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Resulta preocupante que en muchas universidades particularmente en las privadas se hable cada vez más el lenguaje del mercado y no el de la vida académica. Se hace con ello un flaco servicio a la institución, es más, se le desprestigia. Una universidad concebida como negocio no es tal.

La amenaza para la institución universitaria radica en que el uso del lenguaje del mercado atenta contra su naturaleza y vocación. Además, plantea una peligrosa opción entre universidades con o sin fines de lucro, entre universidades con vocación de servicio, que cumplen con una función y una responsabilidad social, y universidades más bien centros de capacitación que prestan un servicio de adiestramiento.

La finalidad de la universidad no es el lucro, sino la formación de los estudiantes, ampliar el conocimiento humano, responder las preguntas más esenciales de la vida humana. Es una institución benemérita que despierta la buena voluntad de todas las personas, con la que se desea colaborar e, incluso, remediar los déficits en los que incurre por su labor eminentemente social.

LA CULTURA COMÚN DE LOS NEGOCIOS

Sin embargo, es notorio y por ello preocupante, que en las universidades, como lo ha señalado Derek Bok, ex presidente de la Universidad de Harvard, se hable cada vez más con un lenguaje propio de los negocios y no con el de la ciencia y el conocimiento. Las universidades, ante el prestigio y liderazgo del sector empresarial, están imitando sus formas de organización, su lenguaje y quién sabe si hasta sus objetivos y metas.

Hoy es común oír hablar a directivos y profesores universitarios de «la penetración en el mercado», de «la fuerza o el valor de la marca», de «los productos con los que se puede competir» para referirse a los programas o curso que imparten, de «los clientes» los alumnos y estudiantes y del «margen o rentabilidad con la que operan».

Ante el uso retórico del lenguaje del mercado en las universidades, cabe preguntarse si se trata sólo de un modo de decir, que procede de la imitación del lenguaje del mundo de los negocios, o si bien es algo que cala más profundamente y atenta contra su naturaleza.

Tal vez una posible respuesta se encuentre en el hecho de que, con la globalización, hay una cierta tendencia a implantar una cultura común: la de los negocios. No es un proceso de los últimos años, aunque sus manifestaciones más llamativas se hayan dado en ellos.

SOMOS LO QUE DECIMOS, SI DECIMOS LO QUE PENSAMOS

Estoy convencido de que cuando muchos de mis colegas usan el lenguaje del mercado, lo hacen bajo la presión de una competencia intensamente percibida a escala global. Es más, estoy casi seguro de que lo utilizan creyendo que así sirven mejor a los propósitos que animan la vida universitaria.

En el origen hay una preocupación sana: administrar mejor las instituciones universitarias, de tal manera que un buen manejo de los recursos y el acrecentamiento de los ingresos garanticen la permanencia de la institución y el cumplimiento de sus fines sociales a largo plazo.

Pero el uso de ese lenguaje puede oscurecer los fines de la vida académica y, en el extremo, trastocarlos. Creo que se podría afirmar que somos lo que decimos, si decimos lo que pensamos. Y viceversa: si lo que decimos no es lo que pensamos, a fuerza de decirlo podemos terminar pensando como hablamos. Si no se utilizan bien, las palabras pueden traicionar el pensamiento, salvada la buena la intención.

La cuestión no es banal. Decía Heidegger que no es que nosotros tengamos una lengua, sino que ella nos tiene a nosotros. Y James Boyd White afirmaba que «de maneras importantes nos convertimos en la lengua que utilizamos», puesto que «las lenguas que hablamos y las prácticas culturales que a la vez reflejan y hacen posibles, marcan o configuran nuestras mentes habituándolas a ciertas formas de atención, ciertas formas de ver y concebirse a uno mismo y al mundo».

En cierta forma se puede decir que somos lo que pensamos y, analógicamente, que somos lo que decimos. Esto me recuerda un eslogan televisivo: «en realidad, uno es lo que ve», desde luego por la televisión. Y es que el ser humano genera, entre otras realidades, ideas y productos que son suyos, pero que en ocasiones logran imponérsele. Es la dramática fantasía de la máquina que termina por gobernar a los humanos. Aunque producimos y tenemos cosas, si renunciamos a ejercer el señorío sobre ellas, las cosas por absurdo que parezca serán dueñas de nosotros.

Por eso los nombres que damos a lo que nos rodea, a las instituciones y a las personas, determinan nuestra relación con ellas. No es lo mismo la gimnasia que la magnesia; esposo que amante; cuartel que hogar; universidad que una empresa o un negocio. Un lenguaje poco cuidado, además de vulgar, abre la puerta a ideas mal formuladas o conceptos imprecisos, susceptibles de originar grandes equívocos en los medios y los fines. Por una pequeña desviación al principio del camino se llega a donde no se quería. Una, al parecer modesta, confusión en los fines, puede ser nefasta.

No hay más remedio que escoger las palabras correctas. Es absurdo recurrir al expediente de que «ya me entiendes», porque en el fondo, si no formulamos bien nuestros pensamientos, es que no nos estamos explicando. Y explicar lo que las cosas son es una de las grandes tareas con las que cumple la universidad.

LA SATISFACCIÓN DEL CLIENTE O EL CONSUMISMO COMO DIVISA

El ambiente materialista y consumista permea toda la vida social. Llega a pobres y ricos, se introduce en las familias y las instituciones, y puede estar afectando la vida de las instituciones de educación superior. Esta presión dice Terence Ball «esta marcada por un intento de alterar radicalmente el vocabulario que utilizamos al describir y valorar el quehacer humano». Por ello hay universidades, y no sólo en Estados Unidos, que al vivir en un ambiente de competencia por alumnos y profesores de mayor calidad, han adoptado el lenguaje del mercado.

El problema es que el lenguaje de los negocios puede afectar las prácticas de las instituciones de educación superior y llegar, casi imperceptiblemente, a extremos inverosímiles, como recompensar a los académicos en función de la rentabilidad de un departamento o facultad, cancelar los cursos de estudios clásicos porque tienen poca demanda o proceder a realizar entre los alumnos encuestas de «satisfacción del cliente», para obligar a los profesores a cambiar intelectualmente los contenidos de sus cursos a fin de acercarse a las expectativas del consumidor.

De aquí que Ball afirme: «redescribir la educación en el lenguaje del mercado no es hablar en un idioma sistemáticamente neutral o inocente. Ha tenido implicaciones problemáticas muy reales».

Y es que el leguaje de la economía y el mercado tiene categorías propias para describir los fenómenos de su campo específico. El problema se presenta cuando con esas categorías se trata de explicar el fenómeno humano o, en nuestro caso, el educativo, en el que los planos se traslapan, y en el que realidades diversas y al mismo tiempo relacionadas crean una complejidad difícil de reducir en una explicación monocromática.

La influencia de la economía y el mercado en la vida humana y social está impulsando una redefinición de todas las esferas del saber en términos crematísticos, y ello cercena las realidades no expresables en números, estadísticas o porcentajes.

EL MEDIO ES EL MENSAJE, OTRA VEZ

Con el lenguaje estructuramos verbalmente la realidad conocida. Hay una clara relación entre la racionalidad y la capacidad locuente del ser humano. Para los griegos, el logos designaba al mismo tiempo la palabra y la razón, haciendo de ambas términos proyectivos complementarios, como lo son también, por ejemplo, la libertad y la responsabilidad.

La palabra manifiesta la razón, y la razón está en la palabra. No es un asunto de menor importancia. O las palabras traducen los conceptos, y estos manifiestan la realidad, o no hay forma de entenderse y, lo peor, no se actuaría racionalmente.

Los cambios en el lenguaje se deben ver con alarma pues, si se me permite la expresión, en el principio siempre está el lenguaje. La celebre frase de McLuhan «el medio es el mensaje», tiene aquí, como en ningún otro campo, una aplicación directa. Palabra y razón se confunden, se funden: son la idea.

El conocimiento necesita expresarse. La palabra es el medio por el cual la idea se comunica. La idea gobierna nuestros modos de actuar y de proceder. La idea da también respuesta al problema de nuestra identidad como personas, lo que equivale a tener una idea de sí mismo o de la naturaleza de nuestras instituciones.

Por tanto, la idea es condición necesaria de la fidelidad a la misión personal o colectiva. El problema, insisto, es de coherencia, pues las palabras pueden traicionar la idea. Y entonces lo único que queda es el hacer pragmático, a la manera troqueladora de la producción masiva, que acaba por justificar la acción por la acción misma, para caer en un positivismo craso.

De ahí la necesidad de ser muy estrictos en el uso del lenguaje. El lenguaje preciso eleva, ayuda a remontar, pone a los seres humanos, a sus relaciones o a las cosas, en el lugar que les corresponde. Es por ello condición para el entendimiento y la cohesión social. Su corrupción lleva en cambio a la perdida del propósito, a la hipocresía en las intenciones, a la manipulación y a la imposición del interés por encima de los fines.

Del lenguaje, no cabe duda, se derivan más tarde las políticas de gobierno, las leyes, los modelos de dirección, las propuestas educativas y también los enfrentamientos y las guerras. Basta recordar que los grandes holocaustos del siglo XX iniciaron con la utilización de un lenguaje racista y xenofóbico, difundido como moneda de uso de corriente y que fraguó en acciones sistemáticamente injustas y atroces.

EL HOLOCAUSTO MERCANTIL

Debemos salvaguardar a las instituciones de educación superior del holocausto que supone la mercantilización de la vida social, en aras de la utilidad y el beneficio material, como si la vida humana sólo tuviera un horizonte intramundano. Y para ello hay que comenzar por recuperar el lenguaje propio de la vida académica.

La comunidad universitaria está compuesta por docentes y dicentes, por profesores y alumnos; no por clientes o compradores, y vendedores de productos o prestadores de servicios. Para comprar o vender no es necesario el clima de amistad, indispensable para que se dé el proceso educativo. La relación entre profesores y estudiantes es trascendente; la relación de vendedor y cliente es transeúnte.

Las universidades son merecedoras de veneración, al grado que se les considera alma mater. Porque nutren el espíritu humano, son como una madre buena para el alma. Acrecientan la capacidad de pensar y actuar, ayudan a forjan el carácter y proporcionan medios para desarrollar la propia intimidad.

Las relaciones de compraventa, en cambio, tienen un puro valor instrumental; proporcionan medios, sí, pero se ordenan a facilitar lo que falta para organizar el espacio externo.

La universidad se mueve en el ámbito de los fines y de la clarificación de las vocaciones personales. Tiene que ver, insisto, con el valor intrínseco de la propia intimidad. Las relaciones mercantiles son epidérmicas, superficiales, modales, impersonales.

Las relaciones entre educadores y educandos, en cambio, por ser personales, son profundas, imprimen carácter, dejan huella, al tiempo que abren posibilidades de realización inéditas y son interactivas. El educando se convierte en educador y viceversa, tanto o más aprende el que enseña, como el enseñado.

La compraventa se agota en el intercambio material, puede ser reiterada, pero no se abre al futuro, pues realiza sólo la oportunidad que se presenta en el momento. El intercambio de prestaciones que supone la relación comercial no es criticable por sí mismo, lo que denuncio aquí es su extrapolación a las relaciones educativas.

AFIRMARLO SIN VERGÜENZA

Hay muchas buenas razones para actuar, para reivindicar el ámbito académico y universitario como independiente del mercado. Una manera de hacerlo es llamar a las cosas por su nombre. Como hemos dicho, la universidad no es una empresa comercial; los estudiantes no son clientes; los profesores no son animadores de un espectáculo de entretenimiento. La primera tarea es de los profesores, académicos y autoridades universitarias, que deberían estar orgullosos de su identidad y defenderla.

Vivimos en una sociedad que ha hecho del consumo su motivación suprema. El consumo es suscitado, promovido, excitado y hasta exigido. En el extremo se ha llegado a decir que el valor del ser humano radica en su capacidad para consumir: ahí estaría su relevancia personal y social.

En la cultura del consumo masivo todo está a la venta. El discurso sobre la competencia y el mercado se ha vuelto tan natural, que utilizarlo en otros campos de la actividad humana aparece como irreprochable. Atraviesa todos los estratos sociales, todas las áreas del obrar humano e influye en nuestra comprensión de lo que somos y de lo que es la vida social.

Debemos ser conscientes de que el pensamiento mercantil es central en nuestra sociedad, y de que su aplicación en la vida como explicación última supone un empequeñecimiento de los afanes y motivos humanos.

El pensamiento mercantil aplicado a las universidades margina, trivializa y vacía de contenido su misión. Deteriora y al final destruye. Además de que la propia expresión «pensamiento mercantil» remite, parafraseándola, a una vieja expresión de cierta popularidad en determinados ambientes: «¡Pensamiento y mercantil, qué contradicción!».

Otro asunto es el pensamiento empresarial o, para decirlo mejor, el pensamiento sobre las tareas de dirección o gobierno en las organizaciones. Este último no lo cuestiono, sino que afirmo su necesidad y carácter universitario.

Mi temor radica en que el lenguaje del mercado, de productos y consumidores, de oferta y demanda, pueda suplantar al de la ciencia y el conocimiento, de los valores y las virtudes, de los seres humanos y los ciudadanos, y termine por anular la capacidad de pensamiento crítico que la universidad requiere y promueve como condición de su existencia.

Tenía razón Adam Smith cuando decía que el carnicero no piensa altruistamente al vender su producto al cliente: lo que busca es hacer dinero o, en términos clásicos, su propio interés.

En el proceso educativo, el profesor no busca su propio interés, sino el del otro. Por tanto, el profesor no puede ver en el estudiante un consumidor de servicios. La relación es distinta y por ello no se le puede aplicar el lenguaje del mercado, a no ser que se esté dispuesto a desnaturalizarla.

Es falsa la conciencia que niega la capacidad del ser humano para moverse por servir a los otros. La tarea educativa es, por esencia, de carácter altruista y no hay que tener vergüenza para afirmarlo.

RECUADRO

La ganancia más preciosa

Cuando se discuten nuevas leyes que han de regir los estudios superiores, a casi nadie se le ocurre hablar del saber y mucho menos indagar en qué consiste, lo cual no es asunto baladí cuando se está tratando de mejorar la calidad universitaria, es decir, mejorar la invención del conocimiento y su transmisión.

Desde luego, yo no tengo noticia de ninguna alta asamblea de autoridades universitarias en la que se haya tratado temáticamente la enseñanza o la investigación: sólo de muchas en las que se ha hablado torrencialmente del dinero, los edificios, los procedimientos de gobierno, la selección y retribución del profesorado, las salidas profesionales todo ello, naturalmente, apoyado en cifras y gráficos, para no permitir que se infiltrara ninguna idea mínimamente abstracta.

El saber representa junto con el amor la actividad más directamente dirigida a alcanzar una vida lograda. Por tanto, ser universitario profesor, gestor, alumno implica un modo de vida consistente en buscar la propia realidad, autorrealizarse, a través del conocimiento.

No hay ganancia más preciosa. Y es que, en rigor, cualquier otra cosa que yo posea resulta irremediablemente externa a mí mismo. Yo no mejoro por llegar a adquirir recordemos a Pedro Salinas «islas, palacios, torres». Son objetos que jamás llegan a entrañarse en mí, que nunca alcanzo a hacer míos, además de que puedo llegar a perderlos, lo cual provoca una inevitable inquietud que perturba el sosiego requerido para avanzar en el saber. Para mí mismo, tales objetos no representan novedad alguna.

En cambio, yo llego a ser lo que conozco. Y la vida universitaria consagrada al saber ha de implicar una renovación continua, una sorpresa permanente, un entusiasmo ininterrumpido. Todo lo cual es algo que no me pueden quitar desde fuera. Por eso, como universitario, no temo a nada ni a nadie. Puedo decir, acercándome a su serenidad y modestia, lo mismo que uno de los primeros sabios de Grecia: «todo lo mío lo llevo conmigo».

De ahí el desasosiego que produce la declaración de que el problema más grave de algunas universidades actuales sea precisamente el estacionamiento de coches. Alumnos, empleados y profesores por este orden compiten en exhibir cada curso modelos más caros que el anterior. Por no hablar de la proliferación de teléfonos móviles, la calidad de los ordenadores, el precio de la ropa de marca, las excursiones a las estaciones de esquí, los viajes de fin de semana y la exhibición de billetes de muchos euros en la cafetería. Por mí parte, usuario de los transportes públicos y moderado consumista de libros, ya no me atrevo a decir en las aulas como hacía años antes que una de las condiciones exigidas por los clásicos para alcanzar la sabiduría era la pobreza.

Alejandro Llano

Repensar la universidad. La universidad ante lo nuevo.

Ediciones Internacionales Universitarias. Madrid, 2003. pp. 37-38.