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Considerada voz femenina del grupo poético del 27, Ernestina de Champourcin se dedicó a la poesía incluso en circunstancias vitales difíciles. Fue una de las tres primeras mujeres que publicó poesía en este siglo, y solía decir que su vida estaba en sus libros. Vivió exiliada en México por tres décadas, pero afirmaba: «yo no he actuado nunca activamente en la política». A sus 93 años, sobrevivió a su generación, escribiendo casi hasta el último momento.

¿Pero quién es esta mujer que prefería el calificativo de poeta al de poetisa? ¿Por qué es prácticamente ignorada en la Literatura? De hecho, adquirir un libro suyo no es fácil, al menos en México. En España, su país natal, le otorgaron premios y reconocimientos los últimos años de su vida, y también compilaron sus poemarios. Sin embargo, México, que la acogió por treinta y tres años, no ha hecho eco a sus poesías.

Las dificultades para encontrar su obra la rodearon de misterio. El deseo de leer un poemario completo me impulsó a seguir la pista de una mujer perdida en las memorias de la ciudad y el silencio del exilio, hasta encontrar la huella que dejó en quienes la conocieron personalmente. En una maravillosa biblioteca privada encontré dos de sus publicaciones. Con este hallazgo puedo hacer eco a las observaciones de Beatriz Comella, Pedro A. Urbina, José Infante, Ana Sastre Gallego, Carlos Pujol… la poesía de Ernestina de Champourcin es invaluable, tanto por su calidad literaria como por su riqueza temática.

UNA VOZ ORIGINAL

Poeta española nacida en 1905, Ernestina Michels de Champourcin publicó su primer libro de poemas En silencio, en 1925. Desde entonces su voz se destacó original y se le puede considerar, según Emilio Miró, «la primera voz femenina del grupo poético del 27». Su poesía es profunda y ligera, suave y contundente, en una palabra, melodiosa.

El nombre de esta generación se tomó de la celebración del tricentenario de la muerte del poeta Luis de Góngora y Argote. Los intelectuales y artistas españoles que iniciaron este movimiento buscaban engrandecer el español, recuperar el estilo elegante y la gloria del «siglo de oro». Cuenta una anécdota que este grupo se reunió en la tumba de Góngora, y ahí, juraron recuperar el esplendor de la lengua castellana que brilló en los tiempos de Cervantes, Quevedo, Calderón, Sor Juana… Inicio poético para una generación de grandes poetas. ¿Es coincidencia que el camino para devolverle el esplendor a una lengua sea la poesía? Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y Manuel Altolaguirre, entre otros, siguieron ese camino con muy buenos resultados. También Concha Méndez, Josefina de la Torre y Ernestina de Champourcin participaron en este movimiento, y aunque no consten en la mayoría de las antologías y los libros, Gerardo Diego las incluyó dentro de la generación en su Antología poética española.

Todos estos artistas de la pluma dotaron su movimiento de ciertas generalidades, retomaron los metros tradicionales, como el romance y la décima, y dieron especial cuidado a la forma. Tomaron elementos de la tradición literaria sin perder su afán creador; supieron conjugar sensibilidad e inteligencia, lo popular y lo culto, y utilizaron con maestría la metáfora. Aunque entre líneas también dejan entrever las sombras que cubrieron a España y Europa a principios de siglo.

Los versos de Ernestina reflejan este movimiento, con la cualidad de ser accesibles y sencillos. Pero «sencillo» no significa «simple», al contrario, son de fácil y agradable lectura, y en ellos supo expresar certeramente la intensa hondura de su alma y las inquietudes que el amor de Dios puso en su corazón. Y ésta es una de sus principales características, su poesía es religiosa:

No sé cómo me llamo…

Tú lo sabes, Señor.

Tú conoces el nombre

que hay en Tu corazón

y es solamente mío;

el nombre que Tu amor

me dará para siempre

si respondo a Tu voz.

Pronuncia esa palabra

de júbilo o dolor…

¡Llámame por el nombre

que me diste, Señor!

(El nombre que me diste…)

Sin descuidar la elegancia del español ni la forma de sus versos, en ellos se aboca a las inquietudes que inundan su ser: los estados de su espíritu y sus sentimientos y amor hacia Dios. Temática muy distinta a la de algunos de sus contemporáneos.

Quiero tocar verdades

que nunca se desmientan;

signos de eternidad,

incólumes presencias

que han de colmarme un día

con su gloria serena.

Realidades cuajadas

en todas las ausencias

que hoy admito y conllevo.

¡Qué soledad tan densa…

¡En mis manos vacías

qué esperanza tan bella!

(Cárcel de los sentidos, 5, fragmento)

POESÍA, RAÍZ DEL ESPACIO INTERIOR

En la obra de Ernestina se encuentran fragmentos que rememoran la poesía de Santa Teresa, San Juan de la Cruz y la obra de Juan Ramón Jiménez, estos dos últimos, sus escritores favoritos.

Fue hija de familia noble. Estudió en Madrid donde aprendió inglés y francés, que años más tarde aprovecharía para realizar traducciones en la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica. Su labor como traductora es aún más desconocida, sin embargo, también debería tomarse en cuenta, pues empleó en ella alrededor de quince años, mismos en que dejó de publicar poesía.

Frecuentaba los círculos culturales de Madrid, en los que conoció al poeta Juan José Domenchina, secretario de Manuel Azaña mientras fue Presidente del Consejo de Ministros, y director del Servicio Español de Información en el Ministerio de Propaganda de Valencia, durante la guerra civil.

En 1936 se casó con Domenchina, vivieron la guerra civil, la caída de la República y el exilio, primero a Francia y después a México. Compartieron la pérdida de bienes y él, orgullosamente, la llama «nueva pobre» en la dedicatoria de uno de sus libros. Juntos recorren el camino paulatino de perderlo todo, o casi todo, y entonces retoman el sendero religioso del que ambos se habían alejado por el ambiente efervescente y revolucionario que vivieron en España.

Para que te quedaras

yo misma me fui yendo…

Puedes entrar, no hay nada.

(Zaqueo, II, fragmento)

Juan José Domenchina no se adaptó a la separación de España, y como planta que se marchita a causa de un mal trasplante, murió en 1959. Su último libro de sonetos, El extrañado (1958), se considera espléndido. El dolor por su muerte no detuvo la carrera literaria de Ernestina. Ejemplo de ello es un fragmento del poema titulado Y te quise traer… probablemente dedicado a su esposo.

Y te quise traer un ciprés de Castilla

que hundiera sus raíces hasta tocar tus huesos

(…)

No ese ciprés de Silo que Gerardo cantara

sino un ciprés aún tierno que creciese a tu vera

señalando al que pase la ruta que seguiste.

Así todos verían, al levantar los ojos,

que ya no estás ahí donde tu nombre queda,

porque el ciprés, cual índice de verdor y esperanza,

guiará su vista a tu verdad inmutable.

También por esos años se dedicó a la critica literaria. Colaboró en varias revistas, entre ellas ISTMO, donde publicó varios artículos, como: Mujeres en nuestras letras, El largo camino de Edith Stein, La novela norteamericana, y Actualidad de Paul Claudel. Continuó escribiendo poesía después de regresar a España en 1972, hasta pocos años antes de su muerte, cuando era ya prácticamente ciega.

CARÁCTER INTIMISTA

¿Por qué esta magnífica poeta es ignorada en la literatura? ¿Por ser mujer? Sin embargo, Domenchina también está un poco olvidado. Es muy probable que el silencio lo deban al exilio, pero también influyó en el rechazo de sus contemporáneos el carácter intimista y el interés religioso de Ernestina. El ambiente político y cultural de esa época estaba cargado de socialismo y éste no es precisamente compatible con la religión. Por lo que no sería raro que el aspecto religioso sea el que más pesó en su olvido.

Sin embargo, lo importante no es responder por la actitud de sus contemporáneos, sino recuperar el tiempo perdido y ese pedazo de mar en la poesía que Ernestina navegó entre España y México.

Una gota en la lírica castellana de la que nos hemos perdido, pero que ofrece la labor fascinante de encontrar la poesía de Ernestina de Champourcin, compartirla a quienes aman este arte, motivar la curiosidad de quienes ignoran su existencia y darla a conocer: hablar bien de quien bien habla.