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El currículum vitae no es sólo un repertorio de logros profesionales que se presenta al pedir empleo. Gracias a él, además de analizar la evolución de la propia carrera, se puede comprobar si la vocación está clara, si de ese modo se asegura la empleabilidad y, también, si se aprecian los trazos que permiten formalizar una trayectoria mínima, profesional y, sobre todo, personal.

En efecto, el currículum no abarca exclusivamente el aspecto del trabajo; por eso, al elaborarlo, conviene ir más allá de una simple apreciación laboral de nuestra vida. Escribir ampliamente el currículum también el vital es la mejor herramienta para ver qué «retrato» sale: el argumento real, las empresas donde uno ha estado o está envuelto y los proyectos que se perfilan con fuerza suficiente.

TRES CAMPOS VITALES

La vida personal se complica día con día al aumentar las opciones aumentan las alternativas entre las cuales escoger: sería más fácil ser un prisionero que ser libre, elegir es difícil, y mucho más entre tantas posibilidades, incluso llega a provocar desazón o, al menos, inquietudes.

Un esquema de referencia personal ayuda a rebajar la tensión y, sobre todo, a estar más cerca del acierto, indica el rumbo y nos evita andar «desnortados»; acertar en la vida implica definirse en los asuntos vitales. Éstos pueden referirse a tres campos: uno mismo, otras personas y las cosas.

1. La propia persona

Desde que despierta, la persona a menos que esté impedida física o mentalmente se ocupa de sí misma. Uno mismo es alguien muy importante, uno se pasa toda la vida consigo mismo, con diferentes grados de intensidad, pero siempre presente. Es a partir de uno mismo como se descubre todo lo demás.

Una persona sabe distinguirse del resto y ve a los demás como son, con sus individualidades e independencias relativas, separadas de sí misma.

2. Las otras personas

El propio cultivo, el deseo de mejorar y el esfuerzo por alcanzar calidad son prioritarios; es duro para los otros tener que convivir con una persona que no se cuida, se abandona y no se respeta a sí misma.

No importa que sean conocidos o desconocidos, amigos o familiares; los demás deben verse como personas, con derechos y obligaciones. Sin embargo, no siempre es fácil tratarlas como tales ni convivir con ellas. Casi siempre, uno está encerrado en sí mismo y en las cosas (que no exigen nada), y tratar con otros pide cierto esponjamiento, sobre todo, darse cuenta de que son alguien, no cosas.

A veces tratamos a los otros como objetos; así ocurre con frecuencia en la sociedad donde los demás son molestias (el pueblo para la guerra, se decía), votos o contribuyentes; en las empresas, donde son colegas o competidores, sin ninguna sensación de que hay que ayudarse; lo mismo pasa con Dios a quien se ve como un principio cósmico o una mera introspección personal o un familiar muerto, que se convierte en recuerdo o añoranza, pero que ya no se ve como una persona real, que vive.

Viktor Frankl, por ejemplo, solía utilizar la imagen de que, en el acto conyugal, algunas personas no utilizan al otro sino como una pieza para masturbarse.

Tratar a los demás exige la conveniencia y necesidad de ser agradables, ayudar y consolar. Aunque resulte muy difícil, es la única manera de contemplarse y, por lo tanto, enriquecerse humanamente.

Así como uno mismo es capaz de no respetarse, en la convivencia con los demás también puede primar el desapego, el desprecio y la discordia incluso el miedo, y lo mismo que uno puede ser desaseado, egoísta o grosero, también los otros pueden ser truhanes, locos o zafios.

La mayoría de las personas pasa su vida en relación con otras. Primero, y sobre todo, con su familia. Es ahí donde la persona se siente querida por sí misma, donde el esponjamiento no es peligroso y las cosas se hacen voluntariamente (aquí se dan los mejores ejemplos de voluntariado, a través del cuidado a quienes lo necesitan en los temas y momentos clave de la vida).

3. Las cosas son relevantes

Aunque hay muchas y se dice que son poco importantes, es bueno que las cosas materiales tengan cierta relevancia: ayudan a vivir, a que la vida sea más personal, fácil y amable en la medida de lo posible es benéfico que la vida del ser humano sea amable. El hombre necesita paisajes, colores, medicinas, medios de transporte, libros… porque además de ser espiritual, es corporal; toda su vida requiere de cosas (para alimentarse física y también espiritualmente).

Ligero de equipaje, sí, pero sin ignorar que el equipaje es preciso para vivir humanamente; los ataques al consumismo generalmente resultan simples, cuando no torpes, porque el asunto radica en cómo se relaciona la persona con las cosas, si tapan o no sus perspectivas.

SABER COMBINAR

La manera de vivirse uno mismo, a las otras personas y a las cosas, es el arte en donde radican los diversos argumentos de la peripecia personal que se incluirán en el currículum. Y aunque los tres factores sean esenciales en la vida, lo verdaderamente importante es saber combinarlos y, por lo tanto, lo que cada persona realice con ellos; este es el único modo de diferenciar la propia vida de otras: de la intensidad, tiempo y prioridad con que se viva dependerá qué argumentos se obtengan.

Por eso hay vidas en blanco y negro o en colores; obtusas o entendibles; opacas o sencillas; vacíos existenciales o vidas colmadas. Del mismo modo, hay argumentos seleccionados y otros impuestos.

Los componentes del currículum son relativamente pocos, pero pueden ser muchos en términos de personas y cosas. En bastantes vidas, es normal que las personas, actividades e inquietudes no pasen de 10 ó 20. Excepcionalmente, pueden llegar a varios centenares, sea por la cantidad de proyectos, por la mayor apertura en las relaciones con otros o por la propia abundancia de bienes que facilita u obliga a estar en muchos sitios y temas. Lo medular no es la cantidad misma, sino si se domina la situación, si hay una definición real de los proyectos y si éstos son coherentes a nivel personal.

Hay personas cuya definición personal es muy concentrada, con pocos asuntos incluso con uno solo para vivir. Son casos extremos, de vocación inequívoca, que se dan en el mundo de los empresarios, poetas, religiosos, etcétera: hay un objetivo prioritario y todo se hace en función de ese objetivo, no hay dispersiones y todo se aprovecha para esa misión permanente. El argumento de la vida es monotemático.

Ahora bien, lo normal es tener diversos intereses, cambiarlos en función de los deseos, presiones y edades, e ir construyendo diferentes argumentos, con mayor o menor relación entre ellos.

Tampoco dejan de ser frecuentes quienes persiguen intereses sólo por conseguir buenos argumentos para el currículum, sólo en función de ello y forzados por las cosas y los demás. Para conseguirlos desempeñan todo tipo de papeles, ejercen a la vez de torero y bombero, sin dominio de la letra ni del ritmo… andan tras objetivos que se escapan, sea por insuficiente capacitación, escasez de dedicación o por no querer seleccionar. Normalmente es por esto último: todo interesa, se es avaricioso de currículum, se quiere estar en todos los escenarios sin importar los costos, aunque siempre los haya: a nivel de salud, de supervivencia familiar o, al menos, de ansiedad.

En todos los casos, lo relevante es comprobar quiénes son los «personajes reales» del argumento; más que los asuntos en sí, de los «decorados» y «efectos especiales», lo que suele ser la mejor pista es saber en función de quién quiénes se vive.

Al final, la vida se constituye como una novela u obra de teatro; si la novela es larga pueden encontrarse multitud de personajes, muchos de ellos pasajeros o sin relación verdadera (las diferentes novelas que contiene El Quijote, por ejemplo), y es preciso retomar, constantemente, el hilo argumental.

Las obras de teatro suelen ser más concentradas, de hecho, son como una novela sintetizada, con los personajes identificados antes del prólogo; cada uno jugará su papel principal o secundario, pero ya establecido (princesa, soldado 2º, mozo del sombrero, vecinas o pueblo). Con frecuencia, en una gran pieza teatral sólo intervienen tres o cuatro personajes y el resto es coro (murmullo, colorido, sombras).

UN ESQUEMA VITAL

A veces conviene detenerse a explicar el currículum personal y ver de qué trata, qué se ve ahí, quiénes «hablan» e importan y qué derroteros está tomando. Quizás sólo para ver si nos gusta o no y de ese modo evitar que por miedo, despiste o inercia, continuemos haciendo algo que de verdad disgusta.

El teatro de la vida no es fácil, el autor aparece siempre dentro de la obra, no por un segundo, como Alfred Hitchcock en sus películas, sino como Shakespeare o Segismundo.

No es suficiente dejarse llevar por la vida. El ser humano debe tomarla por trozos y convertirlos en proyectos específicos. Hay que envasarlos y definirlos como bienes o servicios, con entidad, donde uno pueda volcar ilusión y esfuerzo.

Incluso, cuando a nivel familiar se desea, sencillamente, estar juntos, hay que pasar de inmediato a darle un contenido o tonalidad para que no aparezca el aburrimiento y que la mera contemplación sea enriquecedora y placentera en sí.

Lo mismo si individualmente se desea descansar, desconectar y olvidarse; es preciso crear ese ámbito de aislamiento, ocio y holganza (a menos de que todo consista en dormir o dejarse dominar por otros factores como la droga, primer ejemplo de dejación).

¿VIVO PARA TRABAJAR?

Uno de los principales proyectos vitales es el trabajo; se quiera o no, implica un tercio del día hasta convertirse en toda una carrera. Lo ideal aún muy difícil de alcanzar es integrar la profesión al currículum personal; gozar en el trabajo es mucho pedir, pero que al menos no perjudique ni impida otros proyectos personales, es de enorme relevancia.

Si se logra tal integración, el trabajo se hará con gusto y enriquecerá a la persona; y además se habrá encauzado correctamente un tercio del currículum vitae. Al final, la vida se hace por días, y el hecho de que la profesión vaya construyéndose y dé contenido personal al paso del tiempo, es el mejor seguro de vida.

Si se analiza el currículum vitae profesional de algunas personas, habrá quienes prácticamente estén llenas de fechas y actividades, pero sin orientación ni contenido; tras algunos años más, todavía no van a ningún sitio: no se ven preferencias ni prioridades y los resultados no son comparables ni aseguran la empleabilidad.

Desde un punto de vista puramente mercantil, desde el que la situación del mercado laboral sólo exige un puesto de trabajo, lo anterior no importa (el trabajo es una propiedad y eso basta para siempre, asegurando incluso el retiro;pero cuando hay proyectos o encargos determinados por otros factores, lo fundamental es la capacidad de ver claramente esos objetivos y hacerse cargo de ellos (ya no hay propiedad sino honorarios por obra realizada).

Así, en la primera situación, el currículum vitae no sería necesario; en la segunda, será preciso vigilar cómo se construye, ver qué cosas le perjudican y cuáles van a redondearlo.

Bastante gente ignora no sólo cómo escribir un buen currículum, sino lo más grave cómo construirlo; por eso, cuando se ven obligados a presentarlo, no sale más que una fotografía borrosa, sin posibilidad de hacer una síntesis; difícil, por tanto, de que a alguien le interese.

Trabajar 100 mil horas (47 horas x 47 semanas x 47años) o 50 mil (32 horas x 45 semanas x 35 años) y que no formen parte esencial de la vida personal es un despilfarro preocupante. Resulta difícil dar sentido a esas horas sin una cierta vocación, si algo no gusta un poco más que otras cosas. Desde luego, hay personas que consiguen trabajar 100 mil horas dentro de una perfecta holgazanería personal, y acaban por «jubilarse» desde muy pronto; con independencia de otras connotaciones perversas, parece claro que simplemente vendieron un tercio de la vida por un plato de lentejas: eso sí, para cada día que no es poco.

Hacer lo que a uno le llena, desarrollar un empleo en donde uno convive y consigue objetivos más allá de la propia autorrealización, es una preciosa posibilidad de construir un trozo de currículum vitae esponjado, que ayude a que la vida no esté compuesta por actuaciones estancas.

Para conseguirlo es preciso, a veces, trabajar a un nivel inferior al que a uno le gustaría (sin aceptar niveles atractivos pero que exigen cortar parte de los valores propios o que obligan a convivir con robadores y gente de gran peligro) o con un nivel económico más ajustado (sin aceptar residir en urbanizaciones que marquen el estilo de vida o con expectativas que obligan a diseñarla desde una perspectiva de aguante financiero… con peligros para el equilibrio emocional). Hay que tener proyectos, no hay que cejar en el empeño, pero distinguiendo las ambiciones de las enfermedades.

VERDADERA INVERSIÓN

Además del trabajo profesional, hay otros trabajos muchas veces derivados de la misma profesión (ayudar a otros, hacer aportaciones por amistad, regalos a personas e instituciones). Estos trabajos se realizan sin agenda, porque sí, porque resultan agradables para quien los lleva a cabo.

Sin embargo, habrá personas a quienes les sean ingratos. «Soy médico pero no enfermero», decía alguien para no ayudar en casa, como muestra de que lo profesional a veces marca tanto, que impide al empresario ser padre, al banquero ser ciudadano, al periodista amigo silencioso, al político persona confiable, etcétera.

Estos «otros trabajos» pueden ayudar a centrar la realidad de las cosas y las personas, a veces muy distorsionadas por la perspectiva del trabajo profesional que suele endurecer las sensibilidades.

No sólo se debe trabajar, también hay que invertir tiempo en otros ámbitos de la vida personal; desafortunadamente, esta faceta suele quedar obviada. Con alguna frecuencia, al trabajo y sus desafíos debe decírseles «ya no más». El progreso personal se consigue, a veces, frenando las ambiciones y contemplando otras realidades que exige el cuidado personal, tanto del cuerpo como del alma. Por eso es necesario que el currículum vitae contenga algo más que lo profesional: deben caber los apartados de hijo, padre, amigo, ciudadano; en donde ocasionalmente no hay nada que apuntar; ni bueno ni malo, nada, sólo dimitido.

La familia es un gran apartado inversor. No se trata de dibujar árboles genealógicos, sino de gozar de la convivencia amorosa que se pueda (en la familia es más sencillo amarse que en cualquier otra instancia, aunque no sea un asunto fácil).

No hay que dar por supuestos los proyectos familiares, si no, bajarán de nivel rápidamente, como todo lo que queda en lo genérico y no recibe un envoltorio ni una marca.La familia como materia prima, sin elaboración, pronto se reduce a algo indiferenciado, menospreciado, sin octanaje.

Es en ella donde realmente se encuentran los personajes esenciales de la vida personal; ni presidentes, banderas, reyes ni estrellas son relevantes en la vida propia, no alcanzarán la categoría de anécdotas ni formarán parte de las circunstancias, a lo mucho serán noticias sin contenido, sin ningún reflejo en el currículum vitae.

Hacer muchas de esas cosas que «no sirven para nada» también está dentro de las inversiones humanas, como conversar, alegrarse de lo bueno que les ocurre a los demás, festejar las cosas interesantes de la vida comida, bebida, música, árboles, fiestas, lectura, tener esperanzas, recibir a los parientes lejanos, centrarse en el presente sin tantas preocupaciones por el futuro, estar a gusto o contemplarse.

SABER VIVIR

Es indispensable aprender a programar las inversiones, no pueden esperar para cuando haya un resto de tiempo o para las vacaciones; deben establecerse. El exceso de lo profesional y lo social arrincona los otros ámbitos personales, con lo que las vivencias más humanas disminuyen y, al final, todo es sequedad; incluso, cuando se entra en contacto con algo que no se mide por metros o se pesa en kilos, se tiene la sensación de perder el tiempo o de sensiblería.

Por eso tiene mucho sentido establecer fiestas en el calendario; es signo de cultura y también de buen sentido. Hay que cambiar, interrumpiendo el día a día, por los motivos que sean hitos astronómicos, celebraciones religiosas, asuntos climáticos, tiempo de cosechas o descansos razonables, en medio de una sociedad con poco contacto con lo espiritual o la naturaleza.

Incluso, esas fiestas a veces interrumpen el ritmo habitual y pareciera como si descansar o divertirse fuese una obligación, pero eso ocurre cuando la vida ya es monocromática, cuando lo profesional se ha impuesto y priman los enfoques de las instituciones sobre los de los individuos. Las instituciones no necesitan holguras, pero sí el ser humano, que precisa de tiempo para sí mismo y para palpar experimentalmente las cosas de la vida.

No se sabe todo de la vida, ni mucho menos, pero hay bastante conocimiento de puntos importantes. Es conveniente, por ejemplo, no forzar el propio cuerpo ni tampoco el espíritu; se sabe que se nace con una comadrona y que, quizás, la muerte actúa como otra comadrona para la nueva vida.

Se sabe que el hombre es perecedero y que tiene ansias de vivir; se sabe que la felicidad es como el sueño, que si se fuerza produce desvelo; se sabe que hay momentos en que hasta la música más suave parece ruido y lo único con lo que se puede contar es con una mano amiga que mitigue el dolor o el miedo (y se sabe que no es seguro de quién será esa mano). Por eso, mientras el hombre pueda, debe llevar la iniciativa, sin dejarse marcar la ruta ni descuidar la figura que va componiendo.