Rate this post

UN ANIMAL DE DESEOS

El hombre es un ser de necesidades. En alguna ocasión se ha señalado la necesidad de satisfacer deseos como lo definitorio del ser humano:

Nietzsche llamaba al hombre animal de deseos. Como cualquier viviente, desea porque vive con un vacío (potencia) que le exige llegar a cumplimiento (acto, quietud). Los vivientes no están acabados como tales: necesitan tener más (comida, sueño, reproducción) para mantenerse en el ser.

Estas apreciaciones aristotélicas se agudizan en el caso de los humanos. Evidentemente, animales y plantas no saben nada de administrar o producir bienes. Sobrevivir en su caso no es un arte (un hábito adquirido, una destreza), sino un instinto prefijado.

El león se conforma con tener gacelas, pero nunca será capaz de plantearse la posibilidad de organizar una granja para criarlas. Para él, tener es siempre cuestión de suerte: el hábitat donde naturalmente se desenvuelve dará la respuesta a sus necesidades.

En cambio, nosotros debemos inventar la respuesta: la suerte es esquiva porque no nos basta asistir al drama de nuestra existencia, hay que protagonizarla. El hombre está obligado a ponerse «por encima» de la suerte.

Por si fuera poco, somos el animal que necesita más cosas desde los niveles más básicos: en la alimentación aparece el arte culinario, en el vestido se sigue la moda y saber qué usar en cada ocasión, en la vivienda es preciso elegir entre muchas opciones.

Estar sujetos a necesidades (comer, beber, dormir) implica inventar respuestas. No basta ser para ser humanos: hay que humanizarse. Labor que no queda recluida en el ámbito espiritual: la humanización influye tanto en la constitución del paisaje especulativo económico e intelectual como en la del físico calles, zonas industriales, ciudades. Inventor de realidades, organizador del mundo, creador de necesidades y problemas: eso es el hombre.

Con estos datos se podría sostener que la actividad económica es un arte de dos caras. Por una, está la capacidad de adscribir realidades a nuestro ser, de modo que las necesidades vengan satisfechas; por otro, se pone en juego el arte de humanizar al mundo y al hombre por medio de cierto excederse que evita que vivamos siempre agobiados por el día a día.

UN SER QUE TIENE NECESIDADES, COSAS Y TIEMPO

Tener es llevar las posibilidades de la realidad más allá de lo que esta lograría por sí misma, rompiendo con el trance natural para dotarlo de carácter humano. Se tiene un campo que ha sido alisado, enriquecido con fertilizantes, rodeado por árboles que corten el viento, dotado de riego señales de que el trabajo humano enriquece el cosmos con nuevas finalidades, marcadas por ese espíritu de libertad e iniciativa de la persona. La capacidad de tener (de adscribirse mundo a uno mismo, de trabajar) es el medio para llenar la realidad de espíritu.

Verdaderamente el trabajo genera libertad, pues convierte la tierra en mundo, el horizonte en paisaje, el caos en orden, la debilidad en producción, la naturaleza en oportunidad y cultura. Y, porque puede tener, el ser humano se adueña de al menos tres campos de realidad:

De sus necesidades propias, resolviéndolas o, al menos, poniendo los medios para su satisfacción. Llama la atención que los fines obtenidos con el tener posean la virtualidad de abrir a más necesidades, creando un horizonte de posibilidades sin límites.

El hombre siempre es capaz de más. De esto surge la sociedad de consumo, donde lo necesario aparece de modo constante, repetitivo y en lugares inesperados. Nada de lo deseado satisface plenamente. Al conseguirlo se descubre el fraude que siempre anda aletargado en nuestro querer.

Eso ayuda a desvelar una primera trampa antropológica: si se reduce el ser humano a su capacidad de tener, se le convierte en un insatisfecho crónico. ¿Hay algún tener que sacie?, ¿que no anhele la tenencia de nada más?, ¿existe la posibilidad de un tener tenido como fin? Son preguntas de filósofo que quizás marcan el límite de la actividad económica. Pero son clave: si toda actividad va a ser por definición insatisfactoria, ¿para qué esforzarse entonces en ninguna? Desde esa perspectiva, el esfuerzo sólo sería capaz de abrir la puerta al desencanto. A esas preguntas volveremos más adelante.

Al tener, el hombre se hace con la realidad material que le rodea, la transforma, la enriquece y reinventa. Basta ver la complejidad de la sociedad occidental, donde sólo un número reducido de trabajadores ejercita la relación directa con la tierra. El resto vive en los mercados del dinero, en la compraventa de bienes biológicamente no necesarios (coches, ropa, libros, música), en el mundo inmaterial de la educación, los testamentos o los contratos.

Quizás esto es lo que queremos decir con «especulación»: el tener del hombre sube en complejidad (y eficacia) en la medida en que se aleja de la dependencia de la tierra. Y eso constituye una señal más de la presencia del espíritu. De todos modos esa independencia no puede ser total: satisfacer las necesidades básicas es fundamental para que la economía funcione. Puede ser conveniente que los hombres del mundo entero disfruten de internet, pero desde luego es necesario que puedan comer todos los días. La necesidad de pan es una señal de la presencia del cuerpo.

Es probable que la consecuencia más fascinante estribe en tener también la realidad del tiempo, pues desde su tener, el hombre ya no vive al día, sino que atesora, se independiza de los ciclos biológicos.

Una sociedad es desarrollada sólo si no se colapsa por una catástrofe natural. Es decir, si es independiente de la naturaleza o la ha humanizado de modo que quienes habitan esa tierra sean ya señores de ella (colonos) y no vivan atados a la tiranía de sus ciclos.

Egipto fue primera potencia de su zona gracias a la creación de graneros, lo que permitió vender trigo en años de sequía y escasez. Vivir independiente del día a día es señal de vivir en libertad.

Sin el ocio sin la independencia respecto del tiempo y del espacio no es posible la libertad de pensamiento. Mantener un país en la pobreza es el mejor modo de controlarlo. Regalar alimentos sin gastar en formación resulta otro modo más sutil, y tranquilizador, de conquista.

LA NECESIDAD DE LO NO NECESARIO

Las necesidades humanas son realmente especiales. Se puede afirmar incluso que «el hombre es un ser de necesidades no necesarias». El hombre ha nacido para el lujo, para el exceso, en la misma medida en que sus actividades más propias pensar, querer, saber, amar están siempre en una instancia superior a la comida, el sueño, el sexo o la muerte. Leer el periódico, llevar reloj y gafas, fumar y jugar al golf, pueden ser actividades necesarias de un modo cercano a como lo es el simple hecho de apagar la sed.

Es imprescindible cubrir lo básico, sin embargo, una vez lograda esta meta aparecen más huecos por llenar que, aunque en ellos no nos vaya la vida, sí que puede estar en juego la vida buena [1] .

Para el hombre, vivir no es durar, sino excederse en la supervivencia y dedicar la atención a lo más alto. Lo humanamente necesario va más allá de lo biológico. Somos algo más que un animal que ocupa un espacio del planeta.

El adorno en lo cotidiano, lo cómodo, la educación, la música o el arte, son señales de ese además que es el hombre y permiten un espacio dedicado a la contemplación. Hay que llevar a la gente a más que hacer cosas útiles: cuando la educación, en cualquiera de sus niveles, se centra exclusivamente en las técnicas, la cota de libertad social baja porque se convierte al trabajador en un factor subordinado a la producción más que en el autor de novedades que le corresponde ser.

El hombre precisa de lo «superfluo», pues allí se dan sus actividades propiamente distintivas. El siguiente ejemplo puede ser escandaloso, pero ilustrativo. En España o Alemania hay escuelas de estudios especializados, personas dedicadas al diseño o a la moda, filósofos, publicaciones semanales de carácter frívolo, creadores de modelos económicos, etcétera. En Sudán o en algunos núcleos de Sudamérica, no, ahí lo principal consiste en sobrevivir.

No debe extrañarnos decir que la miseria es proporcional al ejercicio de la propia libertad. Si alguien dedica la totalidad de su tiempo al esfuerzo por salir adelante, queda infrautilizado: centrarse en un nivel de actividad tan físico no facilita el cumplimiento de las personas como personas. Así, se entiende que la mayor forma de pobreza o, si se quiere, de neocolonialismo sea la incultura.

LA PARADOJA DE LA NECESIDAD

El bienestar es más que la simple plenitud gozosa de la vida biológica. Conceptualmente, también va más allá de la caprichosa cualidad que ha hecho de Occidente el Edén de los desesperados de las pateras, marcado por multitud de contradicciones culturales.

El bienestar, además, implica disfrutar los medios que faciliten las actividades humanas propias de la vida buena. Es decir, es requisito de las tareas propiamente humanas. Sólo desde una disposición de bienestar (estar-bien) estoy en situación de dedicarme a los bienes más propios (más dignos) de mi naturaleza (conocer, querer, hablar).

Es casi paradójico que la afirmación de la necesidad lleve a la libertad. Es una paradoja interna a la propia actividad económica: porque necesitamos cosas, creamos riqueza; y el hecho de tener esas necesidades lleva a disponer de tiempo para dedicarnos a acciones no atadas por la necesidad.

Podríamos decir remedando el dicho medieval que «la economía es esclava de la libertad», su servidora. Y es que el exceso permite la contemplación y el ocio, es decir, trascender la centralidad instintiva por los espacios propios del arte, la verdad, el bien o la belleza.

Pero tal afirmación esconde una contradicción práctica: a la vez que nos consigue tiempo, poder, riqueza, posibilidades la acción económica o empresarial se presenta a menudo como tirana. Con frecuencia, el trabajo se torna carga, un principio de alienación que demanda ser «redimido» en cada fin de semana.

Tampoco extraña que en profesiones más liberales ejecutivos de alto nivel, por ejemplo haya personas con la conciencia de estar atadas a extenuantes agendas, a jornadas en las que no pueden darse el lujo de disminuir, si quieren mantener el nivel de vida por el cual esperaban conseguir esa libertad de acción que, en realidad, les ata a la sala de espera del aeropuerto o a la mesa del despacho, llevándoles a ser quizás extraños a los ojos de quienes habitan en su propio hogar, ese mismo para el que pensaban que se encontraban trabajando.

TRABAJO Y CONTEMPLACIÓN: MODOS DE EXCEDERSE

En la Grecia clásica la economía trataba de la administración de las cosas del hogar, una actividad de segunda clase, centrada en necesidades materiales repetitivas comida, arreglo, sueño y propia de mujeres o esclavos. Los comerciantes no eran ciudadanos de la polis: atados por el perentorio afán crematístico, no podían considerarse hombres libres ni estaban en condiciones de compartir la tarea de gobernar la ciudad.

La situación era similar a la de los paradigmas de la literatura del Siglo de Oro: el mercader es ruin; el hidalgo anda corto de oros, pero sobrado en nobleza. Quien comercia, aunque sea rico, es pobre de espíritu y servil. El hombre libre, en cambio, olvida el trabajo y se entrega a la contemplación, al diálogo, a la acción política.

En el mundo clásico, la contraposición entre vida activa y contemplativa es excluyente. La vida activa muere en el transcurso del tiempo la patata se pierde cuando se come y, con ello, todo lo que figuró en su generación. La vida activa no traspasa el umbral del tiempo, de la historicidad, de lo cotidiano. Mañana habrá que comer de nuevo, como si las comidas anteriores ya no sirvieran.

Pero ese desprecio a lo que no sea contemplación se fundamenta en un engaño. El hombre está hecho para la contemplación pero también para la acción. Si se anula la totalidad de la actividad práctica, se hablaría de otro ser. Además, esa anulación haría imposible la misma teoría: la estructura de la polis es tal porque un buen porcentaje de sus habitantes no cuentan como ciudadanos sino como productores. Históricamente la teoría se ha fundado en instituciones como la esclavitud, el feudalismo o la siempre pobre financiación estatal.

Quizá la contemplación corresponda a «lo divino que hay en nosotros», pero es patente que también convendría hablar de lo que tenemos de humanos y, esa dimensión incluye la acción, la repetición, los ritmos biológicos y la rutina. La actividad económica trata de buena parte de esa humanidad: como ya se ha dicho, sin ella la libertad real encarnada en la acción diaria no es posible.

VIDA CONCENTRADA

La economía es servidora de la libertad, pero no debe reducirse a serlo «de la economía». Juan Pablo II, tomando la frase de Gabriel Marcel, ha recordado en sus encíclicas sociales que «no se puede reducir el ser al tener». Esa reducción, de hecho, puede hacerse, pero sus consecuencias serán siempre negativas desde el interés de la persona.

Si la economía es la única realidad práctica, si su función se reduce a retroalimentarse y el mercado existe para el mercado, el hombre será lo que tiene o produce. Así, la riqueza económica y el poder se convierten en el factor objetivo de realidad. A tal grado, que los poderosos reclaman nuestra atención, suscitan envidia, están por encima de los mortales, si bien el motivo puede ser sólo una cuenta de resultados o haber recibido cuantiosa herencia. Así se reduce la realidad a dinero: time is money; y como la vida es en el tiempo, luego life is money y en la «vida real» parece que es el oro el último reducto de la verdad y la confianza.

¿De dónde le viene esa fuerza a la actividad económica, que reduce los bienes de la patria, el hacer de un gobierno, y la felicidad de un pueblo a temas como la deuda, los impuestos o índices bursátiles? La clave es evidente, y ya Aristóteles la advertía: el dinero es poder y lo es por ser «vida concentrada».

Quien posee dinero es dueño de la vida de otros. El coche que a uno le costaría dos años de hipoteca al otro le ocupa apenas unas horas de su tiempo. Poseer riqueza es vivir más, implica la posibilidad de llegar más lejos. Se insiste: en ese sentido la riqueza es positiva, y las reivindicaciones de los necesitados deberían conducir hacia una redistribución de los bienes en la que nadie fuera expoliado, sino en la que todos alcancen un nivel que les permita dedicar tiempo a los asuntos humanos, a la vida del espíritu.

REDUCIR LA VIDA A SU CÁSCARA

Y, por eso mismo, poseer dinero tampoco responde al fondo de los problemas humanos. El asunto se plantea con fuerza en la pregunta acerca del sentido. El dinero aunque se tenga mucho sigue siendo un medio.

Con él poseo otras vidas, gano tiempo ¿para qué? ¿De qué sirve hacerse con un tiempo extra si no existe una finalidad una meta que dote de sentido a esa posesión?

Así, el rico se arriesga a convertirse en un extravagante (dedicado a deportes extremos, viajes absurdos, fiestas y faustos, banalidades), y devenir en frívolo. La frivolidad es reducir la vida a su cáscara y, por lo tanto, condenarla a la condición de desperdicio. Y es que no es posible construir la existencia sólo sobre actividades mediales. El sentido lo da el fin.

Una acción medial que no sabe de su fin carece de sentido y, si se convierte ella misma en fin, también carece de él: hacer dinero para amasar fortuna es perder el tiempo porque lo que se tiene sólo de modo material no mejora necesariamente el propio espíritu.

Por eso hay que darse cuenta de que un fin en sí mismo no puede ser medio. Y, si lo fuera, debería ser para otro fin. Para que la acción tenga sentido es preciso un fin final, más allá del cual no haga falta seguir yendo, un fin en el que instalarse y darse cuenta que ahí es donde se debe estar.

Reducir al ser humano al rol de productor, despojarle de la posibilidad de descanso, atarlo a la rueda de la eficacia contabilizable, conlleva dejarle inerme ante el vacío. La vida humana excede a la economía y el ser humano se sirve de ella para cumplir ese excederse. La contemplación aparece de nuevo en el horizonte. Lo no productivo no pertenece propiamente a la actividad económica o empresarial, pero es su fuente de sentido y en último extremo lo que las constituye como actividad.

Un comprador de tiempos que no tenga un para qué, reduce su vida a esclavitud, pues no sabe a dónde va: si tener un bien el tiempo no responde a razón alguna, en realidad esa tenencia sería sólo aparente, no significa ningún enriquecimiento interno para ese poseedor sin finalidad. Si la actividad económica pasa a convertirse en el fin en vez de ser para el hombre, este se transforma en instrumento del engranaje económico.

Ese instrumentalismo conlleva la pérdida del sentido natural de las cosas, porque deforma los medios de tal modo que se toman como fines, y esa exaltación desordenada de lo que es medio acaba generando confusión: de la mentira difícilmente surgen verdades, a lo más contradicciones.

Comprar la libertad no sirve de nada si esa libertad no responde a una tarea. Pero la tarea no se compra, se decide desde la interioridad del sujeto y debe corresponderse con la riqueza irrestricta que acompaña al anhelo natural de felicidad de la persona.

La economía no se justifica a sí misma. Llamarla esclava de la libertad, a fin de cuentas, es lo mismo que decir servidora de la persona. Sólo la persona tiene categoría de fin. Entregarse de lleno a la empresa es una actitud miope que desengaña y, casi siempre, conduce al hastío.

NECESIDAD DE LA SÍNTESIS

Es preciso llegar a una síntesis entre el desprecio clásico hacia el trabajo y el febril activismo al que parece invitar la economía contemporánea cuando refiere el éxito de modo exclusivo en términos de tener.

El desarrollo económico ayuda a frenar la injusticia. ¿Por qué, si no, actividades como el turismo sexual o las fábricas de algunas multinacionales de ropa y entretenimiento con mano de obra barata, infantil y analfabeta se desarrollan en países como Tailandia, Filipinas o Indonesia? A raíz de las inundaciones provocadas por el huracán Mitch en Centroamérica, El Roto publicó en el diario El País una viñeta desoladora: una mujer, en un paisaje devastado, con un niño desnudo e inerme en sus brazos, dice con la serenidad del desconsuelo: «El huracán se llevó las casas que no teníamos». Si al menos se hubiera provocado un desarrollo que hiciera imposible que nadie repitiera con razón esta frase, habríamos logrado un mundo más justo.

Repito: el desarrollo económico guarda todas las potencialidades para ser positivo porque permite hacer el bien, ya que el dinero es poder, tiempo vencido, y con poder el hombre humaniza el mundo.

Pero a la vez, el saber económico no se basta a sí mismo. La economía es medial y no puede dar razón de su excelencia que es supra-económica (la persona, la libertad). El sentido de la ciencia económica está en función de su carácter de servidora de la libertad, de realidades irreductibles a econometría.

MAXIMIZAR EL BENEFICIO

¿Qué hay tras los modelos económicos o planes de expansión?

¿Podemos desarrollar un saber económico que no se cuestione el para qué, que se encierre en el diálogo entre modelos sin volver los ojos a la realidad?

Las mismas preguntas deben plantearse al empresario. Como economista, ¿debo fomentar ese recuerdo del ser y del sentido de las cosas o el buen hacer económico se identifica con una actividad técnica neutral?

Mas, ¿puede de hecho darse esa pretendida neutralidad?, ¿podemos actuar como si la actividad económica no tuviera referencia a la persona o como si el hombre fuera sólo un creador-consumidor de necesidades? ¿Tienen consecuencias morales esas necesidades fomentadas desde la empresa? ¿Las tienen las decisiones macroeconómicas en materias como el armamento, la educación o los gastos de sanidad? ¿Basta decir «cumplo con mi trabajo», «conquisto mi mercado» y encogerse de hombros, o es necesario tener ante los ojos las consecuencias antropológicas, sociales, de esa tarea?

Son cuestiones que recuerdan ese excederse que marca la realidad del ser humano. El economista y el empresario tienen una responsabilidad meta-económica. Lo mismo quienes preparan futuros licenciados: no podemos formar técnicos, expertos sin conocimiento, hombres que hayan perdido el sentido del ser de las cosas o que pongan entre paréntesis su propia humanidad.

Una buena educación económica tiene una fuerte carga técnica.

Pero si la economía cierra los ojos y evita ir más allá de ella misma es una mala economía, pues pierde la posibilidad de responder a la pregunta por el sentido mismo de su actividad.

Si los frutos de una tarea de formación o del trabajo en determinada entidad o empresa fueran unos individuos carentes de capacidad crítica, o que no estuvieran preocupados por las realidades sociales y humanas de su entorno, es evidente que habría que anunciar un gran fracaso.

«Formar a expertos en humanidad». Así definía el fundador de la Universidad de Navarra el objetivo que desde ella se plantea. El fin es el principio de la actividad práctica. Maximizar el beneficio, en nuestro caso, consiste en tener siempre presente el fin al ejecutar los medios y, quizás, sabernos co-partícipes en la búsqueda de una verdad que en el caso de economistas y empresarios necesariamente ha de fomentar la puesta en marcha de la justicia.

Resumen del artículo «Una defensa del exceso.

Sobre el sentido antropológico de la actividad empresarial» publicado en Revista Empresa y Humanismo vol. VI n. 2/03. Navarra, 2003. pp 269-282.

[1] Cfr. Ricardo Yepes y Javier Aranguren. Fundamentos de Filosofía. EUNSA, 5ª ed. Pamplona, 2001. p. 260.