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En un ambiente nacional e internacional rico en tensiones y diversas amenazas, la edición 57 del festival de Cannes estuvo marcada por la política. La presencia masiva del mundo del cine con 30 mil personas acreditadas mil realizadores, 4 mil distribuidores, 5 mil productores, 4 mil periodistas… hace de Cannes una privilegiada caja de resonancia para cualquier tipo de acción mediática.

Desde hace varios años la seguridad no es obsesión, sino necesidad. El «palacio de los festivales», familiarmente calificado como «búnker», no rechaza hoy esta denominación. Se trata de una verdadera fortaleza en la que no se puede entrar sin someterse a múltiples controles. Un trabajo que el Festival realiza con firmeza y elegancia y al que todo el mundo se somete de buena gana.

«Cannes es ante todo el descubrimiento de una selección, la espera de un palmarés y también el lugar donde se prepara el porvenir del cine», declaró Véronique Cayla, directora general que, junto a Thierry Frémaux, director artístico, dirige el Festival bajo la mirada atenta del presidente Gilles Jacob.

El Festival no sólo moviliza a las masas ¯acreditados o curiosos¯, además es ocasión de múltiples reuniones paralelas, que resulta imposible enlistar. Citemos simplemente una novedad de este año: la lección impartida por el actor veterano Max von Sydow, figura decisiva en el cine de Ingmar Bergman.

El panorama no estaría completo sin la fiesta organizada la víspera de la clausura para conmemorar los 80 años de la Metro Goldwyn Mayer, la presentación de la biografía de Cole Porter De-lovely de Irvin Winkler, y un concierto en el que participaron grandes figuras de la música contemporánea: Alanis Morissette, Lara Fabian, Natalie Cole, Elvis Costello, Diana Krall y Sheryl Crow.

Este final feliz superó las amenazas del conflicto de los intermitentes del espectáculo que afectaron el Festival antes de su inauguración. Pero este se mostró conciliatorio y la sangre no llegó al río.

El Festival representa hoy una fuerza en la profesión cinematográfica y en la vida económica de Cannes no olvidemos que el día de la inauguración hoteleros, restauradores y comerciantes se manifestaron contra los intentos de entorpecerlo. Así, el combate hubiera sido desigual, en particular si se tiene en cuenta la buena voluntad mostrada por el Festival.

MÁS ALLÁ DEL CINE DE AUTOR

 

En cuanto a la selección de 2004, es preciso tener en cuenta las orientaciones dadas por Thierry Frémaux, que efectuaba este año su cuarta selección y afirmaba en una declaración a Le Figaro: «es preciso no instalarse en el conformismo del cine de autor».

Es cierto que se dio una gran apertura bajo el signo de la diversidad, con la participación en competición de 12 nombres nuevos, sobre un total de 19. Se trata de jóvenes, aún poco conocidos, que se encuentran en los comienzos de sus carreras. Pero también es cierto que no faltaron los nombres consagrados: Emir Kusturica (La vida es un milagro), Wong Kar-wai (2046) los hermanos Coen (The Ladykiller), o Walter Salles (Diarios de Motocicleta). Tampoco hay que olvidar (fuera de concurso) a Quentin Tarantino (Kill Bill Volume 2), Wolfgang Petersen (Troy), o Jean Luc Godard (Nôtre musique).

La diversidad también tuvo lugar con la entrada de nuevos géneros, como el documental. Junto a Fahrenheit 9/11 de Michael Moore, citemos, en competición in extremis, Mondovino de Jonathan Nossiter, que recorre el mundo de los cultivadores de la viña de todas las latitudes y saca interesantes conclusiones sobre la mundialización de los gustos.

Otro género, la animación, poco presente en Cannes en el pasado, se afirma esta vez con la entrada en competición de Shrek 2, coincidiendo su presentación con el estreno en Estados Unidos (128 millones de dólares la primera semana). Esta continuación de la primera película de la serie recibió una acogida entusiasta entre el público de Cannes.

Junto a Shrek 2, la japonesa Ghost in the Shell 2: Innocence de Mamoru Oshii, ofrece una visión pesimista del futuro, donde la tierra está poblada de seres artificiales que han perdido sus características humanas. Segunda parte de otra cinta considerada hoy un clásico, esta película hace entrar en el Festival el Manga japonés, un género completo dentro de la animación en este país.

Entre los nuevos nombres que han llegado este año a la competición, aparte de los ya citados, hay obras para todos los gustos: la de la argentina Lucrecia Martel (La niña santa), las de los coreanos Park Chan-wook (Old Boy) y Hong Sang-soo (La mujer es el porvenir del hombre), la del italiano Paolo Sorrentino (Las consecuencias del amor), las de los franceses Agnès Jaoui (Comme une image) y Tony Gatlif (Exils), la del tailandés Apichatpong Weerasethakul (Tropical Malady), y la del alemán Hans Weingartner (Edukators). Buen número de ellos se encontraron en el palmarés.

 

EL CINE AMERICANO VUELVE A CANNES

 

Los últimos años se había especulado ampliamente sobre la voluntad del cine americano, en especial de las grandes compañías, de ignorar Cannes. El año pasado estas críticas se hacían más insidiosas en la prensa americana, atacando sobre todo una selección basada exclusivamente en un concepto reduccionista del famoso «cine de autor».

El cambio sobre este punto es radical este año. El retorno en masa del cine americano ha sido patente. El número de películas presentadas ¯en concurso y fuera de él¯ fue importante, y las grandes compañías ¯Warner, MGM, Fox, Dreamworks, Disney (Miramax, Touchstone)¯ marcaron un retorno espectacular, confirmando con decenas de intérpretes: Brad Pitt, Ashley Judd, Naomi Watts, Uma Thurman, Kevin Kline, Charlize Theron, Cameron Diaz, Billy Bob Thornton Cannes es un punto neurálgico de la industria cinematográfica que no puede ser ignorado.

Este cambio de actitud se refleja en la prensa americana. Así, Variety estimaba que la «estrategia de todos los horizontes de Thierry Frémaux había dado sus frutos», y el crítico Todd McCarthy escribió que «este año se había procedido a revocar la fachada de la grande dame de los festivales de cine mundiales».

También el Festival hizo un esfuerzo y tuvo buena voluntad, pues de los nueve miembros del jurado cuatro eran americanos: Tarantino, Edwice Dantican, Jerry Schatzberg y Kathleen Turner.

Con sus tanteos y posibles errores, es cierto que las películas de Cannes 2004 responden plenamente a los deseos de renovación y diversificación anunciados por Thierry Frémaux, que no dudaba en hablar de «cine de autor dirigido al gran público», evitando así la imagen de un cine hermético y excesivamente minoritario.

Queda sin embargo por resolver el problema del número. Si hemos comprendido bien, la sección competitiva no puede pasar de una veintena de obras y ello porque es imposible pedir más al jurado. Esta limitación conduce a una inflación excesiva de obras seleccionadas fuera de concurso y que no forman parte de la selección Un certain regard, que ya comprende dos películas al día. La conclusión es que si la dosis de dos películas es lo más que se puede pedir al jurado, no se comprende por qué razón los críticos son invitados a ver cinco.

 

LOS OLVIDADOS

 

En Cannes se respiraba satisfacción hasta el sábado 19, con el anuncio del palmarés bajo la dirección de Laura Morante. La serie de premios revelaba una elección extraña coronada por la bomba de la Palma de Oro a Fahrenheit 9/11.

Todo el mundo se había dado cuenta, antes de la ceremonia, de la ausencia en la sala de los tres favoritos: Emir Kusturica, Walter Salles y Wong Kar-wai. La vida es un milagro de Kusturica es sin duda una gran película que prueba la vitalidad de un hombre y de un país duramente afectado por la guerra. Es cierto que Kusturica ha recibido ya dos Palmas de Oro y que una tercera era improbable, pero no se esperaba su olvido completo del Palmarés.

También es cierto que Walter Salles no renueva su éxito de Central do Brasil, pero su película Diarios de motocicleta aborda un tema original, el viaje de Ernesto Guevara y de su amigo Alberto Granado en 1952 a través de Latinoamérica. Salles desea evitar hablar del Che, pero se interesa en este viaje de juventud. Una realidad que tiene además un cierto valor actual. Salles ofrece un gran papel Gael García Bernal, lejos del ingrato que le ofreció Almodóvar.

Wong Kar-wai alimentó un cierto suspense en Cannes 2004, pues las copias de su película, siempre rodeada de misterio, llegaban con retraso, de forma que la proyección de prensa tenía lugar al mismo tiempo que la proyección oficial. El título hace pensar en una obra futurista y esta idea parece confirmarse en el comienzo del filme. Más tarde se comprende que lo visto al comienzo es el contenido de una novela que escribe M. Chow (Tony Leung), que pronto deja el futuro por el pasado.

2046 es el número de la habitación de un hotel donde vivía en los años sesenta el escritor, y era el lugar de sus encuentros amorosos. En un ambiente visual semejante al de In the Mood for Love, Wong Kar-wai despliega los recuerdos de sus aventuras, en las que mujeres juegan un papel importante (Gong Li, Zhan Ziyi, Faye Wong…), pero todas serán amores frustrados o imposibles, como si la fatalidad de los sentimientos persiguiera continuamente al héroe. Cine de emociones y sutilezas, la película triunfó en Cannes y los críticos le daban, por adelantado, la Palma de Oro.

 

CONTRA TODOS LOS PRONÓSTICOS

 

Quizá todo jurado enfrente la tentación de contradecir los pronósticos. Si este era su propósito, el jurado de Cannes 2004 lo consiguió plenamente. Comenzando con el premio del Jurado, por lo general atribuido a una película, este año lo compartieron la actriz de color Irma P. Hall, intérprete de The Ladykillers de los hermanos Coen, y la película Tropical Malady del tailandés Apichatpong Weerasethakul.

Los hermanos Coen adaptaron un clásico de la comedia británica del mismo título, realizada en 1955 por Alexandre Mackendrick, con un cambio de lugar y época. La acción transcurre en Mississippi y la Mrs. Wilberforce, que interpretaba Katie Johnson, se transforma en Mrs. Munson (Irma P. Hall), sólida matrona de color y ferviente evangelista. Alec Guinnes es reemplazado por Tom Hanks. El resultado es de gran calidad, pero la presencia de la actriz en el palmarés sólo parece motivada por el deseo de distinguir esta película.

El caso de Tropical Malady es todavía más extraño; esta película, dividida en dos partes distintas, no convenció a la mayoría, a pesar de tener algunos ardientes defensores.

Nada que decir del premio al mejor guión para Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri, que continúan, en Comme une image, un trabajo de una gran solidez psicológica, con la fuerza de personajes bien dibujados y la observación atenta de los comportamientos de una sociedad a la que denuncian, sin caer en el didactismo.

En cuanto a los premios de interpretación, Maggie Cheung, en Clean de Olivier Assayas, interpreta a una madre que, para recuperar la guarda de su hijo, debe liberarse del dominio de la droga. Su premio resulta defendible, pues prácticamente en todas las imágenes de la película su trabajo merece respeto. Como respeto merece el del mejor actor, otorgado a Yuuya Yagira, en Nobody Knows del japonés Kore-Eda Hirokazu, una de las más bellas y patéticas películas del Festival, que cuenta la odisea de Akira, un niño de 12 años que debe asumir la responsabilidad de sus tres hermanitos tras haber sido abandonados por su madre.

Yuuya Yagira vive, como todo los niños, su papel, pero todavía es pronto para saber si será actor algún día. Frente a él, un excelente premio de interpretación hubiera sido para Geoffrey Rush, que encarna de forma asombrosa el actor Peter Sellers en The Life and Death of Peter Sellers de Stephen Hopkins.

El premio a Tony Gatlif por mejor dirección (Exils), ocasionó otro desconcierto. Un autor que produce indudable simpatía en sus obras, dedicadas a exaltar las costumbres y la música gitana, a pesar de ser simples pretextos, casi documentales, sobre esta realidad a través de Europa. Esta vez nos embarca de Francia a Argelia, pasando por Andalucía. Su trabajo es interesante pero parece excesivo hablar de mise en scène.

El Gran Premio del Jurado, la segunda recompensa del certamen, para Old Boy del coreano Park Chan-wook, produjo otra conmoción. El arranque plantea un enigma, un hombre es secuestrado durante años y liberado con una invitación implícita a resolver la causa de su desgracia. El problema es que se llega a un callejón sin salida, de una violencia extrema y gratuita que, además, evita responder al enigma planteado.

 

LA PALMA POLÍTICA

 

La gran sorpresa del Festival fue la Palma de Oro para Fahrenheit 9/11. Nadie pensaba en este premio para el documental de Moore, a pesar de que el ambiente de cerrada oposición a la política del presidente Bush logró que fuese bien recibido.

No hubiera sorprendido un premio menor, pero la Palma de Oro sonaba como un desafío político y constituyó casi una ofensa para los amantes del cine. Situación que se reflejó al día siguiente en los títulos de la prensa: «Michael Moore inaugura la Palma política» (Le Figaro) o «Un palmarés aplastado por una palma política» (Le Monde).

Moore, fiel a un sistema que le ha dado ya varios millones de dólares, se limita a aprovechar las actualidades de la televisión, a las que añade un comentario personal que busca ridiculizar la situación o los personajes. A ello añade imágenes rodadas con el mismo espíritu de crear contrastes llamativos y efectuar manipulaciones radicales. Nadie considera que la película contenga ninguna revelación particular; se trata, como escribía Le Monde el día de su presentación, de la entrada en el Festival de un nuevo género: la propaganda electoral. Ningún misterio sobre este punto, el objetivo de Moore es impedir la reelección de Bush.

Todo ello no presentaría ningún problema particular si sólo se tratara de su opinión personal. Las cosas se complican cuando se pasa al terreno de un festival cinematográfico, donde los valores estéticos y morales deben prevalecer y, más aún, cuando una película indigente es considerada como la mejor obra del certamen.

El jurado fue llamado por primera vez a explicarse ante los periodistas, y el presidente, Quentin Tarantino, afirmó con una aparente seriedad que no había ninguna consideración política en la decisión, antes de cortar de mal humor la palabra de los que no aceptaban sus explicaciones.

En realidad, la opción política es la única explicación razonable a la decisión del jurado. La negativa a admitirlo le da un carácter aún más turbio. Quizá por ello la prensa evocó el hecho de que los productores de la película de Moore, los hermanos Bob y Harvey Weinstein, son los mismos que en el marco de Miramax produjeron los dos Kill Bill de Tarantino. Se sabe por otra parte que Disney, que controla Miramax, se ha opuesto a la difusión de Fahrenheit 9/11 por considerarla pura propaganda electoral.

Aun dejando de lado estas especulaciones, es indudable que el Festival fue víctima, una vez más, de los problemas que le plantean las decisiones del jurado. El sistema de explicaciones directas con la prensa, inaugurado este año, puede contribuir a aclarar las cosas, pero no transfiere por completo la responsabilidad de sus decisiones al jurado, en la medida en que su composición es decidida cada año por los responsables del Festival.

Recuadro:

¿Palmarés injustificado?

Palma de Oro: Fahrenheit 9/11 de Michael Moore

Gran Premio: Old Boy de Park Chan-wook

Mejor Actriz: Maggie Cheung por Clean

Mejor Actor: Yuuya Yagira por Nobody Knows

Mejor Director: Tony Gatlif por Exils

Mejor Guión: Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri por Comme une Image

Premio del Jurado: Irma P. Hall por The Ladykillers y Tropical Malady de Apichatpong Weerasethakul