginar que algunos ciudadanos con acceso a prensa y televisión no hayan visto algunas de estas fotografías. Las vio el mundo entero [14] .

¿Pero tenemos derecho a verlas? ¿No nos convertimos también en consumidores del dolor ajeno, en un grado ínfimo al de los torturadores, pero consumidores al fin y al cabo? El exhibicionismo es una ingenuidad. «La contribución del pudor al desarrollo de la especie es, precisamente, subir de nivel la inteligencia, pasar de la zafia mirada depredadora al mutuo respeto de saberse autónomos, inabarcables, irreductibles» [15] , explica Zaid.

De ahí que consumir exhibicionismo sea un acto tan degradante como el exhibicionismo mismo. La inteligencia se atasca en lo inferior y no encuentra respiradero. Al parecer, algo de esto hay en la emisión pública de las fotografías de los torturados.

Se debería aprovechar la coyuntura para aclarar la frontera, escurridiza como las anguilas, entre respeto a la intimidad y derecho a la información. Porque los periodistas inoportunos parecen abundar. Muchos noticieros transmiten entrevistas a personas sollozantes, justo después de la tragedia, cuando aún no se ha asimilado. La cámara, el micrófono, el bombardeo de preguntas es insoportable. Las fotografías de Abu Ghraib se insertan, en cierto sentido, en el mismo tipo de discurso.

El planteamiento se comprenderá mejor si imaginamos a un familiar cercano en el lugar de la víctima. Así es más fácil cobrar conciencia de la gravedad de publicar las fotografías. ¿Si estuviera allí mi hijo me opondría a su publicación? Hay motivos para estar en contra: mostrar el dolor humano en un momento vil es exhibicionista. La opinión pública no tiene derecho a conocer los detalles de las torturas, que pertenecen a la intimidad de las víctimas; interesarse por ello es morbo. Se podría incluso esgrimir el paupérrimo argumento de que en toda guerra y prisión, se sobreentiende, se han cometido actos similares, como si no hubiera novedad. Existe una solución menos sencilla pero que intenta ser más justa. Por un lado, no se puede exigir el derecho a publicar las fotografías, pues no existe tal.

La opinión pública carece del derecho a verlas. En cambio, sí lo tiene a recibir la información, por tratarse de una injusticia en una sociedad democrática. Pero sin extremismos, pues transparencia no significa voyeurismo. Sin embargo, las fotos están allí, ya fueron vistas. Trajeron consigo algunas ventajas: presión internacional para castigar a los culpables, tomar providencias en otros lugares y revisar los derechos humanos en otras prisiones (al menos, estadounidenses), y sensibilizar, en cierto sentido, pues nadie podrá seguir indiferente al sufrimiento del pueblo iraquí. ¿Se deberán publicar todas y cada una de las fotografías restantes? No lo creo. La posibilidad de que nuevas fotografías aún puedan traer efectos benéficos sobre la opinión pública internacional es remota.

En el futuro se deberán aceptar (aceptar no es exigir un derecho) nuevas fotografías, siempre y cuando cumplan ciertos requisitos: a) censura, como han aparecido hasta ahora, un acuerdo tácito; b) autorización expresa de las víctimas; c) previa advertencia a los verdugos; d) que la publicación signifique verdaderamente una ventaja para la opinión pública. [16] Quizá sea oportuno detenerse en esas condicionantes.

En primer lugar, la vida del prisionero se transforma no sólo después de la tortura sino también después de la publicación de las fotografías. No puede regresar a su casa igual a como salió de ella, como es el caso, por citar un solo nombre, de Haydee Sabbar Abd (el prisionero número 13077). De manera que los prisioneros torturados tienen el derecho a reservarse lo que sucedió allí dentro. También la vida de los verdugos cambia radicalmente.

En el imaginario colectivo estadounidense, un soldado es un héroe, quien se sacrifica en favor de la nación y la paz mundial. Esa imagen ya se desplomó en muchos. La soldado Lynndie England, por ejemplo, encontrará (o encontró), sin la menor duda, un ambiente hostil a su regreso a West Virginia. Victor Hugo supo remediar la crueldad del hombre que arroja el pastel a los cisnes: los niños no guardaron ningún rencor contra ese señor, les bastó saciar el hambre. ¿Sencillez de niños o pragmatismo? Sin saberlo, Bush ha encontrado una solución cercana cuando declaró que «esos soldados no representan a los Estados Unidos que yo conozco».

Si los iraquíes ultrajados e invadidos logran percibir la diferencia entre Estados Unidos y la política estadounidense [17] , y si advierten que Estados Unidos no es idéntico a Occidente, dicho con otras palabras, si evitan las generalizaciones injustas, se derramará menos sangre. Oj-Alá también que en lugar de odiar y golpear al hombre cruel les baste saciar su hambre: justicia no es venganza.

[1] Cfr. Susan Sontag. «Regarding the Torture of Others» en New York Times Magazine. 23 de mayo de 2004. pág.1. [2] Mark Danner. «Torture and Truth» y «The Logic of Torture», ambos en The New York Review of Books. Volumen 51, números 10 y 11, respectivamente. [3] Cfr. Ibid. «The Logic of Torture». [4] La prensa internacional ventiló ya que miembros del Gobierno autorizaron métodos violentos de interrogación. No me interesa ahora discutir eso, sino todos los otros momentos en los que los soldados torturaron sin que hubiera un móvil de inteligencia de por medio, que fueron, me parece, los que capturaron en las fotografías. [5] Dejo de lado a propósito la discusión acerca del complejo de superioridad típico y la manipulación mediática del pueblo estadounidense, elementos imprescindibles de todas las campañas abusivas por la geografía planetaria que la Casa Blanca ha sabido orquestar. [6] Cfr. Robert Fisk. «Racism and Torture as Entertainment: From Hollywood to Abu Ghraib» en The Independent. 10 de mayo de 2004. [7] Otro tipo de tortura fue obligarlos a violar leyes del Corán. En ocasiones, con previas dosis de aguardiente. Pero tampoco puedo discutir este punto aquí. [8] Gabriel Zaid. «Pudor y curiosidad» en Letras Libres 62. México, 2004. p. 58 [9] Kate Zernike y David Rohde registran con detalle este asunto en su «Forced Nudity of Iraqi Prisoners Is Seen as a Pervasive Pattern, Not Isolated Incidents» en New York Times. 8 de junio de 2004. [10] «It Was The Porn That Made Them Do It» en New York Times. 30 de mayo de 2004. Para un estudio serio sobre la pornografía y sus relaciones con la violencia cfr. Caroline West. «Pornography and Censorship» en The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2004 Edition). Ella ofrece una amplia bibliografía. [11] Juan Rulfo. «La herencia de Matilde Arcángel» en El llano en llamas. Las cursivas son mías. [12] Cfr. Joanna Burke. «Torture as Pornography» en The Guardian. 7 de mayo de 2004. [13] Gabriel Zaid. «Pudor y curiosidad». Op. cit. p. 59 [14] Una encuesta del periódico Reforma (29 de mayo de 2004) indica que 90% de los mexicanos vio las fotografías. [15] Gabriel Zaid. «Pudor y curiosidad». Op. cit. p. 59 [16] Esta última condición repite, en parte, una de las razones aducidas, y controvertidas, el pasado abril por el Pentágono para prohibir la publicación de fotos de los marines caídos. [17] Roger Cohen apunta que los franceses intentan hacer esta distinción, y discute esta postura en «France Says, Love the U.S., Hate Its Chief» en New York Times. 6 de junio de 2004.