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Fácilmente podemos pensar que la gratitud es, en general, un sentimiento que ennoblece a quien la vive, pero no lo vemos como un deber elemental. Rosario Athé analiza el tema con relación a los actores de la ensñanza universitaria y subraya sus inmensas repercusiones. El mismo diccionario aclara que obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder de alguna manera.

Quienes nos dedicamos a la enseñanza universitaria conocemos la grata satisfacción de encontrar alumnos que se interesan sinceramente por lo que procuramos transmitirles. Sin embargo, a pesar de la intensa camaradería y amistad que algunas veces surge entre profesor y alumno, pocas veces se cae en la cuenta de lo esencial que es vivir la gratitud en ese ámbito.

Me refiero tanto a alumnos como a investigadores y maestros, todos nos hemos beneficiado de la dedicación de profesores y compañeros. La intención de quienes ejercieron su magisterio fue capacitar a la siguiente generación y formar a quienes pronto serían responsables de tomar las decisiones en la sociedad.

Habernos beneficiado del trabajo de otros nos impele a preparar a la generación que nos sustituirá y a ofrecerles un futuro mejor que el presente, que hemos contribuido a forjar. Se necesita creatividad y una sana ambición, pero, sobre todo, ser muy conscientes de lo mucho que dependemos unos de otros y, por tanto, de ejercitar la virtud de la gratitud que, entre otras cosas, implica constatar lo mucho que debemos. Una responsabilidad muy grande para ese 1% de la población que hemos tenido acceso a la universidad.

Urge desarrollar mayor sensibilidad en los jóvenes, de manera que no centren sus expectativas exclusivamente en recibir adiestramiento para desempeñar un trabajo mejor remunerado. Nuestra tarea educativa actual consiste en «construir» a los «constructores» que elaborarán el primer piso de un nuevo concepto de enseñanza superior. Esto supone una conciencia clara de gratitud, no pensando en un pasado lejano o en un futuro que no veremos, sino en un presente que hace realidad la gratitud en la misma interacción entre profesores y alumnos, de la que se enriquecen todos.

GRATITUD Y GRATUIDAD

La gratitud se comprende atendiendo a la gratuidad, a la actitud de quien ofrece, libremente y sin esperar nada a cambio, un beneficio. La gratitud responde a una donación previa no sujeta al cálculo de costos y beneficios. es respuesta a alguien que nos hace un bien desinteresada, gratuitamente.

La voluntad de quien ha sido beneficiado si es recta experimenta la gratitud, que mueve a tres cosas: en un primer momento, a apreciar lo que ha recibido; después, reconoce y expresa verbalmente el aprecio por la donación; y, por último, es movido a corresponder con hechos, de manera proporcionada al beneficio recibido [1] .

El beneficiado ha sido acogido, y de la misma manera le corresponde acoger. La gratitud, en sentido estricto, es una actitud, como la que movió al benefactor a dar un beneficio. Tanto en la donación como en la gratitud pueden estar implicados los sentimientos, pero también el sentido del deber, la solidaridad y la conciencia moral.

Gratitud y gratuidad tienen un origen interno, aunque se manifieste en el hecho de poder dar o corresponder a lo dado. Lo vemos cuando encontramos personas muy agradecidas pero con escasos recursos: no por ello su gratitud es menor, y cuando se les presenta la oportunidad de dar, son ellos mismos los que lo agradecen.

El concepto tradicional de gratitud se considera una parte de la justicia, la cual se da entre iguales y tiende, de alguna manera, a restablecer la igualdad. Sin embargo, la gratitud a la que me refiero trasciende ese marco, mana de la benevolencia, más allá de la justicia, porque comprende también el impulso del propio benefactor, que se siente siempre en deuda por los bienes que ha recibido y desea transmitirlos junto con las aportaciones que haya conseguido.

Escribía Robert Spaemann [2] que «dirigirse a lo que es conveniente para el otro, es decir, lo que satisface su propia trascendencia volitiva, es lo que llamamos benevolencia». De esa benevolencia que consiste en afirmar al otro más allá de lo que exige la imparcialidad o la justicia distributiva surge la donación y la gratitud.

La gratitud hunde sus raíces en una consideración benevolente del otro y exige algo más que el respeto a las leyes de la imparcialidad o la libre competencia. En buena parte, la cultura actual, marcada por el economicismo y el consumismo, no comprende la gratuidad o la benevolencia que la hace posible. Incluso se ha logrado «crear un clima ético en el que cualquiera que haga algo sin recompensa es considerado un bobo. Sin embargo, sería un error suponer que se ha perdido por completo el respeto al sacrificio. Sólo le hace falta una forma adecuada para expresarse» [3] .

DISPONIBILIDAD, CUALIDAD DE LA MUJER Y EL VARÓN

Es significativo que la feminista berlinesa Barbara Sichtermann subraye que la inclinación de estar disponible para los demás es algo con lo que suele caracterizarse a la mujer. Se trata, dice, de «una virtud clásicamente femenina», cuya exageración, se ha de evitar, «pero su esencia debe ser atesorada y sembrada, para que esta fuerza también florezca donde no trabajen sólo mujeres».

Mujeres y varones somos seres con espíritu, capaces de solidaridad y compañerismo, que se consigue destacando al individuo dentro de la masa, promoviendo, tratando de satisfacer, como decía Spaemann, sus más profundas aspiraciones y no sólo los imperativos de la vida social.

Estos valores no pertenecen sólo a la condición femenina, sino a la humana; la esencia del hombre queda patente en su capacidad de amar y de ser amado, como ha puesto de manifiesto la filosofía wojtiliana. La deseada «autorrealización personal consiste en ayudar al otro a realizarse» [4] . Este fenómeno profundamente humano se muestra de modo especial en las verdaderas amistades. ¿Podremos comenzar a configurar la nueva sociedad a partir de estos parámetros? En ello tendrá un papel crucial la labor universitaria.

LA GRATITUD: MOSTRAR CON HECHOS

La gratitud ha de ocupar un lugar destacado en el quehacer universitario, en la transmisión del saber. Es, ante todo, una actitud interior. Es verse en los otros y procurarles el bien y el saber que deseamos para nosotros. ¿Esos otros son todos los seres humanos, sin importar edad, raza, salud, higiene, capacidades, historia, costumbres, actitudes, prejuicios, convicciones, sexo y oficio? Si la respuesta es afirmativa, «otros» son los alumnos y colegas, sin ningún favoritismo, recelo o discriminación. En otros ámbitos es fácil que se considere ingenuo actuar bajo esos parámetros, especialmente cuando se trata de bienes materiales.

Los medios técnicos actuales facilitan sentir más cercanía con cualquier persona que viva actualmente sobre la Tierra. Este conocimiento del mundo y las ventajas que aporta amplía nuestras responsabilidades docentes y educativas, que no se limitan a las aulas, aunque haya que empezar por ahí.

Se potencia el sentido de la gratitud desde la universidad hacia cualquier otra circunstancia. Es posible combatir la violencia, la corrupción, el narcotráfico, el abuso de personas y la desmedida explotación de la tierra desde la investigación académica dirigida a buscar solución a problemas de magnitud local o mundial; es posible propiciar el desarrollo de los pueblos de manera más equilibrada…

Si tomamos el esquema de Bloom [5] y lo aplicamos al proceso de enseñanza-aprendizaje podemos entender la gratitud del saber. Al considerar como pilares la interacción entre el profesor y el alumno, destacan los siguientes elementos básicos en la transmisión del saber: los conocimientos, las habilidades o aptitudes y las actitudes. Bajo este esquema, en las actitudes de profesores y alumnos encontramos una referencia a los momentos mencionados de la gratitud: reconocimiento del don recibido, expresión verbal de agradecimiento y expresión práctica de ese agradecimiento o, dicho de otro modo, expresión con los hechos.

En primer lugar, profesor y alumno reconocen el alto valor que tiene el saber y se sienten privilegiados por poder acceder a él; aprecian la investigación y el progresivo y sistemático descubrimiento de conocimientos, lo que los lleva a sentirse responsables de su tarea. Esto corresponde a reconocer el beneficio recibido y se refleja en el respeto y dedicación con el que se involucran en la vida académica en todas sus facetas.

En segundo lugar, han de dar gracias explícitamente por el beneficio del saber y, en tercero, mostrar con hechos el crecimiento que les supone la actividad docente y el aprendizaje. Si se vive genuinamente la gratitud se dinamiza el proceso de enseñanza-aprendizaje, la mutua valoración de sus protagonistas y, como consecuencia, aumenta, tanto el aprecio por el saber, como la autoestima de los que aprenden.

DE ESPACIO DE COMPETENCIA A ÁMBITO DE COLABORACIÓN

La gratitud es una actitud indispensable para que una educación efectiva alcance sus metas, no sólo en cuanto a la eficacia de los resultados, sino en la verdadera formación, que consiste en hacer más persona a los implicados en ella.

La gratitud es un motor interno que nos impulsa al desarrollo comprendiendo nuestras personales posibilidades y limitaciones. Permite acercarnos con humildad e ilusión al saber en sentido amplio, facilita la apertura a los demás colegas y nos dispone a aprovechar sus progresos y a verlos, no como potenciales competidores, sino como ayuda para cumplir nuestras aspiraciones. Con la gratitud aprovechamos al máximo el beneficio del conocimiento, conservándolo, acrecentándolo y transmitiéndolo con el respeto de quien guarda un gran bien que puede usar pero que no posee en exclusiva.

Es semejante a la situación de quien recibe en casa a un visitante culto, amable, agradable al que atiende con gusto y de quien aprende mientras puede. Y después de su marcha, deja un espacio abierto para la reflexión y la oportunidad de pensar con nuevos elementos, para comentarlos y profundizar en ellos con otras personas. Algo así es el verdadero cultivo del saber. No es poseer una tremenda capacidad memorística o de dominio de técnicas, en buena medida consiste en una actitud de fondo que impulsa y desarrolla a la persona.

En este contexto se contempla la gratitud. Elemento de la enseñanza muy poco considerado, pero pieza que descubre el abismo entre quienes son profesores por ocupación y quienes lo son por vocación. Sólo con esa actitud es posible formar comunidades de maestros y alumnos. La gratitud capacita para que quienes forman la universidad se esfuercen por prestar el servicio que se espera en favor del progreso contemporáneo.

La disposición de la gratitud posibilita que la universidad pase de ser ámbito de competencia a espacio de colaboración; equilibra la colaboración y disposición al servicio con un trabajo competente y de calidad.

El aprendizaje iría más allá de los exámenes y de las horas lectivas convirtiéndose en un talante vital que animaría a cada universitario. La universidad será así un sitio donde la investigación fomenta y exige el trabajo en equipo; donde profesores y alumnos descubren e inventan juntos, se equivocan y ponen en marcha nuevas iniciativas.

La amistad surgirá de manera natural al compartir oportunidades, metas, logros y fracasos. El profesor no será una figura vigilante, atenta a los errores de sus alumnos. Perderán vigencia la copia, el acordeón o la chuleta; la falta de honradez no tiene sentido en un ámbito en el que se trata de aprender y crecer como personas, no sólo de aprobar.

Se encontrarán en la universidad, sobre todo, quienes realmente quieren aprender y colaborar en el conocimiento. Se eliminan los alumnos «número» y la universidad en su conjunto asume de un modo más solidario el problema del pago de matrícula de los alumnos sin posibilidades económicas.

Es clara la necesidad real de medios materiales para sacar adelante cualquier iniciativa educativa, en particular en este momento que se requieren comunicaciones ágiles y de punta, por ello es comprensible que los proyectos de esta naturaleza se planteen, en un inicio, en términos monetarios. Pero urge claridad de ideas para comprender que el fin de la universidad es el saber y que los medios materiales no deben eclipsar el auténtico fin de la educación.

Como hoy nos resulta tan común el planteamiento comercial, ya nos resulta incluso natural que la educación se vea como un negocio más. Se olvida que el saber no es un servicio útil a ofrecer, es un bien común a cuidar y fomentar en favor de todos.

El modelo de la universidad no puede ser el de una empresa comercial. Los grupos de estudio configurados por alumnos y profesores podrían parecerse a una pequeña sociedad gremial, a un clan de amigos, como el que tenía J.R.R. Tolkien con sus colegas en el café Child and Eagle de Oxford. En un grupo así se destaca la personalidad de cada uno y se enriquece con la de los demás.

Sólo así se libra a la universidad de las rémoras que marca la competencia económica entre instituciones educativas que se definen como empresas mercantiles, o de las limitantes sociales de los países que las utilizan para sus fines políticos internos.

La gratitud, por otra parte, va ligada a esa humildad intelectual que favorece el respeto al desarrollo de cada disciplina del saber junto con las posibilidades del conocimiento interdisciplinario, tan necesario en nuestros días. La informática sirve a las humanidades y estas a los científicos.

¿QUÉ APORTA LA GRATITUD?

Por último, algunas pinceladas de lo que aporta la gratitud a la cultura universitaria. Tal cultura pretende fomentar un espíritu de iniciativa y cooperación que capacita a la universidad para colaborar eficazmente con los demás agentes sociales en los problemas del desarrollo y en la forja de una sociedad más justa. Decía Ortega y Gasset, en su texto Misión de la universidad, que la escuela «depende mucho más del aire público en que íntegramente flota, que del aire pedagógico artificialmente producido dentro de sus muros».

Una institución universitaria a la altura de los problemas de nuestro tiempo requiere profundas reformas que van más allá de la educación. En los campus universitarios pesa mucho la cultura consumista y narcisista de la sociedad actual y dificulta las tendencias y actitudes solidarias. Con más razón ha de configurarse como la institución que forma a las nuevas generaciones con la excelencia académica y el espíritu de servicio como criterios. En la medida en que lo logre podrá aportar creativamente ideas y pautas de conducta que posibiliten las reformas que toda sociedad necesita.

La gratitud fomenta la colaboración desinteresada que requiere diálogo y respeto para que la cooperación se afirme sobre la confrontación. El diálogo entre investigadores de diversas áreas, entre profesores y alumnos, universitarios y empresarios, políticos o agentes de los medios de comunicación, requiere partir de fines comunes. La gratitud siempre se refiere a un bien y esto es lo que une las voluntades. Se unen para buscar el bien común, que en ocasiones supone también sacrificio común.

El respeto, en sentido genérico, se fundamenta en el valor intrínseco de cada persona, pero en lo concreto, en lo más vivencial, se desprende del conocimiento y aceptación del otro. Es reconocer sus logros, estimular sus posibilidades, comprender sus limitaciones. Ello supone benevolencia y no da cabida a la envidia o a minusvalorarse ante las posibilidades de los otros. Se trata de poner en juego las capacidades de cada uno para que todos se beneficien del esfuerzo conjunto.

JERARQUÍA, CARGOS TEMPORALES Y DE SERVICIO

Toda organización exige una jerarquía. A una actividad colectiva como la educación superior corresponde una dirección estructurada, coherente y unificada por directrices comunes para todos sus miembros. Quienes sean más idóneos para guiar la praxis educativa han de ocupar un puesto determinado y diferenciado, que permita incidir positivamente en el funcionamiento general de la universidad. La jerarquía es imprescindible para el buen gobierno del centro universitario y para que quienes ocupen el vértice marquen las pautas para una mejor y eficaz puesta en práctica del ideario de la universidad.

En el marco de la jerarquía se dejan al margen las categorías personales abriendo paso al servicio que se desempeña en la universidad. De manera que los cargos académicos o administrativos no deben considerarse honores ni poderes personales, sino modos diversos y temporales de servicio. Por ello es bueno que se realicen de manera rotativa. Como la naturaleza de la actividad universitaria es intelectual, se entiende que el ejercicio de los cargos de gobierno o administrativos es en detrimento de la función docente o investigadora, por lo tanto se desarrolla la gestión necesaria, pero como un medio para el fin común del saber.

Las responsabilidades administrativas no son una posición, deben funcionar rotativa y libremente asumidas; todo puesto que aparte de la vida intelectual debe ser temporal para que la universidad no termine guiada por burócratas en vez de universitarios auténticos.

Un proyecto universitario acorde con el siguiente milenio cuenta con la gratitud y constituye el primero de sus principios. Se justifica en el saber, cuyo valor inconmensurable no puede ser tasado ni medido, menos traducido a pesos y centavos.

Esto no es utópico, en todo el mundo hay profesores universitarios deseosos de compartir sus conocimientos e investigaciones para profundizarlos, acrecentarlos y ofrecerlos para el bien de otros. También hay alumnos dispuestos a poner todo su esfuerzo en aprender; que no necesitan la presión de las calificaciones para estudiar; que quieren servir a la sociedad y no reducen sus expectativas profesionales al salario. También existen instituciones internacionales que buscan apoyar equipos de trabajo en favor del desarrollo. Es cuestión de conjuntar todas las coordenadas en el lugar adecuado.

La vida universitaria debe ser un modelo de organización y una forma de asimilar valores de modo corporativo que guíe a la sociedad en la promoción de la excelencia.

 

 

[1] Cfr. Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 107, a. 2

[2] Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia. RIALP. Madrid, 1989. p. 152

[3] Barbara Sichtermann. FrauenArbeit: Über wechselnde Tätigkeiten und die Ökonomie der Emanzipation. Berlín, 1975. p. 50, en Jutta Burggraf. Mujer y hombre frente a los nuevos desafíos de la vida en común. EUNSA. Pamplona, 1999. p. 38

[4] Gravissimum educationis. Documentos de la Doctrina Social de la Iglesia Católica.

[5] B. Bloom. Taxonomía de los objetivos de la educación. El Ateneo. Buenos Aires, 1986.