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DIAGNÓSTICO DE UN PAÍS EN DECADENCIA

El siglo XIX no empezó bien para Inglaterra, la victoria sobre las huestes napoleónicas había resultado más o­nerosa de lo debido y la guerra para recuperar las colonias americanas había constituido un verdadero fracaso. Por si fuera poco, la dinastía reinante de los Hannover veía uno de sus peores momentos, el rey George III había sido separado de sus funciones debido a una enfermedad mental y su hijo George IV era el monarca más impopular de Inglaterra.

Años después, y para agravar los males, la muerte hizo una amplia visita a la familia real y sucumbieron varios de los herederos al trono en línea directa: el rey George IV, su hija Charlotte, princesa de Gales, y el hermano del rey, Frederick, duque de York.

El trono recayó entonces en su siguiente hermano, William, duque de Clarence, quien había perdido también a sus dos hijas legítimas. Después de él, el sucesor era su siguiente hermano, Edward, duque de Kent, pero la muerte tampoco lo despreció: el trono de Inglaterra fue a parar a manos de su pequeña hija, Victoria Alexandrine, la octava heredera.

EDUCACIÓN SUI GENERIS DE UNA REINA

Corrían tiempos extraños por el mundo, la generación encargada de educar a la nueva reina había conocido el derrumbamiento del antiguo régimen divino de los reyes y los peligros de una monarquía anquilosada; revoluciones, la Ilustración y el potente ingenio de un emperador plebeyo que había puesto en jaque a Europa, por lo que sabían de antemano que se necesitaría un cambio radical.

El rey William convocó una reunión con las personas más capacitadas de Inglaterra para decidir el futuro de la princesa y acordaron lo siguiente:

  • La princesa Victoria habría de compartir con su madre un sencillo cuarto en el Palacio de Buckingham, sin ningún tipo de ceremonial predeterminado, para inculcar en ella valores domésticos y no llenarle la cabeza de orgullo; la futura reina de Inglaterra debía saber cómo arreglárselas sin doncellas, camareras, ni valet.
  • La duquesa de Northumberland, la dama más culta de Inglaterra, se encargaría de enseñar a la princesa y a niños de su edad de todas las clases sociales ciencias, latín, historia y artes; no habría concesiones especiales con ninguno.
  • Hasta que cumpliera 12 años se le informaría que ella era la Princesa de Gales y heredera al trono. Se dispuso esa edad porque los días del rey William parecían apagarse.
  • Cuando fuera investida como princesa de Gales llevaría otro tipo de educación. Antes no tendría contacto con ninguna persona mayor que el comité no autorizara, de manera que no estuviera rodeada de zalamerías.
  • Lord Melbourne, primer ministro, la educaría en política parlamentaria lo extraño de esta disposición es que él pertenecía al partido whig, el de los Comunes, históricamente enemigos de la Monarquía.
  • El príncipe Leopold von Saxe-Coburg, noble alemán y viudo de la princesa Charlotte de Gales, se encargaría de las clases de política inglesa y del exterior; sus cartas credenciales lo acreditaban como uno de los pocos príncipes alemanes que lograron mantener a flote su pequeño país en medio de las invasiones de Napoleón, además de conservar un lugar en la corte inglesa a pesar de su viudez.
  • Para mayores referencias, años más tarde el príncipe Leopold fundó con ayuda de su pupila un sólido reino en Bélgica que aún se conserva, y con un segundo matrimonio fue el padre de Carlota Amalia, emperatriz de México.
  • La formación militar correría a cargo de Arthur Wellesly, primer duque de Wellington y único hombre que pudo presumir, sin equivocarse, haber derrotado definitivamente a Napoleón Bonaparte. El duque tenía además otra característica explosiva dentro de la corte británica: su origen y fuerte filiación irlandesa, que implicaba ideas separatistas y de independencia.
  • Finalmente, el arzobispo de Canterbury, primado de Inglaterra, la instruiría en Teología.

¡DIOS SALVE A LA REINA!

A mediados de 1838, luego de la muerte de William IV y los lutos de rigor, se coronó a Victoria I, reina de Inglaterra, Escocia, Irlanda y las Islas, además del ya inservible título de reina de Francia (tradiciones de ingleses). El país esperaba con expectativa a la nueva dirigente y se encontró con una mujer de 18 años, bajita, de gustos sencillos, modales domésticos, una moral muy estricta y con tendencias políticas whig, es decir, un tanto republicanas. La legendaria Albión estalló en júbilo y se dispuso junto con su reina a reconstruir al país.

Gracias a las votaciones, Melbourne fue conservado en su puesto, el príncipe Leopold fungiría como consejero político y la reina conservaría a sus queridas damas whig. En el Parlamento, el partido opositor a la Corona cambió su nombre a «la oposición de su majestad». Hasta ellos cifraban sus esperanzas en la reina. Para la cartera de política exterior se eligió a lord Palmerston, uno de los más hábiles políticos que el mundo ha visto, y con su calificado equipo la reina se dio a la tarea de reconstruir Inglaterra.

Uno de los primeros pasos de Victoria fue dar todo tipo de libertades a la industria. A su tiempo esto ocasionaría problemas, pero por el momento ayudaba a deshacerse de las crisis.

Otro fue la manera como se dirigía a los ministros y al Parlamento. Empezaba sus documentos con frases como: «La reina piensa o considera, la reina sugiere, la reina se inclinaría más por», así se acabaron las imposiciones y eternas luchas entre el Parlamento y la Monarquía. Victoria formaba sólo una fuerza política capaz de discutir y llegar a un acuerdo entre su pensamiento y los demás modos de pensar, dispuesta a ceder ante mejores ideas por el bienestar de Inglaterra. Esta medida logró que la reina y el Parlamento formaran un equipo que objetivamente sí veía por el futuro del país.

Posteriormente se alentó a la marina mercante a recorrer el mundo para hacer negocios. Palmerston convenció a la reina y al Parlamento para que aceptasen las recientes independencias de los países de América a fin de avenirse socios comerciales, ya no naciones sometidas; de esta forma México se convirtió en el primer comprador de manufacturas y vendedor de materias primas para Inglaterra en América. Los embajadores de Palmerston llenaron el orbe.

Victoria, por su parte, comprendió que las cosas habían cambiado, por un lado dejó de manejar la política externa por honor y no declaró guerras en defensa de sus parientes o las imprudencias de los británicos en el mundo, y por otra se avino a convivir y dialogar con personas que no tenían su mismo rango: presidentes, dictadores e incluso revolucionarios de otras partes del mundo.

Cuatro años después y con el país en franca recuperación se planteó el asunto de la sucesión, la reina tendría que casarse o designar al Príncipe de Gales entre los muy pocos miembros del resto de su familia. El asunto era sumamente delicado para el país, pues corría el riesgo, como años antes Elizabeth I, de que al nombrar sucesor quisieran destronarla por dos defectos principalmente: ser mujer y muy joven.

Victoria decidió buscar marido y escogió a Albert von Saxe-Coburg, sobrino del príncipe Leopold, noble alemán de moral tan estricta como la de su nueva consorte y con un talento especial para el orden. Al país no le agradaba en absoluto un marido no británico, sin embargo consintió en la unión.

Victoria y Albert pasaron a la historia como el matrimonio más fiel entre nobles y fundaron una enorme familia que dio muchos reyes a Europa. Albert tuvo que ganarse a pulso el afecto de sus súbditos, sólo hacia el final de su vida el Parlamento le otorgó el título de príncipe consorte y el tratamiento de alteza real. Mientras tanto, y por su propia voluntad, se convirtió en el secretario privado de la reina y uno de sus más prudentes consejeros. Entre otras cosas, logró ordenar en 600 tomos todos los archivos de la monarquía, optimizar todos los procesos de administración y provisión del Palacio de Buckingham y demás residencias reales, hacer dos exposiciones universales, llenar toda la isla de ferrocarriles y apoyar a la reina en todo momento.

GRAN BRETAÑA DE CARA AL MUNDO

El siglo XIX corría vertiginosamente: Palmerston fue despedido por intrigar durante la revolución francesa de 1848 que regresaba a otro Bonaparte al trono de la Galia. Se creó el reino de Bélgica con el príncipe Leopold a la cabeza e Inglaterra acudió junto con Francia al auxilio de Turquía, su socio comercial, que luchaba contra el gigante ruso en la epopeya de Crimea.

La guerra develó al mundo muchas cosas, entre ellas el uso de las armas bacteriológicas, aportadas por los «muy morales» militares ingleses en ese entonces animales muertos por enfermedades contagiosas con las que se inficionaba las provisiones del enemigo; el uso de ferrocarriles para el aprovisionamiento de tropas, y las caritativas almas de Florence Nightingale y la duquesa Ana Pavlovna, quienes fundaron servicios sanitarios en ambas trincheras.

Fuerzas coligadas europeas invadieron China en busca de nuevos socios comerciales, el asunto derivó en que sólo Inglaterra instaló bases de comercio en Hong Kong y, de la misma manera, al final tuvo que hacerse cargo de la ofensiva china. El problema no se resolvió muy éticamente, los ingleses descubrieron que el ancestral vicio del opio acabaría con los chinos, por lo que sembraron la planta en sus entonces pequeñas colonias de la India y lA introdujeron a China; para justificar esta acción, el opio se legalizó en Inglaterra, pero ahí nunca constituyó un problema de salud pública, sólo se consumía para fines «medicinales» o por excentricidad, como hacían Sherlock Holmes y su creador, sir Arthur Conan Doyle.

Muchos científicos ingleses recorrían África, Asia y América, acompañados de marinos y comerciantes, fundando colonias y llevando la «civilización» a diversos pueblos, de ahí vinieron los nombres de la desembocadura del Nilo o Cataratas Victoria, así como del lago Alberto o Tangañika, la fundación de Sudáfrica y Rhodesia, algunos puertos en la costa occidental de África, el protectorado británico sobre Egipto y la loca carrera por conquistar los polos Ártico y Antártico. La Real Sociedad de Geografía e Historia vivía uno de sus mejores tiempos.

La otra cara de la moneda era que Inglaterra se beneficiaba de todas las materias primas de los territorios en que tenía avances científicos, pero la civilización no llegaba equitativamente a los naturales de las tierras conquistadas, lo cual propició daños incalculables en el devenir de esos pueblos.

Los países árabes recibieron a los primeros embajadores ingleses; la India fue conquistada poco a poco, en primera instancia por el preciado té, luego por múltiples negocios, aprovechando desde luego la multiplicidad de idiomas, religiones y gobiernos que la península tenía como principal conflicto. Grecia pidió auxilio a Inglaterra para reconstruir su país, dañado por las invasiones turcas, y Victoria aprovechó la ocasión para ofrecer el trono a Maximiliano de Habsburgo, intentando disuadirlo de la aventura mexicana, pero las cosas habían avanzado de más.

Gran Bretaña se convirtió en refugio político, donde muchos gobernantes destronados pudieron vivir sus últimos días aportando sus amargas experiencias en beneficio del aprendizaje de Victoria y a costa de su sueldo. En el transcurso de los años, las colecciones artísticas de estos reyes, presidentes y dictadores alimentaron al Museo Británico y al Victoria & Albert Museum.

Inglaterra fue también la madrina de Israel, que resurgió como nación después de siglos de exilio.

Hacía el último cuarto del siglo XIX, Victoria fue coronada como emperatriz de la India; la influencia británica se extendía por todo el mundo: Australia, África, Asia, el Mediterráneo, América, etcétera.

Victoria escribía cartas a todos los gobernantes del mundo, felicitándolos por las fiestas nacionales, cambios de presidentes, brindando consejos o recibiéndolos. Así forjó el imperio británico, que aún se mantiene en pie a pesar de las acciones poco afortunadas de sus sucesores.

INGLATERRA SE MIRA AL ESPEJO

Al igual que Alicia, el personaje de Lewis Carroll quien daba a conocer sus libros en esta época, Inglaterra no sólo se vio en el espejo, lo traspasó dándose cuenta de sí misma. Por lo pronto, en la novela de Carroll encontró una caricatura de la todopoderosa e intransigente reina de corazones y su débil y pequeñito rey jugando al cricket con el país. La opinión pública no era muy tolerante con Victoria y Albert.

Para detener las críticas xenófobas acerca de su consorte y su familia, la reina cambió el nombre de sus sucesores, ya no ostentarían los apellidos germanos de Saxe-Coburg ni Hannover, sólo utilizarían el Windsor, que todavía lleva la monarquía inglesa.

Lord Melbourne, el entrañable maestro, terminó por irse, como todos los mortales de esta tierra. Las votaciones favorecieron a lord Gladstone, jefe de los tories o conservadores; a la reina no le agradó en absoluto este cambio, pero era la voluntad de Inglaterra. En un principio las relaciones entre Gladstone y la reina eran tirantes, pero ambos cedieron y lograron formar un buen equipo con denodado patriotismo. Con la sucesión de los periodos siguieron los ministros John Russell, Robert Peel y Edward Stanley, miembros de un partido u otro; a Victoria esto ya no le importaba, de Gladstone aprendió a trabajar con todo tipo de personas.

Albert falleció a principios de 1861 y Victoria cayó en una gran depresión, dejó su trabajo y se fue a enterrar viva a sus posesiones de Balmoral, en Escocia; no recibía a nadie ni se interesaba por asunto alguno, asumieron las riendas del gobierno el príncipe Edward, su hijo mayor, y el excéntrico nuevo primer ministro, Benjamin Disraeli, tory de buena cepa. Disraeli sabía que en el fondo de su corazón el primer amor de Victoria era Inglaterra, por lo que junto con el caballerango Brown, sirviente del finado príncipe Albert, organizó una especie de huelga, si la reina no salía de su encierro ellos se encerrarían con ella y no trabajarían, a la protesta se unió el arzobispo de Canterbury.

Al poco tiempo Victoria regresó con nueva fuerza a Londres; el ministro, el caballerango y el arzobispo no se habían equivocado.

Años después se sucedieron cuatro atentados contra Victoria: un separatista irlandés, un anarquista y dos dementes intentaron asesinarla, en todas las circunstancias salió bien librada gracias a su valentía y cautela con que manejó los incidentes, pero no gracias a su «entrenada» guardia que no supo qué hacer. A raíz de estos atentados Victoria creció enormemente ante la opinión pública y empezó a correr el dicho de que en toda boca había un «¡Dios salve a la reina!».

En el verano de 1888, un enfermo mental, cuyo nombre e identidad se desconocen a la fecha, asesinó en el miserable barrio de Whitechapel, en Londres, a cinco prostitutas. Pasó a la historia como Jack el Destripador y dio mucho material a los escritores y a los rumores; quizá era un espía zarista, un judío fundamentalista, un masón, un puritano o su alteza real el príncipe Albert Victor, uno de los nietos de la reina que padecía de sus facultades mentales.

La crisis y los rumores se apagaron, pero Victoria reconoció que existía una gran miseria y promiscuidad en el país a pesar del progreso y la tan afamada «moral victoriana»; las dos caras de Inglaterra salieron a flote. La moral y la civilización eran sólo efectivas en el Palacio de Buckingham y constituían la admiración del mundo, pero la mayor parte de la isla se entregaba a dos tipos de existencia: la promiscua y miserable vida de Whitechapel y las minas de Devonshire; o la inútil, despilfarrada y vacía vida del hotel Savoy y los clubes.

La burocracia, empezando por Scotland Yard, resultaba caduca e ineficiente, y siguiendo con la investigación, la vida de los obreros era terrible gracias a la explotación de las «civilizadas» industrias británicas y sus acuerdos con los «decorativos» sindicatos, tal como 20 años antes lo denunciaran Charles Dickens y las hermanas Brontë.

En cuanto al clero, los eminentísimos doctores anglicanos acumulaban escándalos muy poco dignos de sus cargos y los que verdaderamente deseaban llevar una vida honesta regresaban al catolicismo y la ortodoxia.

En Irlanda continuaba el exterminio masivo de ideas, creencias y hombres, bajo el meticuloso cuidado de los gobernadores ingleses. Las cosas habían llegado a tal extremo que incluso en el elegante y muy noble Colegio de Etton los casos de maltrato y ultraje se habían vuelto comunes.

Ante la situación, Victoria se abocó junto con Disraeli y Bertie (el príncipe Edward) a resolver estos problemas, poco a poco se modernizó la burocracia, se legisló acerca de los derechos de los obreros y los niños, se equilibraron un poco la riqueza y las oportunidades, se volvió al orden la moral del clero (muchos miembros resultaron despedidos), se reforzó el papel de la constitución frente a la Monarquía y se convirtió al ejército en un cuerpo entrenado, útil, patriota y respetuoso de las costumbres de otros pueblos. Inglaterra entonces levantó de nuevo la cara y regresó del otro lado del espejo.

LA ABUELA DE EUROPA

Con el país otra vez de pie, Victoria se dedicó a negociar los matrimonios de sus hijos y nietos con el resto de la nobleza europea. Se convirtió en abuela del kaiser de Prusia, de la zarina Alexandra Feodorovna, del rey Alfonso XIII, de los reyes de Dinamarca y Grecia, y tía de los reyes de Bélgica; desde entonces se le conoció como la Abuela de Europa. De estos parentescos aún resulta que el rey de España, la reina de Dinamarca y el rey de Bélgica son primos.

En 1898, Inglaterra y todos sus amigos del mundo celebraron los 60 años de reinado de Victoria. Había sido el monarca más longevo y estable de Inglaterra. La reina, con 78 años a cuestas, se mantenía aún activa, lúcida y recordaba todos los problemas de sus súbditos del mundo.

Dos años después se agravaron los conflictos con los rebeldes bohers en África y China, que afectaron terriblemente la hasta entonces inquebrantable salud de la reina. Finalmente, el 22 de enero de 1901 Victoria murió en el Palacio de Osburne, sumiendo a su enorme imperio en la tristeza. La sucedió Bertie, con el nombre de Edward VII, y una pujante generación de ministros sobresalientes por sus capacidades: Lloyd George y Winston Churchill.

RECUENTO DE UNA MUJER QUE CAMBIÓ AL MUNDO

Cuando Victoria fue coronada reina de Inglaterra el país parecía desintegrarse; a su muerte, tres cuartas partes del mundo dependían de la influencia británica y se había forjado un imperio a prueba de independencias y guerras mundiales.

¿Cuál era el secreto? El secreto dependía de una pequeña mujer sobria y alejada de vanidades innecesarias, que trabajaba meticulosamente, como cualquier obrero, en horarios preestablecidos; sabía formar equipo con sus colaboradores, le gustaran o no; no imponía sus ideas si existía otra mejor de cualquier persona; respetaba las decisiones democráticas y reconocía sus desaciertos para enmendarlos. A sus 81 años aún aprendía de sí misma y de todas las personas que la rodeaban.

Una de sus principales características fue la estricta moral que impuso a todo el país durante su reinado. La rigidez de costumbres propició el convencionalismo que con tanta maestría retrata Oscar Wilde. También los hechos de la historia dan cuenta de ello, sin embargo, no se puede juzgar objetivamente hasta qué punto la reina alentó esa doble moral. Tal vez su error fue ser tan radical y creer que todo el pueblo podía ajustar su comportamiento a uno tan estricto. Disraeli opinaba de ella: «La reina no tiene grandes conocimientos, pero tiene el sentido común elevado al genio». A 100 años de su muerte, el devenir del mundo comprueba esa opinión.