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No podemos permitir que la desilusión ante lo que todavía no ha logrado el gobierno lleve a desentendernos otra vez de dos áreas: la política y la responsabilidad social.

La responsabilidad social es algo vital y cotidiano, exigible a todas las personas y organizaciones como la manera más eficaz de ayudar al progreso y desarrollo de la patria. Me apoyo en la política como actividad humana que fija condiciones para la acción personal y colectiva, que necesita imperiosamente la participación de todos para remediar los errores del pasado, reconstruir el tejido social y promover el desarrollo con justicia y equidad.

Podría decirse que la responsabilidad social es otra forma de nombrar la política, entendida como el arte de realizar un orden social justo para implantar el Estado de Derecho. No es sólo el juego de fuerzas que disputan el poder. Apunta a descubrir el sentido de la vida y de la organización privada o pública, tarea que no es, ni debe ser, sólo de políticos o peor aún, de políticos solos sino de los ciudadanos.

La responsabilidad social llama a participar para devolver la política al ámbito de lo humano porque, quiérase o no, los valores públicos dan forma a la vida privada.

UNA RED DE CINISMO

Mucha gente desea encontrar un sentido y un propósito para su vida. Sin embargo, la mayoría se siente atrapada en una red de cinismo que nos hace preguntar si realmente hay alguien con propósitos elevados, metas desinteresadas o deseos de ayudar a los demás.

Cada día nos enteramos de que tal persona, grupo u organización política, que aparentemente perseguía objetivos buenos para el pueblo, en realidad manipulaba informaciones y hechos para lograr apoyo del público, con fines inconfesables. Así, el ambiente de la política se convierte en simulación, hipocresía y manipulación.

De hecho, para algunos ejercer el poder es poner en práctica aquellas habilidades que llevan a la gente a decir «sí» cuando en realidad quiere decir «no». O entienden la propaganda, no como el conjunto de herramientas para difundir una verdad como fue su sentido originario sino como instrumento para homogeneizar el pensamiento, galvanizar tendencias y generalizar ideas, con técnicas de sometimiento inconsciente.

Se trata de adormecer el juicio crítico para que las personas no acepten otra realidad que la de los hechos consumados y las informaciones previamente codificadas. Así, los juicios de valor no significan nada ante una realidad en la que el cinismo se opone a la verdad, a la apertura y al agua clara.

LA POLÍTICA DE LA FUERZA

El modelo cultural dominante se orienta al afán de logro y al imperio de los resultados. No importan los fines ni interesa si el resultado es el esperado o el correcto. Se idolatran los hechos y los resultados por sí mismos.

Este modelo requiere el desarrollo previo de una política de la fuerza, para la que no existen planteamientos relacionados con fines o normas. Tomando las ideas de Nietzsche, se presentan los planteamientos morales como procedentes de los débiles e incapaces, frente a los fuertes y decididos. La política de la fuerza es la aplicación darwiniana al poder público y las relaciones sociales: vence el más fuerte o más astuto, no el que arguye la racionalidad o conveniencia del fin.

Los hechos son los hechos; la realidad son los hechos que dependen de la fuerza, la capacidad de imponerse sobre los demás por cualquier medio. Éste es el objetivo de la política en el sentido maquiavélico, buscar esos medios que van desde las habilidades personales hasta los recursos del Estado y la sociedad.

En esta línea, muchos políticos hacen gala de su capacidad para ganarse a la gente, cultivan la retórica, son artistas de la simulación y las verdades a medias, capaces de convencer a todo público, se entrenan a conciencia en la demagogia. Se trata de decir, aunque sea imposible hacer; convencer, aunque para ello se evita el raciocinio.

Reconocer los resortes ocultos de las personas para determinar qué las estimula, cuáles ideas, planteamientos o modos de expresión pueden inflamarlas o atemorizarlas. El estudio de la psicología se convierte en la búsqueda científica de cómo manipular. Conocer al ser humano, sus apetitos, pasiones, sensibilidad y capacidad de respuesta es requisito indispensable para ejercer el control.

En un mundo así, el capital social se diluye. Nadie confía en nadie. Las relaciones familiares, laborales, amistosas, sociales, quedan ensombrecidas por la lógica de la sospecha que impera en todo.

Si en el trato mutuo sólo hay intereses, son imposibles las relaciones profundas que requieren tiempo, recursos, trabajo, y paciencia. Pero un fin no es un interés, es un objetivo que realiza un valor y del que pueden participar muchos. El interés no deja de tener su valor, pero es sólo un valor de intercambio o modal, no vale por sí mismo si no es referido a otra cosa.

Se plantea una vez más si las personas son fines o medios. Si son fines, la persona vale por sí misma, si medios, sólo en la medida en que podamos usarla para nuestros intereses, que rara vez son los suyos.

Para dar cauce y forma a la responsabilidad social es necesario desterrar la manipulación, la política de la fuerza y recuperar en la sociedad el sentido del fin colectivo e individual y, desde luego, la dignidad de la persona.

LA INSATISFACCIÓN DE SER MEDIO Y NO FIN

Es un hecho duro y cruel: muchas personas han perdido el sentido de su valor y dignidad porque han sido largamente instrumentalizadas. En países como el nuestro, esta característica ya es parte de un modelo cultural.

Desconfiamos de todos. Sabemos que los mensajes de la publicidad, el mercado, los medios masivos, programas y propuestas políticas obedecen a los deseos del emisor para lograr el mayor apoyo posible a su causa, sin importar si es valiosa o requiere reconocimiento social.

Los altos índices de abstencionismo en procesos electorales reflejan muchas veces una inmensa frustración por haber sido burlados o engañados. En algunos países o regiones, el abstencionismo es fruto de la represión y la violencia usadas para que la gente entienda que, o se presta dócilmente a la política de la fuerza o el poder les aplicará la fuerza de la política.

En México, la política de los hechos consumados ha desalentado la participación. Se confiscaron los recursos individuales y sociales a favor del sistema de Estado y se privó a los ciudadanos de los medios para actuar con eficacia. Aun así, los mexicanos hemos estado construyendo nuestra democracia y nuestra visión de un país incluyente y progresista.

¿CONCIENCIAS CAUTERIZADAS?

Por encima de intereses y manipulaciones, de objetivos políticos inconfesables, están los grupos emergentes, los reclamos de una sociedad largamente agraviada y el florecimiento de organizaciones sociales que hablan de una nueva toma de conciencia.

La frustración, el desengaño, la falta de sentido de la vida que muchas personas padecen, no sólo son fruto de sistemas sociales materialistas, seductoramente tramposos. También se deben a una falta de adecuación de la persona consigo misma. Es lo que en términos psicológicos llamaríamos crisis de identidad.

Mi trabajo profesional me ha permitido entablar un sinnúmero de relaciones que han desembocado en amistades duraderas o en contactos personales profundos y abiertos. Me he percatado de que sin importar antecedentes religiosos, sociales, o étnicos la vida de muchas personas está llena de miedo, dolor y sentimiento de culpabilidad.

La mayoría de los problemas de hombres y mujeres de todas edades y condiciones socioeconómicas se deben a la incapacidad de reconocer las propias limitaciones, culpas y errores. Cuántas veces han necesitado derrumbar con dolor el muro de soberbia, idolatría personal y autoengaño que les permitía vivir en un mundo cómodo, a su medida, pero fantástico e irreal, fruto de una inmadurez no sólo solapada, sino cultivada intensamente.

Nuestras comunidades necesitan combatir la delincuencia, el colapso de la familia, la violencia, las adicciones, la promiscuidad, la corrupción, el abuso y explotación sistemática de los más pobres. Me temo que la falta de coraje para enfrentar esos males proviene de otro, más profundo y personal: la ausencia de espiritualidad y de un proyecto personal de vida.

Perder el sentido de la vida es la raíz de innumerables problemas personales y sociales. Quienes desean vivir sin otorgar significado a la vida, los militantes del antisentido, denigran todo lo que pueda ser significativo.

A no ser que hayamos cauterizado nuestra conciencia, no se entiende que permanezcamos indiferentes y pusilánimes ante el cúmulo de problemas que se ciernen sobre nuestra generación y las que vienen. Hay que restituir la ecología moral, conseguir una nueva epidermis para recuperar la sensibilidad que nos posibilite estar alerta. Poner al descubierto las fuerzas que apartan nuestra conducta diaria de la búsqueda del bien para todos, que crean distancias emocionales con los demás hasta provocar indiferencia o, en casos extremos, odio y aversión.

Cuando nuestra incapacidad de reacción nos hace sentir culpables, buscamos en quién descargar la frustración por negligencias y fracasos: culpamos a los demás. Así se entiende el sentido que un individuo daba a una frase que, en principio, hasta parece piadosa: «¡Dios mío, ilumínalos o elimínalos!» Ilumínalos para que me sirvan o elimínalos si no sirven a mis propósitos.

Las patologías psicológicas que la mala conciencia trae consigo pueden ser acrisoladas, mimadas y justificadas. Se pueden racionalizar mediante psicoterapias o ahuyentar con psicotrópicos. En ambos casos buscan poner el alma en equilibrio, lograr una conciencia imperturbable, aparentemente segura de sí misma, aunque en el fondo siempre tambaleante y dependiente de apoyos externos.

La sociedad del siglo XXI nos pide deshacernos de los adormecedores de conciencia. Como en comestibles y productos de uso común, conviene volver a lo natural y espontáneo, a lo primordial y simple. En el caso de la conciencia, se trata de mantenerla despierta, no adormecida ni con capa de resistencia o coraza invulnerable, que tras una aparente calma destruye los fundamentos de la felicidad.

CAMBIO CONTAGIOSO

Para detener la desintegración social del país debemos conceder valor a nuestra existencia, realizar acciones valiosas, sin temor al ridículo o la persecución abierta o solapada. Perderemos el miedo al fracaso cuando estemos seguros de que el proyecto vital que nos compromete, no sólo da valor y sentido a nuestra existencia, sino que puede ayudar a conferírselo a los demás.

No podemos ser de los que se acomodan y lucran con la injusticia, miseria y discriminación, que por considerarlos hechos dados liberan de responsabilidad a las conciencias individuales.

Nada justifica, ni siquiera un régimen decadente o una situación generalizada de cinismo, ser cómplices pasivos de una degradación nacional. Mientras las personas concretas no se decidan a crear entornos de honestidad, que permitan márgenes de libertad, no habrá crecimiento y desarrollo para todos.

Al cambio individual seguirá la transformación social. Al asumir una vida con sentido de misión estaremos listos para crear el entramado social que posibilite una red solidaria de ayuda a las iniciativas de paz, entendimiento, respeto a la ley y vigencia de las instituciones.

Si en el campo económico la globalización impulsa nuevos conocimientos empresariales, si lograr mayor competitividad lleva a rediseñar procesos y establecer estrategias de mercado para servir mejor a los clientes, si las necesidades de capital plantean reformas fiscales y financieras para que el crédito sea accesible a todos, podremos conformar habilidades y propósitos nuevos para el desarrollo social y comunitario.

Transformar el país exige encauzar las fuerzas sociales dormidas y un nuevo ímpetu para vertebrar la sociedad con organizaciones y vínculos solidarios que protejan a la iniciativa de los ataques de quienes entienden la política como el recurso a la violencia, disfrazado de institucionalidad y orden.

La tarea más importante es convencernos de que no es posible mejorar si seguimos creyendo que ocuparse de los otros es absurdo y antirracional.

Hay que derribar los muros físicos de sistemas y burocracias que impiden la solidaridad y fomentan la división entre pobres y ricos, instruidos e incultos. Acabar con etiquetas que no permiten la unidad de los mexicanos: indígenas o españoles, criollos o mestizos, jefes o subordinados, peones o señores, «pelados» o decentes. En cualquier país hay personas mejores o peores, eso no impide que todos merezcan el mismo trato y respeto. Por siglos, México ha aceptado una consideración desigual en las personas que dificulta vernos como una nación unitaria y con destino.

Si no derribamos los muros mentales de los prejuicios que dividen al país en ciudadanos de primera, segunda, tercera, e incluso cuarta categoría los parias del sistemano caerán las estructuras injustas y autoritarismos despóticos e irresponsables. Es difícil derribar estos muros construidos sobre pasiones y sentimientos, porque imposibilitan oír y ver el sufrimiento de los otros.

Por paradójico que parezca, mientras más nos cerremos al dolor ajeno, quedaremos más solitarios e incomunicados y surgirá ese vacío existencial que nos hace infelices, aun rodeados de comodidades.

POLÍTICA DEL SENTIDO

Para ciertos ideólogos del siglo XX, las realidades económicas son prioritarias. Para quienes apuntamos a un siglo XXI abierto a la esperanza, la política del sentido deberá guiarnos.

La economía cuenta pero no es suficiente. De qué sirven los esfuerzos por mejorar la calidad, exportar nuestros productos, elevar niveles de competitividad, abandonar prácticas monopólicas, generar nuevas habilidades y hacer más rentables nuestras empresas, si el entramado social, cada vez más violento y peligroso, amenaza la seguridad de propios y extraños.

¿Para qué afanarse tanto frente a la globalización, si el «riesgo país» y el «costo país» no disminuyen, sino aumentan a causa de la corrupción política por su connivencia con organizaciones criminales?

Nuestras crisis recurrentes se deben a la indefensión, impunidad, falta de ejercicio de la autoridad y aplicación de la ley. Lo que impide alimentar a nuestro pueblo no es sólo la volatilidad económica, el dumping social o económico, o los cambios climatológicos, sino la crisis política del pueblo mexicano que no se ha organizado como nación unida bajo la justicia y el derecho.

Las crisis económica y política son dimensiones o aspectos de la crisis fundamental: faltan valores para consolidar una política de significado para el individuo y las comunidades, condición sine qua non para establecer las bases y supuestos de una comprometida responsabilidad social.

En los ciclos económicos siempre habrá altas y bajas. Lo importante no es evitarlos, sino mantener sus perturbaciones dentro de ciertos límites, de modo que una recesión no acabe con lo que se ganó en un período de expansión, o que las expansiones sexenales o electorales no comprometan el futuro de generaciones o, peor aún, eliminen la posibilidad de mejorar su nivel de vida.

Las crisis económicas resultan de malos manejos políticos y sociales. Cuanto mejor entendamos esto, podremos aspirar al cambio necesario y urgente: el de prioridades. Lo económico no manda sobre lo político, sino al revés. Ordenar este marasmo requiere un sistema donde el poder sea compartido, acotado y susceptible de exigirle resultados y fincarle responsabilidades.

Sin energía para promover el cambio político y social, nada hará que la economía busque el desarrollo humano compartido. En la ley de la selva nadie está dispuesto a dejar a su presa sólo por conmiseración.

La falta de autoestima o mejor, de autorrespeto puede y debe superarse con un marco de referencia distinto, que rompa los estrechos limites del individualismo y haga del universo humano un punto de interés. Hay que preocuparnos por el estándar de vida propio y ajeno, desarrollar en todos el deseo de ver por sí mismos, despertar el espíritu de iniciativa y de gestión con sentido y responsabilidad social y fomentar políticas que aseguren el equilibrio ecológico de cada país y región. Adoptar una visión más comprensiva, amplia y, por tanto, global.

El individualismo que campea en el país desde mediados del siglo XIX nos lleva a recelar unos de otros. Tal vez son demasiadas traiciones en nuestra breve historia independiente para olvidar los resentimientos. La subcultura de la desconfianza y el recelo dificulta imaginarnos unidos para resolver problemas sociales. Urge comprobar que somos capaces de organizarnos y gestionar los intereses comunes.

ATRINCHERADOS EN CÓMODOS GUETOS

En una época de violencia e inseguridad puede prosperar la idea de que la buena vida es factible si limitamos al máximo las relaciones sociales y centramos la preocupación, casi en exclusiva y con especial cuidado, en el círculo íntimo y familiar.

Postura errónea porque las cosas que más apreciamos afecto, cariño, reconocimiento mutuo, amistad fundada en el compromiso y la lealtad, seguridad física y emocional, sentido de misión y de propósito para nuestras vidas no pueden sostenerse en un mundo que estrecha el círculo de preocupación por los demás. Retraer la vida social desemboca en el rechazo a la responsabilidad social y crea una atmósfera de intereses individuales que fácilmente llevan al egoísmo y minan las relaciones de afecto y comprensión.

Los intereses se limitan a cuestiones coyunturales. En la vida pública no se contemplan programas y proyectos de largo plazo para la viabilidad social. La política centra los cabildeos en determinar qué fuerzas políticas se impondrán, qué juegos y estratagemas utilizarán para retener o conquistar el poder la mayoría de los ciudadanos no tiene participación directa y mucho menos decisiva en estos ámbitos.

En el mejor de los casos, las propuestas de los representantes empresariales se articulan para bajar impuestos, imponer cuotas compensatorias a las importaciones, cortar determinados programas gubernamentales o impulsar sectores específicos, sin un plan de desarrollo integral.

Al retraernos de la vida social y pública, nos aislamos en guetos más o menos elitistas para disminuir en nuestras familias el impacto de una vida social que se disuelve. Se construyen núcleos habitacionales con todas las comodidades, se fortifican las viviendas con enormes muros de concreto y se atrinchera la vida privada en zonas protegidas de la debacle exterior. Los contactos se limitan, el círculo social se encoge y se pierde la capacidad para alternar con personas de distinta condición social.

Las relaciones sociales se instrumentalizan, los demás son vistos en función del valor utilitario que en un momento dado proporcionan y después se aplican los mismos criterios a las relaciones amistosas e incluso familiares. Hasta los más íntimos se valoran sólo porque suponen una ventaja para el bienestar personal. Personas y cosas se sujetan a la implacable ley del mercado sin conexión con la vida social o ética.

No hay más propósito que la ganancia inmediata, en el horizonte humano se pierde la posibilidad de realizar ideales y se reduce la significación de la vida social. Se acepta, de hecho y aun en teoría, la reducción del valor de las personas.

En todos los niveles de la estratificación social la meta más alta es la satisfacción individual en un mundo diseñado para este propósito. El egocentrismo y arrogancia de muchas corrientes de pensamiento estadounidense y europeo reflejan y tratan de perpetuar una visión social de seres humanos separados entre sí y de la realidad espiritual y trascendente.

No sorprende entonces que los planteamientos solidarios, las ideas que postulan la reunificación del tejido social, sean vistos con cinismo, como meras utopías, irrealizables en un mundo de dinero y fuerza.

RECREAR LA INFRAESTRUCTURA SOCIAL

Ver al país y al mundo con una óptica más amplia y generosa requiere fundamentar nuevamente las bases intelectuales de nuestra sociedad y recuperar la sensibilidad humanitaria y espiritual para vernos y reconocernos como parte de una unidad superior.

La antigua sabiduría de la raza humana consideraba a todos los hombres como uno solo, veía en su naturaleza social el vínculo por el que nada de lo humano nos es ajeno. Todas las religiones y tradiciones espirituales reconocen el lado sombrío de la naturaleza humana, pero al mismo tiempo enfatizan su extraordinaria capacidad para el bien.

La actitud cínica, desentendida de los problemas ajenos, desconectada del daño que se puede causar a la naturaleza, no refleja la historia de la humanidad, sólo manifiesta la pérdida del sentido de la vida en un momento particular.

Frente a quienes descalifican toda propuesta de mejora, hay que insistir en la posibilidad de la posibilidad. Es falso que no se pueda hacer nada, es mentira que los humanos comunes y corrientes son impotentes para transformar sus vidas y ayudar a otros a transformar las suyas.

Ante el escepticismo metodológico que ahoga la idea de cambio y progreso, hay que hacer el recuento de innumerables y constantes acciones benévolas y desinteresadas. A nivel individual hay millones de personas la silenciosa mayoría moral capaces de acciones filantrópicas.

Hacen falta:

  • Redes de comunicación y soporte para las acciones que hacen del mundo, todavía, un lugar humano para vivir. La tecnología permite enlazar multitud de organizaciones y grupos que pueden crear extensas redes de trabajo solidario y no necesitan más que el uso de computadoras.
  • Iniciativas individuales que fragüen en grupos y organizaciones. Al mito del aislacionismo, oponer organismos sociales vivos para cubrir toda clase de necesidades e intereses.
  • Formar asociaciones de todo tipo: desde uniones de vecinos para organizar servicios como la recolección de basura o el cuidado de calles y parques, hasta grupos enfocados a aspectos de uso del suelo, rutas de autobuses urbanos o localización de mercados públicos. Al comienzo, los objetivos serán modestos pero alcanzables, para motivar a la acción en campos que requieren trabajo más intenso y prolongado, y así recuperar la conciencia de que los resultados son posibles. Las iniciativas deberán proponer, más que denunciar.
  • Establecer lazos de comunicación entre sectores aparentemente desconectados. Propiciar encuentros de líderes de distintos partidos políticos, no para enfrentarlos sino para encontrar coincidencias en posiciones aceptables para todos.
  • Fomentar reuniones entre empresarios de diversos sectores, legisladores, líderes de opinión y comunicadores para delinear consensos básicos en donde asentar políticas gubernamentales de largo plazo.
  • Promover grupos que definan los valores emergentes como el redescubrimiento de la feminidad y el nuevo papel de las mujeres en la vida laboral, social y política. La preocupación por aumentar la calidad, más que el afán de logro, las prácticas laborales fundadas en la cooperación y el trabajo en equipo.
  • Impulsar organizaciones no gubernamentales para resolver problemas tan variados como fomentar el desarrollo, cuidar ancianos y enfermos o promover la igualdad de oportunidades para grupos marginados.

SIN UTOPÍAS NI DESCORAZONAMIENTO

La sociedad mexicana, se ha dicho hasta el cansancio, ha sido agraviada, se le ha negado la memoria histórica, le han fabricado héroes, ha padecido serias injusticias por un Poder Judicial sometido. Ha visto descender su calidad de vida mientras los recursos públicos se dilapidan o amasan en fortunas personales.

Se le ha negado, por lo menos en el curso de dos generaciones, un futuro económico promisorio. Se trata de un pueblo engañado con falsas promesas, que para cicatrizar sus heridas necesita sanar la discriminación, la marginación y la explotación.

No existen líderes carismáticos e inmaculados que puedan sanar las lesiones sociales producidas por años de incuria y desatención. La naturaleza humana es de sombras y luces. No busquemos líderes perfectos, adoptemos más bien el ejemplo de los médicos que curan, pero a su vez necesitan ser curados.

La utopía de un líder absoluto lleva a una esperanza sin horizonte. Sólo existen hombres ordinarios con defectos y miserias, pero también con un potencial enorme para superarse, mediante la ayuda de otros, que a su vez les hará potenciar su capacidad de ayuda, y así sucesivamente.

La idea de que sólo quien alcanza un altísimo nivel moral tiene derecho a articular una visión ética de la sociedad y su destino es errónea. Las personas son capaces de proponer elevados ideales, aunque no logren plasmarlos o encarnarlos plenamente en sus vidas. No existe la perfección absoluta, pero sí el esfuerzo por reconocer errores y superar fracasos. Lo que sí debemos exigir es una clara línea de mejora.

Necesitamos indicar a los líderes sociales y políticos sus errores y defectos. Podemos aplicarles el conocido tratamiento de las cuatro «T»: tolerar, transformar, transferir y terminar. Tolerar: no se puede rechazar a alguien por sus primeros errores, pero si persisten hay que transformar. Buscar la manera de que las personas cambien, proporcionando los elementos necesarios. Si no resulta hay que transferir: cambiarles la encomienda por otra para la que sí sean capaces. Se trasfieren responsabilidades o personas. Finalmente terminar: retirar de la escena pública a quienes no dan resultados, no importa en qué nivel se encuentren.

Algunos hablan de agregar una quinta: triturar. No estoy de acuerdo. Es lo que hacen los regímenes o líderes totalitarios. No hay posibilidad de cambio: cualquier señalamiento de un punto de mejora o de un error se considera oposición abierta. Es concebir la vida social como actividad guerrera, sólo hay dos bandos: vencidos o vencedores. La incapacidad práctica de organizar la sociedad se debe a esta dicotomía que resta en lugar de sumar y produce los resultados de un juego de suma cero.

SÍ ES ALGO PERSONAL

Las bases para una renovación de la vida política y social en México están dadas. Existe el potencial humano para copar los problemas que nos asedian. El camino de la sanación social, pasa por la sanación personal: devolver a nuestras vidas su sentido trascendente, que en el ámbito político significa recuperar el valor de la vida privada en su dimensión pública.

La crisis política y social que afrontamos es más seria que la debacle económica de los últimos 25 años, hunde sus raíces en la falta de sustento ético y espiritual para afrontar los problemas públicos.

Éstos no se resolverán con el progreso científico o tecnológico, ni con ningún programa de gobierno o una nueva hornada de brillantes tecnócratas con posgrados en universidades glamorosas, sofisticado lenguaje o avanzadas técnicas computacionales o econométricas.

Los problemas son más profundos, fundamentales y enraizados en la manera como nuestra sociedad se acerca a la realidad. Tienen que ver con un nudo de convicciones lo suficientemente sólidas y verdaderas, como para moverse a trabajar por ellas. Encarnarlas es asunto personal.

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* Resumen de la conferencia impartida en el XII Congreso Nacional de la Calidad Total, organizado por la Fundación Mexicana para la Calidad Total. Ciudad de México, 14 de noviembre de 2000.